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    <title>Ecos Diarios</title>
    <subtitle>Entrevistas exclusivas para informarse minuto a minuto de lo que acontece en Necochea.</subtitle>
    <updated>2026-06-21T03:25:04+00:00</updated>
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            Soledad y vínculos sociales
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                <![CDATA[Ecos Diarios]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/wR1CoyrZBuXFxzaifXdtZ7-tA4o=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/06/sociedad_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por&nbsp; Guillermo Marcó (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>A veces me pregunto en qué momento las relaciones humanas comenzaron a volverse tan frías en algunos lugares del mundo. Da la sensación de que vivimos corriendo detrás de la eficiencia, tratando de ahorrar tiempo en cada actividad, eliminando toda demora, toda espera y toda interrupción.</p><p>El problema es que, en esa carrera permanente, corremos el riesgo de perder algo esencial: el encuentro con las personas. Esos momentos no son obstáculos en nuestro camino, son precisamente la experiencia que puede ser la mayor ganancia de nuestra vida.</p><p>La eficiencia se ha transformado en uno de los grandes valores de nuestra época. Todo debe ser rápido, inmediato y optimizado. Compramos con un clic, resolvemos trámites sin hablar con nadie y recibimos respuestas instantáneas a preguntas que antes requerían tiempo de reflexión. Sin embargo, cuanto más avanzan las herramientas para simplificarnos la vida, más evidente parece hacerse una paradoja: estamos hiperconectados y, al mismo tiempo, profundamente solos. Estamos cansados de los Bots y contestadores automáticos.</p><p>Un negocio</p><p>La soledad, incluso, se ha convertido en un negocio. En algunos lugares del mundo ya existen servicios que permiten contratar personas para representar vínculos familiares en eventos sociales. La inteligencia artificial comienza a ocupar espacios que antes pertenecían a amigos, maestros, consejeros o incluso terapeutas.</p><p>Cada vez son más quienes encuentran en una pantalla respuestas inmediatas a sus dudas, sus angustias y sus preguntas existenciales. La tecnología puede ser una herramienta extraordinaria, pero no puede reemplazar aquello que nos hace humanos. Ninguna inteligencia artificial puede ofrecer una mirada de comprensión, compartir un silencio oportuno o dar un abrazo que alivie el dolor de otro. Puede procesar información, pero no puede amar, solo simula hacerlo.</p><p>El valor del encuentro</p><p>Por eso me llama la atención que, mientras gran parte del mundo parece avanzar hacia formas de vida cada vez más individuales, en la Argentina todavía conservemos algunas costumbres que nos recuerdan el valor del encuentro. Los argentinos solemos quejarnos de muchas cosas de nuestro país, y con razón.</p><p>Sin embargo, seguimos siendo una sociedad donde los vínculos conservan un lugar importante. Nos gusta reunirnos, compartir una mesa, prolongar conversaciones que podrían resolverse en pocas palabras. Seguimos llamando a los amigos, visitando a la familia y buscando tiempo para encontrarnos.</p><p>Quizás el mejor símbolo de esa resistencia sea el asado. Si lo analizáramos únicamente desde la lógica de la eficiencia, sería difícil justificarlo. Requiere tiempo, preparación, paciencia y dedicación. Sin embargo, alrededor de un fuego suceden cosas que ningún algoritmo puede calcular. Allí se comparten alegrías y preocupaciones, se fortalecen amistades, se transmiten historias familiares y se construye comunidad.</p><p>Un amigo que se fue a vivir a San Francisco se armó una página web, donde invitaba a vivir “la experiencia del asado argentino”. Al asado no se llega a la hora de comer, se llega con tiempo para bancar al asador, se alarga la charla y se comparte con alegría.</p><p>El ejemplo de Jesús</p><p>El Evangelio ofrece una enseñanza semejante. Si juzgáramos a Jesús con los criterios actuales, probablemente diríamos que fue poco eficiente. Se detenía ante quien lo necesitaba, dedicaba tiempo a escuchar, compartía la mesa con quienes eran despreciados por la sociedad y nunca parecía gobernado por la urgencia.</p><p>La parábola del Buen Samaritano expresa esta verdad con claridad. Quienes pasaron de largo tenían razones para hacerlo. Seguramente tenían obligaciones importantes y asuntos urgentes que atender. Sin embargo, fue aquel que decidió detenerse, perder tiempo y hacerse cargo del sufrimiento ajeno quien terminó actuando de manera verdaderamente humana.</p><p>Tal vez uno de los desafíos de nuestro tiempo sea resistir la tentación de convertir toda relación en una transacción y toda actividad en un cálculo de productividad. Porque el amor, la amistad, la familia y la solidaridad nunca serán eficientes. Exigen tiempo, paciencia y disponibilidad. En una época fascinada por la velocidad, quizás la verdadera revolución consista en seguir encontrándonos.</p><p>Defender una conversación larga, una sobremesa, un mate compartido o un asado de domingo puede parecer algo pequeño. Sin embargo, son esos espacios los que nos recuerdan que no fuimos creados para vivir aislados detrás de una pantalla, sino para caminar juntos. Y tal vez allí resida una de las mayores riquezas que todavía conservamos: la convicción de que ninguna tecnología, por avanzada que sea, podrá reemplazar la presencia concreta de otro ser humano.</p><p>(*) Párroco de San Lucas. Director del Servicio de Pastoral Universitaria</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/wR1CoyrZBuXFxzaifXdtZ7-tA4o=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/06/sociedad_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La búsqueda de eficiencia y rapidez en la vida cotidiana ha enfriado las relaciones humanas en muchos lugares del mundo]]>
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                                                <category term="sociedad" label="sociedad" />
                                <updated>2026-06-21T03:25:04+00:00</updated>
                <published>2026-06-21T03:15:23+00:00</published>
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            El futuro del trabajo no se espera: se diseña
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                <![CDATA[Ecos Diarios]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/a7-4b9I7BsYYuRO04cQL481uWR4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/06/sociedad.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Silvina D’Onofrio (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>Vale la pena pensar cómo cambió el rol de quienes trabajamos con foco en las personas. Hoy, Recursos Humanos ya no se limita a procesos o gestión del talento: participa en la construcción de cultura, en la transformación de los modelos de trabajo y en el diseño de experiencias que impactan en las personas y en el negocio.</p><p>En compañías que evolucionan, construir cultura no significa definir valores y sostenerlos intactos. Implica crear un sistema vivo de prácticas y comportamientos que se adapta todos los días. La cultura se construye con lo que hacemos, con cómo lideramos y con aquello que elegimos reconocer.</p><p>Uno de los grandes desafíos actuales es pasar de acompañar la transformación a impulsarla. Eso exige escuchar a las personas, convertir aprendizajes en acciones concretas y diseñar entornos donde cada persona pueda crecer e innovar. En ese camino, el reskilling ocupa un lugar clave: es el proceso de capacitar a un trabajador para que adquiera nuevas habilidades y pueda asumir un rol completamente distinto dentro de su empresa o campo laboral. Según Randstad, para 4 de cada 5 trabajadores argentinos es un factor importante en su empleo.</p><p>Desde nuestra área, esta mirada se traduce en un modelo más ágil, digital y centrado en la experiencia. Incorporamos chatbots y plataformas de autoservicio para mejorar el acceso a la información, y usamos analytics para tomar mejores decisiones sobre talento, desempeño y desarrollo. La tecnología no reemplaza el vínculo humano: lo simplifica y habilita conversaciones de mayor valor.</p><p>Pero innovar no es solo incorporar tecnología. También es repensar equipos, liderazgos y trayectorias profesionales. Cada vez más, el foco está puesto en habilidades y no en roles rígidos, lo que permite recorridos más dinámicos y aprendizaje continuo. Aprender dejó de ser una instancia puntual para convertirse en una condición de empleabilidad. En un mercado donde 7 de cada 10 argentinos afirma haber perdido alguna oportunidad laboral por no contar con los conocimientos o habilidades requeridos, aprender dejó de ser una instancia puntual para convertirse en una condición de empleabilidad.</p><p>En ese camino, el liderazgo ocupa un lugar central. Las nuevas formas de trabajo requieren líderes habilitadores. Capaces de escuchar, generar confianza, dar autonomía y crear contextos donde cada persona aporte desde su singularidad. Liderar hoy no es solo alcanzar resultados: es construir sentido, cuidar la energía de los equipos y promover culturas donde la innovación pueda suceder.</p><p>Las nuevas generaciones también transforman la experiencia laboral. Buscan propósito genuino, culturas inclusivas, crecimiento, flexibilidad, comunidad e impacto. Y lo hacen en un contexto de trayectorias menos lineales: proyecciones internacionales sobre Gen Z anticipan recorridos con hasta 18 trabajos y 6 carreras a lo largo de la vida. Escucharlas es clave para diseñar experiencias de talento que conecten con esas expectativas. Porque los futuros líderes no buscan solo un empleo: buscan un lugar donde puedan importar, crecer e impactar.</p><p>Crear el futuro del trabajo implica reinventarnos constantemente. Requiere curiosidad para leer el contexto, comprender necesidades y anticipar cambios que redefinen la relación con el trabajo: tecnología, nuevas generaciones, formas de vincularnos y expectativas sobre propósito y bienestar.</p><p>Por eso, el área de Recursos Humanos es cada vez más estratégica. No solo gestiona personas, sino que diseña condiciones para que personas y negocios crezcan de manera sostenible. Celebrar nuestra profesión es reconocer esa responsabilidad: construir culturas más humanas, ágiles e inclusivas; usar la tecnología para simplificar y potenciar; escuchar para transformar; y animarnos a diseñar lo que todavía no existe.</p><p>Porque el futuro del trabajo no es algo que simplemente llega. Es algo que se crea todos los días, con cada decisión, cada conversación y cada experiencia que elegimos construir.</p><p>(*) La autora es Gerenta de Talento y Marca Empleadora de Unilever Argentina</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/a7-4b9I7BsYYuRO04cQL481uWR4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/06/sociedad.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La reconversión de capacidades resulta relevante para 4 de cada 5 empleados, en un escenario donde la actualización habilita cambios de puesto dentro o fuera de la empresa]]>
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                                <updated>2026-06-14T01:25:55+00:00</updated>
                <published>2026-06-14T01:25:02+00:00</published>
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            La sangre que donamos hoy puede ser la vida de alguien mañana
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/g7181G_j9bTFDKXKk5yJOQA-o7Y=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2024/06/convocatoria_en_la_semana_del_donante_de_sangre.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Dr. Robinson Cruz (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>Como profesional de la salud, he visto que en una emergencia cada minuto cuenta, pero también que muchas veces la diferencia entre la vida y la muerte cabe en una bolsa de 450 ml de sangre. Una sola unidad puede separarse en plasma, glóbulos rojos y plaquetas, y así ayudar a salvar hasta tres vidas distintas. Sin embargo, en el Perú aún donamos muy poco: según datos publicados en 2024, apenas el 1.36% de la población dona sangre y, de ellos, solo el 20% lo hace de manera voluntaria. La mayoría dona cuando un familiar o amigo ya la necesita. En el marco del Día del Donante de Sangre, vale la pena preguntarnos: ¿por qué esperar a que la urgencia tenga nombre y apellido para tender el brazo?</p><p>Estas cifras deberían preocuparnos, porque nos colocan entre los países de la región con menor donación voluntaria de sangre. Y cuando hablamos de sangre, no hablamos de una necesidad excepcional o lejana: hablamos de pacientes que la requieren todos los días. Por ejemplo, una persona con cáncer hematológico podría necesitar hasta 20 unidades de paquete globular y 120 unidades de plaquetas simples durante su tratamiento. Detrás de cada una de esas unidades hay una oportunidad de seguir viviendo, de resistir una terapia, de llegar a una cirugía o de volver a casa. Por eso, donar sangre no debería ser solo una respuesta ante la emergencia de alguien cercano, sino un compromiso solidario con todos aquellos a quienes quizá nunca conoceremos, pero cuya vida puede depender de nosotros.</p><p>&nbsp;</p><p>Un acto de amor</p><p>El próximo 14 de junio se celebra el Día Mundial del Donante de Sangre; este año con el lema, “Una gota de humanidad. Dona sangre”. El objetivo de esta fecha es reconocer a los donantes voluntarios por su decisión altruista y sobre todo generar conciencia sobre la importancia de este acto de amor. Lamentablemente, este tema está inundado de mitos y desinformación, por lo cual en las siguientes líneas buscaremos hacer precisiones objetivas que puedan ayudarle a decidirse a donar.</p><p>Un adulto promedio -hombre de unos 30 años, 70 kg y 1.72 m o mujer de 30 años, 55 kg y 1.60 – contiene entre 4.5 – 5.5 litros de sangre aproximadamente. Cuando se dona, se obsequia menos del 10% del total de nuestra sangre, misma que se recuperará en los días posterior con una buena nutrición. Un hombre puede donar voluntariamente cada 3 meses, mientras que una mujer cada 4 meses.</p><p>La sangre se renueva permanente, pero para eso se necesita una buena nutrición. El hierro es fundamental para la formación de hemoglobina. Sin hierro suficiente la hemoglobina simplemente no se formará y se producirá anemia. Las principales fuentes de hierro incluyen al hígado, la sangrecita, las carnes rojas, las carnes blancas, las menestras (lenteja, garbanzos y frejoles) y los cereales fortificados. El ácido fólico (vitamina B9) y la vitamina B12 son indispensables para el desarrollo de los glóbulos rojos. Éstos son las células responsables de transportar la hemoglobina. Sin B9 o B12 no habrá quién pueda transportar a la hemoglobina, por tanto, también se producirá otro tipo de anemia. Las fuentes de B9 incluyen menestras (lentejas, garbanzos y frejoles) y algunos vegetales (espinacas, acelgas, brócoli; mientras que las fuentes de B12 comprenden básicamente alimentos de origen animal. Finalmente, en cualquier de los casos, la proteína es fundamental para la formación tanto de hemoglobina como de glóbulos rojos.</p><p>&nbsp;</p><p>Cuidados a tener en cuenta</p><p>Donar sangre no produce debilidad. Algunas personas podrían sentirse ligeramente mareadas por no haberse preparado adecuadamente con reglas muy simples que describiremos más abajo. Tampoco genera anemia. La hemoglobina podría bajar ligeramente inmediatamente después de la donación, sin embargo, se recuperará totalmente, algunos días después, con una adecuada nutrición.</p><p>Antes de donar consuma una comida ligera, pero nutritiva. Evite alimentos muy grasos. De preferencia a frutas, lácteos y cereales. Además, beba al menos medio litro de agua para mantener una buena hidratación. El ayuno no es un requisito para donar sangre.</p><p>Después de donar es posible que en el centro de donación le proporcionen un refrigerio ligero para evitar una caída de los niveles de glucosa en sangre, en caso contrario, consuma un plátano, una manzana o un pan. También siga consumiendo agua en las horas posteriores. Es muy importante que no realice ejercicio intenso ni cargue objetos pesados el resto del día.</p><p>Donar órganos y donar sangre voluntariamente son actos de humanidad en el sentido más profundo de la palabra: formas concretas de permitir que la vida continúe a través de la vida de otros. En el Perú, los mitos y la desinformación han levantado barreras que nos mantienen entre los países con menor donación voluntaria de sangre en la región. En mi ejercicio profesional, he visto de cerca la angustia de muchos pacientes y familias cuando la sangre no llega a tiempo; y, como personas, casi todos hemos conocido alguna vez esa preocupación, propia o cercana, de esperar una unidad que puede cambiarlo todo.</p><p>Que ese recuerdo, esa espera o esa historia familiar no se quede solo como una experiencia difícil, sino que se convierta en una razón para actuar. Donar sangre no produce anemia, no debilita, no engorda, no mata. Donar sangre acompaña, sostiene y salva. Donar sangre genera vida.</p><p>&nbsp;</p><p>(*) Nutricionista clínico oncológico</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/g7181G_j9bTFDKXKk5yJOQA-o7Y=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2024/06/convocatoria_en_la_semana_del_donante_de_sangre.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Los datos reportaron que apenas el 1.36% de la población aporta unidades, y que solo el 20% lo hace por iniciativa propia. La mayor parte acude cuando un allegado la requiere]]>
