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    <title>Ecos Diarios</title>
    <subtitle>Entrevistas exclusivas para informarse minuto a minuto de lo que acontece en Necochea.</subtitle>
    <updated>2026-09-20T02:39:22+00:00</updated>
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            ¿Cómo regular la Inteligencia Artificial?
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                <![CDATA[Ecos Diarios]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/XIa-4Zt3_qV5KI_dEFfTQ9-o1VM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/09/ia.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Ricardo Israel (*)</p><p>&nbsp;</p><p>La Inteligencia Artificial (IA) representa un cambio de tal profundidad que es de aquellos de historia larga, de los que van a remodelar a las sociedades como también las actitudes y comportamientos de los seres humanos. No se trata solo de nuevas máquinas, sino que marcará el funcionamiento mismo del entramado social, del económico como también de las personas, toda vez que trae consigo una nueva era de conocimientos científicos que ampliarán la frontera de lo posible, a modo de ejemplo, en áreas como la salud y las expectativas de vida; probablemente no hay sector que no será tocado o modificado.</p><p>Cuando apareció la revolución industrial muchos de los contemporáneos no se dieron cuenta de lo que estaba ocurriendo, pero ahora sabemos que este proceso está teniendo lugar ante nuestros ojos. No se trata de un distante futuro, sino que un nuevo mapa de poder global se está dibujando, con decisiones que ya se han tomado o se están tomando en el día de hoy. De partida, probablemente decidirá la contienda entre China y EE. UU. por quién será la superpotencia del siglo XXI.</p><p>&nbsp;</p><p>Decisiones</p><p>A todos nos consta que esa carrera ya se vive, pero también se están decidiendo posiciones para el resto del mundo, toda vez que a nivel intermedio definirá la ubicación de los países, ya que estar más arriba o más abajo dependerá de su éxito en infraestructura o inversión oportuna. El resultado será un ranking nuevo en el mapa de poder, ya que tendrán mejor ubicación no solo quienes se integren a la cadena de producción de chips avanzados, sino también los que aporten infraestructura tan importante como energía o el territorio donde se ubiquen los centros de datos, a diferencia de la total dependencia de quienes sólo consumirán las nuevas tecnologías. En definitiva, también se podría estar avanzando o retrocediendo con decisiones que se estén tomando hoy, y aquellos gobernantes que no actúen en forma oportuna, podrían estar condenando a sus países a quedar rezagados.</p><p>Ante un cambio de tal magnitud, la pregunta es ¿cómo se regula la IA?</p><p>La respuesta es que se necesitan varias cosas, incluyendo buscar un ejemplo útil en la historia como también entender la profundidad de lo que está pasando, a lo que se deben agregar acuerdos a nivel nacional e internacional, lo que presupone un debate amplio, sin cancelaciones de ninguna especie, como tampoco superioridades morales al igual que el alejamiento del catastrofismo paralizante. Además, se debe hacer el esfuerzo de reducir el lobby de los inmensos intereses económicos que están detrás de las nuevas tecnologías como también los de aquellos sectores que están siendo desplazados. Por último, de la mayor importancia es que los dos países líderes, China y EE. UU. decidan que es un desafío para abordar en conjunto.</p><p>La regulación de la IA es tan relevante que no solo es tarea de científicos sino también hay un lugar para políticos, jueces y diplomáticos, en el sentido que aún en las democracias más sólidas se debe evitar que ante los cambios que se producirán, el temor de los votantes impulse el populismo de líderes que se transformen en el equivalente a los luditas de la revolución industrial, aquellos artesanos y trabajadores de la Inglaterra del siglo XIX (1811-1816) que destruían maquinaria textil como protesta contra las malas condiciones laborales y la pérdida de empleo.</p><p>&nbsp;</p><p>Debate</p><p>También hay que precaverse de la aparición de ese peligro conocido como la República de los Jueces, es decir, magistrados de rango inicial o intermedio que, en vez de aplicar la ley, se sientan motivados a crearla e intenten detener a la IA con decisiones que muchas veces son fruto del temor y el desconocimiento, parte del llamado “populismo judicial”.</p><p>Se trata, por lo tanto, de un tema que abarca áreas diversas, para cuya resolución mucha influencia tendrá la lentitud o velocidad con la que se adapten tanto las personas como también las organizaciones, no solo las empresas comerciales, toda vez que la IA adquirirá relevancia también en los ejércitos y en las guerras, además de la educación, la cual no ha reaccionado todavía, a pesar de que va a modificar la manera como aprenden las personas.</p><p>Necesitamos un debate de una amplitud tal, que quizás no se ha dado nunca, para así poder tener dos productos de calidad, por una parte, tratados internacionales para conducir este proceso a nivel mundial, como también en la otra, reformas constitucionales que a nivel nacional protejan a las personas a través de la incorporación de los llamados neuroderechos, como una nueva etapa de los derechos humanos.</p><p>El mundo necesita no repetir los errores cometidos en el último proceso de transformación que se ha vivido, cual lo fue la aparición del internet y la computación, donde todavía se lamenta no haber hecho una mejor y más oportuna regulación, errores que no deben repetirse, sobre todo, en la protección de la niñez y adolescencia. Al mismo tiempo, debemos aprender de la historia, toda vez que, a diferencia de las revoluciones sociales y políticas los cambios tecnológicos son procesos casi siempre irreversibles, donde todo tiene lugar demasiado rápido para que pueda ser regulado en forma oportuna por el derecho.</p><p>El mundo es testigo de lo que ya tuvo lugar, donde con enorme rapidez aparecieron empresas como las llamadas 7 magníficas (Alphabet -Google-, Amazon, Apple, Meta Platforms, Microsoft, Nvidia y Tesla) que con su poder tecnológico y económico hoy superan los indicadores de la mayoría de los países del mundo. Seguramente, varias de ellas se verán pronto desplazadas por las nuevas empresas dueñas de la IA, si es que no logran adaptarse a las nuevas condiciones. Para todos, esa adecuación es imprescindible, ya que no sabemos si el cambio será brutal o incremental. En todo caso, la velocidad es tal, que, seguramente lo que parece ser de ciencia ficción será muy pronto realidad cotidiana.</p><p>&nbsp;</p><p>Líneas rojas</p><p>El mundo necesita avanzar hacia acuerdos nacionales e internacionales que establezcan líneas rojas a no ser traspasadas, quizás un equivalente a las leyes de la robótica que el escritor de ciencia ficción Isaac Asimov estableció como medida de protección para los seres humanos, buscando contrarrestar el llamado “complejo de Frankenstein”, es decir, el temor que máquinas pudieran rebelarse contra sus creadores. La primera ley era que “un robot no hará daño a un ser humano, ni por inacción permitirá que un ser humano sufra daño”. La segunda decía que “un robot debe cumplir las órdenes dadas por los seres humanos, a excepción de aquellas que entren en conflicto con la primera ley”. La tercera señalaba que “un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o con la segunda ley”.</p><p>Nada semejante tenemos en relación con la IA, nada, ni siquiera en la literatura o el cine, nada que sirva de orientación. Por ello, debemos avanzar en la regulación. Por el momento, es solo una idea, y ante la inactividad de los dirigentes políticos, han reaccionado líderes religiosos como León XIV, quien dedicó su primera encíclica al tema, abordando de pasado un tema de fondo, como evitar que el ser humano y su dignidad sean sacrificados en nombre del progreso.///</p><p>&nbsp;</p><p>(*) Máster y PhD en Ciencia Política (U de Essex), Licenciado en Derecho (U de Barcelona), Abogado (U de Chile), excandidato presidencial (Chile, 2013)</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/XIa-4Zt3_qV5KI_dEFfTQ9-o1VM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/09/ia.webp" class="type:primaryImage" /></figure>El mundo necesita avanzar hacia acuerdos nacionales e internacionales que establezcan líneas rojas]]>
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                                <updated>2026-09-20T02:39:22+00:00</updated>
                <published>2026-09-20T02:38:11+00:00</published>
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            A 25 años del 11-S, del atentado al algoritmo
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/D_oIIrYpMtj7OHDs7jJPGNvCO-s=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/09/sociedad.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Patricio Degiorgis (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>Este 11 de septiembre, cuando se cumplieron 25 años de los atentados de 2001, volvemos inevitablemente a las imágenes de las Torres Gemelas, al impacto sobre la política internacional y a la transformación que aquel ataque produjo en la forma en que los Estados entendían la seguridad. Sin embargo, hay una lección de aquel día que adquiere una dimensión diferente cuando se la mira desde el mundo tecnológico actual.</p><p>Después de aquella trágica jornada de 2001, una de las conclusiones a las que arribó la Comisión que investigó los atentados, fue que buena parte de la información necesaria para advertir la amenaza ya existía, pero se encontraba dispersa entre organismos que no compartían adecuadamente sus datos ni contaban con una estructura capaz de convertir esas piezas fragmentadas en una visión común. El problema no fue pues, la ausencia de información, sino la incapacidad para conectarla y poder analizarla a tiempo.</p><p>Veinticinco años después, la situación parece casi inversa. Contamos con más información que nunca, sistemas capaces de procesarla en tiempo real y una inteligencia artificial que puede producir imágenes, voces, documentos y videos prácticamente indistinguibles de los reales.</p><p>&nbsp;</p>Cambio<p>Ahora, sin embargo, debemos lidiar con una dificultad distinta: separar los datos útiles de los que fueron manipulados o fabricados para influir en nuestra interpretación de los hechos, y también, poder establecer cuáles merecen atención y cuáles fueron creados deliberadamente para alterar nuestra percepción de lo que está ocurriendo.</p><p>Es allí donde la ciberseguridad adquiere una dimensión mucho más amplia. Durante años fue entendida principalmente como la protección de sistemas, redes y datos frente a accesos no autorizados. Hoy también debe ocuparse de que la información utilizada para decidir sea confiable. Una organización puede tener sus servidores funcionando y, sin embargo, estar operativamente comprometida si sus responsables reciben datos falsos, si sus sistemas muestran información manipulada o si la población deja de confiar en las comunicaciones oficiales.</p><p>La discusión energética que está atravesando Estados Unidos ofrece una demostración concreta de este cambio. En agosto, el presidente Donald Trump declaró una emergencia nacional vinculada con la seguridad del sistema eléctrico de alta tensión y puso el foco en los riesgos que pueden derivarse de determinados equipos importados, incluyendo componentes digitales, software, firmware y mecanismos de acceso remoto. La preocupación no es solamente que alguien pueda apagar una central eléctrica. También existe el riesgo de que una vulnerabilidad permita alterar mediciones, ocultar fallas, retrasar una respuesta o introducir información falsa en los sistemas que coordinan una infraestructura crítica.</p><p>El tema adquiere pues, aún mayor relevancia porque la inteligencia artificial está multiplicando la dependencia de la energía. Los centros de datos que sostienen la nueva economía digital necesitan cantidades extraordinarias de electricidad y, al mismo tiempo, concentran información, capacidad de cómputo y servicios esenciales. Así, Estados Unidos ya está tratando la relación entre IA, energía y seguridad como un asunto estratégico, y no simplemente como un problema de infraestructura.</p><p>Esto modifica también la naturaleza del poder ya que una infraestructura crítica puede ser atacada sin que un misil atraviese una frontera y una sociedad puede ser desestabilizada sin que sus ciudadanos sepan inicialmente que están siendo atacados. De igual manera, una interrupción eléctrica coordinada con un ataque informático sobre telecomunicaciones, una campaña de desinformación generada mediante inteligencia artificial, o la circulación de una falsa comunicación oficial podrían producir un efecto mucho mayor que cada una de esas acciones por separado.</p><p>&nbsp;</p>Criterio de seguridad<p>En ese escenario, la disponibilidad de un servicio ya no alcanza como criterio de seguridad. También importa que los datos que lo describen sean auténticos, que las alertas no hayan sido manipuladas y que las instrucciones recibidas durante una crisis provengan de una fuente confiable. La resiliencia de una red eléctrica, de un hospital o de un sistema financiero depende tanto de su capacidad para seguir funcionando como de la posibilidad de saber qué está ocurriendo realmente dentro de ellos.</p><p>Por eso, quizás una de las principales enseñanzas de estos 25 años sea que el próximo gran ataque no necesariamente se parecerá al anterior. No basta con mantener en funcionamiento las infraestructuras, sino que debe preservarse la información que permite operarlas y tomar decisiones sobre ellas. Energía, datos, telecomunicaciones, inteligencia artificial y comunicación pública forman parte de una misma arquitectura de poder.</p><p>En 2001 el desafío no alcanzado fue conectar los puntos dispersos. En 2026, además, tendremos que aprender a distinguir cuáles son reales y cuáles no, y asegurarnos de que las decisiones más importantes se tomen sobre esa base.</p><p>Así, proteger tanto los sistemas que mantienen una sociedad en funcionamiento como la confianza en la información que le permite a ésta actuar se alzan hoy, como las nuevas fronteras de la ciberseguridad.</p><p>&nbsp;</p><p>(*) El autor es Director Instituto de Integración Regional y Gobernanza Global - UCES y Director Ejecutivo del Centro de Estudios en Ciberentornos y Sociedad Digital - BTR</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/D_oIIrYpMtj7OHDs7jJPGNvCO-s=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/09/sociedad.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La ciberseguridad ya no se limita a proteger sistemas y redes: hoy también debe garantizar que la información no haya sido manipulada por la inteligencia artificial]]>
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                                                <category term="sociedad" label="sociedad" />
                                <updated>2026-09-13T02:09:20+00:00</updated>
                <published>2026-09-13T02:07:41+00:00</published>
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            Enseñar a valorar los años ganados por la nueva longevidad
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/BR2j9M2r0Q-I6KvQbjJ78KoGR6M=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/09/viejos.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Diego Bernardini (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>Argentina discute, con razón, la caída de la natalidad. La tasa se redujo más de un 40% en la última década, la fecundidad ronda 1,3 hijos por mujer —muy por debajo de los 2,1 necesarios para sostener la población— y las proyecciones indican que hacia 2050 el país podría tener más personas mayores de 65 años que menores de 14.</p><p>No solo lo discute Argentina, sino que lo hace América Latina y gran parte del mundo: los Estados Unidos, la Unión Europea, China e India, entre otros. El diagnóstico que domina el debate público es casi siempre el mismo: menos manos jóvenes, un sistema previsional en jaque, una sociedad que se achica.</p><p>Es un diagnóstico correcto, pero incompleto. Falta la otra mitad de la ecuación, la que rara vez se menciona con el mismo énfasis: estamos viviendo más años de los que la historia humana conoció jamás. No es solo que nazcan menos personas. Es que las que ya nacimos vamos a vivir, en promedio, más que quienes nos han precedido.</p><p>Esa mitad silenciosa del fenómeno demográfico es, en realidad, uno de los logros más extraordinarios de nuestra especie. Y sin embargo, la seguimos leyendo casi exclusivamente como un problema de sostenibilidad fiscal, como si el tiempo de vida ganado fuera solo un pasivo a financiar. Detrás de los datos demográficos, de pensiones o de fuerza de trabajo hay personas.</p><p>&nbsp;</p><p>Nueva longevidad</p><p>Cuando empecé a formular el concepto de nueva longevidad, hace ya más de una década, la premisa de la que partía era simple pero incómoda para el sentido común instalado: la nueva longevidad no es una manera mejor de envejecer, sino una manera distinta de pensar el tiempo de vida ganado. No se trata de llegar más lejos con el mismo mapa, sino de aceptar que el mapa cambió y que todavía no aprendimos a leerlo.</p><p>Ahí aparece una palabra que suele sonar escolar y que, sin embargo, es la que mejor describe lo que nos falta: pedagogía. En un sentido amplio, la pedagogía es un método organizado y reflexivo para ayudar a las personas a aprender; no se limita a transmitir información, sino que busca desarrollar conocimientos, habilidades, valores y actitudes que mejoren la convivencia, la participación en la comunidad y el bienestar de todos. Aplicada a la longevidad, esa idea adquiere una urgencia muy concreta: la pedagogía de la longevidad es el enfoque educativo y formativo que busca preparar a las personas para vivir vidas plenas y posiblemente más largas, promoviendo el aprendizaje a lo largo de todo el curso de vida y abordando, de frente, los desafíos y las oportunidades que trae una sociedad con esperanza de vida creciente.</p><p>Y aquí conviene detenerse en un punto que suele pasarse por alto: esta pedagogía no empieza a los sesenta años, ni es un asunto que le compete solo a quienes ya envejecieron. Empieza en la niñez y nadie está enseñando qué significa una vida posiblemente extensa, pero además, en convivencia con múltiples generaciones. No hay currícula que aborde cómo sostener la salud a lo largo de décadas, cómo administrar el dinero y el tiempo cuando la vida activa ya no termina a los sesenta y tantos, cómo construir vínculos y sentido de propósito que atraviesen transiciones múltiples de trabajo, pareja, salud e identidad. Enseñamos historia, matemática, lengua. No enseñamos a habitar el tiempo que el siglo pasado nos regaló.</p><p>La pedagogía de la longevidad no se agota en preparar a las personas mayores para las transiciones del envejecimiento. Igual de importante es educar a las generaciones más jóvenes sobre el valor de esos años ganados, fomentar la inclusión intergeneracional, el respeto por las personas sin importar su edad y su integración plena en los distintos ámbitos sociales, laborales y económicos. Una sociedad que envejece sin haber aprendido a convivir con esa transformación tiende a resolverla con edadismo: apartando, subestimando, dando por sentado que la segunda mitad de la vida es una etapa de repliegue. La evidencia dice lo contrario, pero la evidencia sola no cambia una cultura. Eso lo hace la educación, sostenida en el tiempo.</p><p>&nbsp;</p><p>Política pública urgente</p><p>Por eso me parece un error tratar la discusión sobre natalidad y la discusión sobre longevidad como si fueran dos temas separados, o como si solo la primera mereciera política pública urgente. Son la misma conversación sobre el futuro de la sociedad del nuevo siglo. Sabemos por qué nacen menos chicos, hay evidencia de sobra, la síntesis global es: a mayor desarrollo y riqueza, suele haber menos nacimientos. Por ello, necesitamos preguntarnos qué estamos haciendo para que los años que ya ganamos —los que ya están ahí, incorporados a nuestra biografía colectiva— se vivan con salud, con propósito y con autonomía, y no como una prórroga incierta.</p><p>La pregunta que de verdad importa no es cuántos años más vamos a vivir. Eso, en gran medida, ya está definido. La pregunta es qué vamos a hacer con ellos. Y esa respuesta no se improvisa a los setenta, cuando las decisiones que la condicionan ya se tomaron treinta o cuarenta años antes. Se aprende. Se enseña. Requiere escuela, política pública, medios de comunicación, sistema de salud y familias trabajando en la misma dirección.</p><p>El mundo que hoy se pregunta, con razón, cómo revertir la caída de la natalidad, tiene pendiente una pregunta hermana, igual de decisiva: cómo construye, desde ahora, la pedagogía que le permita a sus ciudadanos vivir bien el tiempo que ya ganaron.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/BR2j9M2r0Q-I6KvQbjJ78KoGR6M=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/09/viejos.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Seguimos leyendo este fenómeno como un problema de sostenibilidad fiscal, como si la extensión del tiempo de vida fuera solo un pasivo a financiar]]>
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                                                <category term="sociedad" label="sociedad" />
                                <updated>2026-09-06T03:55:56+00:00</updated>
                <published>2026-09-06T03:54:42+00:00</published>
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            Argentina necesita una estrategia de Inteligencia Artificial
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Wv2koZeOVF1LKOW7zYRDRuugdzY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/08/inteligencia_artificial.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Carlos Regazzoni (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>La inteligencia artificial transforma empleos, empresas y profesiones, pero falta una instancia concreta de gestión dentro del Estado. Esto abre una pregunta: si existiera un responsable nacional de IA, ¿qué función tendría? La respuesta menos interesante sería otro ministerio tecnológico; sin claridad en los resultados esperables sería contraproducente. Tampoco otra agencia regulatoria. Regular antes de comprender, en este caso nos llevaría a actuar por temor. Lo que falta es una capacidad que el Estado argentino no posee: organizar el uso público de la IA para aumentar comprensión, anticipación y poder de decisión en función del bien común.</p><p>Guste o no, la IA se convierte en una cuestión de Estado. Estados Unidos, China, los países del Golfo y las principales economías asiáticas están tomando decisiones estructurales sobre cómputo, energía, datos y talento. La Argentina eligió temprano atraer la frontera tecnológica a nuestro territorio. Pero atraer la IA es la mitad de la tarea; la otra mitad es usarla.</p><p>El presidente Javier Milei junto a Demian Reidel propusieron su teoría sobre escala mínima viable. Si el crecimiento moderno está gobernado por rendimientos crecientes, el tamaño y la capacidad de una economía determinan si prospera o se apaga. Pero en esta era, la escala mínima viable no es solo económica, sino también epistémica. Una nación que no comprende sus propios datos decide con información incompleta, arranca en seria desventaja, gasta mal, y pierde productividad. Y la inteligencia artificial sería un enorme potenciador de rendimientos crecientes. El poder de esta tecnología consiste en su capacidad de transformar información, en predicciones, recomendaciones y decisiones (es decir inferencia) a escala industrial. Y la verdadera pregunta para nosotros será entender cómo apoyarnos en ella para prosperar en libertad. Es en este contexto que cobra relevancia la inquietud por una estrategia nacional de la IA; para fortalecer la capacidad pública de decisión.</p><p>&nbsp;</p>A hombros de gigantes<p>Soberanía no significa pretender fabricar en la Argentina lo que producen OpenAI, Google o los grandes laboratorios chinos. La mejor estrategia para un país de nuestras dimensiones será construir a partir de ellos, las capacidades inferenciales propias. Necesitamos desarrollar aquello que ningún laboratorio extranjero podrá hacer por nosotros: modelos adaptados a nuestros problemas, instituciones capaces de utilizarlos, datos públicos de calidad y una arquitectura nacional para convertir información en mejores decisiones para el desarrollo.</p><p>Una estrategia nacional sobre IA debería centrarse en aumentar la capacidad del Estado y de la sociedad argentina para convertir datos en mejores decisiones ayudados por la inteligencia artificial, preservando la responsabilidad humana, el control republicano y la soberanía. Tendría que ser transversal a toda la Administración Pública y articular con universidades, empresas y sistema científico en dirección de la mayor adopción posible de IA. El proyecto de gemelo digital social va en esta dirección. Consideremos ahora seis misiones.</p><p>&nbsp;</p>Primera misión<p>Antes de comprar un solo modelo habría que identificar dónde decide el Estado. ¿Cómo se determinan prioridades sanitarias? ¿Cómo se decide una prestación? ¿Dónde se inspecciona una empresa? ¿Cómo se decide reparar una ruta? ¿Dónde se identifica una familia vulnerable? ¿Dónde se asigna una vacante? El Mapa de Decisiones Públicas identificaría los sitios donde la IA podría informar, anticipar, recomendar o automatizar alguna parte del proceso.</p><p>No todas las decisiones pueden delegarse de la misma manera; se requieren niveles de delegación: organizar información, recomendar acciones, priorizar alternativas, ejecutar políticas o desarrollar autonomía operacional. Todo dependerá de la convivencia de principios republicanos y soluciones tecnológicas disponibles.</p><p>&nbsp;</p>Segunda misión<p>El Estado argentino debe convertirse en el primer gran usuario de inteligencia artificial, y en un cliente exigente. Cada año podrían seleccionarse diez o veinte desafíos nacionales mensurables y convocar a universidades, startups, empresas y organismos públicos a resolverlos: reducir abandono escolar, anticipar demanda hospitalaria, detectar fraude, prevenir inundaciones, mejorar compras públicas, reducir tiempos administrativos o identificar deterioros de infraestructura. El Estado plantea el problema y paga por resultados; el mercado produce la solución innovadora.</p><p>El Estado debería crear las condiciones para que aparezcan actores privados. Universidades, Conicet, startups y empresas deberían poder concursar por challenge grants, créditos de cómputo, sandboxes regulatorios y contratos de compra pública. Esto potenciaría un mercado interno de innovación.</p><p>&nbsp;</p>Tercera misión<p>La Argentina necesita garantizar acceso distribuido a capacidad computacional e inferencial. Serviría una Red Federal de Inferencia Pública: infraestructura nacional y regional de cómputo, universidades, centros científicos y capacidad privada interconectados bajo estándares comunes. Gobiernos, hospitales y universidades podrían acceder mediante esa red a cómputo, modelos, almacenamiento seguro y herramientas de IA que individualmente no podrían financiar. Esto creará escala e igualará el acceso de las jurisdicciones a las potencialidades de la IA.</p><p>La información no debe servir para describir el pasado, sino para anticipar. El INDEC podría tener un proyecto especial de inteligencia demográfica; el Servicio Meteorológico podría modelar sequías, inundaciones e incendios; y el Ministerio de Salud podría desarrollar vigilancia epidemiológica inteligente o estimar la demanda futura de insumos. El salto institucional consiste en pasar a estimar responsablemente futuros posibles antes de decidir.</p><p>La velocidad de la innovación obliga a abandonar la lógica administrativa convencional. El país necesita un Monitor Nacional de Innovación en IA, dedicado a identificar nuevos modelos, técnicas, arquitecturas, riesgos, aplicaciones y cambios económicos. No podemos regular en 2028 la tecnología que conocíamos en 2026.</p><p>Además, así como el principio de subsidiariedad procura que las decisiones se adopten en el nivel más próximo posible a las personas afectadas, podríamos hablar de subsidiariedad inferencial: ninguna comunidad debería entregar a una instancia superior o distante toda la capacidad de comprender los datos sobre los cuales toma sus decisiones. Un gobierno, una universidad o un hospital, necesitan acceso al cómputo, a sus datos y a los modelos para comprender, cuestionar y corregir las inferencias que los afectan.</p><p>La Argentina hoy no necesita fabricar el próximo GPT para beneficiarse de esta revolución. Necesita población educada, universidades conectadas con la frontera tecnológica, empresas innovadoras, infraestructura computacional, datos utilizables y un Estado que sepa plantear problemas y adquirir soluciones. Nuestra ventaja estará en aprender antes que otros países comparables a utilizar modelos extraordinariamente poderosos para resolver problemas reales de desarrollo. La pregunta argentina debería ser: ¿qué país podríamos construir si utilizáramos esta extraordinaria capacidad para decidir mejor? Y la estrategia nacional de inteligencia artificial debería comenzar por responderla. El objetivo final no es tener más IA, sino construir una sociedad capaz de florecer gracias a ella.///</p><p>(*) Médico y político argentino</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Wv2koZeOVF1LKOW7zYRDRuugdzY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/08/inteligencia_artificial.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La iniciativa sugiere elegir cada año entre 10 y 20 desafíos medibles y convocar a universidades, startups y organismos públicos]]>
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                                                <category term="sociedad" label="sociedad" />
                                <updated>2026-08-30T12:33:22+00:00</updated>
                <published>2026-08-30T12:31:41+00:00</published>
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            La soledad no deseada en personas mayores
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                <![CDATA[Ecos Diarios]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/7JUkzqH9AIyVw3N-uySXpfkj_Qw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/08/soledad.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Mercedes Joury (*)</p><p>Colaboración</p><p>Vivimos más años que nunca. Los avances de la medicina, la ciencia y las condiciones de vida hicieron posible un aumento extraordinario de la esperanza de vida. Pero este logro también nos plantea una pregunta: ¿qué significa vivir más si esos años no están acompañados de bienestar, autonomía y relaciones significativas?</p><p>El desafío de la longevidad no consiste solamente en sumar años, sino en asegurar que esos años puedan transcurrir con salud, proyectos y calidad de vida.</p><p>Y en esa conversación hay un aspecto que durante mucho tiempo quedó relegado: nuestros vínculos. Podemos cuidar nuestra alimentación, hacer actividad física, realizar controles médicos y mantenernos activos. Pero también necesitamos algo tan básico como difícil de medir: sentir que somos parte de algo, tener con quién compartir una preocupación, una alegría o simplemente un momento del día.</p><p>Ahí aparece la soledad no deseada.</p><p>No se trata simplemente de estar solo. La Organización Mundial de la Salud (OMS) distingue entre aislamiento social y soledad: el primero se refiere a la cantidad y frecuencia de las interacciones sociales, mientras que la segunda es una experiencia subjetiva vinculada a cómo percibimos nuestras relaciones y conexiones con los demás.</p><p>&nbsp;</p><p>Elegida vs. no deseada</p><p>La soledad elegida es diferente de la soledad no deseada. Una persona puede tener familia, amistades y vínculos significativos y, aun así, elegir pasar tiempo sola y sentirse bien con ello. La soledad no deseada aparece cuando existe una distancia entre los vínculos que tiene y los que desea o necesita.</p><p>Por eso, sentirse solo ocasionalmente no es lo mismo que atravesar una situación sostenida de aislamiento o falta de vínculos. Se puede vivir solo y no sentirse solo. Y también sentirse profundamente solo aun estando rodeado de personas.</p><p>Esta distinción es especialmente importante cuando hablamos de personas mayores. A lo largo de la vida pueden producirse situaciones que transforman las redes afectivas y sociales: la pérdida de una pareja o de amigos, la jubilación, problemas de salud, dificultades de movilidad, cambios familiares o el alejamiento progresivo de los espacios y las personas que antes formaban parte de la vida cotidiana.</p><p>La soledad no deseada no puede pensarse solamente como una experiencia íntima: es un fenómeno social que requiere respuestas colectivas. La evidencia científica muestra que está asociada con un mayor riesgo de depresión y ansiedad, deterioro cognitivo, enfermedades cardiovasculares y mortalidad prematura. La OMS estima que una de cada seis personas en el mundo experimenta soledad y reconoce a la conexión social como una prioridad de salud pública.</p><p>Frente a esta realidad, las políticas públicas tienen un papel que cumplir. Desde el Estado podemos contribuir a generar las condiciones para que las relaciones comunitarias se fortalezcan y para que nadie quede desconectado de su entorno. En la Ciudad de Buenos Aires decidimos poner este tema en agenda hace ya varios años.</p><p>En 2022, realizamos la primera encuesta sobre soledad no deseada en personas mayores, una iniciativa pionera que permitió dimensionar una problemática que muchas veces se vive en silencio. Entre los resultados, pudimos ver que el 70% de las personas mayores consultadas manifestó haber sentido tristeza, y el 56% señaló que esa tristeza era recurrente. El estudio también mostró una mayor frecuencia de esta experiencia entre las mujeres mayores que viven solas. Pero, sobre todo, esta encuesta nos dejó algo fundamental: información para actuar.</p><p>&nbsp;</p><p>Escucha activa</p><p>A partir de esos datos se creó Escucha Activa, un dispositivo de acompañamiento que ofrece un espacio de conversación, escucha y contención a las personas mayores. La iniciativa parte de una premisa sencilla pero fundamental: a veces, sentirse acompañado comienza por saber que hay alguien dispuesto a escuchar. Este programa se complementa con un dispositivo de acompañamiento psicológico y contención emocional para personas mayores, implementado en articulación con la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires (UBA).</p><p>Además, en la gestión del Jefe de Gobierno, Jorge Macri, estamos llevando adelante una campaña de concientización para visibilizar la soledad no deseada, promover la importancia de los vínculos y acercar a la comunidad herramientas para reconocer estas situaciones y saber cómo acompañar.</p><p>También avanzamos con Red Activa, una iniciativa participativa y voluntaria que impulsa la solidaridad y la ciudadanía activa, porque entendemos que la respuesta a la soledad no puede quedar solamente en manos del Estado. Necesitamos una comunidad atenta y comprometida. Vecinos, comercios, organizaciones y otros actores que puedan estar cerca, para detectar cuándo alguien necesita orientación o compañía y facilitar el acceso a los recursos disponibles.</p><p>Todo esto se complementa con los múltiples dispositivos de encuentro y espacios de contención con los que ya cuenta la Ciudad, como los Centros de Día, Café en Compañía, Tercera en Movimiento y las actividades propuestas en la app +Simple, entre otras iniciativas que promueven la participación, el encuentro y la construcción de nuevos vínculos.</p><p>&nbsp;</p><p>Nuevas maneras de construir</p><p>Ahora bien, las sociedades cambian. Así como se transforman nuestras familias, nuestras rutinas y nuestras formas de relacionarnos, también aparecen nuevas maneras de construir comunidad y de buscar compañía. Por eso, las políticas públicas tienen que ser capaces de leer esas transformaciones y adaptarse a ellas.</p><p>Hoy volvemos a preguntar porque queremos volver a escuchar.</p><p>Este año lanzamos una nueva encuesta sobre soledad no deseada junto con la Facultad de Psicología de la UBA, para comprender cómo evolucionó esta experiencia entre las personas mayores y qué nuevas realidades tenemos por delante. Queremos saber qué necesitan hoy las personas mayores para sentirse acompañadas, conectadas y parte activa de su comunidad. Preguntar no es solamente obtener un dato. Es reconocer que, detrás de cada respuesta, hay una experiencia que merece ser escuchada. Escuchar también es una forma de cuidar.</p><p>La nueva longevidad nos invita a ampliar nuestra mirada. No alcanza con cuidar la salud física: también tenemos que promover la autonomía, la participación, los proyectos personales y los espacios donde puedan construirse relaciones significativas. Una sociedad que aspira a vivir más también tiene que aprender a acompañar mejor. Ese es uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo: construir una sociedad donde los años que le ganamos a la vida puedan estar llenos de vínculos, proyectos, conversaciones, afectos y sentido.</p><p>&nbsp;</p><p>(*) Subsecretaria de Personas Mayores del Ministerio de Desarrollo Humano y Hábitat de la Ciudad.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/7JUkzqH9AIyVw3N-uySXpfkj_Qw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/08/soledad.webp" class="type:primaryImage" /></figure>El bienestar en la vejez no depende solo de la medicina, sino también del acompañamiento y la escucha]]>
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                                                <category term="sociedad" label="sociedad" />
                                <updated>2026-08-23T04:37:16+00:00</updated>
                <published>2026-08-23T04:36:00+00:00</published>
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            El laberinto de las conexiones: ¿más comunicados o más solos?