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                                <updated>2026-06-07T02:27:06+00:00</updated>
                <published>2026-06-07T02:25:24+00:00</published>
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            Gemelo Digital Social: ética para la IA estatal
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/AK88YGLi9G7LLn6uuUcU3CEl0Gs=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/05/sociedad_2.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Fishel Szlajen (*)</p><p>&nbsp;</p><p>Argentina anunció el Gemelo Digital Social, una herramienta basada en IA para simular escenarios, anticipar impactos y asistir en el diseño de políticas públicas. Esto constituye un paso relevante al instalar en la agenda pública la posibilidad de una política social más predictiva, integrada y basada en evidencia, siendo por ello un error convertir esta iniciativa en una disputa entre oficialismo y oposición. Lo decisivo aquí es cómo gobernar éticamente la IA cuando el objeto modelado no es una máquina, una ciudad o una fábrica, sino la vida social de las personas.</p><p>El sistema integraría datos de distintas fuentes para describir fenómenos sociales, detectar patrones y proyectar escenarios, pudiendo mejorar diagnósticos, anticipar crisis, detectar vulnerabilidades y hacer más eficaces las políticas públicas. El avance cualitativo radicaría en pasar de un Estado predominantemente reactivo a uno con mayor capacidad predictiva, razón por la cual desde su origen necesita una gobernanza ética proporcional a su poder.</p><p>La experiencia indica que los fracasos de proyectos de IA estatal no son sólo técnicos, ocurren también cuando se pierde legitimidad pública, cuando la ciudadanía no comprende qué datos se usan, cuando no queda claro quién controla el sistema o cuando las decisiones parecen dictadas por una opacidad algorítmica. Luego, el Gemelo Digital Social constituiría una oportunidad para la Argentina incorporando una conducción ética sustantiva, visible y operativa.</p><p>&nbsp;</p>Una herramienta prometedora<p>Esa conducción no debe entenderse como obstáculo burocrático ni como señal de desconfianza, sino como condición para blindar institucionalmente el proyecto, hacerlo socialmente aceptable y evitar que una herramienta prometedora quede expuesta a sospechas, judicialización o rechazo público. Así, a la arquitectura técnica y jurídica se sumaría, desde el inicio, una instancia ética permanente e interdisciplinaria capaz de comprender el lenguaje de la tecnología, la sensibilidad de los datos sociales, la lógica de las políticas públicas, la protección de la persona vulnerable y la responsabilidad estatal.</p><p>La discusión internacional sobre IA pública ya no gira en torno a la mera eficiencia. La UNESCO adoptó en 2021 su Recommendation on the Ethics of Artificial Intelligence, centrada en la dignidad humana, los derechos fundamentales, la transparencia, la supervisión humana y la evaluación de impactos. El NIST publicó en 2023 su AI Risk Management Framework, organizado en torno a las funciones de gobernar, mapear, medir y gestionar. La Unión Europea aprobó en 2024 el AI Act, basado en riesgos y con obligaciones reforzadas para sistemas de alto impacto. El Reino Unido lanzó en 2021 su Algorithmic Transparency Recording Standard, luego consolidado como referencia de transparencia para organismos públicos. Claramente la IA puede ayudar al Estado, pero garantizando cuestiones éticas mediante controles, auditorías y responsabilidad humana indelegable.</p><p>El término gemelo digital proviene de ámbitos industriales y tecnológicos, donde se utilizan modelos virtuales para simular el comportamiento de sistemas reales. Pero un gemelo digital de la sociedad implica un salto ético importante. Una sociedad no es una turbina ni una red eléctrica. Está compuesta por personas libres, trayectorias biográficas, familias, creencias, vulnerabilidades, pobrezas, decisiones íntimas, errores, esperanzas y conflictos.</p><p>Cuando el Estado modela digitalmente la vida social, aun con finalidades nobles, ya no sólo administra información. También produce categorías sobre personas y grupos, anticipa comportamientos, clasifica riesgos, interviene sobre poblaciones, asigna prioridades y genera perfiles. Sin controles adecuados, una herramienta de asistencia pública puede derivar en una forma de poder predictivo difícil de auditar.</p><p>&nbsp;</p>Ética institucional<p>La ética institucional exige preguntar qué datos se usarán, de dónde provienen, qué sensibilidad tienen, si se cruzarán fuentes estatales y privadas, cuánto tiempo se conservarán, qué grado real de anonimización habrá, quién verificará que no exista reidentificación, si habrá auditorías externas, revisión humana y responsables ante daños, exclusiones o discriminaciones. Esto es congruente con la Ley 25.326 de Protección de Datos Personales, que exige datos ciertos, adecuados, pertinentes y no excesivos, evita usos incompatibles con la finalidad original y dispone su supresión cuando dejen de ser necesarios. Incorporar estos criterios desde el diseño reforzaría la finalidad definida, la responsabilidad institucional y la confianza pública del Gemelo Digital Social.</p><p>Helen Nissenbaum sostuvo en “Privacy in Context” que la privacidad no puede entenderse sólo como secreto, sino como integridad contextual, es decir, como circulación de datos respetuosa de los contextos y normas de uso que les dan sentido. Luciano Floridi subrayó en “The Ethics of Information” las obligaciones morales propias de los entornos informacionales. Virginia Dignum insistió en “Responsible Artificial Intelligence” en que la IA responsable requiere diseño, control humano y rendición de cuentas. Mireille Hildebrandt advirtió en “Smart Technologies and the End of Law” que el Estado de derecho se debilita cuando las decisiones automatizadas operan opacamente o desplazan la defensa jurídica. Cathy O’Neil mostró en “Weapons of Math Destruction” cómo los modelos cuantitativos pueden dañar cuando clasifican poblaciones vulnerables sin revisión ni posibilidad efectiva de impugnación. Básicamente, estos expertos no rechazan la tecnología, llaman a gobernarla responsablemente.</p><p>Por ello, la revisión ética debería integrarse desde el inicio, no añadirse al final como una instancia meramente validatoria. Debe estar en la arquitectura del proyecto, en la definición de finalidades, la selección de datos, las auditorías, los protocolos de daño, la comunicación pública y los límites que el sistema no podrá cruzar. En suma, se trata de una ética pública de la IA aplicada a sistemas estatales que procesan información sobre poblaciones humanas, anticipan conductas, definen prioridades y pueden afectar derechos, oportunidades o trayectorias vitales.</p><p>Una conducción ética temprana protege al proyecto de futuros cuestionamientos jurídicos, políticos, reputacionales y sociales, porque revisa finalidades, exige trazabilidad, advierte sesgos, evalúa proporcionalidad, recomienda auditorías, analiza impactos sobre grupos vulnerables y establece criterios de intervención humana obligatoria. No se reduce a una mirada informática, administrativa o jurídica, requiere formación específica, conocimiento de precedentes y normativas internacionales, experiencia en comités, familiaridad con dilemas bioéticos, comprensión del Estado y capacidad para distinguir entre un riesgo abstracto y un daño institucional concreto.</p><p>Por ejemplo, el Gemelo Digital Social debería aplicar el principio de no delegación. La IA puede asistir al Estado, pero no reemplazar su responsabilidad. Todo sistema predictivo debe tener un responsable humano, toda clasificación sensible debe ser revisable, toda recomendación automatizada que pudiera afectar derechos debe ser explicable, toda intervención sobre población vulnerable debe someterse a proporcionalidad y justicia, toda base de datos debe tener finalidad definida y todo proveedor tecnológico debe sujetarse a reglas claras.</p><p>&nbsp;</p>Principios éticos<p>Otros principios éticos aplicados contribuirían también a garantizar que el Estado use datos para mejorar políticas públicas, sin que la ciudadanía perciba que sus trayectorias vitales son objeto de modelización sin explicación suficiente. Asegurarían que la simulación de escenarios no predestine personas; que anticipar vulnerabilidades no las fije como identidades; que detectar riesgos no transforme la sospecha estadística en tratamiento político; y que mejorar la asignación de recursos no esconda decisiones morales detrás de cálculos automatizados.</p><p>Argentina tiene la oportunidad de construir un Estado más inteligente sin devenir en uno más invasivo. Sería un leading case regional de innovación responsable incorporando desde el inicio una conducción ética robusta; no como instancia secundaria, sino como función capaz de anticipar problemas, ordenar criterios, establecer protocolos, dialogar con técnicos, advertir riesgos y sostener públicamente la legitimidad del proyecto.</p><p>La ética no impide que el Estado innove, asegura que esa innovación pueda sostenerse en el tiempo con legitimidad, confianza y responsabilidad pública. En iniciativas de esta magnitud, siempre es provechoso convocar a tiempo a quienes pueden anticipar problemas antes de que se conviertan en daños, litigios o crisis de confianza.</p><p>&nbsp;</p><p>(*) Es rabino y académico argentino</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/AK88YGLi9G7LLn6uuUcU3CEl0Gs=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/05/sociedad_2.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Argentina tiene la oportunidad de construir un Estado más inteligente sin devenir en uno más invasivo]]>
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                                <updated>2026-05-31T03:25:52+00:00</updated>
                <published>2026-05-31T03:24:07+00:00</published>
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            La IA y la educación en el emprendimiento
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Fh98xzN-lBQJr2yAYWTHJPet6wU=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/05/sociedad_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Marcos Agurto (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>La inteligencia artificial (IA) está ingresando rápidamente a las aulas universitarias; incluso antes de llegar a la universidad, muchos estudiantes ya han experimentado con ella. En la educación en emprendimiento, hoy se utiliza para explorar ideas, bosquejar planes de negocio o analizar mercados.</p><p>En cierta forma, esto no es completamente nuevo. Ya hemos vivido grandes cambios tecnológicos —como la expansión del poder de cómputo, internet y el acceso masivo a la información— que transformaron la manera de aprender y trabajar. La IA parece seguir esa misma trayectoria, aunque de forma más acelerada y poderosa. Pone información al alcance de todos —ningún ser humano puede competir con la IA en términos de acceso y velocidad de procesamiento— y, además, la reorganiza y recombina de maneras que se asemejan al razonamiento; aunque semejanza no es equivalencia.</p><p>&nbsp;</p><p>No comprende el significado</p><p>La IA puede producir resultados que lucen coherentes, estructurados e incluso inteligentes. Sin embargo, no “comprende” el significado de las cosas ni ejerce juicio en un sentido humano. Funciona identificando patrones y recombinando información existente. Esta diferencia es particularmente importante en la educación en emprendimiento. Nuestros estudiantes deben entenderlo y, sobre todo, confiar en que la verdadera inteligencia detrás de su trabajo sigue siendo la humana, para así desarrollar seguridad en su capacidad de pensar.</p><p>En el fondo, emprender no consiste simplemente en acceder a información, sino en identificar vacíos en la manera en que respondemos a necesidades humanas, tomar decisiones bajo incertidumbre y decidir qué ideas vale la pena impulsar. Estas no son tareas puramente técnicas; requieren interpretación, criterio y, fundamentalmente, consideraciones éticas.</p><p>La IA puede ayudar en este proceso. Permite explorar escenarios, comparar alternativas e identificar patrones con mucha más rapidez. En ese sentido, amplía enormemente el conjunto de posibilidades disponibles para los estudiantes; pero esto no es lo mismo que decidir.</p><p>La pregunta clave para quienes enseñamos debería ser cómo lograr que los alumnos utilicen la IA para fortalecer su pensamiento en lugar de reemplazarlo. Y también preguntarnos si, después de muchos años de enseñanza tradicional, los profesores estamos realmente preparados para este cambio.</p><p>&nbsp;</p><p>Verdadero potencial</p><p>Si la IA termina utilizándose solo para obtener información más rápido o para organizar y comparar datos —aunque sea de formas muy sofisticadas—, su aporte educativo será limitado. Su verdadero potencial aparece cuando obliga a los estudiantes a contrastar alternativas, cuestionar resultados, refinar ideas y pensar con mayor profundidad. Es decir, cuando desplaza el foco desde la simple producción de respuestas hacia el proceso de razonamiento.</p><p>Esto tiene implicancias importantes para la enseñanza y la evaluación. Si hoy es posible generar rápidamente productos finales bien presentados, evaluar únicamente el resultado final comienza a perder sentido. Necesitamos mirar más el proceso: cómo se construyen las ideas, cómo se evalúan distintas alternativas y cómo se toman las decisiones. En la práctica, esto exigirá una interacción más cercana con los estudiantes y un interés más profundo por entender cómo razonan. En clases numerosas esto no es sencillo, pero todo indica que será cada vez más necesario.</p><p>También existe un problema más amplio relacionado con la evidencia. Gran parte de la discusión actual sobre IA en educación se basa todavía en experiencias iniciales. Además, las instituciones que primero están adoptando estas herramientas suelen ser precisamente aquellas que ya tenían fortalezas previas en enseñanza de emprendimiento, lo que dificulta aislar el verdadero efecto de la IA. Necesitamos evaluaciones más rigurosas, combinando enfoques cuantitativos y cualitativos, y haciendo seguimiento a los estudiantes más allá del aula.</p><p>&nbsp;</p><p>Capacidades para&nbsp; interpretar</p><p>Finalmente, el uso efectivo de la IA en educación también resalta la importancia de disciplinas que normalmente no están al centro de esta discusión. Si queremos que los estudiantes utilicen bien estas herramientas, necesitan desarrollar capacidades para interpretar, reflexionar y evaluar consecuencias. La ética, la filosofía y otras áreas afines pueden contribuir a fortalecer esas habilidades. No sustituyen al conocimiento técnico; lo complementan.</p><p>Como ocurrió en otras grandes revoluciones tecnológicas, creo que en el mediano y largo plazo estaremos bien. Pero la historia también nos enseña que muchas personas enfrentarán dificultades a medida que ciertas tareas sean reemplazadas por la IA. Vale la pena que nuestros estudiantes reflexionen seriamente sobre esto y quizá incluso vean el emprendimiento como una forma de fortalecer la solidaridad y generar nuevas oportunidades para otros.</p><p>La IA está cambiando profundamente la manera en que aprendemos y trabajamos. Sin duda, expande lo que es posible; pero no elimina la necesidad del juicio ni del cuidado humanos. La IA puede generar posibilidades; sin embargo, no puede decidir cuáles son las que realmente importan.</p><p>(*) Profesor del Departamento de Economía de la Universidad de Piura</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Fh98xzN-lBQJr2yAYWTHJPet6wU=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/05/sociedad_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Los estudiantes deben entender y, sobre todo, confiar en que la verdadera inteligencia detrás de su trabajo sigue siendo la humana]]>
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                                <updated>2026-05-24T04:07:45+00:00</updated>
                <published>2026-05-24T04:06:17+00:00</published>
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            Deserción: más que un indicador, un problema de gestión
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/IER71nhSZEt2VOK1LhhXcMM3Ghg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/05/desercion.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Luis Quirós Rossi (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>En algunas industrias, hay una señal que suele subestimarse: cuando el cliente deja de elegirte. Puede ser un consumidor que no vuelve a comprar, un afiliado que cancela su membresía, un paciente que cambia de clínica, un usuario que abandona una plataforma, un colaborador que renuncia o un estudiante que deja la universidad. En todos los casos, el fenómeno tiene un nombre común: deserción</p><p>La deserción no solo mide salida, sino también pérdida de confianza, pérdida de vínculo, pérdida de ingresos futuros y pérdida de valor no construido. Desde una mirada directiva, la pregunta no debería ser únicamente cuántos se fueron, sino cuánto valor dejamos de generar porque no logramos que nos vuelvan a elegir.</p><p>Como ejemplo, en el sector educación, cada ciclo, miles de estudiantes abandonan o cambian de universidad en América Latina. El dato suele aparecer en reportes institucionales como porcentajes de 20 %, 30 % o incluso 40 %. Sin embargo, el problema no es solo la cifra. El problema es cómo se interpreta.</p><p>El análisis básico de deserción siempre se relaciona con lo académico o social: falta de adaptación, problemas económicos o bajo rendimiento. Todo esto es cierto, pero es incompleto. Detrás de estas causas existen insights más profundos: una expectativa no cumplida, una experiencia deficiente, una promesa de valor poco clara, entre muchas otras.</p><p>Un buen gestor identifica correctamente el problema para diseñar mejores soluciones. Las respuestas no salen de una oficina; salen de la investigación, de entender al usuario y la experiencia completa.</p><p>&nbsp;</p><p>Medir solo en porcentajes</p><p>Decir “tenemos 30 % de deserción” puede preocupar, pero no genera urgencia directiva. Traducir ese porcentaje a dinero cambia completamente la conversación.</p><p>Un ejemplo simple: si ingresan 1,000 estudiantes y 300 desertan, con un ticket promedio anual de US$ 5,000, la institución deja de generar US$ 1.5 millones en un solo año. Ahora proyectemos esa pérdida a cinco años, a posgrados, a educación continua y a las recomendaciones que nunca ocurrirán. El problema deja de ser solo académico y se convierte en un problema financiero, comercial y estratégico.</p><p>Una mala gestión se refleja en ocultar estas cifras a través de porcentajes. Un 30 % no suena tan mal… ¿US$ 1.5 millones al año?</p><p>Si no te vuelven a elegir, no creciste Si tus clientes, usuarios o estudiantes no te vuelven a elegir, no necesariamente creciste. Solo vendiste.</p><p>En educación, muchas instituciones celebran los ingresos por matrícula como señal de crecimiento, pero si necesitan reemplazar constantemente a los estudiantes que se van, no están creciendo de manera sostenible. Están rotando.</p><p>Lo mismo ocurre en otros sectores. Una empresa puede aumentar ventas por campañas agresivas, descuentos o inversión publicitaria, pero si pierde clientes al poco tiempo, el crecimiento es frágil. La captación puede maquillar el problema, pero la retención revela la salud real del modelo. Crecer no es solo atraer más. Crecer es lograr que quienes llegaron quieran quedarse.</p><p>&nbsp;</p><p>Captar cuesta más que retener</p><p>En marketing, existe un principio ampliamente discutido: adquirir un nuevo cliente suele costar mucho más que retener uno existente. A pesar de ello, muchas organizaciones siguen destinando mayor esfuerzo, presupuesto y atención a la captación que a la fidelización.</p><p>En el caso universitario, si un estudiante se retira en el primer ciclo, probablemente la inversión realizada para captarlo aún no se recuperó. Es decir, desde una mirada financiera, la institución puede estar trabajando a pérdida.</p><p>El problema no está en invertir en captación. Toda organización necesita atraer nuevos clientes. El problema está en no equilibrar esa inversión con una estrategia sólida de experiencia, acompañamiento, satisfacción y permanencia, porque vender sin retener es una forma incompleta de crecer.</p><p>Un problema de gestión</p><p>Gestionar la deserción exige pasar de la reacción a la anticipación. No basta con intervenir cuando el estudiante ya decidió irse. Hay que identificar señales tempranas.</p><p>En otras industrias ocurre lo mismo. El cliente casi nunca se va de un día para otro. Antes de irse, deja señales. El reto directivo está en construir sistemas capaces de leer esas señales antes de que la pérdida ocurra.///</p><p>&nbsp;</p><p>(*) Director Ejecutivo de la Maestría en Administración de Agronegocios de Esan Graduate School of Business</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/IER71nhSZEt2VOK1LhhXcMM3Ghg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/05/desercion.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Las respuestas no salen de una oficina; salen de la investigación, de entender al usuario y la experiencia completa]]>
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                                <updated>2026-05-17T03:25:15+00:00</updated>
                <published>2026-05-17T03:23:49+00:00</published>
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            La bioética ante la medicina algorítmica
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/N3OHufVdOJ9fo8bfY3bLSjIWH6Q=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/05/sociedad.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Fishel Szlajen (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>Existen centros de salud donde el paciente ingresa, sus estudios son procesados por sistemas de IA que sugieren diagnósticos, clasifican riesgos, priorizan casos y orientan decisiones médicas. Todo parece más rápido, eficiente y objetivo. Pero la pregunta bioética decisiva no es sólo si el sistema produce una recomendación confiable, sino quién ve realmente al paciente, quién responde moralmente por la decisión y si el paciente comprende qué peso tuvo esa herramienta en su diagnóstico o tratamiento.</p><p>La paradoja es que nunca hubo tantos datos sobre el cuerpo humano, pero cada vez menos conocimiento sobre la persona concreta. La IA mide, predice y clasifica; convierte síntomas en patrones, imágenes en probabilidades e historias clínicas en perfiles de riesgo. Pero la bioética se funda cuando la técnica descubre su límite, para que el paciente deje de ser un conjunto de variables y vuelve a manifestarse como rostro, historia, vulnerabilidad y responsabilidad.</p><p>&nbsp;</p><p>Desde la filosofía</p><p>Para resolver este problema podemos acudir a Yehuda Halevi, filósofo y médico del siglo XI, quien distinguió en el Kuzarí entre el Dios pensado por los filósofos y el Dios vivido por Israel. El primero es alcanzado por la razón, la abstracción y la deducción metafísica. Es el primer motor inmóvil, causa primera y pensamiento que se piensa a sí mismo. Un Dios inteligiblemente perfecto, pero separado de la historia e indiferente al drama humano.</p><p>El Dios bíblico, en cambio, no es una conclusión conceptual, sino una presencia histórica en una relación viva, normativa y comunitaria. Es el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el Dios que pacta, libera de la esclavitud, revela la Torá y preceptúa una forma de vida. Halevi no niega la razón, sino su absolutización. Advierte que una verdad puramente pensada puede devenir insuficiente cuando se separa de la existencia vivida.</p><p>Análogamente se diferencia el paciente abstracto del paciente real. El primero es el sujeto de protocolos, formularios, estadísticas, modelos predictivos y categorías jurídicas. Es racional, autónomo, informado y capaz de decidir sin miedo, dolor, ignorancia técnica ni presiones familiares, económicas o institucionales. Pero ese paciente casi nunca existe. El paciente real, en contraste, está angustiado, enfermo, condicionado por el lenguaje médico, atravesado por su biografía, creencias, familia, fragilidad y desigual acceso a la información.</p><p>Así como Halevi sospechaba de un Dios reducido a una operación mental, la bioética debe sospechar de un paciente reducido a categoría funcional. Del mismo modo que el Dios del filósofo puede ser conceptualmente perfecto, pero no pacta, no escucha, no libera ni preceptúa, el paciente abstracto de cierta tecnocracia sanitaria puede ser útil para diseñar sistemas, pero no sufre, no teme, no pregunta, no espera ni muere.</p><p>La IA en salud vuelve esta cuestión más urgente. La OMS reconoció su potencial para la atención médica, la investigación y la salud pública, pero reclamó gobernanza ética, transparencia y control humano (Ethics and Governance of AI for Health, 2024). La FDA destacó su capacidad transformadora, aunque exige evaluar seguridad, eficacia y gestión de riesgos (AI-Enabled Device Software Functions, 2025). Similarmente The Hastings Center for Bioethics advirtió sobre privacidad, comprensión insuficiente del paciente, sesgos, seguridad, confianza y rendición de cuentas en la IA sanitaria (AI in Healthcare, 2026).</p><p>El problema no es de precisión técnica sino de mediación moral. La IA mejora diagnósticos, detecta patrones invisibles para el ojo humano, acelera procesos y asiste a médicos sobrecargados. Pero cuando la herramienta reemplaza el juicio responsable, allí nace la confusión bioética creyendo que calcular mejor es decidir mejor, que predecir es comprender, que clasificar es responder y que la precisión estadística sustituye la prudencia clínica. A mayor capacidad de calcular al paciente, más urgente se vuelve una bioética capaz de restituir su singularidad, su vulnerabilidad y la responsabilidad indelegable del acto clínico.</p><p>El algoritmo no ve un rostro, procesa variables. No escucha una biografía, reconoce patrones. No acompaña una angustia, estima riesgos. No asume culpa, licúa responsabilidades entre programadores, AI trainers, instituciones, fabricantes, médicos y sistemas regulatorios. Por ello, aunque pueda ser clínicamente valioso, nunca debe ser confundido con un sujeto moral.</p><p>El consentimiento informado muestra claramente este límite. Cuando intervienen sistemas algorítmicos opacos, puede volverse formalmente válido, pero materialmente débil. Qué significa consentir el uso de una herramienta que el propio médico no puede explicar por completo. Qué significa aceptar una recomendación basada en modelos entrenados con datos cuya composición, sesgos o márgenes de error se desconocen. Qué significa decidir libremente cuando el lenguaje técnico impide comprender el alcance real de la intervención.</p><p>Halevi ofrece una clave. La filosofía, buscando lo universal, infiere un Dios en general; la religión, en cambio, reconoce a Dios en lo particular de un pueblo, una lengua, una historia y una ley. Ninguna abstracción, por perfecta que sea, agota la densidad de una existencia concreta. Lo mismo ocurre con los principios de autonomía, beneficencia, no maleficencia y justicia, que concebidos como fórmulas abstractas pierden fuerza moral. Pero articulados y aplicados a la situación concreta del paciente real, recuperan su verdadero sentido. Por ejemplo, la autonomía no reducida a deseo ni a firma; la beneficencia no confundida con eficiencia; la justicia no limitada a distribución estadística; y la no maleficencia cuando no omite daños invisibles como pérdida de privacidad, opacidad decisional o erosión del vínculo médico-paciente.</p><p>Así como el judaísmo no es, para Halevi, una teoría sobre Dios ni se comprende desde la metafísica abstracta, sino como una relación histórica entre Dios e Israel, tampoco la medicina puede reducir al paciente a una teoría sobre su patología, riesgos, indicadores o datos. El Dios invocado, obedecido y vivido compromete una existencia de un modo que el Dios inteligible, necesario y universal no alcanza a producir. De manera semejante, la medicina algorítmica puede producir un paciente medible y clasificable, pero la bioética debe abogar por el paciente vivido, el que tiene nombre, miedo, familia, memoria, pudor, creencias, dolor y esperanza.</p><p>&nbsp;</p><p>Ética del límite</p><p>Aquí aparece la necesidad de la Ética del Límite, que incluye el principio conocido como human in the loop exigiendo que la IA asista, no reemplace; sugiera, no decida soberanamente; amplíe la capacidad médica, no diluya la responsabilidad profesional; acelere procesos, no vacíe el consentimiento; mejore el acceso, no convierta al paciente en campo experimental de sistemas insuficientemente explicados.</p><p>El límite ético no es enemigo de la técnica, sino la condición de su legitimidad evitando que devenga en poder desnudo. Sin responsabilidad, la eficiencia deviene excusa. Sin rostro concreto, el paciente se transforma en dato. Sin consentimiento real, la autonomía se vuelve ficción burocrática.</p><p>La bioética de nuestro tiempo debe relacionarse con la medicina como Halevi relacionó la religión con la filosofía. Halevi no negó la razón ni despreció el pensamiento abstracto, los ubicó en su lugar advirtiendo que cuando se absolutizan olvidan la vida. Por eso no preguntaba sólo qué puede demostrar la razón sobre Dios, sino dónde ocurrió la revelación, cuándo, ante quiénes y qué forma de vida exigía.</p><p>Esa advertencia vale hoy para la IA en salud. La bioética tampoco debe preguntar sólo qué puede hacer un algoritmo, sino quién decide, en qué situación de vulnerabilidad, con qué información disponible, bajo qué consentimiento real, asumiendo qué responsabilidad y sujeto a qué límites. No alcanza con el Dios pensado, hace falta el Dios vivido. No alcanza con el paciente calculado, hace falta el paciente concreto. No alcanza con una medicina algorítmica, necesitamos una medicina responsable.</p><p>&nbsp;</p><p>(*) Rabino y académico argentino especializado en bioética</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/N3OHufVdOJ9fo8bfY3bLSjIWH6Q=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/05/sociedad.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La irrupción de la inteligencia artificial en la atención sanitaria promete eficiencia y precisión, pero también plantea varios interrogantes]]>
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                                <updated>2026-05-10T04:24:21+00:00</updated>
                <published>2026-05-10T04:23:00+00:00</published>
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            Entre la fe del pueblo y el desafío del encuentro
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/9uM09IEylnGH1yzuTnwW88ke0sI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/05/papa_francisco.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Máximo Jurcinovic (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>A un año de su muerte, Luján no fue escenario de un acto, sino el lugar de una celebración. Y en esa diferencia —que puede parecer menor— se juega algo esencial del legado de Francisco. Porque un acto se organiza y se controla; una celebración, en cambio, se comparte, se habita y se vive. Eso fue lo que ocurrió: un pueblo reunido, una fe que no necesita explicación y una Iglesia que sigue de pie. Hubo pueblo y sacerdotes, familias y jóvenes. Y hubo también “mundo”. No como algo externo, sino como ese interlocutor permanente al que Francisco nunca dejó afuera. Ese cruce —a veces incómodo, a veces desconcertante— forma parte constitutiva de su legado: una Iglesia que no se repliega, sino que se anima a dialogar.</p><p>&nbsp;</p><p>“Hacer lío”</p><p>En ese marco se comprende otra de las expresiones del aniversario: la presencia del sacerdote DJ, el padre Guilherme Peixoto. Para algunos, una provocación; para otros, algo difícil de comprender. Pero, en el fondo, fue una expresión concreta de ese “todos, todos, todos” que Francisco dejó como horizonte: una Iglesia que no selecciona a quién incluir, sino que se anima a encontrarse con la realidad tal como es. Lejos de ser un hecho aislado, formó parte de una propuesta más amplia: una experiencia que une música y palabras de Francisco, tendiendo puentes con los lenguajes actuales. Plaza llena, jóvenes y adultos reunidos, y una fe que se expresa sin moldes rígidos: también eso es “hacer lío”.</p><p>La celebración de este aniversario volvió a poner en el centro una intuición clave de su pontificado: la fe no puede quedar reducida a lo conocido ni a lo cómodo. Debe animarse a habitar nuevos espacios, incluso aquellos que generan desconcierto. No para diluirse, sino para encontrarse; para anunciar esperanza en lenguajes que puedan ser comprendidos hoy. Eso no implica perder identidad. Al contrario, supone una identidad profunda, pero no rígida: una identidad que no se defiende cerrándose, sino que se fortalece en el encuentro; que escucha, dialoga y se deja interpelar.</p><p>En esa misma línea, la celebración en Luján expresó lo que estos eventos religiosos ya venían manifestando. La homilía de monseñor Marcelo Colombo, presidente del Episcopado Argentino, logró poner en palabras una experiencia compartida: la sensación de que Francisco se extraña. “Es muy común escuchar entre nuestra gente, respecto de Francisco, que se lo extraña”, afirmó. Pero inmediatamente desarmó cualquier tentación de nostalgia paralizante: “No se trata de quedarse en el pasado, sino de reconocer que Francisco entró en nuestras vidas para quedarse”.</p><p>&nbsp;</p><p>Lo que significó</p><p>Esa afirmación cambia todo. Porque no habla solo de recuerdo, sino de presencia: de una palabra que sigue viva, que sigue interpelando. “¡Cómo nos gustaría escucharlo hoy, en estos momentos tan duros!”, expresó Colombo. Y esa frase, tan simple, condensa una experiencia colectiva: Francisco no fue solo una figura relevante; fue una voz que amplió el horizonte, que insistió una y otra vez en la necesidad de construir un “nosotros” más grande. Siempre desde la periferia hacia el centro. Y también, hasta el final de sus días, su compromiso por la paz. No como una consigna abstracta, sino como una construcción concreta: diálogo entre sectores, encuentro entre diferencias, trabajo paciente por una sociedad más justa. Una paz exigente, que no se improvisa y que necesita de todos.</p><p>También el Papa León XIV retomó ese camino al recordar que “sus palabras y sus gestos permanecen grabados en nuestros corazones”, y al convocar a seguir adelante, evocó a Francisco como aquel que anunció la alegría del Evangelio, vivió la misericordia y promovió la fraternidad entre todos. Por eso resulta inevitable mirar con cierta preocupación lo que también ocurrió en Lujan. Mientras dentro de la Basílica se vivía una celebración cargada de sentido, trascendieron discusiones políticas, visibles e invisibles: preocupaciones por lugares, por sillas, por ubicaciones. Como si lo importante fuera ocupar un espacio y no compartir un mismo horizonte. Ahí surge una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿somos capaces de sentarnos juntos, incluso cuando pensamos distinto? ¿Podemos vivir la fraternidad más allá de nuestras posiciones? Porque no era un acto. Era una celebración.</p><p>&nbsp;</p><p>El argentino más trascendente</p><p>En ese contexto, la frase del presidente Javier Milei, al definir a Francisco como “el argentino más trascendente de la historia”, resuena con fuerza. No solo por lo que afirma, sino por lo que implica: debería ser un punto de partida para mirar más lejos, para salir de la lógica del enfrentamiento permanente y animarnos a construir algo en común. La celebración en Luján dejó ver algo que a veces se pierde entre discusiones: el pueblo sigue estando, la fe sigue viva, la Iglesia sigue intentando dialogar con el mundo real. No con uno ideal, sino con el que existe, con sus contradicciones y sus búsquedas.</p><p>Recordar a Francisco no alcanza. Su legado no se honra repitiendo sus palabras, sino animándose a vivirlas. Y eso implica algo profundamente exigente: construir fraternidad en serio. No solo cuando es fácil, sino precisamente cuando es difícil. Cuando hay diferencias, tensiones e intereses en juego. Tal vez, si ese camino se vuelve real, empiece a asomar una nueva cara de la Patria.///</p><p>&nbsp;</p><p>(*) Sacerdote. Director de la Oficina de Comunicación y prensa del Episcopado Argentino</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/9uM09IEylnGH1yzuTnwW88ke0sI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/05/papa_francisco.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>La conmemoración del primer año sin el Papa Francisco evidenció algo más que memoria: mostró a un pueblo que celebra unido y a una lógica de poder que todavía no aprende a sentarse en fraternidad]]>