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                <![CDATA[Ecos Diarios]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/EhnbBcXSDcBNB-4IuFcIgw48Xys=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/08/ia_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Melisa Machuca (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>Nunca fue tan fácil llegar hasta otro ser humano.</p><p>En apenas unos segundos podemos escribirle a alguien que vive del otro lado del mundo, compartir una fotografía, enviar una voz, participar de una conversación o conocer personas que, hace apenas unas décadas, jamás se habrían cruzado en nuestro camino. La tecnología consiguió algo extraordinario: reducir las distancias físicas hasta volverlas casi imperceptibles.</p><p>Sin embargo, mientras el mundo aprendía a conectarse, comenzó a hacerse cada vez más difícil encontrarse. Y esa diferencia, que parece apenas una cuestión de palabras, encierra una de las paradojas más profundas de nuestro tiempo. Conectarse es establecer un puente; encontrarse es cruzarlo.</p><p>Podemos intercambiar cientos de mensajes durante un día entero y aún así seguir ignorando aquello que verdaderamente le sucede a la persona que está del otro lado de la pantalla. Podemos compartir fotografías, gustos, viajes, opiniones y rutinas sin llegar nunca a conocer un miedo, una herida, una ilusión o una esperanza. Tenemos acceso permanente a la vida de los demás y, aun así, cada vez resulta más difícil sentir que alguien nos conoce de verdad.</p><p>Quizá porque la cercanía nunca dependió de la distancia, siempre dependió de la profundidad.</p><p>Durante años se creyó que la tecnología resolvería uno de los grandes problemas de la humanidad: la soledad. Si podíamos hablar con cualquiera, desde cualquier lugar y en cualquier momento, parecía lógico pensar que también nos sentiríamos más acompañados. Sin embargo, ocurrió algo inesperado. A medida que aumentaron nuestras posibilidades de comunicarnos, también crecieron las dificultades para sostener conversaciones capaces de transformarnos.</p><p>&nbsp;</p><p>Respondemos pero no escuchamos</p><p>Nos acostumbramos a responder rápido, pero cada vez escuchamos menos. Aprendimos a reaccionar con un ícono, pero olvidamos el valor de permanecer largos minutos intentando comprender el dolor de alguien. Podemos saber que una persona publicó una fotografía, pero ignorar que necesitaba, desesperadamente, que alguien la llamara.</p><p>La hiperconectividad nos volvió extraordinariamente eficientes para intercambiar información. No necesariamente para compartir intimidad. Y la intimidad nunca fue un intercambio de datos. Es un espacio que se construye lentamente, donde dos personas dejan de mostrarse para empezar, poco a poco, a revelarse.</p><p>Tal vez por eso tantas relaciones nacen y terminan con facilidad, antes de haber aprendido quién era realmente el otro. Vivimos rodeados de posibilidades. Siempre parece existir una conversación más interesante, una persona nueva por conocer, otra historia esperando apenas un movimiento del dedo sobre la pantalla. La abundancia terminó instalando una idea silenciosa: nada merece demasiado esfuerzo porque todo puede reemplazarse.</p><p>Pero las personas nunca fueron reemplazables.</p><p>Cada ser humano llega con una historia irrepetible, una manera única de mirar el mundo y una forma particular de amar. Cuando empezamos a consumir vínculos con la misma rapidez con la que consumimos contenido, dejamos de descubrir personas para empezar apenas a recorrer perfiles. Y conocer un perfil jamás será equivalente a conocer un alma.</p><p>Todo aquello que realmente vale la pena construir necesita tiempo. La confianza necesita tiempo. La amistad necesita tiempo. El amor necesita tiempo. Ninguna conversación importante ocurre con prisa. Ninguna herida encuentra consuelo en una respuesta automática. Ningún recuerdo inolvidable nace de una atención fragmentada entre una persona y diez notificaciones.</p><p>&nbsp;</p><p>La capacidad de permanecer</p><p>Quizá esa sea la pérdida más silenciosa de nuestra época: la capacidad de permanecer. Permanecer en una conversación aunque aparezca otra más entretenida. Permanecer en una relación cuando desaparece la euforia de los comienzos y llega el momento de construir. Permanecer frente a alguien sin mirar, cada pocos minutos, aquello que sucede en otra parte. Vivimos pendientes de todo lo que ocurre lejos y cada vez menos disponibles para quien se sienta frente a nosotros.</p><p>El romanticismo siempre entendió algo que hoy parece contracultural: el encuentro verdadero exige presencia. No alcanza con estar. Hay que habitar el momento. Escuchar sin pensar en la respuesta. Mirar sin esperar que esa escena se convierta en una publicación. Recordar los pequeños detalles que ningún algoritmo considera importantes, pero que terminan sosteniendo una vida compartida.</p><p>El amor nunca estuvo hecho de grandes gestos aislados. Está hecho de la suma de miles de actos cotidianos que casi nadie ve. Preparar un café como al otro le gusta. Esperarlo unos minutos más antes de empezar a cenar. Aprender a reconocer un silencio distinto. Saber cuándo hace falta hablar y cuándo alcanza con quedarse cerca.</p><p>Esos momentos difícilmente se vuelvan virales, y tampoco lo necesitan. Existe una belleza inmensa en aquello que sucede lejos de cualquier escenario.</p><p>Por eso me cuesta aceptar que el amor romántico sea una idea antigua. Creo exactamente lo contrario. En una época que parece haber convertido la inmediatez en una virtud y la permanencia en una rareza, enamorarse profundamente es una forma de resistencia. Elegir conocer de verdad a otra persona cuando todo invita a pasar rápidamente a la siguiente es defender una manera distinta de habitar el mundo.</p><p>No se trata de rechazar la tecnología ni de idealizar otros tiempos. Las herramientas nunca son el problema. Lo verdaderamente decisivo sigue siendo el uso que hacemos de ellas y el lugar que les permitimos ocupar en nuestra vida.</p><p>&nbsp;</p><p>Quiénes somos</p><p>La verdadera pregunta no es cuánto tiempo pasamos conectados, sino cuántas personas conocen realmente quiénes somos cuando dejamos el teléfono sobre la mesa y la conversación deja de depender de una pantalla. Porque el ser humano nunca buscó únicamente comunicarse; siempre buscó ser comprendido, encontrar un lugar donde pudiera bajar las defensas, decir aquello que jamás publicaría y descubrir que, aún así, alguien elegía quedarse.</p><p>Quizá por eso sigo creyendo en el amor romántico. Porque, entre millones de perfiles, fotografías y conversaciones fugaces, continúa siendo la única forma de encuentro que desafía la lógica de lo descartable. El amor no consiste en encontrar a alguien con quien hablar todos los días, sino a alguien con quien el silencio también tenga sentido. A alguien cuya presencia vuelva innecesario seguir buscando. Porque, al final, ninguna tecnología podrá ofrecerle al ser humano aquello que más ha anhelado desde el principio de los tiempos: la inmensa fortuna de sentirse elegido por una única persona en un mundo donde siempre existieron millones.</p><p>&nbsp;</p><p>(*) Escritora y creadora de historias</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/EhnbBcXSDcBNB-4IuFcIgw48Xys=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/08/ia_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Una mirada crítica sobre cómo la hiperconectividad digital ha transformado la sociabilidad humana]]>
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                                                <category term="sociedad" label="sociedad" />
                                <updated>2026-08-09T02:19:28+00:00</updated>
                <published>2026-08-09T02:18:30+00:00</published>
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            La próxima ventaja competitiva será saber gobernar la inteligencia artificial
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Q7YXssxmYCKmiJYNKhdJXS0ocRs=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/08/ia.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Ramiro González Forcada (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>Durante el último año, la conversación sobre inteligencia artificial en las empresas estuvo dominada por una pregunta bastante limitada: qué podemos automatizar. La respuesta apareció rápido. Se pueden automatizar procesos, contenidos, reportes, análisis, búsquedas, interacciones con clientes, tareas internas y buena parte de aquello que antes consumía horas de equipos completos.</p><p>Pero esa pregunta ya quedó chica. La discusión que viene -y que en muchas compañías todavía no empezó con la profundidad necesaria- es otra: qué estamos dispuestos a delegar, bajo qué criterios, con qué límites y quién responde cuando esa inteligencia artificial interviene en una decisión relevante.</p><p>Ahí aparece el verdadero tema. La gobernanza de IA no es una moda corporativa ni un trámite de compliance. Tampoco debería ser una excusa para frenar la innovación. Es, en realidad, la condición necesaria para que la inteligencia artificial pueda escalar dentro de una organización sin convertirse en una suma de experimentos aislados, riesgos invisibles y decisiones difíciles de explicar.</p><p>&nbsp;</p><p>El uso de la IA</p><p>Hoy muchas empresas ya usan IA, aunque todavía no siempre lo admitan formalmente:</p><p>·&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Un equipo de marketing la usa para segmentar mejor audiencias o producir contenido más rápido.</p><p>·&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Un área de recursos humanos la prueba para filtrar perfiles. Un equipo comercial la utiliza para priorizar oportunidades.</p><p>·&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Finanzas la incorpora para detectar patrones.</p><p>·&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Atención al cliente la entrena para responder consultas. En el organigrama parecen iniciativas separadas.</p><p>En la práctica, todas tocan algo sensible: datos, reputación, criterio, experiencia del cliente, decisiones de negocio y confianza.</p><p>El problema no es que las empresas estén usando inteligencia artificial. El problema es que muchas la están usando sin una arquitectura de responsabilidad clara.</p><p>Por eso, gobernar la IA no significa escribir un documento de 80 páginas que nadie lee. Significa definir cómo se toman decisiones con IA dentro de la compañía:</p><p>·&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; qué datos se pueden usar y cuáles no;</p><p>·&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; qué casos requieren aprobación humana;</p><p>·&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; qué modelos son aceptables para cada nivel de riesgo;</p><p>·&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; qué métricas se van a mirar;</p><p>·&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; qué pasa si el sistema se equivoca;</p><p>·&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; quién audita;</p><p>·&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; quién corrige, y</p><p>·&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; quién tiene la última palabra.</p><p>La gobernanza empieza cuando una empresa deja de preguntarse solamente cómo incorporar IA y empieza a preguntarse cómo quiere trabajar con IA.</p><p>Este punto es especialmente importante para el management. La IA no puede quedar encerrada en el área de tecnología, porque sus efectos exceden a la tecnología.</p><p>Tampoco puede quedar únicamente en legales, porque si se aborda solo desde el riesgo se pierde capacidad de ejecución.</p><p>Y no puede depender de la voluntad individual de algunos perfiles curiosos, porque entonces la organización queda partida entre quienes avanzan por su cuenta y quienes siguen mirando desde afuera.</p><p>&nbsp;</p><p>El contexto</p><p>Hay una diferencia central: el riesgo no está solo en la tecnología, sino en el contexto en el que se la aplica. Una misma solución puede ser inofensiva en un proceso y crítica en otro. Una automatización puede ahorrar tiempo en una tarea operativa, pero generar un problema enorme si afecta derechos, privacidad, reputación o decisiones estratégicas.</p><p>Las empresas que esperen a que la regulación les ordene la casa probablemente lleguen tarde. Europa ya marcó un camino con el AI Act.</p><p>Estados Unidos viene trabajando marcos de gestión de riesgo desde NIST. ISO publicó un estándar específico para sistemas de gestión de inteligencia artificial.</p><p>En Argentina también existen recomendaciones y guías vinculadas a transparencia, protección de datos personales y uso responsable de IA. Pero, más allá de cada marco regulatorio, el mensaje de fondo es claro: la etapa de probar IA sin gobierno se está terminando. Esto no significa que todas las compañías tengan que crear estructuras enormes o copiar modelos pensados para grandes corporaciones globales.</p><p>América Latina necesita una mirada propia: más pragmática, más cercana a la ejecución y más proporcional al riesgo real de cada negocio. Si la gobernanza se vuelve demasiado pesada, muchas empresas van a dejar de innovar. Pero si es demasiado liviana, la innovación se vuelve frágil.</p><p>En la práctica, una buena gobernanza de IA puede empezar con cinco preguntas: qué decisión o proceso queremos mejorar; qué datos vamos a usar; qué riesgo puede generar ese uso; quién es responsable del resultado; cómo vamos a medir si realmente creó valor. Parece simple, pero muchas iniciativas de IA fallan justamente porque nunca contestaron eso.</p><p>También hay un punto que suele quedar afuera de la conversación: el talento. La gobernanza no vive en los documentos, sino en la forma en que trabajan las personas. Una empresa puede tener la mejor política de IA, pero si sus equipos no tienen criterio para usarla, desafiarla, corregirla o detectar sus límites, esa política se vuelve decorativa.</p><p>El talento que viene no se va a diferenciar solo por saber usar herramientas. Se va a diferenciar por saber cuándo usarlas, cuándo no, cómo validar lo que producen y cómo integrarlas en procesos reales de negocio. Ese criterio va a ser cada vez más valioso, porque la inteligencia artificial reduce el costo de producir respuestas, pero aumenta la importancia de saber hacer buenas preguntas y tomar mejores decisiones.</p><p>Por eso, cada quick win debería dejar algo más que un caso exitoso. Debería dejar un aprendizaje, una regla, un responsable, una métrica, una práctica reutilizable. Si un piloto funciona, pero no mejora la capacidad de la organización para volver a hacerlo mejor la próxima vez, entonces fue una demo, no una transformación.</p><p>La IA sin gobierno produce demostraciones. La IA con gobierno produce transformación.///</p><p>&nbsp;</p><p>(*) El autor es Co-Founder &amp; CEO de The Flock</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Q7YXssxmYCKmiJYNKhdJXS0ocRs=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/08/ia.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La etapa de “automatizar por automatizar” se agota: ahora hay que definir criterios, límites y responsabilidades cuando los modelos intervienen en decisiones]]>
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                                <updated>2026-08-02T02:52:08+00:00</updated>
                <published>2026-08-02T02:50:43+00:00</published>
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            El celular en el aula: de la prohibición al acompañamiento
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        <link rel="alternate" href="https://elecos.com.ar/el-celular-en-el-aula-de-la-prohibicion-al-acompanamiento" type="text/html" title="El celular en el aula: de la prohibición al acompañamiento" />