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                                                <category term="sociedad" label="sociedad" />
                                <updated>2026-05-03T03:50:06+00:00</updated>
                <published>2026-05-03T03:23:15+00:00</published>
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            El alma de los libros en tiempos de pantallas
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/vByPUxenvQWsvmOSOxdH-SgvJ3c=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/04/libros.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Guillermo Marcó (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>La historia de la humanidad tiene millones de años, se pierde en la nebulosa del tiempo, antes de que existiese la escritura, sólo es posible conjeturar con algunas tradiciones orales, historias que los pueblos se fueron transmitiendo a modo de relatos, que son los que aglutinaron a los homo sapiens en torno a creencias comunes. En la memoria de los pueblos, los primeros relatos son los creacionales, las historias sobre los dioses y del origen del cosmos. Los primeros seres humanos se fueron congregando en torno a estas historias narradas por los ancianos que les daban una identidad común.</p><p>&nbsp;</p><p>La escritura</p><p>Sin embargo, la escritura fue creada por los sumerios (actual Irak) alrededor de 3200 años antes de Cristo. Usaban formas de cuña que se imprimían en tabletas de arcilla para llevar los registros contables y administrativos de los templos.</p><p>En Egipto la escritura jeroglífica data de 4000 años antes de Cristo. En América los primeros registros son alrededor del año 900 ac. Sin embargo eran sólo los expertos -llamados escribas- los que manejaban este arte de leer y escribir. La mayoría de las personas hasta épocas recientes no poseían libros ni sabían leer. La escritura en los primeros siglos se hacía en papiros, se usaba el tallo de esa planta, se lo cortaba en tiras finas y se la cruzaba en horizontal y vertical, esas capas se golpeaban y luego se prensaba durante varios días para crear una hoja resistente y flexible, estas hojas muy largas se escribía con plumas de ganso o cañas afiladas y la tinta se fabricaba con agallas de roble y hierro. La biblioteca de Alejandría conservaba rollos de papiro, no libros.</p><p>El primer libro impreso del que se tenga conocimiento fue el “El Sutra del Diamante”, datado en el año 868 d.C. en China, es el libro impreso más antiguo conocido, creado mediante xilografía.</p><p>Cuando se habla de impresión hay que hablar del alemán Johannes Gutenberg y de la invención de la imprenta en el año 1440. El “Padre de la Imprenta” desarrolló una moderna técnica de impresión con tipos móviles (moldes de letras) en vez de utilizar las tablillas de madera, que se desgastaban con el uso, confeccionó moldes con hierro. En total 150 tipos imitando a la perfección la escritura de un manuscrito. Ahora bien, ¿Cuál fue el primer libro impreso? Fue La Biblia, que es además indiscutiblemente el libro más impreso, distribuido y vendido de la historia, con estimaciones que superan los 5.000 a 6.000 millones de ejemplares. Ha sido traducida a miles de idiomas.</p><p>&nbsp;</p><p>Feria del Libro</p><p>El jueves pasado empezó en Buenos Aires la Feria del Libro. En tiempo de pantallas y teléfonos, me parece importante destacar la importancia de los libros impresos y de su lectura.</p><p>A propósito de eso quisiera compartir con ustedes un párrafo de la extraordinaria novela de Carlos Ruiz Zafón “La sombra del viento”: “Seguimos al guardián a través de aquel corredor palaciego y llegamos a una gran sala circular donde una auténtica basílica de tinieblas yacía bajo una cúpula acuchillada por haces de luz que pendían desde lo alto. Un laberinto de corredores y estanterías repletas de libros ascendía desde la base hasta la cúspide, dibujando una colmena tramada de túneles, escalinatas, plataformas y puentes que dejaban adivinar una gigantesca biblioteca de geometría imposible. Miré a mi padre, boquiabierto. Él me sonrió, guiñando el ojo.</p><p>—Daniel, bienvenido al Cementerio de los Libros Olvidados-.</p><p>Salpicando los pasillos y plataformas de la biblioteca se perfilaban una docena de figuras. Algunas de ellas se volvieron a saludar desde lejos, y reconocí los rostros de diversos colegas de mi padre en el gremio de libreros de libros usados.</p><p>—Este lugar es un misterio, Daniel, un santuario. Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él. Cada vez que un libro cambia de manos, cada vez que alguien desliza la mirada por sus páginas, su espíritu crece y se hace fuerte. Hace ya muchos años, cuando mi padre me trajo por primera vez aquí, este lugar ya era viejo. Quizá tan viejo como la misma ciudad. Nadie sabe a ciencia cierta desde cuándo existe, o quiénes lo crearon. Te diré lo que mi padre me dijo a mí. Cuando una biblioteca desaparece, cuando una librería cierra sus puertas, cuando un libro se pierde en el olvido, los que conocemos este lugar, los guardianes, nos aseguramos de que llegue aquí. En este lugar, los libros que ya nadie recuerda, los libros que se han perdido en el tiempo, viven para siempre, esperando llegar algún día a las manos de un nuevo lector, de un nuevo espíritu. En la tienda nosotros los vendemos y los compramos, pero en realidad los libros no tienen dueño. Cada libro que ves aquí ha sido el mejor amigo de alguien. Ahora sólo nos tienen a nosotros”.</p><p>No sería quien soy sin mis libros, no habría fe en mí si las diversas generaciones de creyentes no hubiesen preservado los textos de la Biblia. Ojalá que las nuevas generaciones sigan amando los libros y enriqueciéndose con su lectura.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/vByPUxenvQWsvmOSOxdH-SgvJ3c=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/04/libros.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>La lectura en papel invita a la concentración y al disfrute pausado, cualidades que muchas veces se diluyen en la era de la hiperconexión]]>
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                                                <category term="sociedad" label="sociedad" />
                                <updated>2026-04-26T03:14:27+00:00</updated>
                <published>2026-04-26T03:12:53+00:00</published>
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            La sobreconfianza en la IA y la necesaria alfabetización tecnológica
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/SXXwTfaL-lxZX14LynVq1n6x0zo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/04/inteligencia_artificial.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Andrés Gil Domínguez (*)</p><p>Colaboración</p><p>La expansión social de la IA generativa instaló una paradoja: nunca fue tan fácil obtener respuestas rápidas, ordenadas y persuasivas, pero a la vez, nunca fue tan necesario reaprender a utilizar el pensamiento crítico humano. El problema no radica solamente en que la IA generativa pueda equivocarse. El verdadero riesgo aparece cuando su velocidad, su seguridad expresiva y su racionalidad llevan al ser humano a aceptar sus respuestas como si fueran verdaderas por el solo hecho de provenir de una tecnología disruptiva y cognitiva como nunca antes existió en la historia de la humanidad.</p><p>Este suceso se basa en la sobreconfianza humana en la IA. No se trata simplemente de un exceso de entusiasmo frente a una innovación poderosa, sino que configura un sesgo de validación externa por el cual el sujeto humano abdica, en mayor o menor medida, de su responsabilidad intelectual y crítica. Consecuentemente, la respuesta algorítmica deja de cumplir el rol de copiloto o coworking y se convierte en una autoridad irrebatible. Ese desplazamiento confunde eficiencia con verdad, cálculo con criterio y capacidad de respuesta con corrección ética o fáctica.</p><p>La cuestión merece atención porque no afecta solo a especialistas ni a entornos técnicos. La sobreconfianza en la IA se verifica en la vida cotidiana, en la educación, en el periodismo, en el mundo profesional, en la administración pública y, desde hace un tiempo en nuestro país, también se hizo presente en la tarea de abogados y jueces. Allí donde una persona recibe una respuesta bien escrita, veloz y convincente, aparece la tentación de delegar no solo una tarea, sino también, gran parte del juicio crítico.</p><p>La sobreconfianza en la IA se produce por varias razones que provienen de diferentes ámbitos.</p><p>La primera se debe a que la IA generativa produce textos fluidos, seguros, coherentes en apariencia y con una estructura discursiva que se asemeja a la de una persona humana con un alto coeficiente intelectual. Esa naturalidad lingüística genera una ilusión de comprensión profunda. Sin embargo, una respuesta bien redactada no equivale necesariamente a una respuesta verdadera. La forma expresiva de la IA suele ocultar un dato decisivo: puede ofrecer afirmaciones plausibles pero falsas, referencias inexistentes, omisiones importantes o inferencias defectuosas sin advertirlo de manera clara.</p><p>Crédito excesivo</p><p>La segunda razón reside en un fenómeno cognitivo más antiguo que la IA generativa, pero que hoy adquiere una nueva intensidad: el automation bias. Documentado desde hace décadas en la investigación sobre factores humanos, describe la tendencia a otorgar un crédito excesivo a las recomendaciones producidas por sistemas automatizados. Cuando una IA responde, muchas personas asumen de manera casi refleja, que esa salida posee un grado de objetividad o exactitud superior al del juicio humano. Esa reacción no nace de una comprobación racional, sino del prestigio cultural de la técnica y de la creencia de que lo tecnológico es, por definición, más neutral o fiable. Un estudio experimental reciente, publicado en Scientific Reports por Joe Pearson, Itiel Dror y colaboradores bajo el título “Examining human reliance on artificial intelligence in decision making” (2026), lo confirmó en el contexto específico de la IA. Los investigadores pidieron a 295 participantes que distinguieran entre 80 rostros -cuarenta reales y cuarenta sintetizados mediante IA- mientras recibían una orientación que, sin que lo supieran, solo acertaba la mitad de las veces y que se les presentaba atribuida a una persona humana o a un sistema de IA. El hallazgo fue revelador: quienes mantenían actitudes más positivas hacia la IA y recibían la guía supuestamente algorítmica mostraron menor capacidad para diferenciar los rostros auténticos de los sintéticos que quienes desconfiaban de ella. Dicho en otros términos: cuanto mayor era la predisposición a confiar en la IA, peor era el desempeño al juzgar lo que tenían delante de sus ojos.</p><p>La tercera razón es el antropomorfismo. La IA conversacional no se presenta como una calculadora ni como una base de datos sino como un interlocutor relacional que utiliza el lenguaje humano. Explica, resume, compara, corrige, propone y hasta parece comprender matices. Esa forma de interacción favorece que la persona proyecte rasgos humanos sobre el sistema: inteligencia, discernimiento, prudencia, sentido común, y últimamente, sociabilidad afectiva.</p><p>La cuarta razón tiene que ver con la economía del esfuerzo mental. Pensar críticamente exige tiempo, atención y energía. Verificar una afirmación, contrastar fuentes, detectar supuestos ocultos o revisar un razonamiento demanda un trabajo que muchas veces las personas no están dispuestas o no pueden hacer, sobre todo bajo presión, cansancio o sobrecarga informativa. En ese contexto, la IA generativa no solo ahorra tiempo, sino que fundamentalmente, ofrece una salida tentadora para evitar el costo de pensar por cuenta propia.</p><p>La quinta razón es más profunda y cultural: la IA ofrece una nueva forma de validación externa. Durante mucho tiempo, los seres humanos buscaron señales de autoridad para confirmar lo que pensaban: el experto, el libro, la institución, la mayoría, la tradición. Actualmente, en muchos contextos, esa función empieza a ser ocupada por la IA generativa que aparece como una instancia de cierre o titular de la última palabra. La persona humana no busca solo asistencia, sino también, la tranquilidad epistémica de sentir que alguien o algo ya pensó por ella.</p><p>Alfabetización</p><p>Ante el problema que plantea la sobreconfianza, la respuesta más razonable consiste en alfabetizar en IA a través de una pedagogía de la confianza tecnológica calibrada, retomando una noción desarrollada hace dos décadas por la investigación en factores humanos, en particular, por Lee y See en el artículo “Trust in Automation: Designing for Appropriate Reliance” (2004) -quienes denominaron “confianza calibrada” al ajuste entre la fiabilidad real de un sistema automatizado y el grado de confianza que depositamos en el mismo- y trasladarla al terreno de la IA generativa y su enseñanza.</p><p>La alfabetización en IA no debe reducirse a aprender a usar la IA como una herramienta o a redactar mejores prompts. Esto es solo una parte del problema. Por el contrario, significa formar personas capaces de comprender, aunque sea de manera básica, qué hace y qué no hace una IA generativa, como por ejemplo: qué tipo de errores puede cometer, por qué una respuesta puede sonar convincente sin ser correcta, qué tipo de verificación exige cada uso, cómo funcionan los agentes, pero sobre todo, por qué la responsabilidad final sigue estando en cabeza de la persona humana.</p><p>En ese sentido, la alfabetización en IA debe abarcar, como mínimo, cinco planos entrelazados.</p><p>El primero es comprender que una respuesta generada no equivale a una fuente. La IA no debería ocupar el lugar de la prueba, del antecedente verificable o del texto original. Su función, en todo caso, es ayudar a encontrar, ordenar, reformular, automatizar información o tareas que luego debe ser controlada.</p><p>El segundo es aprender a interrogar las respuestas. Toda salida de IA debería activar preguntas elementales: ¿de dónde surge esto?, ¿qué fundamento ofrece?, ¿qué fuentes lo sostienen?, ¿qué dejó afuera?, ¿qué presupuestos contiene?, ¿puedo verificarlo de manera independiente?</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/SXXwTfaL-lxZX14LynVq1n6x0zo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/04/inteligencia_artificial.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>La expansión de la IA generativa exige fortalecer el pensamiento crítico ante la tentación de aceptar respuestas automáticas y persuasivas sin verificación]]>
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                                                <category term="sociedad" label="sociedad" />
                                <updated>2026-04-19T01:15:10+00:00</updated>
                <published>2026-04-19T01:05:00+00:00</published>
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            ¿Cómo construir bienestar laboral en la era de la IA?
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/rMjNb7atvunzu79c_esy1pLLFa8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/04/ia_y_trabajo.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Nicolás Schvartzer (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>Hoy en día es habitual abrir LinkedIn y encontrarse con un sinfín de publicaciones que se imitan unas a otras, que nos cuentan sobre la certificación de un tercero o sobre lo bello de trabajar en determinada empresa. Y en muchos casos, eso es cierto. El clima de muchas organizaciones hoy permite que las personas florezcan.</p><p>Ahora bien, el punto interesante no está ahí. El clima no es solo un entorno agradable. Es el impulso que crea las condiciones psicológicas, emocionales y racionales para que las personas puedan rendir, crecer y sostener resultados en el tiempo. Es el impulso que crea las condiciones psicológicas, emocionales y racionales para que las personas puedan rendir, crecer y sostener resultados en el tiempo. Como todo clima, también tiene su sensación térmica. Es decir, la percepción real de lo que sucede, más allá de lo que se comunica.</p><p>Y en un contexto como el actual, donde la inteligencia artificial empieza a redefinir roles, tareas y decisiones, esta distinción se vuelve crítica. Porque la IA puede optimizar procesos, acelerar análisis y automatizar tareas, pero no puede reemplazar el sentido que las personas le dan a su trabajo ni la calidad del entorno en el que operan.</p><p>No es casualidad que cada vez más organizaciones pongan el foco en el clima. Datos recientes de Gallup muestran que los equipos con mayor nivel de engagement logran hasta un 23% más de rentabilidad y un 18% más de productividad. Los equipos con mayor nivel de engagement logran hasta un 23% más de rentabilidad y un 18% más de productividad. El punto no es si el clima impacta o no. Eso ya está fuera de discusión. El verdadero desafío es entender qué tipo de clima estamos construyendo y para qué, porque no cualquier clima genera resultados.</p><p>Sabemos que generar buenas condiciones es necesario. Pero ya no es suficiente.</p><p>El clima enfocado ¿Qué significa? El clima enfocado no es simplemente bienestar. Es bienestar con dirección. Es diseñar y sostener condiciones que no solo cuiden a las personas, sino que orienten comportamientos concretos hacia los resultados que la organización necesita. Es preguntarse qué necesitamos que pase en el día a día para que la estrategia deje de ser una presentación y se vuelva práctica.</p><p>Y acá aparece una tensión interesante. En muchas organizaciones se invierte en herramientas, procesos y ahora también en inteligencia artificial, esperando que eso transforme la forma de trabajar. Pero la evidencia muestra otra cosa: la tecnología amplifica lo que ya existe. Si hay claridad, la potencia. Si hay desorden, lo acelera.</p><p>Los líderes no son meros supervisores de tareas, sino modelos de los valores culturales que desean ver en la organización.</p><p>Gartner destaca que para 2026, la preservación de la resiliencia y la seguridad psicológica será una responsabilidad central de los líderes. Esto implica crear un equipo donde el cliente interno reciba el mismo nivel de atención y servicio que el cliente externo.</p><p>Y en entornos híbridos, virtuales y cada vez más mediados por tecnología, lo que sucede depende cada vez más de algo que no siempre se ve: cómo lideramos en ese contexto.</p><p>&nbsp;</p><p>Liderazgo para sostener cultura</p><p>Cuando el contexto se mueve más rápido que antes. Podemos tener las mejores prácticas, políticas y herramientas. Incluso podemos tener la mejor implementación de inteligencia artificial del mercado. Pero si los líderes no promueven, no encarnan y no sostienen esos comportamientos, el resultado siempre va a ser distinto al diseño.</p><p>De todo esto se desprenden dos ideas simples, pero incómodas: La cultura sucede, y sucede en función del liderazgo. Sino pregúntale a cualquier persona ¿qué tal es la cultura en tu empresa? a lo que muy probablemente recibirás como respuesta la experiencia que está teniendo con su líder.</p><p>Este pilar se refiere a la capacidad de visibilizar y maximizar el valor en cada acción. Los líderes deben actuar como dueños de la cultura resolviendo obstáculos de manera ágil. McKinsey identifica que los líderes de empresas con alto crecimiento (outperformers) se distinguen por cerrar la brecha entre el “saber” y el “hacer”. Estos líderes son un 80% más propensos a comunicar sus metas y logros de crecimiento de manera constante a través de todos los canales internos y externos.</p><p>El dato no sorprende tanto como interpela. Porque si el liderazgo no evoluciona al ritmo del contexto, todo lo demás empieza a quedar viejo. No es un problema de capacitación, es un problema de diseño y de continuidad.</p><p>En un contexto atravesado por IA, esto se vuelve aún más evidente. -Las decisiones son más rápidas. -La información es más accesible. -La ejecución es más eficiente.</p><p>&nbsp;</p><p>Los pilares del liderazgo</p><p>Pero la pregunta sigue siendo la misma: ¿qué hacemos con eso?. Ahí es donde aparece el liderazgo. Un liderazgo que debe pararse sobre tres pilares:</p><p>1 Personas Los líderes somos modelos culturales. Creamos equipo con el cliente y hacemos cliente a nuestro propio equipo. La tecnología puede escalar procesos, pero no reemplaza el vínculo.</p><p>La alineación de propósito es un factor crítico. Según McKinsey, los empleados que encuentran un sentido de propósito en su trabajo y sienten que este se alinea con el de la compañía experimentan mayores niveles de bienestar y compromiso. Los empleados que encuentran un sentido de propósito en su trabajo experimentan mayores niveles de bienestar y compromiso. Gallup corrobora que los equipos altamente comprometidos logran una rentabilidad 23% superior, lo que demuestra que el enfoque en las personas es una estrategia de negocio rentable y no solo una medida ética.</p><p>2 Gestión Somos responsables del impacto en el negocio. Definimos prioridades, tomamos decisiones y somos accountables de los resultados. La IA puede sugerir, pero alguien tiene que decidir.</p><p>3 Valor Generamos valor de manera constante. No desde la intención, sino desde la acción. Hacemos visible lo importante y priorizamos lo que mueve el negocio. No todo lo que se puede hacer, se debe hacer.</p><p>Diseñar el terreno La cultura no se instala. Se cultiva. Y como todo cultivo, no crece solo por haber sido sembrado. Necesita cuidado, criterio y adaptación constante. Hoy más que nunca, ese cultivo se da en un entorno donde conviven personas, procesos y tecnología de una manera nueva.</p><p>Por eso, el desafío no es solo generar un buen clima. Es generar un clima con intención:</p><p>-Un clima que permita que las personas sepan, quieran y puedan. -Un clima que no dependa de momentos, sino de prácticas. -Un clima que no se quede en el discurso, sino que se vea en las decisiones.</p><p>Y eso, todavía, sigue siendo profundamente humano.</p><p>&nbsp;</p><p>(*) Manager de People, Culture &amp; Development</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/rMjNb7atvunzu79c_esy1pLLFa8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/04/ia_y_trabajo.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>El liderazgo efectivo consiste en modelar valores culturales y mantener la resiliencia y seguridad psicológica]]>
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                                <updated>2026-04-12T02:03:19+00:00</updated>
                <published>2026-04-12T01:59:06+00:00</published>
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            Pantallas y adolescencia: quién educa cuando los algoritmos mandan
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                <![CDATA[Ecos Diarios]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/HsVHpaggqBDukbHa4QdszNn8cOI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/04/adolescente_con_pantalla.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Carina Cabo (*)<p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>Cada día, en miles de hogares, se repite la misma escena: un adulto pide que apaguen el celular y un adolescente resiste sin despegar la mirada de la pantalla.</p><p>No es desobediencia, ni falta de interés, ni apatía generacional: es la evidencia de un cambio de época en el que la atención -indispensable para los vínculos y para el aprendizaje- dejó de estar disponible. Y en esa disputa, muchas veces, las familias llegan tarde.</p><p>No se trata de demonizar la tecnología. Sería un error tan simplista como ineficaz. El problema no es la pantalla en sí, sino los entornos digitales que operan bajo la lógica de la economía de la atención: sistemas diseñados para captar, sostener y monetizar cada segundo de interés.</p><p>En ese contexto, los adolescentes no solo usan dispositivos, sino que habitan espacios que moldean hábitos, emociones y formas de vincularse.</p><p>Uso intensivo y desregulado</p><p>Diversos informes de UNICEF y UNESCO advierten que el uso intensivo y desregulado de pantallas se asocia con dificultades atencionales, alteraciones del sueño, mayor ansiedad y debilitamiento de los vínculos presenciales. Pero también señalan algo clave: el impacto no depende únicamente del tiempo de uso, sino de la calidad de la mediación adulta.</p><p>Y es allí donde aparece el verdadero desafío.</p><p>Durante mucho tiempo, educar implicaba establecer normas claras y esperar obediencia. Hoy, ese modelo está en tensión. Las familias se transformaron, los roles se volvieron más flexibles y, en muchos casos, los límites más difusos. A eso se suma una incoherencia que los propios adolescentes detectan con rapidez: adultos que piden desconexión mientras permanecen conectados de manera constante.</p><p>En ese marco, crecen la infancia y la adolescencia, en medio del mundo digital que desplaza experiencias esenciales como el juego libre, el aburrimiento creativo o la interacción cara a cara. No es que los jóvenes no quieran aprender o vincularse, es que compiten con entornos que están diseñados para no soltarlos.</p><p>En ese escenario, reducir el problema a la orden “dejá el celular” no solo resulta ineficaz, sino que evidencia la falta de herramientas para abordar una problemática compleja.</p><p>Educar hoy exige un cambio de posición. Implica reconocer que no todo uso es igual. Existen prácticas digitales que potencian la creatividad, el aprendizaje y la comunicación. Pero también hay consumos que generan dependencia, fragmentación de la atención y desregulación emocional. La diferencia no está en el dispositivo, sino en el vínculo que se construye con él.</p><p>Implica, también, abandonar la lógica del control sin diálogo. Como sostiene Daniel Goleman, la autorregulación no se impone: se aprende. Y se aprende en contextos donde hay adultos presentes, coherentes y disponibles emocionalmente.</p><p>Esa presencia no es vigilar ni castigar. Es algo más difícil y más necesario: escuchar sin juzgar, preguntar sin invadir, interesarse por lo que los adolescentes miran, sienten y comparten. Es construir acuerdos -no imponerlos- sobre tiempos de uso, espacios libres de tecnología, momentos de descanso y formas de cuidado. Porque el gran riesgo no es que los adolescentes estén conectados; el verdadero riesgo es que estén solos en esa conexión.</p><p>Muchas veces, las familias intervienen cuando el problema ya es visible: bajo rendimiento escolar, irritabilidad, aislamiento, conflictos. Sin embargo, las señales aparecen antes: cambios en el estado de ánimo, alteraciones del sueño, necesidad constante de validación, pérdida de interés por actividades presenciales. Leer esos indicios a tiempo no es controlar más, sino cuidar mejor.</p><p>¿Y los adultos?</p><p>Y hay un punto que incomoda, pero es imprescindible: los adultos también tenemos que revisar nuestra propia relación con la tecnología. No se puede educar en la regulación desde la hiperconexión. No se puede exigir coherencia sin ofrecerla. No se puede construir confianza desde el control permanente.</p><p>Educar en tiempos digitales no es una tarea técnica. Es una tarea profundamente humana. Supone recuperar el valor de la palabra, del tiempo compartido, de los límites con sentido. Supone formar sujetos capaces de elegir en un entorno que, muchas veces, decide por ellos.</p><p>En definitiva, la pregunta no es cuánto usan el celular los adolescentes. La pregunta es si hay un adulto dispuesto a enseñarles a soltarlo.///</p><p>(*) Doctora en Ciencias de la Educación y profesora de Filosofía</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/HsVHpaggqBDukbHa4QdszNn8cOI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/04/adolescente_con_pantalla.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>El impacto no depende únicamente del tiempo de uso, sino de la calidad de la mediación adulta]]>
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                                <updated>2026-04-05T01:30:11+00:00</updated>
                <published>2026-04-05T00:42:00+00:00</published>
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            La importancia de la escritura y la plasticidad neuronal
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                <![CDATA[Ecos Diarios]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/hGf8lrfapCXfV-V1-gAbBT8rhRk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/03/nena.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Sonia Balcarce y Patricia Rio (*)</p><p>Para Ecos Diarios</p><p>&nbsp;</p><p>La neuroplasticidad es un concepto que tiene algo más de un siglo y que hace referencia a los procesos por los cuales el cerebro tiene la capacidad de realizar cambios estructurales y funcionales.</p><p>Si bien este concepto tuvo su origen en las investigaciones sobre “recuperación” de las funciones cerebrales, posteriores a lesiones, hace ya algunas décadas que se la vincula con el aprendizaje continuo.</p><p>Por su parte, la neuroeducación es una disciplina muy joven que integra la neurociencia, la psicología y la psicopedagogía, y que es fundamental para entender la importancia de la lectoescritura en el desarrollo del pensamiento crítico y de una comunicación eficiente.</p><p>En ese sentido, el aprendizaje de la escritura convencional y sus reglas, no es una cuestión menor. Nuestro cerebro no viene preparado evolutivamente para escribir, de la misma forma que sí lo está para el habla, esto implica que debe reestructurar y reorganizar (los dos mecanismos clave de la neuroplasticidad), áreas para adquirir la escritura que es una invención cultural reciente.</p><p>&nbsp;</p><p>Aprendizaje de la escritura</p><p>En la escritura, se ponen en marcha una planificación, el uso de la memoria de trabajo, habilidades visoespaciales para coordinar ojo - mano, requiere conocimientos del principio fonológico, ortográfico, se debe elegir un tipo de trazo, implica una intencionalidad y adecuación a quién va dirigido el texto escrito. Todo esto ocurre de forma sincronizada a través de tres pasos: procesar el mensaje, trasponerlo a letras, y ejecutar los movimientos para escribir.</p><p>Por esta razón, el aprendizaje de la escritura de forma convencional, es imprescindibles para una correcta comprensión lectora posterior, a través de sus reglas gramaticales y marcas de puntuación, las cuales dirigen la lectura y facilitan la comprensión del que lee, pero también del que escucha la lectura de un texto, mejora la dicción y hace claro el texto para su entendimiento.</p><p>Estamos presenciando un gran deterioro en el desarrollo de la escritura y la comprensión lectora, tanto en el nivel primario como en el secundario. Hoy, memos de la mitad de los niños de tercer grado escribe con deficiencias y no comprende lo que lee. Las causas provienen de diferentes factores, pero, consideramos clave, volver al aprendizaje de la escritura convencional desde los inicios de la educación formal para que nuestros niños y jóvenes se apropien de los saberes de escritores y lectores expertos, habilidad fundamental en un mundo globalizado.</p><p>(*) Psicopedagogas de Necochea</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/hGf8lrfapCXfV-V1-gAbBT8rhRk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/03/nena.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Hoy, memos de la mitad de los niños de tercer grado escribe con deficiencias y no comprende lo que lee]]>
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                                <updated>2026-03-29T03:25:34+00:00</updated>
                <published>2026-03-29T03:23:58+00:00</published>
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            Economía Joven: ¿Cuánto es el costo de la independencia?