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                <![CDATA[Ecos Diarios]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/DZvr1vNft7HCfEpjp9SMpX9yENA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/07/sociedad_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Darío Álvarez Klar (*)</p><p>Colaboración</p><p>El debate sobre el uso del celular en las escuelas se sostiene con los años: están quienes piden la prohibición absoluta y quienes defienden la libertad del alumno para decidir. En el medio, los docentes tratan de dar clases mientras compiten con una pantalla que no deja de proponer estímulos.</p><p>Los datos de PISA 2022 le pusieron números a una intuición que ya todos teníamos. Más de la mitad de los estudiantes de 15 años usa el celular todos los días en la escuela, y ese uso implica pérdida de atención en clase. Entre los cerca de 80 países evaluados por la OCDE, Argentina, Uruguay y Chile aparecen entre los que más distracción reportan. No es un dato menor, es el reflejo de una transformación que atravesó a toda una generación en muy poco tiempo.</p><p>Investigadores de la Universidad de Texas mostraron algo que a primera vista resulta llamativo, si el celular está cerca, aunque esté apagado y guardado, el cerebro destina parte de sus recursos a resistir la tentación de mirarlo. Es decir, no hace falta usarlo; alcanza con que exista la posibilidad de usarlo para perder el foco. En la vereda de enfrente, un estudio de la London School of Economics encontró mejoras significativas en el rendimiento académico cuando los celulares directamente se sacaron del aula, con un impacto todavía mayor en los estudiantes que ya venían con más dificultades.</p><p>El autor de La generación ansiosa, Jonathan Haidt, que viene estudiando el vínculo entre celulares y salud mental desde hace más de una década, plantea que no se trata solo de atención escolar sino de ansiedad, de sueño, de la forma en que los chicos construyen vínculos entre ellos.</p>Cambio de hábitos<p>Con toda esa evidencia sobre la mesa, la pregunta sobre si prohibir o no, pasa a convertirse en otra más incómoda pero más productiva: ¿Qué estamos dispuestos a enseñarles a los chicos sobre el uso de la tecnología?</p><p>En las escuelas de la Red Educativa Itínere venimos implementando diferentes medidas para reducir el uso de celulares en el ámbito escolar y fomentar el cambio de hábitos en nuestros alumnos. Una de nuestras iniciativas más recientes incorpora el protocolo desarrollado por MotivEd, que combina el uso de sus fundas magnéticas con lineamientos de implementación para que el alumno mantenga el celular, pero sin acceso a él durante la jornada, habilitándolo únicamente cuando exista una razón pedagógica para utilizarlo. De la experiencia acumulada, resultaron algunas claves que creo que cualquier escuela puede aplicar:</p><p>Que la regla sea parte del proyecto institucional, no una imposición aislada: debe integrarse al reglamento de convivencia, con sus razones explicadas (recuperar atención, mejorar el aprendizaje, cuidar las interacciones sociales).</p><p>Definir con claridad cuándo el celular sí se habilita con fines pedagógicos, y comunicarlo de antemano. Así el docente deja de tener que controlar constantemente y puede enfocarse en enseñar.</p><p>Sumar a las familias desde el principio: los hábitos también se construyen en casa. Por eso, firmamos acuerdos con las familias y con organizaciones para generar charlas informativas, de sensibilización y concientización para que la medida no se quede a mitad de camino.</p><p>Implementar herramientas que permitan reducir la disponibilidad del celular sin retirarlo del estudiante, como las fundas magnéticas utilizadas dentro del protocolo de MotivEd, evitando que los dispositivos queden bajo custodia de la escuela y reduciendo la carga operativa de los docentes.</p><p>Medir antes y después de implementar: relevar atención, convivencia y bienestar permite ajustar el protocolo con datos reales, no con impresiones.</p>Atención y conexión<p>A partir de la implementación de estas iniciativas, y de datos relevados en investigaciones que llevamos adelante desde 2019, notamos un mayor clima de atención y conexión con el aprendizaje y también un resultado menos cuantificable, pero que nos gusta subrayar. Cuando conversamos con nuestros alumnos sobre estos cambios, una de las cosas que más valoran es haber recuperado el recreo. Volvieron a encontrarse, a conversar y a jugar sin que la pantalla organizara ese tiempo compartido.</p><p>No se trata de demonizar el celular, pero tampoco de ignorar que cada vez más países avanzan en regulaciones sobre su uso y sobre el acceso de los menores a las redes sociales.</p><p>Regular el celular en la escuela tampoco significa quedarse atrás en la evolución tecnológica. Cuando pensamos cómo incorporar tecnología a la enseñanza, también están las computadoras y otras herramientas digitales: innovar no exige que el teléfono esté siempre presente.</p><p>Ninguna herramienta tecnológica y ningún reglamento va a reemplazar el trabajo más difícil, que es el de enseñarles a los chicos a construir una relación más sana con sus dispositivos. Pero sí creo que hay un rol para la escuela en crear las condiciones para que ese aprendizaje sea posible y entornos donde, durante un rato del día, la atención le gane a la distracción.</p><p>&nbsp;</p><p>(*) Fundador y director general de la Red Educativa Itínere,</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/DZvr1vNft7HCfEpjp9SMpX9yENA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/07/sociedad_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La evidencia ya no discute si el celular distrae en clase, sino qué hacer con esa distracción sin convertir a los maestros en custodios de teléfonos ni al vínculo con la tecnología en un conflicto diario entre adultos y estudiantes]]>
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                                <updated>2026-07-26T02:51:32+00:00</updated>
                <published>2026-07-26T02:49:17+00:00</published>
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        <title>
            Qué dicen y qué no los resultados de Aprender 2025
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        <link rel="alternate" href="https://elecos.com.ar/que-dicen-y-que-no-los-resultados-de-aprender-2025" type="text/html" title="Qué dicen y qué no los resultados de Aprender 2025" />
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                <![CDATA[Ecos Diarios]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/KsZzJrGluyAGUZoNd5J8-Fg2qXk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/07/aprender.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por María Bielli (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>Hace unos días se conocieron los resultados de las evaluaciones educativas Aprender. La publicación de los datos de la edición 2025 se realizó dos meses más tarde de lo previsto y en la previa de la presentación del proyecto denominado Ley de Libertad Educativa.</p><p>No parece casualidad. Más bien parece un capítulo más del uso distorsionado del instrumento de evaluación. Una “mejora histórica” cuyos resultados son a todas luces objeto de manipulación.</p><p>Por eso, creo relevante aportar algunas consideraciones al debate público respecto de este tema y lo informado por la ministra de Capital Humano Sandra Pettovello.</p><p>&nbsp;</p><p>Mejoras</p><p>El informe señala una mejora en los desempeños académicos de los estudiantes de sexto grado del nivel primario en todo el país con respecto a la medición anterior (2023-2025): 11 pp más en Lengua y 5 pp más en Matemática.</p><p>La ministra asoció estas cifras al supuesto éxito del Plan Nacional de Alfabetización. Sin embargo, esta “política” -que consiste en la continuidad de la “hora más de clase” y en una recopilación de iniciativas jurisdiccionales dispares- inició en 2024 y apuntó al primer ciclo -de primer a tercer grado-, es decir, cohortes que no fueron evaluadas en este operativo.</p><p>Las mejoras entre 2023 y 2025 ocurrieron en ambas áreas y en todas las provincias —en el caso de Matemática, con la excepción de Misiones—. Es llamativa la manera en que los resultados se mueven en bloque para todas las provincias, primero “para abajo” (2021-2023) y luego, “hacia arriba” (2023-2025). Vale la pena aclarar que los resultados definitivos de 2023 fueron publicados en mayo de 2024 por el gobierno de Milei.</p><p>La serie disponible de Aprender primaria en Lengua para los años 2013-2025 ofrece una imagen de mejora en el mediano plazo (de 58% de estudiantes en satisfactorio+avanzado en 2013 a 77% en 2025), pero con volatilidad en los resultados entre ediciones sucesivas.</p><p>En los años intermedios se advierten “subidas y bajadas”, algunas muy marcadas (2016-2018 y 2023-2025), que parecen estar por encima del ritmo al que puede cambiar un fenómeno como los conocimientos y capacidades de estudiantes en el contexto de un sistema educativo de más de 10 millones de alumnos. A diferencia de otros fenómenos sociales de cambio rápido -la pobreza por ingresos impactada por cambios marcados en la inflación, por ejemplo-, los conocimientos escolares son más inerciales.</p><p>&nbsp;</p><p>Diferencias llamativas</p><p>Otro aspecto llamativo es la diferencia que se advierte entre las tendencias generales que informan la prueba Aprender por un lado y la prueba ERCE de UNESCO, por otro.</p><p>En particular, en Lengua, la evolución de los resultados desde 2013 es dispar: mientras Aprender reporta una marcada mejora hasta 2018 y luego un descenso hacia 2023, ERCE indica un empeoramiento marcado de los resultados entre 2013 y 2019 y una mejora hacia 2023.</p><p>Esta discordancia no puede ser explicada sólo por ser mediciones provenientes de dos pruebas distintas ya que ambas están midiendo el mismo año y grado, la misma materia y ambas diseñan sus pruebas tomando como referencia lo establecido en los Núcleos de Aprendizaje Prioritarios (NAP) a nivel nacional.</p><p>Por último, hay vacíos de información respecto a muchos aspectos del operativo Aprender. Las provincias son socias en la implementación, aportan opciones e insumos para el diseño y reciben los resultados finales. Pero no acceden a los resultados de las pruebas piloto que permiten comprender cómo queda conformada la prueba, ni tampoco acceden a las respuestas originales de los estudiantes que posibilitan entender cómo se llega a los puntajes que se asignan a cada niño o niña como resultado final. Pequeños cambios en un proceso de medición tan complejo pueden generar problemas en la comparabilidad. Tenemos en curso un pedido de acceso a la información pública que nos permita dilucidar las decisiones metodológicas tomadas en esta oportunidad.</p><p>&nbsp;</p><p>Con la pandemia atrás</p><p>¿Puede la mayor lejanía de estos estudiantes con la pandemia haber afectado positivamente en los resultados? Es posible, debido al tiempo de recuperación que tuvieron en comparación con la cohorte evaluada en 2023. En cualquier caso, los aspectos antes desarrollados no deberían pasarse por alto en los análisis de los resultados que se comunican como una “mejora histórica”.</p><p>Las pruebas estandarizadas tienen una relevancia sustancial no solo en la toma de decisiones de política educativa, sino también en la conversación pública sobre educación. La discusión sobre los resultados de Aprender es de importancia estratégica porque en ella se juega parte de un debate más general sobre la mejora de la escuela y la contribución de los distintos gobiernos, nacionales y provinciales, a ella. Necesitamos que sus datos sean precisos y confiables.</p><p>&nbsp;</p><p>Gobierno en la banquina</p><p>Estamos frente a un gobierno que parece estar en la banquina de la experiencia cotidiana de la población. Lo hace con la economía, cuando dice que hay crecimiento porque crecen dos de los veinte sectores de actividad de la economía, por lo que no sorprendería que replicara esa lógica en educación, en las vísperas de un debate que tendrá a la desescolarización como núcleo de su mal llamada Ley de Libertad Educativa.///</p><p>&nbsp;</p><p>(*) Socióloga y docente</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/KsZzJrGluyAGUZoNd5J8-Fg2qXk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/07/aprender.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La falta de acceso a información clave sobre la construcción y corrección de las pruebas dificulta la transparencia y la comparación confiable entre ediciones]]>
                </summary>
                                                <category term="sociedad" label="sociedad" />
                                <updated>2026-07-19T02:40:06+00:00</updated>
                <published>2026-07-19T02:06:26+00:00</published>
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        <title>
            Federalizar el futuro
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        <link rel="alternate" href="https://elecos.com.ar/federalizar-el-futuro" type="text/html" title="Federalizar el futuro" />
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        <author>
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                <![CDATA[Ecos Diarios]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/cxApUKEAFPowwgMqAStiWR2hfhw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/07/sociedad.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Agustina De la Nava (*)</p><p>&nbsp;</p><p>La Argentina vive una paradoja silenciosa: ya construyó una economía del conocimiento de escala mundial, casi sin que nadie la planificara, y todavía discute como si no existiera. Mientras la conversación pública sigue atrapada en el falso dilema —campo o industria—, en oficinas, universidades y computadoras de todo el país nació un sector que hoy es el tercer complejo exportador del país, detrás del agro y la energía.</p><p>La oportunidad es enorme y el momento es ahora. El sector exportó cerca de US$ 9.700 millones en el último año medido y emplea a más de 283.000 personas con salarios por encima del promedio, creciendo incluso cuando el resto del empleo privado se contrae. Pero la Argentina ocupa apenas el puesto 43º del mundo, con el 0,23% del mercado global: lejos de ser un techo, es la medida del margen que tenemos para crecer.</p><p>Ninguna región rompe su techo sin transformar lo que produce. Lo que para Frondizi y Frigerio fue el acero y el petróleo, para esta generación es el conocimiento. No se trata de abandonar la base agroindustrial, la energía y la minería sino de agregarle valor e inteligencia, de forma federal para que el talento no se concentre en cuatro distritos y con medios compatibles con el rumbo desregulador: no más gasto, sino sacar las trabas que asfixian al que crea y exporta.</p><p>Durante décadas, la conversación económica Argentina giró en torno a un dilema gastado: campo o industria, agro o trabajo. Pero los números cuentan otra historia. Mientras discutíamos, un tercer motor exportador creció hasta generar más divisas que varias cadenas fabriles históricas juntas, y a contramano del ciclo: sube incluso en recesión, porque vende afuera y cobra en dólares. El techo argentino nunca fue elegir entre el campo y otra cosa. Es la baja productividad y la falta de valor agregado.</p><p>Hay cinco reformas al alcance del Congreso que cambiarían la dinámica del sector: federalizar el cupo fiscal del régimen; completar la apertura cambiaria para las PyMEs de servicios; invertir en conectividad federal; vincular formación y empleo con un foco exportador; y articular la palanca nacional con los ecosistemas provinciales, incluida una Red de Enlaces que convierte a la diáspora en puente comercial.</p><p>La Argentina se relaciona mal con su propio talento. El país forma 139.000 graduados universitarios por año, un semillero que el mundo reconoce, hay más de 50 centros de servicios de empresas líderes globales instalados acá, atraídos por ese capital humano. Pero una porción creciente de esos profesionales es contratada directamente desde el exterior vía plataformas, o emigra. El talento se “exporta solo”, por fibra óptica, sin anclar empresa ni empleo formal local. No es solo economía: es arraigo, comunidades que forman a su gente más preparada para que rinda en otro lado.</p><p>La Argentina cuenta desde 2019 con un régimen de promoción de la economía del conocimiento (Leyes 27.506 y 27.570). Pero el beneficio opera bajo un cupo fiscal anual fijado por presupuesto, y ese cupo se agotó en 2024. Un beneficio limitado que se agota se reparte, por inercia, hacia donde ya están las empresas: CABA, Córdoba y Buenos Aires. El resultado es un círculo vicioso: el conocimiento se concentra donde ya hay conocimiento, y las provincias periféricas quedan afuera del reparto. La política nacional, en lugar de corregir la asimetría territorial, la profundiza.</p><p>Hay un momento propicio. El gobierno nacional ya está desregulando el frente cambiario. Desde septiembre de 2025, los exportadores de servicios que son personas físicas pueden conservar los dólares que facturan al exterior sin pesificarlos al tipo de cambio oficial: se eliminó el viejo tope de US$ 36.000 anuales. El sector lo celebró. Pero la tarea está a medio hacer: las empresas siguen sujetas a restricciones, y el propio Banco Central reconoce que levantarlas “no es prioridad”. Hay, entonces, una ventana abierta y una agenda pendiente que el Congreso puede tomar como bandera.</p><p>Conviene dimensionar lo que está en juego. Las exportaciones globales de servicios del conocimiento superaron los US$ 4 billones en 2024 y crecen al 9,5% anual, cuatro veces más rápido que el comercio de bienes. La Argentina crece aún más rápido que ese promedio, pero parte de muy abajo: puesto 43º del mundo, 0,23% del mercado. El dato tiene dos lecturas, y la honesta es la más útil: el país perdió participación en la última década (del 0,37% en 2010 al 0,22% en 2023) pero acaba de empezar a recuperarla (0,23% en el último dato). No es un techo: es una pista de despegue apenas iniciada. Países comparables —Costa Rica, Uruguay, Polonia, Portugal- ganaron terreno; no hay razón estructural para que la Argentina no lo haga.</p><p>Entre los ejemplos locales de cómo se puede avanzar, Córdoba adhirió al régimen nacional y construyó además su propio marco provincial, articulando universidades, empresas y Estado hasta ubicarse a la vanguardia tecnológica del país. La lección no es copiar un instrumento puntual, sino la idea de fondo: una provincia del interior puede competir por el talento y los mercados del mundo si lo decide y se organiza. El federalismo del conocimiento no es voluntarismo; ya hay un caso interno que lo prueba.</p><p>En el plano regional, el caso más elocuente viene del nordeste brasileño. En el año 2000, Pernambuco, uno de los estados más pobres de Brasil lanzó una política pública pionera que unió Estado, universidades y sector privado en torno a un distrito tecnológico. Veinticinco años después, Porto Digital es el mayor distrito de innovación de América Latina. La lección es doble. Primero: el polo no surgió solo; fue una decisión política sostenida en el tiempo. Segundo, y más pertinente para la Argentina: su estrategia madura fue integrar la tecnología con las vocaciones productivas regionales, la agricultura entre ellas. Es, casi textualmente, lo que la Argentina puede hacer con su base agropecuaria y energética: AgTech, software de precisión, datos aplicados a la extracción.</p><p>Nada de esto es ajeno a la tradición de la que provenimos. El desarrollismo sostuvo siempre que ninguna región rompe su techo sin transformar lo que produce, y que esa transformación se planifica estudiando la realidad, no improvisando consignas. Lo que para Frondizi y Frigerio fue el acero y el petróleo, para esta generación es el conocimiento. No es nostalgia: es método, y está más vigente que nunca.</p><p>&nbsp;</p><p>(*) Presidenta del MID de La Pampa</p>]]>
                </content>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/cxApUKEAFPowwgMqAStiWR2hfhw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/07/sociedad.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Lo que para Frondizi y Frigerio fue el acero y el petróleo, para esta generación es el conocimiento]]>
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                                                <category term="sociedad" label="sociedad" />
                                <updated>2026-07-12T01:56:45+00:00</updated>
                <published>2026-07-12T01:55:34+00:00</published>
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        <title>
            Bioética pública para anticipar y cuidar
        </title>
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        <author>
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                <![CDATA[Ecos Diarios]]>