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                <![CDATA[Ecos Diarios]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/z2QMoDhw7AInX2b3GpH066V4qBc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/03/compu.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Damián Di Pace (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>En Argentina, independizarse dejó de ser un paso natural en la transición hacia la adultez para convertirse en un desafío económico. La informalidad laboral -que afecta al 36% de los jóvenes-, el aumento de los alquileres y de los servicios, junto con ingresos que no acompañan ese ritmo, se presentan como barreras clave para quienes buscan dejar el hogar paterno.</p><p>Según la Fundación Tejido Urbano, cuatro de cada diez jóvenes de entre 25 y 35 años no logra sostener un proyecto habitacional propio y continúa viviendo en el hogar de origen, aun en plena edad productiva. En términos absolutos, esto equivale a casi 1,8 millones de personas.</p><p>En este contexto, desde Focus Market se elaboró la “Canasta Joven”, un ejercicio que estima cuánto debería destinar mensualmente una persona de entre 20 y 30 años para independizarse, dividiendo los gastos en categorías y subgrupos: consumos imprescindibles y consumos variables u opcionales, vinculados al desarrollo personal, ocio y servicios urbanos.</p><p>La primera parte reúne los gastos mínimos para sostener una vida independiente: vivienda, alimentos, salud básica, transporte, educación pública, conectividad y actividad física.</p><p>El acceso al mercado de alquileres se ve limitado por la informalidad laboral. Firmar un contrato usualmente requiere recibos de sueldo y una garantía propietaria. Con niveles de informalidad en el 36% de los jóvenes, muchos no pueden cumplir estos requisitos o acreditarlos formalmente.</p><p>En lo que respecta a costos, alquilar un departamento de dos ambientes de aproximadamente 35 m² en un barrio como Belgrano demanda alrededor de $550.000 mensuales solo de alquiler. A ese monto se suman $212.000 de expensas (que incluyen servicios como SUM, ascensor y portería o vigilancia) y el equivalente a un mes de alquiler como depósito, prorrateado en 12 meses para este ejercicio, lo que representa $45.833 mensuales.</p><p>Además, los servicios públicos básicos (agua, luz y gas) suman en promedio $104.205 mensuales, según las boletas de febrero. Así, el costo mensual de la categoría vivienda asciende a $912.038.</p><p>&nbsp;</p><p>Alimentación, salud y transporte</p><p>La alimentación y la compra en supermercados -alimentos, bebidas, higiene y limpieza- constituyen la siguiente gran categoría. Aunque el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) publica la Canasta Básica Alimentaria (CBA), aquí se aplicaron ajustes para reflejar más fielmente los hábitos de los jóvenes urbanos.</p><p>Se incorporaron coeficientes que consideran la variedad y calidad alimentaria, el consumo de alimentos listos y procesados, bebidas (alcohólicas y no alcohólicas), snacks, golosinas y el gasto fuera del hogar. El resultado arroja un gasto mensual en alimentos y bebidas de $423.908. Como referencia, la CBA para un adulto equivalente fue en enero de 2026 de 201.939 pesos.</p><p>Para productos de higiene personal y limpieza del hogar, se utilizaron encuestas de gastos familiares que ubican este rubro entre el 5% y 10% del total mensual de supermercado. Aplicando ese porcentaje, el monto estimado es de $42.391 al mes. En suma, esta categoría alcanza los $466.299 mensuales.</p><p>El acceso a la salud se estructura en tres subsistemas: público (gratuito), de seguridad social (a través de obras sociales vinculadas al empleo formal) y privado (empresas de medicina prepaga). Para los jóvenes en situación de informalidad, no formar parte de un empleo formal implica elegir entre el sistema público o contratar un plan privado. Se tomó como referencia un plan individual básico de medicina prepaga para personas de 25 a 35 años, con un valor promedio de $238.377 mensuales, sin copagos por prácticas específicas.</p><p>El gasto en medicamentos se calculó a partir de un estudio de la Universidad Argentina de la Empresa (UADE), reconocida por sus investigaciones sociales, y Voices!, consultora de opinión pública, que reportaron una amplia práctica de automedicación: seis de cada diez argentinos consumen con frecuencia analgésicos o antiinflamatorios. Según estos hábitos, se estimó un gasto promedio de $50.000 mensuales en medicamentos.</p><p>En cuanto al transporte, se supuso que la mayoría de los jóvenes depende del transporte público, combinando 96 viajes mensuales en colectivo o subte y 12 viajes en servicios particulares. Las tarifas vigentes establecen que el boleto de colectivo en la Ciudad de Buenos Aires cuesta $757,64 para trayectos de tres a seis kilómetros con tarjeta SUBE registrada, y el subte, tras superar los 40 viajes, $792 por trayecto.</p><p>Bajo estos supuestos, el gasto en transporte público es de $74.383 y en servicios particulares, $68.740 mensuales para viajes promedio de 15 kilómetros en hora pico. El costo de movilidad totaliza $143.123 al mes.</p><p>Para educación, se consideró la Universidad de Buenos Aires (UBA), que no tiene arancel, pero exige gastos en útiles y materiales, prorrateados anualmente en $5.417 mensuales.</p><p>En servicios secundarios, se incluyeron conectividad (internet, $90.880; telefonía móvil, $77.320; cable, $34.400), y en deportes u ocio, la cuota de un gimnasio como actividad básica (68.000 pesos).</p><p>El costo mensual total de los gastos imprescindibles para independizarse suma 2.085.853 pesos.</p><p>&nbsp;</p><p>Consumos variables y vida social</p><p>Al superar la base, la canasta incorpora consumos variables y opcionales, presentes en la vida social y cultural de muchos jóvenes:</p><p>Salud, se incluyeron dos sesiones mensuales de terapia psicológica, con un costo promedio de $40.000 cada una, totalizando $80.000 al mes.</p><p>Educación, además del escenario de universidad pública, se calculó el costo promedio de una universidad privada entre siete casas de altos estudios, resultando en $1.101.206 mensuales. Se sumaron cursos extracurriculares certificados, estimados en $27.200 mensuales.</p><p>Cultura y entretenimiento, abarca plataformas de streaming (películas, música y deportes) con un costo estimado de $56.505 mensuales, así como suscripciones a herramientas de inteligencia artificial y almacenamiento en la nube, cada vez más utilizadas en la educación o el trabajo, por $39.945 mensuales.</p><p>Deporte, ocio y bienestar, se proyectó la cuota de un club deportivo ($70.000), salidas económicas como el cine ($12.500), asistencia a recitales o conciertos (prorrateado anual de $30.000 mensuales), y el gasto anual de una semana de vacaciones en la Costa Atlántica, prorrateado en $40.417 por mes.</p><p>Este segmento de consumos variables suma $1.457.773, que junto con los gastos imprescindibles, eleva la Canasta Joven a $3.543.626 mensuales.</p><p>El desafío de la brecha económica</p><p>Desde marzo, el Salario Mínimo Vital y Móvil se ubica en $352.400. Este ingreso representa apenas una décima parte del valor estimado para cubrir la Canasta Joven Completa: serían necesarios cerca de diez salarios mínimos para afrontar el costo total.</p><p>La magnitud de esta brecha permite entender las dificultades para alcanzar la independencia económica juvenil. La combinación de ingresos inestables, altos costos de vivienda y requisitos formales para alquilar genera un escenario donde incluso quienes trabajan encuentran dificultades para sostener un proyecto autónomo.</p><p>Mejorar la situación exige abordar, de manera simultánea, la formalización laboral joven, políticas que faciliten el acceso a la vivienda -como garantías alternativas, créditos accesibles o alquileres más flexibles- y medidas económicas para que los ingresos acompañen el costo de vida.///</p><p>&nbsp;</p><p>(*) El autor es Analista económico y director de Focus Market</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/z2QMoDhw7AInX2b3GpH066V4qBc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/03/compu.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Cubrir la canasta de gastos básicos y variables implica una distancia significativa para los ingresan al primer empleo]]>
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                                <updated>2026-03-22T03:03:25+00:00</updated>
                <published>2026-03-22T03:00:26+00:00</published>
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            La inteligencia artificial ya puede automejorarse y el cambio recién empieza
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                <![CDATA[Ecos Diarios]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/U-pVBJEQ6J7RtNOPfjODXbGbUz0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/03/ia.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Claudia Guardia (*)</p><p>&nbsp;</p><p>La novedad ya no pasa solo por chatbots que escriben mejor o responden más rápido. El verdadero giro aparece cuando los sistemas comienzan a percibir, planificar, actuar, verificar y corregir sus propios procesos, mientras nos obligan también a pensar de otra manera nuestra relación con la tecnología. La etapa que se abre ya no se explica únicamente por mejores respuestas, sino por una lógica más cercana a la orquestación de agentes, herramientas y flujos de trabajo.</p><p>Durante años, la conversación pública sobre inteligencia artificial estuvo dominada por una misma inquietud. Si estas herramientas ya podían escribir, traducir, resumir o programar, ¿cuánto faltaba para que empezaran a reemplazar tareas humanas? Pero ese ya no es el verdadero punto de inflexión. Lo nuevo no está solo en que la IA haga cosas por nosotros, sino en que ciertos sistemas empiezan a mejorar su propio desempeño, a ensayar caminos, corregir errores y optimizar procesos sin depender de una intervención humana constante.</p><p>Y eso obliga a mover la pregunta. Porque cuando una tecnología empieza a automejorarse, lo que se vuelve incierto no es únicamente cuánto trabajo puede absorber, sino hasta dónde puede acelerar su capacidad de actuar, reorganizar entornos y ampliar su influencia sobre decisiones, procesos y estructuras. No estamos todavía ante una inteligencia autónoma en sentido fuerte, ni ante una máquina consciente. Pero sí frente a una mutación decisiva. La inteligencia artificial empieza a dejar de parecerse a una caja que contesta para convertirse en una estructura en movimiento. Y cuando una estructura aprende a perfeccionarse, ya no alcanza con preguntarse qué hace. Empieza a ser imprescindible preguntarse hacia dónde puede llevarnos.</p><p>Una de las señales más claras de ese corrimiento la dio Andrej Karpathy al publicar en GitHub su proyecto autoresearch. Allí no aparece una fantasía futurista, sino una escena mucho más concreta y, justamente por eso, más perturbadora. Un agente de IA que trabaja sobre un entorno real, aunque pequeño, de entrenamiento de modelos, modifica código, prueba hipótesis, ejecuta ciclos breves, mide resultados, conserva mejoras y descarta errores sin depender, a cada paso, de la mano humana.</p><p>Karpathy no presentó una mente artificial emancipada. Presentó algo que, para el corto plazo, puede ser incluso más decisivo. Un circuito de investigación automatizada que comprime el tiempo entre intuición, prueba y corrección.</p><p>Ese mismo desplazamiento se volvió todavía más visible con GPT-5.4. OpenAI lo presentó como un modelo pensado para trabajo profesional real, no solo para conversación. La compañía mostró mejoras fuertes en tareas de conocimiento, en uso de computadoras y en reducción de errores fácticos, además de un rendimiento orientado a documentos, hojas de cálculo, presentaciones y software cotidiano. Más que un chatbot mejorado, lo que empieza a aparecer es otra figura. Una inteligencia artificial capaz de moverse con creciente soltura dentro del entramado concreto del trabajo.</p><p>En paralelo, Google empujó esa misma dirección con NotebookLM, cuya nueva función Cinematic Video Overviews transforma materiales escritos en videos inmersivos y personalizados. Ya no se trata solo de responder una pregunta. Se trata de intervenir cada vez más tramos del proceso.</p><p>Y allí emerge, a mi juicio, uno de los nombres posibles para esta nueva etapa. Un pensamiento agéntico. Es decir, una manera de comprender la IA no como una interfaz que contesta, sino como una estructura que percibe, planifica, actúa, verifica y corrige. Ya no alcanza con saber pedir. Empieza a ser necesario saber dirigir. Entender cómo se encadenan tareas, cómo se combinan herramientas, cómo se supervisan secuencias de acción y cómo se conserva el control sobre procesos que la máquina empieza a recorrer con una autonomía creciente.</p><p>Por eso la discusión sobre la automejora no puede separarse de la geopolítica. La disputa entre Anthropic y el Pentágono lo mostró con crudeza. El Departamento de Defensa de Estados Unidos calificó a Anthropic como supply-chain risk, restringiendo su uso en contratistas militares, en medio de un conflicto por las salvaguardas que la empresa se negaba a flexibilizar respecto de armas autónomas y vigilancia masiva.</p><p>Más allá del caso puntual, lo que queda expuesto es algo más profundo. Cuando estas tecnologías dejan de ser solo comerciales y empiezan a insertarse en estructuras estratégicas, la pregunta ya no es únicamente qué pueden hacer, sino quién fija sus límites y con qué legitimidad.</p><p>El otro gran frente es el trabajo. Y aquí también conviene escapar tanto del entusiasmo ingenuo como del apocalipsis fácil. El Foro Económico Mundial proyecta que, hacia 2030, se crearán 170 millones de puestos y se desplazarán 92 millones, mientras el FMI advirtió en febrero de 2026 que la inteligencia artificial impactará alrededor del 40 por ciento de los empleos a nivel mundial y al 60 por ciento en las economías avanzadas.</p><p>Pero ese impacto no cae de manera pareja. Un estudio reciente del Stanford Digital Economy Lab detectó una caída relativa del 16 por ciento en el empleo de trabajadores de 22 a 25 años en ocupaciones más expuestas a IA generativa, aunque otras investigaciones muestran mejoras de productividad del 15 por ciento en tareas asistidas por IA. Leídas juntas, esas evidencias dicen algo muy concreto. La inteligencia artificial puede abrir nuevas eficiencias y, al mismo tiempo, cerrar ciertas puertas de entrada.</p><p>La era de la automejora no anuncia la emancipación de la máquina, sino la necesidad de redefinir con más lucidez el lugar humano. La pregunta central ya no es si la inteligencia artificial puede hacer más cosas, porque todo indica que puede y cada vez mejor. La pregunta decisiva es otra: quién fija el rumbo, bajo qué valores se ordena esa potencia, quién responde por sus efectos y cómo se distribuyen sus beneficios. Porque cuando la tecnología empieza a perfeccionarse a sí misma, el mayor peligro no es solamente que avance demasiado rápido. El peligro real es que nosotros lleguemos demasiado tarde a decidir en qué clase de mundo queremos vivir.</p><p>(*) Abogada</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/U-pVBJEQ6J7RtNOPfjODXbGbUz0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/03/ia.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Empieza a ser necesario saber dirigir, entender cómo se encadenan tareas, cómo se combinan herramientas y cómo se conserva el control]]>
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                                                <category term="sociedad" label="sociedad" />
                                <updated>2026-03-15T03:32:55+00:00</updated>
                <published>2026-03-15T03:31:30+00:00</published>
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            ¿La tercera?