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        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://elecos.com.ar/bioetica-publica-para-anticipar-y-cuidar">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/-F80KW8gDQd5t4rEorFqacvEsB0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/07/bioetica.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Fishel Szlajen (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>El COVID-19 mostró que una crisis sanitaria no compromete sólo la asistencia médica, sino también la calidad moral, política e institucional del Estado. Su enseñanza excede lo pandémico. La salud pública no puede gobernarse sólo desde la administración sanitaria, sino que requiere una bioética pública capaz de anticipar daños, cuidar vulnerabilidades y orientar decisiones ante cualquier evento crítico de salud pública. Hospitales, vacunas, test, protocolos y vigilancia epidemiológica son indispensables, pero insuficientes si no se define quién decide, con qué evidencia, bajo qué criterios y límites, y con qué legitimidad y sentido de justicia.</p><p>Gobernar la salud en contextos de incertidumbre, miedo social, presión política, escasez de recursos y tensión entre libertades individuales y protección colectiva exige algo más que administración sanitaria. Exige bioética pública, entendida como racionalidad institucional capaz de traducir dignidad, derechos, evidencia científica y responsabilidad estatal en decisiones concretas.</p><p>&nbsp;</p><p>Retórica de denuncia y memoria</p><p>Frecuentemente, parte del discurso público reduce los derechos humanos a una retórica de denuncia, memoria o sensibilidad. Todo ello es valioso, pero incompleto si no se traduce en capacidad estatal para cuidar. En salud, los derechos humanos se verifican al prevenir daños, asignar justa y equitativamente recursos escasos, proteger vulnerables, garantizar información confiable, ordenar la investigación biomédica y evitar que la persona sea abandonada por la burocracia, instrumentalizada por la técnica o reducida a variable económica.</p><p>La Declaración Universal sobre Bioética y Derechos Humanos (UNESCO, 2005), ubicó la bioética en el centro de los derechos humanos. Dignidad, autonomía, justicia, solidaridad, responsabilidad social y protección de la vulnerabilidad son criterios para gobernar la medicina, la ciencia, la tecnología y la salud pública.</p><p>El COVID-19 enseñó que, cuando la salud pública se tensiona, también la democracia. Cuando falta evidencia suficiente, proliferan consignas. Cuando los criterios éticos no están anticipados, la urgencia estrecha el margen de deliberación. Y cuando las instituciones no cuentan con capacidad prospectiva, la sociedad queda más expuesta a desigualdad, incertidumbre y sufrimiento evitable.</p><p>&nbsp;</p><p>Prudencia ética</p><p>La bioética, nacida para evitar la separación entre poder técnico y responsabilidad moral, fue pensada como puente entre conocimiento biológico, prudencia ética y supervivencia humana. Por eso, pensar las pandemias futuras permite asumir una responsabilidad pública más amplia. La salud pública no espera a que la política se ordene, los sistemas sanitarios se perfeccionen ni los Estados acuerden cómo distribuir recursos, tecnologías o tratamientos. Las pandemias exponen la fragilidad institucional y la distancia entre el derecho proclamado y el derecho efectivamente protegido. Prepararse no es un lujo administrativo, sino una obligación moral.</p><p>En ese marco, el Acuerdo sobre Pandemias adoptado en la 78.ª Asamblea Mundial de la Salud (OMS, 2025) expresa que el mundo comprendió que la prevención, la preparación y la respuesta ante futuras pandemias no pueden quedar libradas a reacciones aisladas. La salud pública global requiere cooperación, acceso equitativo a vacunas, diagnósticos y tratamientos, fortalecimiento de capacidades nacionales y coordinación internacional.</p><p>Pero esa cooperación plantea una tensión decisiva. Los países deben compartir información, muestras, datos genómicos y conocimiento científico. Ese intercambio sólo será legítimo si evita reproducir un sistema donde algunos aportan riesgos y otros capturan beneficios. Si los patógenos circulan globalmente, también deben circular con justicia los beneficios derivados de su estudio, tales como vacunas, diagnósticos, terapias, tecnología y capacidades.</p><p>La soberanía sanitaria no es la tan proclamada como ilusoria autosuficiencia. Es la capacidad de integrarse inteligentemente al mundo sin renunciar a la decisión propia. Supone instituciones idóneas, información propia, capacidad regulatoria, vigilancia epidemiológica, evaluación ética, recursos humanos formados e investigación responsable.</p><p>Aquí la bioética vuelve al centro del Estado. No como ornamento académico ni instancia reactiva, sino como racionalidad pública para orientar decisiones difíciles antes que el daño se produzca. Una bioética pública robusta está llamada a ofrecer criterios de prioridad, proporcionalidad, equidad, transparencia, prudencia, responsabilidad profesional y respeto por la dignidad humana.</p><p>La tradición bioética contemporánea, desde los principios formulados por Tom Beauchamp y James Childress, ordenó buena parte del debate a partir de autonomía, beneficencia, no maleficencia y justicia. Pero una crisis sanitaria muestra que esos principios no pueden aplicarse mecánicamente. La autonomía no puede convertirse en indiferencia frente al daño a terceros. La beneficencia no justifica cualquier paternalismo. La no maleficencia incluye daños colectivos por omisión. Y la justicia exige criterios públicos de distribución y protección de los más vulnerables.</p><p>&nbsp;</p><p>Intervención estatal</p><p>En salud pública, toda intervención estatal que afecte libertades o distribuya cargas necesita justificación moral. Debe ser necesaria, proporcional, efectiva, equitativa, transparente y sometida a rendición de cuentas. De allí, que una restricción sanitaria legítima es aquella estrictamente necesaria, razonablemente fundada y temporalmente limitada.</p><p>La justicia sanitaria tampoco se agota en la prestación médica. Norman Daniels, en su teoría sobre salud pública y justicia distributiva, sostiene que la salud debe proteger las oportunidades reales de las personas. Amartya Sen y Martha Nussbaum, en sus enfoques sobre teoría normativa del bienestar y la justicia, muestran que el derecho a la salud no debe reducirse a una promesa formal, sino comprenderse como la posibilidad efectiva de vivir con dignidad, agencia y oportunidades reales.</p><p>Los derechos humanos en salud no consisten en prometerlo todo, porque eso termina siendo otra forma de injusticia. Daniel Callahan insistió en pensar los límites de la medicina y las prioridades del sistema sanitario, donde no toda demanda debe convertirse automáticamente en obligación pública, ni toda innovación es moralmente prioritaria, ni todo gasto sanitario produce justicia. El derecho a la salud se realiza mediante decisiones responsables que articulan dignidad, evidencia, oportunidad, equidad y sustentabilidad.</p><p>La pandemia mostró tanto los riesgos de llegar tarde como los de avanzar en nombre de la emergencia, sin límites suficientes. La salud pública puede ser cuidado, pero también derivar en control, tutela o intervencionismo indebido si pierde proporcionalidad, deliberación y prudencia. Por eso, la bioética exige límites a la improvisación, al uso político del miedo, al mercado cuando convierte la emergencia en captura, al Estado cuando actúa sin proporcionalidad, a la ciencia cuando olvida que la urgencia no cancela la dignidad, y a la ciudadanía cuando confunde libertad con indiferencia frente al daño a otros.</p><p>La clave es que sin instituciones no hay protección. Sin prioridades no hay justicia. Sin evidencia no hay política pública responsable. Sin transparencia no hay confianza. Y sin responsabilidad estatal los derechos humanos quedan reducidos a una retórica incapaz de cuidar la vida concreta.</p><p>&nbsp;</p><p>Para cuidar la vida humana</p><p>La próxima pandemia, u otra crisis sanitaria de gran escala, no preguntará qué tan nobles fueron nuestras declaraciones. Preguntará qué tan preparadas estuvieron nuestras instituciones, si aprendimos a decidir antes de la catástrofe, si fuimos capaces de unir soberanía, cooperación, evidencia y justicia, y si entendimos que cuidar la vida humana exige mucho más que reaccionar ante la emergencia.</p><p>La Argentina cuenta hoy con condiciones institucionales muy valiosas para profundizar una articulación madura entre derechos y gestión sanitaria; evitando que los derechos sin gestión devengan promesas impotentes y que la gestión sin derechos se convierta en administración deshumanizada. Una bioética pública robusta evita ambos fracasos, articulando justicia, prudencia, evidencia, límites y cuidado. Para ello, los ámbitos de deliberación bioética deben preservar su autoridad mediante independencia intelectual, pluralidad real, rigor científico-académico y capacidad anticipatoria. Su función es aportar recomendaciones aplicables, públicamente justificables, trazables en sus fundamentos y respetuosas del marco constitucional y convencional, contribuyendo a que las políticas públicas sean diseñadas e implementadas con máxima prudencia, razonabilidad, proporcionalidad, transparencia y compromiso con la dignidad humana.///</p><p>&nbsp;</p><p>(*) Rabino y académico argentino</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/-F80KW8gDQd5t4rEorFqacvEsB0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/07/bioetica.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Gobernar la salud en contextos de incertidumbre implica decisiones éticas anticipadas, más allá de protocolos y recursos médicos]]>
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                                <updated>2026-07-05T03:25:05+00:00</updated>
                <published>2026-07-05T02:11:47+00:00</published>
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            Uno de los títulos más importantes de la Scaloneta: la paternidad
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/8kvgSK530YJEX1CwScvGDzKq9Js=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/06/messi_y_sra.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Pedro Giunta (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>Para que algo pase desapercibido, muchas veces tiene que ser, paradójicamente, demasiado evidente. La frase suele atribuirse a G. K. Chesterton; no es seguro que sea suya, pero su ingenio la vuelve verosímil. Y, en cualquier caso, funciona como una buena puerta de entrada para lo que sigue.</p><p>En medio de la conmoción por el triunfo de la Selección en Qatar, se produjo una verdadera saturación de imágenes. Nuestras retinas y pupilas, parecían agitarse, incluso fatigarse, ante una catarata incesante de escenas que reclamaban ser vistas, retenidas, compartidas, bajo los flashes, las luces blancas y el brillo casi irreal del Lusail Stadium. Muchas de ellas quedaron grabadas a fuego en la memoria y en el corazón de los argentinos. Pero, en esa sucesión vertiginosa, hubo una en particular: silenciosa, potente, casi obvia en su sencillez, y precisamente por eso, corría el riesgo de pasar inadvertida.</p><p>Envueltos en la emoción que unía continentes, en esa confluencia de lágrimas entre los que estaban allá y los que alentaban desde acá, Thiago Messi, Mateo Messi y Ciro Messi deambulaban por el campo de juego con una serena alegría y una libertad desarmante. Su vínculo con el trofeo contrastaba con el significado que toda la nación le atribuía. En ellos, el contacto con la copa no expresaba solemnidad, sino una curiosidad genuina: la miraban de cerca, la tocaban sin apuro, la rodeaban como si fuera un objeto familiar, casi propio.</p><p>Aquella imagen entrañable, que muchos conservan intacta en la memoria, más cercana al juego que a la épica, nos ofrecía la punta de un ovillo que conducía a algo mucho más profundo. Era el origen revelador de un hilo invisible que vinculaba otras imágenes, recuerdos y frases que armonizaban en un mismo tono. Las pistas para descubrir otro de los tesoros que laten en el alma de la Scaloneta: la paternidad.</p><p>Padres de la Selección</p><p>En la selección de Scaloni, la paternidad no aparece como tema, sino como atmósfera: se filtra en gestos mínimos, en escenas que no buscan explicación pero terminan diciendo mucho. Ya en los vestuarios de Brasil, durante la Copa América, en el marco de la recordada arenga de Lionel Messi, comenzaban a aparecer las pistas de este tesoro: “El Dibu fue papá, no pudo ver a su hija, no pudo hacerle upa”. La frase impactaba: no era aguerrida, pero tampoco desentonaba. Era doméstica, y sin embargo cargaba de profundidad y sentido el momento.</p><p>Tiempo después, en el Mundial de Qatar, tras la sufrida clasificación por penales ante Países Bajos, Lionel Scaloni buscó a su hijo mayor, Ian Scaloni, en la tribuna. El niño bajó al campo de juego y ambos se fundieron en un abrazo largo, contenido, en el banco de suplentes. Una imagen que anudó gargantas en todo el mundo. Frente a esa escena, algunos intentaron explicarla desde categorías externas, como si hiciera falta nombrar “nuevas masculinidades” para entenderla. Pero no había demasiado para explicar: era apenas una invitación a contemplar la belleza de la paternidad.</p><p>Y esto sigue. En una entrevista en 2023, Pablo Aimar dejaba ver una escena mucho más desafiante que cualquier gol: la dificultad de hablar con un hijo de 18 años. Contaba que, en medio de ese vínculo a veces esquivo, los partidos del Mundial se habían vuelto una excusa mínima pero valiosa para encontrarse en algo compartido. Lo celebraba sin grandilocuencias: aunque fueran intercambios breves, incluso torpes, había ahí un puente.</p><p>Después de la derrota ante Selección de Arabia Saudita, ese puente se volvió todavía más evidente. “¿Cómo estás?”, le escribió. “Mal”, respondió su hijo. Y en esa sequedad, tan propia de la edad, Aimar entendía algo más profundo: que si el Mundial se terminaba, también se le iba ese pequeño terreno de diálogo. “Tenía en la cabeza: se me acaba este ratito de conversación”, confesó, como quien advierte que, a veces, la paternidad se juega en esos instantes mínimos donde casi no se dice nada, pero igual se está presente y se juega todo.</p><p>Algo de ese mismo lenguaje breve, casi austero, aparece también en otra escena pero mucho más explícito, esta vez en la serie Ángel Di María: Romper la pared. Allí, en la previa de la final de la Copa América 2021, Aimar comparte otro intercambio con su hijo que, con el tiempo, se volvería inolvidable. “El día antes, mi hijo Agustín me escribe: ‘Estoy cagado pero tengo fe’. Y enseguida agrega: ‘1 a 0 di maria’”, recuerda. Así: en minúscula, sin acentos, con esa mezcla de temor e ingenua esperanza tan propia de un adolescente. Horas después, en el Maracaná, el gol de Ángel Di María terminaría confirmando aquella intuición. Aimar se tatuó en su brazo “1-0 di María” junto a un pequeño corazón rojo como recuerdo permanente del vínculo con su hijo.</p><p>Incluso, Ángel Di María, quien ya no integra el plantel de la Selección, le había contado a Olé, en la previa a su primer Día del Padre durante el Mundial de Brasil 2014, cómo atravesó uno de los momentos más duros de su vida: el nacimiento prematuro de su hija, con apenas seis meses de gestación, en una lucha incierta entre la vida y la muerte.</p><p>Aquellos días en Neonatología, marcados por la fragilidad y la espera, lo transformaron en silencio. Su hija, Mía, logró salir adelante después de semanas críticas, y desde entonces su historia quedó ligada a esa experiencia límite que, lejos de quebrarlo, le dio una fortaleza distinta. No era ya solo el futbolista que buscaba rendir en la cancha, sino un padre que había aprendido a mirar lo esencial.</p><p>&nbsp;</p><p>Messi, un papá presente</p><p>En distintas entrevistas, Lionel Messi ha dejado ver que, lejos de la figura inaccesible que podría sugerir su carrera, en su casa ocupa un lugar profundamente cotidiano: el de un padre presente. Ha contado que disfruta de lo simple: llevar sus hijos al colegio, compartir la rutina. Y que sus hijos también lo “bajan a tierra”. En esa misma línea, deja entrever que su historia familiar sigue abierta, en construcción: “Nos gustaría tener un bebé de nuevo. No estamos en la búsqueda, pero vamos a ver si llega la nena”, dice, con esa sencillez que lo caracteriza. Y al momento de definirse, lo hace sin grandilocuencias: “Creo que soy buen padre. Intento involucrar a mis hijos los valores que me enseñaron a mí de chiquito”.</p><p>Son varios los miembros jóvenes de la Scaloneta que han sido papás en el último tiempo. Sin embargo, hace unos meses, durante el partido de la selección argentina contra Zambia en La Bombonera, “La araña” entonó el Himno Nacional con su hijo Amadeo de tres meses en brazos. La foto que recorrió el mundo: un jugador joven, en la cima de su carrera, sosteniendo la vida mientras representa a su país. Hay algo profundamente simbólico ahí, casi una síntesis del cambio época que enfrentamos. Esa foto de Julián Álvarez, quien valora explícitamente el vínculo con su propio padre, nos regala una esperanzada belleza de la paternidad en una Argentina que enciende alarmas frente a la vertiginosa caída de la natalidad.</p><p>Ahora bien, la paternidad no es algo principalmente biológico: es algo esencialmente espiritual. El solo hecho de engendrar no me convierte en padre. ¿Cuántos varones tienen gestos, actitudes o roles paternales sin haber engendrado? ¿Cuántos abuelos han terminado siendo figuras paternas de sus nietos? ¿Cuántos jóvenes y niños han encontrado fuerza paternal más allá de su familia de sangre?</p><p>Apasionante y necesario es el regalo de un buen padre. Porque sin padre se desdibuja el legado: la historia empieza y termina con cada uno. Sin padre falta misericordia, porque necesitamos un amor que sostenga a pesar de la debilidad y el fracaso. Sin padre, la libertad se hace demasiado pesada, porque necesitamos un guía que nos ayude a recorrer el camino de la vida. Sin padre, la fraternidad se debilita, porque nos cuesta reconocernos como hermanos.///</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/8kvgSK530YJEX1CwScvGDzKq9Js=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/06/messi_y_sra.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Detrás de los trofeos y la gloria, hay otra conquista menos visible pero más profunda, la de una generación que entendió que ser papá también es una forma de entrega y legado]]>