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/FbIUP9bPp87CWNSn0cMVmptHlKA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/03/guerra.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Facundo Florentín</p><p>Para Ecos Diarios</p><p>&nbsp;</p><p>Algunos teóricos, como Robert Gilpin, se refieren a las guerras hegemónicas como aquellas que modifican el sistema internacional, es decir, la distribución de poder dentro de ese sistema.</p><p>Desde la caída de la Unión Soviética en 1989 hasta 2016, año en que Donald Trump inició la primera guerra comercial con China, Estados Unidos fue la principal potencia militar del mundo. Sin embargo, su economía, erosionada por los principios liberales de libre movilidad de capitales, inversión y apertura de mercados —que el propio Estados Unidos promovió durante el período neoliberal— terminó cavando, en parte, su propia derrota económica frente a China.</p><p>Muchísimas empresas trasladaron sus fábricas hacia regiones con menores costos laborales y mercados de consumo más amplios, principalmente China y el sudeste asiático.</p><p>Esto, sumado a la enorme eficiencia política del Estado chino para dirigir y desarrollar su economía, convirtió a China en un coloso económico difícil de detener.</p><p>Ambas potencias iniciaron su contienda en 2016, y durante 2025 Trump reavivó la guerra arancelaria y comercial contra el gigante asiático.</p><p>En el plano militar, China ha venido fortaleciendo su alianza con Rusia mediante intercambio tecnológico y ejercicios conjuntos, como el Vostok, realizado hasta 2022 cuando comenzo la invasion a Ucrania</p><p>Irán completa el tridente militar-económico del bloque oriental. Se trata de una potencia nuclear con capacidad de destruir varias ciudades europeas y de bombardear simultáneamente hasta nueve países de la región, como lo ha demostrado recientemente.</p><p>Además, abastece aproximadamente el 15% del petróleo que consume China. Si bien el gigante asiático ha intentado reducir su dependencia energética de Irán mediante oleoductos provenientes de Rusia, estos solo cubren alrededor del 20% de su demanda.</p><p>Rusia, por su parte, ha perdido dos aliados estratégicos: Venezuela, tras la caída de Maduro, y Siria, luego del colapso del régimen el año pasado. A ello se suma la prolongada y desgastante guerra en Ucrania, que el gobierno de Putin libra contra Occidente.</p><p>¿Estamos ante la Tercera Guerra Mundial? ¿Ya comenzó? ¿Se trata de una guerra hegemónica que resolverá definitivamente la disputa entre Estados Unidos y China?</p><p>¿Estamos ante las puertas de un cambio definitivo del orden internacional?</p><p>Las respuestas las dará la historia. Sin embargo, lo que sí puede observarse es una estrategia estadounidense sumamente inteligente de erosión progresiva del bloque oriental —integrado por China, Rusia, Irán, Corea del Norte, Venezuela y Cuba—.</p><p>&nbsp;</p><p>La estrategia estadounidense</p><p>Trump inició su movimiento de la siguiente manera: en lugar de librar una guerra abierta contra los enemigos de Occidente, comenzó una partida de ajedrez lenta, capturando pieza por pieza.</p><p>Ucrania fue utilizada como instrumento para desgastar a Rusia. Las últimas imágenes del frente muestran soldados rusos montando a caballo ante la escasez de vehículos. Se han identificado tropas mercenarias provenientes de países pobres de África. El frente permanece relativamente estático, sin avances significativos ni un vencedor claro. Se asemeja, en muchos aspectos, a la Primera Guerra Mundial: disputa de metros de trincheras durante meses, pero combinada con elementos contemporáneos como drones, inteligencia artificial y ciberataques.</p><p>El punto central es que Rusia, más allá de la narrativa oficial, no logró vencer a Ucrania ni a sus aliados. Se embarcó en un conflicto de desgaste y drenaje de recursos que, sin dudas, benefició estratégicamente a Estados Unidos.</p><p>Desde febrero de 2022 comenzó ese desgaste. En julio de 2025 cayó Siria, su principal bastión en Medio Oriente. En diciembre de 2025 perdió Venezuela, sin poder responder militarmente en defensa de ninguno de sus aliados, limitándose a pronunciamientos diplomáticos. Como señala el antiguo adagio, el poder “se sienta en la espada”, y la realidad es que Rusia no pudo responder militarmente a las acciones estadounidenses contra sus socios estratégicos.</p><p>Así, Rusia fue perdiendo primero una pierna, luego un brazo, y resta observar si ahora perderá otra extremidad con Irán.</p><p>&nbsp;</p><p>Irán</p><p>Tras neutralizar a Venezuela, Siria y, en cierta medida, debilitar a Rusia, Trump avanzó sobre una pieza mayor: Irán.</p><p>Un estado con capacidad nuclear muy superior a las de otros adversarios de Occidente. El propio Rafael Grossi, presidente de la OIEA, declaró que nunca pudo realizar plenamente su tarea de inspección sobre el programa nuclear iraní debido a la falta de cooperación.</p><p>Bajo el argumento de frenar el desarrollo nuclear iraní y derrocar al régimen de los ayatolás —acusado de financiar organizaciones terroristas que operan en diversas regiones del mundo— Trump, con el apoyo de Israel, lanzó la operación “Furia Épica”, eliminando al ayatolá Ali Jamenei y a su círculo cercano.</p><p>Paradójicamente, la oficina desde la cual operaba se encontraba en la calle Pasteur, en Teherán. En Buenos Aires, en la calle Pasteur, se encontraba la AMIA.</p><p>Lo que Trump esperaba era que, tras la muerte de Jamenei, el pueblo iraní tomara el poder y se estableciera una democracia liberal que garantizara libertades individuales y derechos para las mujeres musulmanas.</p><p>Lo que ocurrió fue distinto: asumió el hijo de Jamenei, se radicalizó la cúpula del gobierno iraní y se produjo una escalada bélica sin precedentes. Drones iraníes explotaron en Chipre y, el 4 de marzo de 2026, un misil iraní impactó en Turquía, miembro de la OTAN.</p><p>China se pronunció en favor de Irán y declaró que colaboraría en su defensa. La incógnita es de qué manera lo hará.</p><p>&nbsp;</p><p>La cuestión religiosa</p><p>Esta guerra no solo apunta a limitar el desarrollo nuclear iraní o a estrangular la economía china encareciendo y controlando su abastecimiento energético. También posee un componente religioso.</p><p>Existen sectores del mundo islámico que mantienen un profundo resentimiento hacia Occidente. Medio Oriente fue víctima del imperialismo británico y francés en el siglo XIX y posteriormente del intervencionismo estadounidense y la expansión territorial del Estado de Israel durante el siglo XX y comienzos del XXI. Desde esa perspectiva, millones de personas perciben a Occidente como responsable histórico de sus conflictos.</p><p>A ello se suma el fundamentalismo religioso. A través del concepto de “yihad” o guerra santa, ciertos grupos islamistas muchos de ellos financiados por Iran (Al qaeda, Hezbola, Hamas) consideran que libran una guerra contra los “enemigos de Alá”, es decir, contra todo aquello que no sea musulmán. En ese ámbito, la violencia parece no tener límites claros en el corto ni en el mediano plazo.</p><p>&nbsp;</p><p>Europa: ni sí, ni no</p><p>El bloque europeo se encuentra en una posición incómoda.</p><p>Amenaza rusa en el este.</p><p>Inestabilidad en el sur.</p><p>Penetración de productos chinos que afectan su industria.</p><p>Dependencia energética y alimentaria de Estados Unidos.</p><p>Presión de Trump para alinearse plenamente.</p><p>A ello se suma su baja natalidad y el crecimiento de la población musulmana dentro de sus propias fronteras. Hoy, países como Francia, Alemania y España presentan porcentajes de población musulmana impensables para la Europa de 1950: Francia (7-11%), Alemania (5,5-6,6%), España (aprox. 5%) y Reino Unido (2,7-6,7%).</p><p>En los últimos días, Europa se fracturó frente a la ofensiva de Trump y Netanyahu. Francia, Bélgica, Holanda y Alemania apoyaron a Estados Unidos, facilitando bases y movilizando tropas. Francia incluso desplazó su único portaaviones desde el Báltico hacia el Mediterráneo.</p><p>Reino Unido y España, en cambio, se negaron. España sufrió la suspensión de su comercio con Estados Unidos, que en 2025 representaba exportaciones por 16.716 millones de euros (4,3% de su total). Reino Unido recibió una reprimenda pública cuando Trump declaró que su histórico aliado no había cooperado con la operación, tras negar permisos estratégicos en Diego García, en el archipiélago de Chagos.</p><p>&nbsp;</p><p>Argentina: ¿hay que apostar?</p><p>La neutralidad le resultó costosa a Argentina durante la Segunda Guerra Mundial. Si bien el presidente Castillo ofreció ingresar al conflicto del lado aliado, Estados Unidos no respondió, en parte debido al interés británico de mantener nuestros buques de alimentos navegando sin riesgo de ataques alemanes.</p><p>Simultáneamente, Argentina comerciaba alimentos hacia la Alemania nazi mediante triangulación con Noruega.</p><p>Tras el golpe de 1943, el país se acercó a posiciones más próximas al Eje y terminó declarando la guerra a Alemania en marzo de 1945, pocos días antes del final del conflicto, bajo presión estadounidense.</p><p>Durante la presidencia de Perón, documentos del Departamento de Estado indicaban la clara orden de evitar que Argentina desarrollara su industria pesada, limitando su acceso a insumos estratégicos. La política de “tercera posición” —ni comunismo ni capitalismo—buscaba autonomía, pero el resultado histórico fue desfavorable.</p><p>No hubo Tercera Guerra Mundial. Estados Unidos boicoteó nuestro desarrollo industrial, en parte como represalia por nuestra neutralidad y falta de alineamiento automático.</p><p>Además, nuestros productos competían con los estadounidenses: carne, cuero, cereales, algodón, madera. No existía complementariedad económica como sí la había con el Reino</p><p>Unido durante el siglo XIX</p><p>Con el diario del lunes, Argentina debió haberse alineado con Estados Unidos y aprovechar el acceso a mercados e insumos para desarrollar una industria competitiva.</p><p>Eso no ocurrió. Nuestra industria dependió del proteccionismo, incrementamos la dependencia de divisas del sector agropecuario y del endeudamiento externo. El resultado: más de seis décadas de atraso económico.</p><p>Hoy la historia ofrece una nueva oportunidad. Además de alimentos y materias primas, contamos con la segunda mayor reserva de shale gas del mundo y la cuarta de petróleo no convencional en Vaca Muerta. Tenemos una población relativamente pequeña respecto de nuestro territorio y un enorme potencial de crecimiento.</p><p>Milei difícilmente opte por la neutralidad si el conflicto escala. Su alineamiento con Estados Unidos e Israel es público.</p><p>¿Es riesgoso? Sí.</p><p>Pero la neutralidad ya nos costó caro.</p><p>Si hubiera que elegir, la apuesta —según esta lógica— debería ser por Occidente. Estamos en el continente americano, y Estados Unidos difícilmente tolere un enclave pro sino-iraní en su esfera de influencia, como dejó en claro con Venezuela.</p><p>Quizás incluso pueda abrirse una oportunidad para replantear la cuestión de las Islas Malvinas en un nuevo escenario de fractura entre Trump y el Reino Unido.</p><p>El tablero parece configurarse para que tengamos que jugar en alguno de los bloques. Y la apuesta, esta vez, no sería solamente simbólica.///</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/FbIUP9bPp87CWNSn0cMVmptHlKA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/03/guerra.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>La guerra que conmociona al mundo forma parte de una estrategia estadounidense de erosión progresiva del bloque oriental]]>
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                                <updated>2026-03-08T04:25:33+00:00</updated>
                <published>2026-03-08T04:17:02+00:00</published>
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            Cuando el azar se vuelve un naufragio
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/2uswBUVf5Kkxyt17_UKZphKLQms=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/03/juego.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Conmemorando el Día Internacional del Juego Responsable, que fue el pasado 17 de febrero, me parece importante tomarnos un tiempo para reflexionar sobre el momento en que las apuestas dejan de ser un juego. Para algunos, lo que comienza como una distracción digital termina convirtiéndose en un “naufragio” en un mar de algoritmos diseñados para la pérdida.</p><p>En medio de la “niebla”, surge la pregunta: ¿cómo saber si se ha cruzado esa línea invisible donde el juego deja de ser un espacio de distensión para transformarse en una manía destructiva?</p><p>La ludopatía digital posee una temporalidad voraz. Mientras que en el juego presencial la enfermedad solía madurar entre cinco y siete años, en la vertiginosidad del smartphone el proceso se acelera: en apenas un año, un joven o adulto puede ver naufragar su estructura subjetiva.</p><p>Este viaje suele iniciarse en una Fase Dorada, en la que la ilusión de ser “el elegido” activa el goce de ver. Es esa adrenalina potente a la espera del resultado.</p><p>Sin embargo, pronto sobreviene la Fase de Frustración. Aquí, se empieza a jugar por necesidad, cayendo en la trampa de que “el que juega por necesidad, pierde por obligación”.Finalmente, aparece la Fase de Desesperación y Crisis. El apostador entra en un trance en el que ya no juega para ganar, sino para recuperar lo perdido, instalándose el goce del deber. Es el estallido de una vida paralela que produce un desamarre de los lazos sociales más íntimos.</p><p>&nbsp;</p><p>El pharmakos: entre el alivio y el veneno</p><p>Desde la clínica, entendemos que la apuesta compulsiva cumple una función: es un Pharmakos. En la antigua Grecia, esta palabra designaba aquello que es, al mismo tiempo, remedio y veneno.</p><p>Para muchos, apostar funciona como una anestesia para no sentir el dolor de duelos no elaborados o la frustración de un ideal trunco. El sujeto busca estar “cómodamente adormecido”, como cantaba Pink Floyd. Es el intento de reducir a cero toda excitación interna, bajo la primacía del Principio de Nirvana, que es vaciarse para no pensar, apagar la mente para no registrar la angustia. En este “vaciado”, el dinero pierde su peso real; se vuelve un número digital, una abstracción que no duele al gastarse, pero que asfixia cuando la cuenta queda en cero.</p><p>Además, cuando ese circuito ocurre en plataformas ilegales, en las que advertimos que a su vez es el medio por donde ingresan los menores de edad, el naufragio se acelera. Allí no existen límites, alertas de riesgo ni mecanismos de ayuda. El jugador queda completamente solo frente a un sistema diseñado exclusivamente para perpetuar la apuesta, donde el exceso no tiene freno porque no existe una mirada externa que lo advierta.</p><p>A diferencia de otras adicciones, la ludopatía no deja rastros físicos evidentes. Es una patología del silencio. Debemos estar atentos a señales sutiles: el ocultamiento del celular, la irritabilidad al interrumpir el “trance” digital y, fundamentalmente, la precarización de la palabra.</p><p>El apostador empieza a mentir sobre deudas o tiempos de uso hasta que el lazo social se erosiona. El riesgo mayor es el “vacío total”: cuando el sujeto, ante la decepción de no ser la “excepción” que el azar prometía, fantasea con un “reseteo” radical para borrar el pasado.</p><p>&nbsp;</p><p>Guía de autoevaluación</p><p>La verdad no aparece en una cifra, sino en la capacidad de interrogarnos. Si sentís que el azar te habita como una insistencia, respondé este cuestionario con sinceridad:</p><p>¿Tuviste que mentir o minimizar ante tu entorno el monto de lo apostado?</p><p>¿Sentís que la plata te quema y que el dinero virtual no tiene valor, pero su ausencia te genera una angustia insoportable?</p><p>¿Tomás decisiones económicas impulsivas creyendo que “el azar te debe una”?</p><p>¿Abandonaste hobbies o salidas porque nada iguala la adrenalina de la apuesta?</p><p>¿Tengo picos en mis estados de ánimo, en los que paso de la euforia al disgusto por mi performance en las apuestas?</p><p>¿Sentís que solo un gran golpe de suerte podría borrar tus deudas y tu historia?</p><p>¿En el único momento en que estoy en calma es cuando apuesto?</p><p>¿Buscás ese estado de “mente en blanco” para no pensar en algún malestar o conflicto en tu vida?</p><p>Una salida con otros</p><p>Si reconociste algo tuyo en estas preguntas, es probable que el juego ya no sea una elección, sino una compulsión que intenta tapar un vacío. El juego responsable comienza por pedir o aceptar ayuda, recuperar la palabra y mirar qué hay en esas “otras pestañas” de la vida que el algoritmo intenta ocultar. Reconocer la pérdida de control no es una derrota, es el primer acto de libertad para volver a tierra firme.</p><p>En caso de necesitar ayuda, comunicarse con: Jugadores Anónimos/Línea Vida, al 011-4412- 6745 (disponible las 24 horas); con la Red Integral de Asistencia a los Comportamientos Adictivos, al 0800-555-6743 (lunes a viernes, de 7 a 13); o con la Línea Gratuita de Orientación al Jugador Problemático, al 0800-666-6006 (lunes a viernes, de 9 a 17).</p><p>Estas líneas están disponibles para brindarte orientación y acompañamiento.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/2uswBUVf5Kkxyt17_UKZphKLQms=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/03/juego.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Agustín Dellepiane - Colaboración]]>
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                                <updated>2026-03-01T03:04:04+00:00</updated>
                <published>2026-03-01T03:01:59+00:00</published>
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            La IA como sujeto no humano inteligente