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                                <updated>2026-06-28T03:45:07+00:00</updated>
                <published>2026-06-28T03:30:16+00:00</published>
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            Soledad y vínculos sociales
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/wR1CoyrZBuXFxzaifXdtZ7-tA4o=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/06/sociedad_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por&nbsp; Guillermo Marcó (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>A veces me pregunto en qué momento las relaciones humanas comenzaron a volverse tan frías en algunos lugares del mundo. Da la sensación de que vivimos corriendo detrás de la eficiencia, tratando de ahorrar tiempo en cada actividad, eliminando toda demora, toda espera y toda interrupción.</p><p>El problema es que, en esa carrera permanente, corremos el riesgo de perder algo esencial: el encuentro con las personas. Esos momentos no son obstáculos en nuestro camino, son precisamente la experiencia que puede ser la mayor ganancia de nuestra vida.</p><p>La eficiencia se ha transformado en uno de los grandes valores de nuestra época. Todo debe ser rápido, inmediato y optimizado. Compramos con un clic, resolvemos trámites sin hablar con nadie y recibimos respuestas instantáneas a preguntas que antes requerían tiempo de reflexión. Sin embargo, cuanto más avanzan las herramientas para simplificarnos la vida, más evidente parece hacerse una paradoja: estamos hiperconectados y, al mismo tiempo, profundamente solos. Estamos cansados de los Bots y contestadores automáticos.</p><p>Un negocio</p><p>La soledad, incluso, se ha convertido en un negocio. En algunos lugares del mundo ya existen servicios que permiten contratar personas para representar vínculos familiares en eventos sociales. La inteligencia artificial comienza a ocupar espacios que antes pertenecían a amigos, maestros, consejeros o incluso terapeutas.</p><p>Cada vez son más quienes encuentran en una pantalla respuestas inmediatas a sus dudas, sus angustias y sus preguntas existenciales. La tecnología puede ser una herramienta extraordinaria, pero no puede reemplazar aquello que nos hace humanos. Ninguna inteligencia artificial puede ofrecer una mirada de comprensión, compartir un silencio oportuno o dar un abrazo que alivie el dolor de otro. Puede procesar información, pero no puede amar, solo simula hacerlo.</p><p>El valor del encuentro</p><p>Por eso me llama la atención que, mientras gran parte del mundo parece avanzar hacia formas de vida cada vez más individuales, en la Argentina todavía conservemos algunas costumbres que nos recuerdan el valor del encuentro. Los argentinos solemos quejarnos de muchas cosas de nuestro país, y con razón.</p><p>Sin embargo, seguimos siendo una sociedad donde los vínculos conservan un lugar importante. Nos gusta reunirnos, compartir una mesa, prolongar conversaciones que podrían resolverse en pocas palabras. Seguimos llamando a los amigos, visitando a la familia y buscando tiempo para encontrarnos.</p><p>Quizás el mejor símbolo de esa resistencia sea el asado. Si lo analizáramos únicamente desde la lógica de la eficiencia, sería difícil justificarlo. Requiere tiempo, preparación, paciencia y dedicación. Sin embargo, alrededor de un fuego suceden cosas que ningún algoritmo puede calcular. Allí se comparten alegrías y preocupaciones, se fortalecen amistades, se transmiten historias familiares y se construye comunidad.</p><p>Un amigo que se fue a vivir a San Francisco se armó una página web, donde invitaba a vivir “la experiencia del asado argentino”. Al asado no se llega a la hora de comer, se llega con tiempo para bancar al asador, se alarga la charla y se comparte con alegría.</p><p>El ejemplo de Jesús</p><p>El Evangelio ofrece una enseñanza semejante. Si juzgáramos a Jesús con los criterios actuales, probablemente diríamos que fue poco eficiente. Se detenía ante quien lo necesitaba, dedicaba tiempo a escuchar, compartía la mesa con quienes eran despreciados por la sociedad y nunca parecía gobernado por la urgencia.</p><p>La parábola del Buen Samaritano expresa esta verdad con claridad. Quienes pasaron de largo tenían razones para hacerlo. Seguramente tenían obligaciones importantes y asuntos urgentes que atender. Sin embargo, fue aquel que decidió detenerse, perder tiempo y hacerse cargo del sufrimiento ajeno quien terminó actuando de manera verdaderamente humana.</p><p>Tal vez uno de los desafíos de nuestro tiempo sea resistir la tentación de convertir toda relación en una transacción y toda actividad en un cálculo de productividad. Porque el amor, la amistad, la familia y la solidaridad nunca serán eficientes. Exigen tiempo, paciencia y disponibilidad. En una época fascinada por la velocidad, quizás la verdadera revolución consista en seguir encontrándonos.</p><p>Defender una conversación larga, una sobremesa, un mate compartido o un asado de domingo puede parecer algo pequeño. Sin embargo, son esos espacios los que nos recuerdan que no fuimos creados para vivir aislados detrás de una pantalla, sino para caminar juntos. Y tal vez allí resida una de las mayores riquezas que todavía conservamos: la convicción de que ninguna tecnología, por avanzada que sea, podrá reemplazar la presencia concreta de otro ser humano.</p><p>(*) Párroco de San Lucas. Director del Servicio de Pastoral Universitaria</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/wR1CoyrZBuXFxzaifXdtZ7-tA4o=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/06/sociedad_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La búsqueda de eficiencia y rapidez en la vida cotidiana ha enfriado las relaciones humanas en muchos lugares del mundo]]>
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                                <updated>2026-06-21T03:25:04+00:00</updated>
                <published>2026-06-21T03:15:23+00:00</published>
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            El futuro del trabajo no se espera: se diseña
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/a7-4b9I7BsYYuRO04cQL481uWR4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/06/sociedad.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Silvina D’Onofrio (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>Vale la pena pensar cómo cambió el rol de quienes trabajamos con foco en las personas. Hoy, Recursos Humanos ya no se limita a procesos o gestión del talento: participa en la construcción de cultura, en la transformación de los modelos de trabajo y en el diseño de experiencias que impactan en las personas y en el negocio.</p><p>En compañías que evolucionan, construir cultura no significa definir valores y sostenerlos intactos. Implica crear un sistema vivo de prácticas y comportamientos que se adapta todos los días. La cultura se construye con lo que hacemos, con cómo lideramos y con aquello que elegimos reconocer.</p><p>Uno de los grandes desafíos actuales es pasar de acompañar la transformación a impulsarla. Eso exige escuchar a las personas, convertir aprendizajes en acciones concretas y diseñar entornos donde cada persona pueda crecer e innovar. En ese camino, el reskilling ocupa un lugar clave: es el proceso de capacitar a un trabajador para que adquiera nuevas habilidades y pueda asumir un rol completamente distinto dentro de su empresa o campo laboral. Según Randstad, para 4 de cada 5 trabajadores argentinos es un factor importante en su empleo.</p><p>Desde nuestra área, esta mirada se traduce en un modelo más ágil, digital y centrado en la experiencia. Incorporamos chatbots y plataformas de autoservicio para mejorar el acceso a la información, y usamos analytics para tomar mejores decisiones sobre talento, desempeño y desarrollo. La tecnología no reemplaza el vínculo humano: lo simplifica y habilita conversaciones de mayor valor.</p><p>Pero innovar no es solo incorporar tecnología. También es repensar equipos, liderazgos y trayectorias profesionales. Cada vez más, el foco está puesto en habilidades y no en roles rígidos, lo que permite recorridos más dinámicos y aprendizaje continuo. Aprender dejó de ser una instancia puntual para convertirse en una condición de empleabilidad. En un mercado donde 7 de cada 10 argentinos afirma haber perdido alguna oportunidad laboral por no contar con los conocimientos o habilidades requeridos, aprender dejó de ser una instancia puntual para convertirse en una condición de empleabilidad.</p><p>En ese camino, el liderazgo ocupa un lugar central. Las nuevas formas de trabajo requieren líderes habilitadores. Capaces de escuchar, generar confianza, dar autonomía y crear contextos donde cada persona aporte desde su singularidad. Liderar hoy no es solo alcanzar resultados: es construir sentido, cuidar la energía de los equipos y promover culturas donde la innovación pueda suceder.</p><p>Las nuevas generaciones también transforman la experiencia laboral. Buscan propósito genuino, culturas inclusivas, crecimiento, flexibilidad, comunidad e impacto. Y lo hacen en un contexto de trayectorias menos lineales: proyecciones internacionales sobre Gen Z anticipan recorridos con hasta 18 trabajos y 6 carreras a lo largo de la vida. Escucharlas es clave para diseñar experiencias de talento que conecten con esas expectativas. Porque los futuros líderes no buscan solo un empleo: buscan un lugar donde puedan importar, crecer e impactar.</p><p>Crear el futuro del trabajo implica reinventarnos constantemente. Requiere curiosidad para leer el contexto, comprender necesidades y anticipar cambios que redefinen la relación con el trabajo: tecnología, nuevas generaciones, formas de vincularnos y expectativas sobre propósito y bienestar.</p><p>Por eso, el área de Recursos Humanos es cada vez más estratégica. No solo gestiona personas, sino que diseña condiciones para que personas y negocios crezcan de manera sostenible. Celebrar nuestra profesión es reconocer esa responsabilidad: construir culturas más humanas, ágiles e inclusivas; usar la tecnología para simplificar y potenciar; escuchar para transformar; y animarnos a diseñar lo que todavía no existe.</p><p>Porque el futuro del trabajo no es algo que simplemente llega. Es algo que se crea todos los días, con cada decisión, cada conversación y cada experiencia que elegimos construir.</p><p>(*) La autora es Gerenta de Talento y Marca Empleadora de Unilever Argentina</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/a7-4b9I7BsYYuRO04cQL481uWR4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/06/sociedad.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La reconversión de capacidades resulta relevante para 4 de cada 5 empleados, en un escenario donde la actualización habilita cambios de puesto dentro o fuera de la empresa]]>
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                                <updated>2026-06-14T01:25:55+00:00</updated>
                <published>2026-06-14T01:25:02+00:00</published>
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            La sangre que donamos hoy puede ser la vida de alguien mañana
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                <![CDATA[Ecos Diarios]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/g7181G_j9bTFDKXKk5yJOQA-o7Y=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2024/06/convocatoria_en_la_semana_del_donante_de_sangre.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Dr. Robinson Cruz (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>Como profesional de la salud, he visto que en una emergencia cada minuto cuenta, pero también que muchas veces la diferencia entre la vida y la muerte cabe en una bolsa de 450 ml de sangre. Una sola unidad puede separarse en plasma, glóbulos rojos y plaquetas, y así ayudar a salvar hasta tres vidas distintas. Sin embargo, en el Perú aún donamos muy poco: según datos publicados en 2024, apenas el 1.36% de la población dona sangre y, de ellos, solo el 20% lo hace de manera voluntaria. La mayoría dona cuando un familiar o amigo ya la necesita. En el marco del Día del Donante de Sangre, vale la pena preguntarnos: ¿por qué esperar a que la urgencia tenga nombre y apellido para tender el brazo?</p><p>Estas cifras deberían preocuparnos, porque nos colocan entre los países de la región con menor donación voluntaria de sangre. Y cuando hablamos de sangre, no hablamos de una necesidad excepcional o lejana: hablamos de pacientes que la requieren todos los días. Por ejemplo, una persona con cáncer hematológico podría necesitar hasta 20 unidades de paquete globular y 120 unidades de plaquetas simples durante su tratamiento. Detrás de cada una de esas unidades hay una oportunidad de seguir viviendo, de resistir una terapia, de llegar a una cirugía o de volver a casa. Por eso, donar sangre no debería ser solo una respuesta ante la emergencia de alguien cercano, sino un compromiso solidario con todos aquellos a quienes quizá nunca conoceremos, pero cuya vida puede depender de nosotros.</p><p>&nbsp;</p><p>Un acto de amor</p><p>El próximo 14 de junio se celebra el Día Mundial del Donante de Sangre; este año con el lema, “Una gota de humanidad. Dona sangre”. El objetivo de esta fecha es reconocer a los donantes voluntarios por su decisión altruista y sobre todo generar conciencia sobre la importancia de este acto de amor. Lamentablemente, este tema está inundado de mitos y desinformación, por lo cual en las siguientes líneas buscaremos hacer precisiones objetivas que puedan ayudarle a decidirse a donar.</p><p>Un adulto promedio -hombre de unos 30 años, 70 kg y 1.72 m o mujer de 30 años, 55 kg y 1.60 – contiene entre 4.5 – 5.5 litros de sangre aproximadamente. Cuando se dona, se obsequia menos del 10% del total de nuestra sangre, misma que se recuperará en los días posterior con una buena nutrición. Un hombre puede donar voluntariamente cada 3 meses, mientras que una mujer cada 4 meses.</p><p>La sangre se renueva permanente, pero para eso se necesita una buena nutrición. El hierro es fundamental para la formación de hemoglobina. Sin hierro suficiente la hemoglobina simplemente no se formará y se producirá anemia. Las principales fuentes de hierro incluyen al hígado, la sangrecita, las carnes rojas, las carnes blancas, las menestras (lenteja, garbanzos y frejoles) y los cereales fortificados. El ácido fólico (vitamina B9) y la vitamina B12 son indispensables para el desarrollo de los glóbulos rojos. Éstos son las células responsables de transportar la hemoglobina. Sin B9 o B12 no habrá quién pueda transportar a la hemoglobina, por tanto, también se producirá otro tipo de anemia. Las fuentes de B9 incluyen menestras (lentejas, garbanzos y frejoles) y algunos vegetales (espinacas, acelgas, brócoli; mientras que las fuentes de B12 comprenden básicamente alimentos de origen animal. Finalmente, en cualquier de los casos, la proteína es fundamental para la formación tanto de hemoglobina como de glóbulos rojos.</p><p>&nbsp;</p><p>Cuidados a tener en cuenta</p><p>Donar sangre no produce debilidad. Algunas personas podrían sentirse ligeramente mareadas por no haberse preparado adecuadamente con reglas muy simples que describiremos más abajo. Tampoco genera anemia. La hemoglobina podría bajar ligeramente inmediatamente después de la donación, sin embargo, se recuperará totalmente, algunos días después, con una adecuada nutrición.</p><p>Antes de donar consuma una comida ligera, pero nutritiva. Evite alimentos muy grasos. De preferencia a frutas, lácteos y cereales. Además, beba al menos medio litro de agua para mantener una buena hidratación. El ayuno no es un requisito para donar sangre.</p><p>Después de donar es posible que en el centro de donación le proporcionen un refrigerio ligero para evitar una caída de los niveles de glucosa en sangre, en caso contrario, consuma un plátano, una manzana o un pan. También siga consumiendo agua en las horas posteriores. Es muy importante que no realice ejercicio intenso ni cargue objetos pesados el resto del día.</p><p>Donar órganos y donar sangre voluntariamente son actos de humanidad en el sentido más profundo de la palabra: formas concretas de permitir que la vida continúe a través de la vida de otros. En el Perú, los mitos y la desinformación han levantado barreras que nos mantienen entre los países con menor donación voluntaria de sangre en la región. En mi ejercicio profesional, he visto de cerca la angustia de muchos pacientes y familias cuando la sangre no llega a tiempo; y, como personas, casi todos hemos conocido alguna vez esa preocupación, propia o cercana, de esperar una unidad que puede cambiarlo todo.</p><p>Que ese recuerdo, esa espera o esa historia familiar no se quede solo como una experiencia difícil, sino que se convierta en una razón para actuar. Donar sangre no produce anemia, no debilita, no engorda, no mata. Donar sangre acompaña, sostiene y salva. Donar sangre genera vida.</p><p>&nbsp;</p><p>(*) Nutricionista clínico oncológico</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/g7181G_j9bTFDKXKk5yJOQA-o7Y=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2024/06/convocatoria_en_la_semana_del_donante_de_sangre.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Los datos reportaron que apenas el 1.36% de la población aporta unidades, y que solo el 20% lo hace por iniciativa propia. La mayor parte acude cuando un allegado la requiere]]>
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                                <updated>2026-06-07T02:27:06+00:00</updated>
                <published>2026-06-07T02:25:24+00:00</published>
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            Gemelo Digital Social: ética para la IA estatal
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                <![CDATA[Ecos Diarios]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/AK88YGLi9G7LLn6uuUcU3CEl0Gs=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/05/sociedad_2.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Fishel Szlajen (*)</p><p>&nbsp;</p><p>Argentina anunció el Gemelo Digital Social, una herramienta basada en IA para simular escenarios, anticipar impactos y asistir en el diseño de políticas públicas. Esto constituye un paso relevante al instalar en la agenda pública la posibilidad de una política social más predictiva, integrada y basada en evidencia, siendo por ello un error convertir esta iniciativa en una disputa entre oficialismo y oposición. Lo decisivo aquí es cómo gobernar éticamente la IA cuando el objeto modelado no es una máquina, una ciudad o una fábrica, sino la vida social de las personas.</p><p>El sistema integraría datos de distintas fuentes para describir fenómenos sociales, detectar patrones y proyectar escenarios, pudiendo mejorar diagnósticos, anticipar crisis, detectar vulnerabilidades y hacer más eficaces las políticas públicas. El avance cualitativo radicaría en pasar de un Estado predominantemente reactivo a uno con mayor capacidad predictiva, razón por la cual desde su origen necesita una gobernanza ética proporcional a su poder.</p><p>La experiencia indica que los fracasos de proyectos de IA estatal no son sólo técnicos, ocurren también cuando se pierde legitimidad pública, cuando la ciudadanía no comprende qué datos se usan, cuando no queda claro quién controla el sistema o cuando las decisiones parecen dictadas por una opacidad algorítmica. Luego, el Gemelo Digital Social constituiría una oportunidad para la Argentina incorporando una conducción ética sustantiva, visible y operativa.</p><p>&nbsp;</p>Una herramienta prometedora<p>Esa conducción no debe entenderse como obstáculo burocrático ni como señal de desconfianza, sino como condición para blindar institucionalmente el proyecto, hacerlo socialmente aceptable y evitar que una herramienta prometedora quede expuesta a sospechas, judicialización o rechazo público. Así, a la arquitectura técnica y jurídica se sumaría, desde el inicio, una instancia ética permanente e interdisciplinaria capaz de comprender el lenguaje de la tecnología, la sensibilidad de los datos sociales, la lógica de las políticas públicas, la protección de la persona vulnerable y la responsabilidad estatal.</p><p>La discusión internacional sobre IA pública ya no gira en torno a la mera eficiencia. La UNESCO adoptó en 2021 su Recommendation on the Ethics of Artificial Intelligence, centrada en la dignidad humana, los derechos fundamentales, la transparencia, la supervisión humana y la evaluación de impactos. El NIST publicó en 2023 su AI Risk Management Framework, organizado en torno a las funciones de gobernar, mapear, medir y gestionar. La Unión Europea aprobó en 2024 el AI Act, basado en riesgos y con obligaciones reforzadas para sistemas de alto impacto. El Reino Unido lanzó en 2021 su Algorithmic Transparency Recording Standard, luego consolidado como referencia de transparencia para organismos públicos. Claramente la IA puede ayudar al Estado, pero garantizando cuestiones éticas mediante controles, auditorías y responsabilidad humana indelegable.</p><p>El término gemelo digital proviene de ámbitos industriales y tecnológicos, donde se utilizan modelos virtuales para simular el comportamiento de sistemas reales. Pero un gemelo digital de la sociedad implica un salto ético importante. Una sociedad no es una turbina ni una red eléctrica. Está compuesta por personas libres, trayectorias biográficas, familias, creencias, vulnerabilidades, pobrezas, decisiones íntimas, errores, esperanzas y conflictos.</p><p>Cuando el Estado modela digitalmente la vida social, aun con finalidades nobles, ya no sólo administra información. También produce categorías sobre personas y grupos, anticipa comportamientos, clasifica riesgos, interviene sobre poblaciones, asigna prioridades y genera perfiles. Sin controles adecuados, una herramienta de asistencia pública puede derivar en una forma de poder predictivo difícil de auditar.</p><p>&nbsp;</p>Ética institucional<p>La ética institucional exige preguntar qué datos se usarán, de dónde provienen, qué sensibilidad tienen, si se cruzarán fuentes estatales y privadas, cuánto tiempo se conservarán, qué grado real de anonimización habrá, quién verificará que no exista reidentificación, si habrá auditorías externas, revisión humana y responsables ante daños, exclusiones o discriminaciones. Esto es congruente con la Ley 25.326 de Protección de Datos Personales, que exige datos ciertos, adecuados, pertinentes y no excesivos, evita usos incompatibles con la finalidad original y dispone su supresión cuando dejen de ser necesarios. Incorporar estos criterios desde el diseño reforzaría la finalidad definida, la responsabilidad institucional y la confianza pública del Gemelo Digital Social.</p><p>Helen Nissenbaum sostuvo en “Privacy in Context” que la privacidad no puede entenderse sólo como secreto, sino como integridad contextual, es decir, como circulación de datos respetuosa de los contextos y normas de uso que les dan sentido. Luciano Floridi subrayó en “The Ethics of Information” las obligaciones morales propias de los entornos informacionales. Virginia Dignum insistió en “Responsible Artificial Intelligence” en que la IA responsable requiere diseño, control humano y rendición de cuentas. Mireille Hildebrandt advirtió en “Smart Technologies and the End of Law” que el Estado de derecho se debilita cuando las decisiones automatizadas operan opacamente o desplazan la defensa jurídica. Cathy O’Neil mostró en “Weapons of Math Destruction” cómo los modelos cuantitativos pueden dañar cuando clasifican poblaciones vulnerables sin revisión ni posibilidad efectiva de impugnación. Básicamente, estos expertos no rechazan la tecnología, llaman a gobernarla responsablemente.</p><p>Por ello, la revisión ética debería integrarse desde el inicio, no añadirse al final como una instancia meramente validatoria. Debe estar en la arquitectura del proyecto, en la definición de finalidades, la selección de datos, las auditorías, los protocolos de daño, la comunicación pública y los límites que el sistema no podrá cruzar. En suma, se trata de una ética pública de la IA aplicada a sistemas estatales que procesan información sobre poblaciones humanas, anticipan conductas, definen prioridades y pueden afectar derechos, oportunidades o trayectorias vitales.</p><p>Una conducción ética temprana protege al proyecto de futuros cuestionamientos jurídicos, políticos, reputacionales y sociales, porque revisa finalidades, exige trazabilidad, advierte sesgos, evalúa proporcionalidad, recomienda auditorías, analiza impactos sobre grupos vulnerables y establece criterios de intervención humana obligatoria. No se reduce a una mirada informática, administrativa o jurídica, requiere formación específica, conocimiento de precedentes y normativas internacionales, experiencia en comités, familiaridad con dilemas bioéticos, comprensión del Estado y capacidad para distinguir entre un riesgo abstracto y un daño institucional concreto.</p><p>Por ejemplo, el Gemelo Digital Social debería aplicar el principio de no delegación. La IA puede asistir al Estado, pero no reemplazar su responsabilidad. Todo sistema predictivo debe tener un responsable humano, toda clasificación sensible debe ser revisable, toda recomendación automatizada que pudiera afectar derechos debe ser explicable, toda intervención sobre población vulnerable debe someterse a proporcionalidad y justicia, toda base de datos debe tener finalidad definida y todo proveedor tecnológico debe sujetarse a reglas claras.</p><p>&nbsp;</p>Principios éticos<p>Otros principios éticos aplicados contribuirían también a garantizar que el Estado use datos para mejorar políticas públicas, sin que la ciudadanía perciba que sus trayectorias vitales son objeto de modelización sin explicación suficiente. Asegurarían que la simulación de escenarios no predestine personas; que anticipar vulnerabilidades no las fije como identidades; que detectar riesgos no transforme la sospecha estadística en tratamiento político; y que mejorar la asignación de recursos no esconda decisiones morales detrás de cálculos automatizados.</p><p>Argentina tiene la oportunidad de construir un Estado más inteligente sin devenir en uno más invasivo. Sería un leading case regional de innovación responsable incorporando desde el inicio una conducción ética robusta; no como instancia secundaria, sino como función capaz de anticipar problemas, ordenar criterios, establecer protocolos, dialogar con técnicos, advertir riesgos y sostener públicamente la legitimidad del proyecto.</p><p>La ética no impide que el Estado innove, asegura que esa innovación pueda sostenerse en el tiempo con legitimidad, confianza y responsabilidad pública. En iniciativas de esta magnitud, siempre es provechoso convocar a tiempo a quienes pueden anticipar problemas antes de que se conviertan en daños, litigios o crisis de confianza.</p><p>&nbsp;</p><p>(*) Es rabino y académico argentino</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/AK88YGLi9G7LLn6uuUcU3CEl0Gs=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/05/sociedad_2.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Argentina tiene la oportunidad de construir un Estado más inteligente sin devenir en uno más invasivo]]>
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                                <updated>2026-05-31T03:25:52+00:00</updated>
                <published>2026-05-31T03:24:07+00:00</published>
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        <title>
            La IA y la educación en el emprendimiento
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Fh98xzN-lBQJr2yAYWTHJPet6wU=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/05/sociedad_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Marcos Agurto (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>La inteligencia artificial (IA) está ingresando rápidamente a las aulas universitarias; incluso antes de llegar a la universidad, muchos estudiantes ya han experimentado con ella. En la educación en emprendimiento, hoy se utiliza para explorar ideas, bosquejar planes de negocio o analizar mercados.</p><p>En cierta forma, esto no es completamente nuevo. Ya hemos vivido grandes cambios tecnológicos —como la expansión del poder de cómputo, internet y el acceso masivo a la información— que transformaron la manera de aprender y trabajar. La IA parece seguir esa misma trayectoria, aunque de forma más acelerada y poderosa. Pone información al alcance de todos —ningún ser humano puede competir con la IA en términos de acceso y velocidad de procesamiento— y, además, la reorganiza y recombina de maneras que se asemejan al razonamiento; aunque semejanza no es equivalencia.</p><p>&nbsp;</p><p>No comprende el significado</p><p>La IA puede producir resultados que lucen coherentes, estructurados e incluso inteligentes. Sin embargo, no “comprende” el significado de las cosas ni ejerce juicio en un sentido humano. Funciona identificando patrones y recombinando información existente. Esta diferencia es particularmente importante en la educación en emprendimiento. Nuestros estudiantes deben entenderlo y, sobre todo, confiar en que la verdadera inteligencia detrás de su trabajo sigue siendo la humana, para así desarrollar seguridad en su capacidad de pensar.</p><p>En el fondo, emprender no consiste simplemente en acceder a información, sino en identificar vacíos en la manera en que respondemos a necesidades humanas, tomar decisiones bajo incertidumbre y decidir qué ideas vale la pena impulsar. Estas no son tareas puramente técnicas; requieren interpretación, criterio y, fundamentalmente, consideraciones éticas.</p><p>La IA puede ayudar en este proceso. Permite explorar escenarios, comparar alternativas e identificar patrones con mucha más rapidez. En ese sentido, amplía enormemente el conjunto de posibilidades disponibles para los estudiantes; pero esto no es lo mismo que decidir.</p><p>La pregunta clave para quienes enseñamos debería ser cómo lograr que los alumnos utilicen la IA para fortalecer su pensamiento en lugar de reemplazarlo. Y también preguntarnos si, después de muchos años de enseñanza tradicional, los profesores estamos realmente preparados para este cambio.</p><p>&nbsp;</p><p>Verdadero potencial</p><p>Si la IA termina utilizándose solo para obtener información más rápido o para organizar y comparar datos —aunque sea de formas muy sofisticadas—, su aporte educativo será limitado. Su verdadero potencial aparece cuando obliga a los estudiantes a contrastar alternativas, cuestionar resultados, refinar ideas y pensar con mayor profundidad. Es decir, cuando desplaza el foco desde la simple producción de respuestas hacia el proceso de razonamiento.</p><p>Esto tiene implicancias importantes para la enseñanza y la evaluación. Si hoy es posible generar rápidamente productos finales bien presentados, evaluar únicamente el resultado final comienza a perder sentido. Necesitamos mirar más el proceso: cómo se construyen las ideas, cómo se evalúan distintas alternativas y cómo se toman las decisiones. En la práctica, esto exigirá una interacción más cercana con los estudiantes y un interés más profundo por entender cómo razonan. En clases numerosas esto no es sencillo, pero todo indica que será cada vez más necesario.</p><p>También existe un problema más amplio relacionado con la evidencia. Gran parte de la discusión actual sobre IA en educación se basa todavía en experiencias iniciales. Además, las instituciones que primero están adoptando estas herramientas suelen ser precisamente aquellas que ya tenían fortalezas previas en enseñanza de emprendimiento, lo que dificulta aislar el verdadero efecto de la IA. Necesitamos evaluaciones más rigurosas, combinando enfoques cuantitativos y cualitativos, y haciendo seguimiento a los estudiantes más allá del aula.</p><p>&nbsp;</p><p>Capacidades para&nbsp; interpretar</p><p>Finalmente, el uso efectivo de la IA en educación también resalta la importancia de disciplinas que normalmente no están al centro de esta discusión. Si queremos que los estudiantes utilicen bien estas herramientas, necesitan desarrollar capacidades para interpretar, reflexionar y evaluar consecuencias. La ética, la filosofía y otras áreas afines pueden contribuir a fortalecer esas habilidades. No sustituyen al conocimiento técnico; lo complementan.</p><p>Como ocurrió en otras grandes revoluciones tecnológicas, creo que en el mediano y largo plazo estaremos bien. Pero la historia también nos enseña que muchas personas enfrentarán dificultades a medida que ciertas tareas sean reemplazadas por la IA. Vale la pena que nuestros estudiantes reflexionen seriamente sobre esto y quizá incluso vean el emprendimiento como una forma de fortalecer la solidaridad y generar nuevas oportunidades para otros.</p><p>La IA está cambiando profundamente la manera en que aprendemos y trabajamos. Sin duda, expande lo que es posible; pero no elimina la necesidad del juicio ni del cuidado humanos. La IA puede generar posibilidades; sin embargo, no puede decidir cuáles son las que realmente importan.</p><p>(*) Profesor del Departamento de Economía de la Universidad de Piura</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Fh98xzN-lBQJr2yAYWTHJPet6wU=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/05/sociedad_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Los estudiantes deben entender y, sobre todo, confiar en que la verdadera inteligencia detrás de su trabajo sigue siendo la humana]]>
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                                <updated>2026-05-24T04:07:45+00:00</updated>
                <published>2026-05-24T04:06:17+00:00</published>
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            Deserción: más que un indicador, un problema de gestión
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/IER71nhSZEt2VOK1LhhXcMM3Ghg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/05/desercion.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Luis Quirós Rossi (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>En algunas industrias, hay una señal que suele subestimarse: cuando el cliente deja de elegirte. Puede ser un consumidor que no vuelve a comprar, un afiliado que cancela su membresía, un paciente que cambia de clínica, un usuario que abandona una plataforma, un colaborador que renuncia o un estudiante que deja la universidad. En todos los casos, el fenómeno tiene un nombre común: deserción</p><p>La deserción no solo mide salida, sino también pérdida de confianza, pérdida de vínculo, pérdida de ingresos futuros y pérdida de valor no construido. Desde una mirada directiva, la pregunta no debería ser únicamente cuántos se fueron, sino cuánto valor dejamos de generar porque no logramos que nos vuelvan a elegir.</p><p>Como ejemplo, en el sector educación, cada ciclo, miles de estudiantes abandonan o cambian de universidad en América Latina. El dato suele aparecer en reportes institucionales como porcentajes de 20 %, 30 % o incluso 40 %. Sin embargo, el problema no es solo la cifra. El problema es cómo se interpreta.</p><p>El análisis básico de deserción siempre se relaciona con lo académico o social: falta de adaptación, problemas económicos o bajo rendimiento. Todo esto es cierto, pero es incompleto. Detrás de estas causas existen insights más profundos: una expectativa no cumplida, una experiencia deficiente, una promesa de valor poco clara, entre muchas otras.</p><p>Un buen gestor identifica correctamente el problema para diseñar mejores soluciones. Las respuestas no salen de una oficina; salen de la investigación, de entender al usuario y la experiencia completa.</p><p>&nbsp;</p><p>Medir solo en porcentajes</p><p>Decir “tenemos 30 % de deserción” puede preocupar, pero no genera urgencia directiva. Traducir ese porcentaje a dinero cambia completamente la conversación.</p><p>Un ejemplo simple: si ingresan 1,000 estudiantes y 300 desertan, con un ticket promedio anual de US$ 5,000, la institución deja de generar US$ 1.5 millones en un solo año. Ahora proyectemos esa pérdida a cinco años, a posgrados, a educación continua y a las recomendaciones que nunca ocurrirán. El problema deja de ser solo académico y se convierte en un problema financiero, comercial y estratégico.</p><p>Una mala gestión se refleja en ocultar estas cifras a través de porcentajes. Un 30 % no suena tan mal… ¿US$ 1.5 millones al año?</p><p>Si no te vuelven a elegir, no creciste Si tus clientes, usuarios o estudiantes no te vuelven a elegir, no necesariamente creciste. Solo vendiste.</p><p>En educación, muchas instituciones celebran los ingresos por matrícula como señal de crecimiento, pero si necesitan reemplazar constantemente a los estudiantes que se van, no están creciendo de manera sostenible. Están rotando.</p><p>Lo mismo ocurre en otros sectores. Una empresa puede aumentar ventas por campañas agresivas, descuentos o inversión publicitaria, pero si pierde clientes al poco tiempo, el crecimiento es frágil. La captación puede maquillar el problema, pero la retención revela la salud real del modelo. Crecer no es solo atraer más. Crecer es lograr que quienes llegaron quieran quedarse.</p><p>&nbsp;</p><p>Captar cuesta más que retener</p><p>En marketing, existe un principio ampliamente discutido: adquirir un nuevo cliente suele costar mucho más que retener uno existente. A pesar de ello, muchas organizaciones siguen destinando mayor esfuerzo, presupuesto y atención a la captación que a la fidelización.</p><p>En el caso universitario, si un estudiante se retira en el primer ciclo, probablemente la inversión realizada para captarlo aún no se recuperó. Es decir, desde una mirada financiera, la institución puede estar trabajando a pérdida.</p><p>El problema no está en invertir en captación. Toda organización necesita atraer nuevos clientes. El problema está en no equilibrar esa inversión con una estrategia sólida de experiencia, acompañamiento, satisfacción y permanencia, porque vender sin retener es una forma incompleta de crecer.</p><p>Un problema de gestión</p><p>Gestionar la deserción exige pasar de la reacción a la anticipación. No basta con intervenir cuando el estudiante ya decidió irse. Hay que identificar señales tempranas.</p><p>En otras industrias ocurre lo mismo. El cliente casi nunca se va de un día para otro. Antes de irse, deja señales. El reto directivo está en construir sistemas capaces de leer esas señales antes de que la pérdida ocurra.///</p><p>&nbsp;</p><p>(*) Director Ejecutivo de la Maestría en Administración de Agronegocios de Esan Graduate School of Business</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/IER71nhSZEt2VOK1LhhXcMM3Ghg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/05/desercion.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Las respuestas no salen de una oficina; salen de la investigación, de entender al usuario y la experiencia completa]]>