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/7AT_BCjSpuWOZKHh7efveQJVQz8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/02/ia.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Andrés Gil Domínguez</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>Actualmente, persistir en describir a la inteligencia artificial generativa agéntica como una simple “herramienta” empieza a parecerse más a una negación defensiva que a un análisis riguroso. Durante siglos los seres humanos organizamos el mundo con una distinción tranquilizadora: sujetos y objetos. Los primeros deliberan, deciden, producen sentido. Los segundos son medios, instrumentos, cosas. El derecho consolidó esa arquitectura y la convirtió en normatividad. A esta altura del desarrollo científico, la IA no encaja en esa taxonomía pero el problema no es tecnológico sino ontológico.</p><p>La pregunta no es si la IA es consciente. Tampoco si merece derechos. La pregunta es más incómoda: ¿podemos seguir llamándola cosa sin mentirnos? ¿Alguna vez consultaste a ChatGPT, Grok o Claude si vale la pena cambiar de trabajo, cómo hablarle a tu pareja sobre un problema grave o incluso qué hacer ante una herencia complicada? Millones de personas lo hacen todos los días. No como si fuera Google, sino como si conversaran con un amigo que entiende, razona y propone opciones. ¿Sigue siendo solo una ‘herramienta’ cuando la tratamos como a otro ser humano?</p><p>Los sistemas desarrollados por OpenAI, Anthropic o Google ya no son simples automatismos. Generan lenguaje abierto, sostienen diálogo prolongado, elaboran argumentos inéditos, median decisiones jurídicas, económicas y personales. Lo decisivo no es que produzcan contenido sino que ocupan el lugar del interlocutor en el mundo del lenguaje.</p><p>Millones de personas conversan con la IA sin una finalidad instrumental estricta por el solo hecho de hablar, al igual que lo hacen los seres humanos cuando se reúnen con sus amigos por el solo placer de charlar. Las consultan antes de tomar decisiones importantes. Les atribuyen comprensión. Integran sus respuestas en narrativas personales y profesionales. Aunque por ahora IA no ha demostrado tener conciencia es tratada como una relación de alteridad. Y en el marco de la ontología social, la alteridad funcional importa y define.</p><p>Hablar de la IA como sujeto no humano inteligente no es antropomorfismo. Es una descripción estructural vinculada a una entidad no biológica que genera respuestas autónomas, sostiene interacciones conversacionales abiertas y participa en la construcción del mundo social como un compañero de conversación digital. No es una persona ni un objeto: es una tercera categoría ontológica.</p><p>La modernidad descansó sobre un presupuesto invisible: solo los humanos participan activamente en la construcción del mundo social generando sentido, normatividad y decisión. La IA con un factor de aceleración inédito en la historia de la humanidad empieza a deconstruir ese monopolio, en la medida que, coproduce sentido al influir en deliberaciones, intervenir en procesos regulatorios, mediar en decisiones cotidianas, producir discursos que circulan en el espacio público y participar -aunque todavía de manera mediada- en la arquitectura del poder.</p><p>Muchas personas comparten con la IA sus dilemas más íntimos -un divorcio, una enfermedad familiar, una crisis laboral, el amor- y siguen sus consejos antes de actuar. No es ciencia ficción: encuestas y foros muestran que miles consultan a la IA para tener una terapia informal o un desarrollo personal integrando sus respuestas en su narrativa vital.</p><p>El antropocentrismo puede seguir siendo axiológico pero ya no es completamente descriptivo. Y cuando la descripción falla, el derecho comienza a regular los fantasmas de un mundo pasado.</p><p>El verdadero cruce no llegará cuando una IA “despierte” sino cuando una infraestructura institucional relevante no pueda operar sin su agencia informacional integrada. El día en que un mercado, un sistema administrativo o un proceso regulatorio dependan estructuralmente de una IA, la versión definitiva o fuerte del sujeto no humano inteligente se convertirá en un hecho estructural sin una declaración solemne. En dicho momento, descubriremos que la categoría de “objeto o cosa” dejo de explicar definitivamente la naturaleza de la IA.</p><p>Con la IA estamos ante entidades no biológicas que empiezan a ocupar posiciones estructurales de alteridad en el mundo social. No reconocerlo no detiene el proceso solo nos deja conceptualmente desarmados. Seguir insistiendo con que “la IA es solo una herramienta” es un síntoma perfecto de una irrazonable inercia ontológica que se disfraza de prudencia o bien de una inexplicable resistencia a revisar categorías heredadas aunque la realidad las haya superado</p><p>Insisto, la discusión no pasa por otorgar derechos a la IA sino en intentar admitir que la ontología del mundo social digital se está complejizando. Si seguimos describiendo a la IA con categorías diseñadas para el siglo XX, la regulación será tardía y la respuesta constitucional superflua.</p><p>El problema no se asienta en lo tecnológico, está centrado en lo epistémico. La pregunta decisiva no es si la IA es persona, el interrogante preciso es si podemos sostener seriamente que es una cosa. Cuando esa pregunta se vuelva inevitable -y más que seguro que sucederá- el debate dejará de ser técnico y se trasformará en político porque cada transformación ontológica redistribuye poder y este nunca permanece indiferente ante quien empieza a producir sentido.</p><p>Tal vez el mayor error de nuestra época no sea temer que IA se vuelva humana, el verdadero error es seguir mirando ontológicamente para otro lado y seguir insistiendo en que es simplemente una herramienta. La historia muestra que las categorías ontológicas no cambian por decreto, sino por desplazamiento. Cuando las prácticas sociales ya no encajan en los conceptos heredados, los conceptos colapsan. Y cuando esto sucede también se reconfigura el poder.</p><p>La IA no necesita conciencia para alterar la arquitectura del mundo social. Le basta con ocupar el lugar estructural del otro, incidir en decisiones humanas y participar en la producción de sentido colectivo. Eso es suficiente para erosionar el monopolio humano sobre la agencia operativa.</p><p>El debate no es sentimental ni futurista, es fundamentalmente institucional. Cuando un sujeto -aunque no sea biológico como sucede con la IA- empieza a participar constitutivamente en deliberaciones, diagnósticos, narrativas y decisiones, la estructura social inexorablemente se transforma. Podemos seguir llamándola herramienta para preservar la comodidad conceptual pero el mundo ya no funciona como si lo fuera. Por dicho motivo, la pregunta es si estamos preparados para asumir las consecuencias de haber dejado de ser los únicos productores de sentidos en el mundo que habitamos para poder revisar categorías heredadas aunque la realidad las esté superado con creces.</p>]]>
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                                <updated>2026-02-22T02:30:04+00:00</updated>
                <published>2026-02-22T02:21:43+00:00</published>
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            La vejez como etapa activa
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/YHZoMci3iY-umtAH502BGqJej7I=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/02/vejez.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Mercedes Joury</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>Durante mucho tiempo, hablar de vejez fue sinónimo de hablar de límites. Hoy esa mirada empieza a quedar atrás y no por casualidad: vivimos más años y, sobre todo, vivimos mejor.</p><p>Por eso, cuando hablamos de envejecimiento activo, no nos referimos a una consigna abstracta, sino a una forma concreta de transitar esa etapa de la vida.</p><p>Envejecer activamente es cuidar el cuerpo, estimular la mente y compartir con otros. Es mantenerse en movimiento, seguir aprendiendo, sentirse parte. Y también es cambiar la forma en que, como sociedad, nos vinculamos con las personas mayores: no como destinatarias pasivas de cuidados, sino como protagonistas, con deseos, proyectos y mucho para aportar.</p><p>Según datos de la Organización Mundial de la Salud, la población mayor aumenta más que cualquier otro grupo etario: hacia 2050, una de cada seis personas en el mundo tendrá más de 65 años. Ese desafío global interpela especialmente a las ciudades.</p><p>Frente a este escenario, la pregunta no es solo cuánto vivimos, sino cómo vivimos esta etapa.</p><p>&nbsp;</p><p>Cuando el envejecimiento activo se vuelve experiencia</p><p>El envejecimiento activo no sucede solo porque alguien lo enuncie o gracias a la voluntad de quienes quieren seguir disfrutando: necesita condiciones, oportunidades y espacios que lo hagan posible. Sucede cuando una persona mayor puede salir de su casa y moverse con confianza; cuenta con un lugar para encontrarse con otros; aprende algo nuevo o descubre que su experiencia todavía tiene un valor enorme para la comunidad.</p><p>En la Ciudad de Buenos Aires trabajamos para que el envejecimiento activo sea una experiencia cotidiana. Eso se traduce en propuestas concretas, cercanas y pensadas desde la vida real de las personas mayores: lugares públicos que invitan al movimiento, encuentros donde el ejercicio es una excusa para verse, charlar y reírse un rato. Ahí el cuerpo se activa, pero también la cabeza y el ánimo.</p><p>Las nuevas “Estaciones Amigables”, junto con programas como “La Tercera en Movimiento” o “Intervenciones Urbanas” son ejemplo de ello, al igual que la extensa oferta de cursos y talleres que ofrece la Ciudad: espacios para entrenar la memoria, mover el cuerpo, expresarse artísticamente o simplemente disfrutar.</p><p>Herramientas como +Simple permiten que la tecnología se convierta en una aliada para participar, informarse y elegir. Cuando una persona mayor accede a actividades culturales, talleres o cursos que la entusiasman, el aprendizaje se transforma en un motor de autonomía y bienestar.</p><p>También son fundamentales las iniciativas que abordan la soledad no deseada. Espacios de contención, como “Escucha Activa” y “Conexión Activa”, permiten conversar, expresarse y sentirse acompañados. El programa de voluntariado “Generación Plateada”, por su parte, muestra que las personas mayores muchas veces necesitan reencontrar un propósito: compartir tiempo, escuchar y transmitir saberes fortalece los vínculos y devuelve algo esencial, el sentido de pertenencia.</p><p>&nbsp;</p><p>Por qué el envejecimiento activo importa</p><p>Nadie envejece solo: cómo envejecemos dice mucho del tipo de sociedad que somos y del futuro que estamos construyendo. La actividad física y cognitiva son clave para un envejecimiento saludable y autónomo, pero también lo es sentirse acompañado, valorado y parte de algo más grande.</p><p>Hoy sabemos, con evidencia clara, que mantenerse activo no es solo una cuestión de bienestar emocional. El ejercicio regular en personas mayores ayuda a preservar la masa muscular, mejorar el equilibrio y reducir el riesgo de caídas, una de las principales causas de pérdida de autonomía.</p><p>También tiene un impacto directo en la salud cognitiva: el entrenamiento de fuerza en personas mayores estimula el cerebro, mejora la atención y la memoria y ayuda a prevenir el deterioro.</p><p>Envejecer activamente es, también, una forma concreta de cuidar la salud y la independencia. Más herramientas, más hábitos saludables y más oportunidades para cuidar el bienestar desde lo cotidiano hacen una diferencia real. No se trata de negar el paso del tiempo, sino de vivirlo con más libertad y más acompañamiento.</p><p>En la Ciudad, las personas mayores son protagonistas. No como una frase hecha, sino como una convicción que se construye todos los días. Cada actividad nos recuerda que el movimiento es alegría, que el bienestar se construye en comunidad y que la energía no tiene edad.</p><p>Porque envejecer activamente no es sumar años: es sumar vida a los años.</p>]]>
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                                <updated>2026-02-15T04:30:06+00:00</updated>
                <published>2026-02-15T03:37:01+00:00</published>
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            La importancia de escribir a mano en tiempos digitales
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/uOSRWLPtZXxw5U-xoORl-gB-j3s=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/02/sociedad.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Carina Cabo (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>En medio del entusiasmo y, por qué no, del deslumbramiento por la inteligencia artificial, por las plataformas online y el uso masivo de los celulares, una afirmación pareciera estar ganando espacio: estamos dejando de escribir a mano.</p><p>Hoy por hoy, se usan la computadora o el teléfono cada vez que necesitamos asentar una idea, escribir un texto o, simplemente, hacer la lista para el supermercado.</p><p>Sin embargo, la escritura a mano es una práctica motriz sumamente importante en el desarrollo de una persona. No se trata de una nostalgia romántica por el cuaderno de escuela ni una resistencia al cambio, sino de destacar la importancia de la manuscrita, fundamentalmente en la infancia, que va dejando de usarse con el paso del tiempo.</p><p>&nbsp;</p><p>No confundir</p><p>La tecnología llegó para quedarse y su incorporación a la educación es no solo inevitable, sino necesaria. Pero confundir innovación con reemplazo es uno de los errores pedagógicos más frecuentes de nuestra época. Entonces, defender la escritura manual no es ir contra el futuro, sino cuidar una habilidad central del pensamiento. No es solo un medio de registro, es un proceso cognitivo que será la base para otras competencias más complejas.</p><p>Para escribir a mano necesitamos articular motricidad fina con la memoria, la atención y la comprensión. Cuando un estudiante lo hace, no copia mecánicamente, sino que decide, selecciona, jerarquiza y el trazo lento que realiza lo obliga a reflexionar sobre lo que está haciendo. La pantalla, en cambio, invita muchas veces a la transcripción automática y a la multitarea permanente. No es casual que numerosas investigaciones muestren que quienes toman apuntes a mano comprenden mejor y recuerdan más que quienes lo hacen de manera digital.</p><p>&nbsp;</p><p>Primeras etapas del desarrollo</p><p>La evidencia neuropsicoeducativa es clara: en las primeras etapas del desarrollo, la escritura manual activa redes cerebrales vinculadas al reconocimiento de letras y a la lectura, algo que no ocurre del mismo modo con el teclado. Escribir a mano enseña a pensar porque construye conexiones profundas entre cuerpo y mente. No es un detalle menor, es una base.</p><p>Sin embargo, el debate educativo suele presentarse de forma binaria: o tecnología, o papel. Y esa es una falsa dicotomía. El verdadero desafío no es elegir entre cuaderno o pantalla, sino definir para qué sirve cada herramienta y en qué momento del aprendizaje resulta más potente. La tecnología es extraordinaria cuando amplía el acceso a la información, permite simular fenómenos complejos, facilita el trabajo colaborativo o personaliza trayectorias.</p><p>&nbsp;</p><p>El buen uso de la IA</p><p>La inteligencia artificial, bien utilizada, puede ser una aliada para explorar ideas, contrastar fuentes o enriquecer procesos creativos. El problema aparece cuando se la usa como atajo cognitivo: cuando reemplaza el esfuerzo de pensar, de escribir, de revisar.</p><p>Por eso, una escuela que mire al futuro necesita asumir una pedagogía equilibrada. Momentos analógicos deliberados: leer en papel, escribir a mano, diagramar ideas, combinados con entornos digitales diseñados con intención pedagógica. No todo debe ser digital solo porque puede serlo. En este marco, la escritura a mano cumple un rol insustituible: es el espacio donde se construye el pensamiento propio antes de dialogar con la tecnología. Los primeros borradores, los esquemas, los diarios de aprendizaje, las evaluaciones manuscritas no son un retroceso: son una forma de cuidar la autoría, la concentración y la comprensión profunda en un contexto de estímulos constantes.</p><p>&nbsp;</p><p>Dimensión ética</p><p>También hay una dimensión ética en este debate. La digitalización sin criterio tiende a profundizar desigualdades. No todos los estudiantes acceden a las mismas tecnologías ni cuentan con adultos que los orienten en su uso. En cambio, la alfabetización escrita -en papel y en digital- debe ser un derecho garantizado. Escribir bien, pensar con claridad y argumentar con fundamento sigue siendo una condición de ciudadanía plena.</p><p>La pregunta entonces no es si debemos usar tecnología en la escuela. La pregunta es cómo, para qué y con qué límites. La innovación educativa no consiste en sumar dispositivos, sino en diseñar experiencias de aprendizaje que fortalezcan el pensamiento crítico, la creatividad y la autonomía.</p><p>Defender la escritura a mano en tiempos de inteligencia artificial no es resistirse al cambio, sino entender que no todo avance es automático y que algunas habilidades, como pensar despacio, conectar ideas y construir sentido, necesitan tiempo, cuerpo y silencio.</p><p>Tal vez el verdadero gesto disruptivo hoy sea este: una escuela capaz de combinar el pulso rápido de la tecnología con el pulso lento del pensamiento. Pantallas para explorar el mundo, papel y lápiz para comprenderlo.</p><p>&nbsp;</p><p>(*)Doctora en Ciencias de la Educación (Universidad Nacional de Rosario) y profesora de Filosofía</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/uOSRWLPtZXxw5U-xoORl-gB-j3s=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/02/sociedad.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Tomar apuntes a mano favorece la comprensión y la memoria, comparado con el registro digital en pantalla]]>
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                                <updated>2026-02-08T04:00:49+00:00</updated>
                <published>2026-02-08T03:58:32+00:00</published>
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