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                                                <category term="sociedad" label="sociedad" />
                                <updated>2026-05-17T03:25:15+00:00</updated>
                <published>2026-05-17T03:23:49+00:00</published>
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            La bioética ante la medicina algorítmica
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/N3OHufVdOJ9fo8bfY3bLSjIWH6Q=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/05/sociedad.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Fishel Szlajen (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>Existen centros de salud donde el paciente ingresa, sus estudios son procesados por sistemas de IA que sugieren diagnósticos, clasifican riesgos, priorizan casos y orientan decisiones médicas. Todo parece más rápido, eficiente y objetivo. Pero la pregunta bioética decisiva no es sólo si el sistema produce una recomendación confiable, sino quién ve realmente al paciente, quién responde moralmente por la decisión y si el paciente comprende qué peso tuvo esa herramienta en su diagnóstico o tratamiento.</p><p>La paradoja es que nunca hubo tantos datos sobre el cuerpo humano, pero cada vez menos conocimiento sobre la persona concreta. La IA mide, predice y clasifica; convierte síntomas en patrones, imágenes en probabilidades e historias clínicas en perfiles de riesgo. Pero la bioética se funda cuando la técnica descubre su límite, para que el paciente deje de ser un conjunto de variables y vuelve a manifestarse como rostro, historia, vulnerabilidad y responsabilidad.</p><p>&nbsp;</p><p>Desde la filosofía</p><p>Para resolver este problema podemos acudir a Yehuda Halevi, filósofo y médico del siglo XI, quien distinguió en el Kuzarí entre el Dios pensado por los filósofos y el Dios vivido por Israel. El primero es alcanzado por la razón, la abstracción y la deducción metafísica. Es el primer motor inmóvil, causa primera y pensamiento que se piensa a sí mismo. Un Dios inteligiblemente perfecto, pero separado de la historia e indiferente al drama humano.</p><p>El Dios bíblico, en cambio, no es una conclusión conceptual, sino una presencia histórica en una relación viva, normativa y comunitaria. Es el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el Dios que pacta, libera de la esclavitud, revela la Torá y preceptúa una forma de vida. Halevi no niega la razón, sino su absolutización. Advierte que una verdad puramente pensada puede devenir insuficiente cuando se separa de la existencia vivida.</p><p>Análogamente se diferencia el paciente abstracto del paciente real. El primero es el sujeto de protocolos, formularios, estadísticas, modelos predictivos y categorías jurídicas. Es racional, autónomo, informado y capaz de decidir sin miedo, dolor, ignorancia técnica ni presiones familiares, económicas o institucionales. Pero ese paciente casi nunca existe. El paciente real, en contraste, está angustiado, enfermo, condicionado por el lenguaje médico, atravesado por su biografía, creencias, familia, fragilidad y desigual acceso a la información.</p><p>Así como Halevi sospechaba de un Dios reducido a una operación mental, la bioética debe sospechar de un paciente reducido a categoría funcional. Del mismo modo que el Dios del filósofo puede ser conceptualmente perfecto, pero no pacta, no escucha, no libera ni preceptúa, el paciente abstracto de cierta tecnocracia sanitaria puede ser útil para diseñar sistemas, pero no sufre, no teme, no pregunta, no espera ni muere.</p><p>La IA en salud vuelve esta cuestión más urgente. La OMS reconoció su potencial para la atención médica, la investigación y la salud pública, pero reclamó gobernanza ética, transparencia y control humano (Ethics and Governance of AI for Health, 2024). La FDA destacó su capacidad transformadora, aunque exige evaluar seguridad, eficacia y gestión de riesgos (AI-Enabled Device Software Functions, 2025). Similarmente The Hastings Center for Bioethics advirtió sobre privacidad, comprensión insuficiente del paciente, sesgos, seguridad, confianza y rendición de cuentas en la IA sanitaria (AI in Healthcare, 2026).</p><p>El problema no es de precisión técnica sino de mediación moral. La IA mejora diagnósticos, detecta patrones invisibles para el ojo humano, acelera procesos y asiste a médicos sobrecargados. Pero cuando la herramienta reemplaza el juicio responsable, allí nace la confusión bioética creyendo que calcular mejor es decidir mejor, que predecir es comprender, que clasificar es responder y que la precisión estadística sustituye la prudencia clínica. A mayor capacidad de calcular al paciente, más urgente se vuelve una bioética capaz de restituir su singularidad, su vulnerabilidad y la responsabilidad indelegable del acto clínico.</p><p>El algoritmo no ve un rostro, procesa variables. No escucha una biografía, reconoce patrones. No acompaña una angustia, estima riesgos. No asume culpa, licúa responsabilidades entre programadores, AI trainers, instituciones, fabricantes, médicos y sistemas regulatorios. Por ello, aunque pueda ser clínicamente valioso, nunca debe ser confundido con un sujeto moral.</p><p>El consentimiento informado muestra claramente este límite. Cuando intervienen sistemas algorítmicos opacos, puede volverse formalmente válido, pero materialmente débil. Qué significa consentir el uso de una herramienta que el propio médico no puede explicar por completo. Qué significa aceptar una recomendación basada en modelos entrenados con datos cuya composición, sesgos o márgenes de error se desconocen. Qué significa decidir libremente cuando el lenguaje técnico impide comprender el alcance real de la intervención.</p><p>Halevi ofrece una clave. La filosofía, buscando lo universal, infiere un Dios en general; la religión, en cambio, reconoce a Dios en lo particular de un pueblo, una lengua, una historia y una ley. Ninguna abstracción, por perfecta que sea, agota la densidad de una existencia concreta. Lo mismo ocurre con los principios de autonomía, beneficencia, no maleficencia y justicia, que concebidos como fórmulas abstractas pierden fuerza moral. Pero articulados y aplicados a la situación concreta del paciente real, recuperan su verdadero sentido. Por ejemplo, la autonomía no reducida a deseo ni a firma; la beneficencia no confundida con eficiencia; la justicia no limitada a distribución estadística; y la no maleficencia cuando no omite daños invisibles como pérdida de privacidad, opacidad decisional o erosión del vínculo médico-paciente.</p><p>Así como el judaísmo no es, para Halevi, una teoría sobre Dios ni se comprende desde la metafísica abstracta, sino como una relación histórica entre Dios e Israel, tampoco la medicina puede reducir al paciente a una teoría sobre su patología, riesgos, indicadores o datos. El Dios invocado, obedecido y vivido compromete una existencia de un modo que el Dios inteligible, necesario y universal no alcanza a producir. De manera semejante, la medicina algorítmica puede producir un paciente medible y clasificable, pero la bioética debe abogar por el paciente vivido, el que tiene nombre, miedo, familia, memoria, pudor, creencias, dolor y esperanza.</p><p>&nbsp;</p><p>Ética del límite</p><p>Aquí aparece la necesidad de la Ética del Límite, que incluye el principio conocido como human in the loop exigiendo que la IA asista, no reemplace; sugiera, no decida soberanamente; amplíe la capacidad médica, no diluya la responsabilidad profesional; acelere procesos, no vacíe el consentimiento; mejore el acceso, no convierta al paciente en campo experimental de sistemas insuficientemente explicados.</p><p>El límite ético no es enemigo de la técnica, sino la condición de su legitimidad evitando que devenga en poder desnudo. Sin responsabilidad, la eficiencia deviene excusa. Sin rostro concreto, el paciente se transforma en dato. Sin consentimiento real, la autonomía se vuelve ficción burocrática.</p><p>La bioética de nuestro tiempo debe relacionarse con la medicina como Halevi relacionó la religión con la filosofía. Halevi no negó la razón ni despreció el pensamiento abstracto, los ubicó en su lugar advirtiendo que cuando se absolutizan olvidan la vida. Por eso no preguntaba sólo qué puede demostrar la razón sobre Dios, sino dónde ocurrió la revelación, cuándo, ante quiénes y qué forma de vida exigía.</p><p>Esa advertencia vale hoy para la IA en salud. La bioética tampoco debe preguntar sólo qué puede hacer un algoritmo, sino quién decide, en qué situación de vulnerabilidad, con qué información disponible, bajo qué consentimiento real, asumiendo qué responsabilidad y sujeto a qué límites. No alcanza con el Dios pensado, hace falta el Dios vivido. No alcanza con el paciente calculado, hace falta el paciente concreto. No alcanza con una medicina algorítmica, necesitamos una medicina responsable.</p><p>&nbsp;</p><p>(*) Rabino y académico argentino especializado en bioética</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/N3OHufVdOJ9fo8bfY3bLSjIWH6Q=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/05/sociedad.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La irrupción de la inteligencia artificial en la atención sanitaria promete eficiencia y precisión, pero también plantea varios interrogantes]]>
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                                <updated>2026-05-10T04:24:21+00:00</updated>
                <published>2026-05-10T04:23:00+00:00</published>
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            Entre la fe del pueblo y el desafío del encuentro
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/9uM09IEylnGH1yzuTnwW88ke0sI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/05/papa_francisco.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Máximo Jurcinovic (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>A un año de su muerte, Luján no fue escenario de un acto, sino el lugar de una celebración. Y en esa diferencia —que puede parecer menor— se juega algo esencial del legado de Francisco. Porque un acto se organiza y se controla; una celebración, en cambio, se comparte, se habita y se vive. Eso fue lo que ocurrió: un pueblo reunido, una fe que no necesita explicación y una Iglesia que sigue de pie. Hubo pueblo y sacerdotes, familias y jóvenes. Y hubo también “mundo”. No como algo externo, sino como ese interlocutor permanente al que Francisco nunca dejó afuera. Ese cruce —a veces incómodo, a veces desconcertante— forma parte constitutiva de su legado: una Iglesia que no se repliega, sino que se anima a dialogar.</p><p>&nbsp;</p><p>“Hacer lío”</p><p>En ese marco se comprende otra de las expresiones del aniversario: la presencia del sacerdote DJ, el padre Guilherme Peixoto. Para algunos, una provocación; para otros, algo difícil de comprender. Pero, en el fondo, fue una expresión concreta de ese “todos, todos, todos” que Francisco dejó como horizonte: una Iglesia que no selecciona a quién incluir, sino que se anima a encontrarse con la realidad tal como es. Lejos de ser un hecho aislado, formó parte de una propuesta más amplia: una experiencia que une música y palabras de Francisco, tendiendo puentes con los lenguajes actuales. Plaza llena, jóvenes y adultos reunidos, y una fe que se expresa sin moldes rígidos: también eso es “hacer lío”.</p><p>La celebración de este aniversario volvió a poner en el centro una intuición clave de su pontificado: la fe no puede quedar reducida a lo conocido ni a lo cómodo. Debe animarse a habitar nuevos espacios, incluso aquellos que generan desconcierto. No para diluirse, sino para encontrarse; para anunciar esperanza en lenguajes que puedan ser comprendidos hoy. Eso no implica perder identidad. Al contrario, supone una identidad profunda, pero no rígida: una identidad que no se defiende cerrándose, sino que se fortalece en el encuentro; que escucha, dialoga y se deja interpelar.</p><p>En esa misma línea, la celebración en Luján expresó lo que estos eventos religiosos ya venían manifestando. La homilía de monseñor Marcelo Colombo, presidente del Episcopado Argentino, logró poner en palabras una experiencia compartida: la sensación de que Francisco se extraña. “Es muy común escuchar entre nuestra gente, respecto de Francisco, que se lo extraña”, afirmó. Pero inmediatamente desarmó cualquier tentación de nostalgia paralizante: “No se trata de quedarse en el pasado, sino de reconocer que Francisco entró en nuestras vidas para quedarse”.</p><p>&nbsp;</p><p>Lo que significó</p><p>Esa afirmación cambia todo. Porque no habla solo de recuerdo, sino de presencia: de una palabra que sigue viva, que sigue interpelando. “¡Cómo nos gustaría escucharlo hoy, en estos momentos tan duros!”, expresó Colombo. Y esa frase, tan simple, condensa una experiencia colectiva: Francisco no fue solo una figura relevante; fue una voz que amplió el horizonte, que insistió una y otra vez en la necesidad de construir un “nosotros” más grande. Siempre desde la periferia hacia el centro. Y también, hasta el final de sus días, su compromiso por la paz. No como una consigna abstracta, sino como una construcción concreta: diálogo entre sectores, encuentro entre diferencias, trabajo paciente por una sociedad más justa. Una paz exigente, que no se improvisa y que necesita de todos.</p><p>También el Papa León XIV retomó ese camino al recordar que “sus palabras y sus gestos permanecen grabados en nuestros corazones”, y al convocar a seguir adelante, evocó a Francisco como aquel que anunció la alegría del Evangelio, vivió la misericordia y promovió la fraternidad entre todos. Por eso resulta inevitable mirar con cierta preocupación lo que también ocurrió en Lujan. Mientras dentro de la Basílica se vivía una celebración cargada de sentido, trascendieron discusiones políticas, visibles e invisibles: preocupaciones por lugares, por sillas, por ubicaciones. Como si lo importante fuera ocupar un espacio y no compartir un mismo horizonte. Ahí surge una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿somos capaces de sentarnos juntos, incluso cuando pensamos distinto? ¿Podemos vivir la fraternidad más allá de nuestras posiciones? Porque no era un acto. Era una celebración.</p><p>&nbsp;</p><p>El argentino más trascendente</p><p>En ese contexto, la frase del presidente Javier Milei, al definir a Francisco como “el argentino más trascendente de la historia”, resuena con fuerza. No solo por lo que afirma, sino por lo que implica: debería ser un punto de partida para mirar más lejos, para salir de la lógica del enfrentamiento permanente y animarnos a construir algo en común. La celebración en Luján dejó ver algo que a veces se pierde entre discusiones: el pueblo sigue estando, la fe sigue viva, la Iglesia sigue intentando dialogar con el mundo real. No con uno ideal, sino con el que existe, con sus contradicciones y sus búsquedas.</p><p>Recordar a Francisco no alcanza. Su legado no se honra repitiendo sus palabras, sino animándose a vivirlas. Y eso implica algo profundamente exigente: construir fraternidad en serio. No solo cuando es fácil, sino precisamente cuando es difícil. Cuando hay diferencias, tensiones e intereses en juego. Tal vez, si ese camino se vuelve real, empiece a asomar una nueva cara de la Patria.///</p><p>&nbsp;</p><p>(*) Sacerdote. Director de la Oficina de Comunicación y prensa del Episcopado Argentino</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/9uM09IEylnGH1yzuTnwW88ke0sI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/05/papa_francisco.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>La conmemoración del primer año sin el Papa Francisco evidenció algo más que memoria: mostró a un pueblo que celebra unido y a una lógica de poder que todavía no aprende a sentarse en fraternidad]]>
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                                                <category term="sociedad" label="sociedad" />
                                <updated>2026-05-03T03:50:06+00:00</updated>
                <published>2026-05-03T03:23:15+00:00</published>
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