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    <title>Ecos Diarios</title>
    <subtitle>Entrevistas exclusivas para informarse minuto a minuto de lo que acontece en Necochea.</subtitle>
    <updated>2026-05-03T03:50:06+00:00</updated>
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            Entre la fe del pueblo y el desafío del encuentro
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                <![CDATA[Ecos Diarios]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/9uM09IEylnGH1yzuTnwW88ke0sI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/05/papa_francisco.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Máximo Jurcinovic (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>A un año de su muerte, Luján no fue escenario de un acto, sino el lugar de una celebración. Y en esa diferencia —que puede parecer menor— se juega algo esencial del legado de Francisco. Porque un acto se organiza y se controla; una celebración, en cambio, se comparte, se habita y se vive. Eso fue lo que ocurrió: un pueblo reunido, una fe que no necesita explicación y una Iglesia que sigue de pie. Hubo pueblo y sacerdotes, familias y jóvenes. Y hubo también “mundo”. No como algo externo, sino como ese interlocutor permanente al que Francisco nunca dejó afuera. Ese cruce —a veces incómodo, a veces desconcertante— forma parte constitutiva de su legado: una Iglesia que no se repliega, sino que se anima a dialogar.</p><p>&nbsp;</p><p>“Hacer lío”</p><p>En ese marco se comprende otra de las expresiones del aniversario: la presencia del sacerdote DJ, el padre Guilherme Peixoto. Para algunos, una provocación; para otros, algo difícil de comprender. Pero, en el fondo, fue una expresión concreta de ese “todos, todos, todos” que Francisco dejó como horizonte: una Iglesia que no selecciona a quién incluir, sino que se anima a encontrarse con la realidad tal como es. Lejos de ser un hecho aislado, formó parte de una propuesta más amplia: una experiencia que une música y palabras de Francisco, tendiendo puentes con los lenguajes actuales. Plaza llena, jóvenes y adultos reunidos, y una fe que se expresa sin moldes rígidos: también eso es “hacer lío”.</p><p>La celebración de este aniversario volvió a poner en el centro una intuición clave de su pontificado: la fe no puede quedar reducida a lo conocido ni a lo cómodo. Debe animarse a habitar nuevos espacios, incluso aquellos que generan desconcierto. No para diluirse, sino para encontrarse; para anunciar esperanza en lenguajes que puedan ser comprendidos hoy. Eso no implica perder identidad. Al contrario, supone una identidad profunda, pero no rígida: una identidad que no se defiende cerrándose, sino que se fortalece en el encuentro; que escucha, dialoga y se deja interpelar.</p><p>En esa misma línea, la celebración en Luján expresó lo que estos eventos religiosos ya venían manifestando. La homilía de monseñor Marcelo Colombo, presidente del Episcopado Argentino, logró poner en palabras una experiencia compartida: la sensación de que Francisco se extraña. “Es muy común escuchar entre nuestra gente, respecto de Francisco, que se lo extraña”, afirmó. Pero inmediatamente desarmó cualquier tentación de nostalgia paralizante: “No se trata de quedarse en el pasado, sino de reconocer que Francisco entró en nuestras vidas para quedarse”.</p><p>&nbsp;</p><p>Lo que significó</p><p>Esa afirmación cambia todo. Porque no habla solo de recuerdo, sino de presencia: de una palabra que sigue viva, que sigue interpelando. “¡Cómo nos gustaría escucharlo hoy, en estos momentos tan duros!”, expresó Colombo. Y esa frase, tan simple, condensa una experiencia colectiva: Francisco no fue solo una figura relevante; fue una voz que amplió el horizonte, que insistió una y otra vez en la necesidad de construir un “nosotros” más grande. Siempre desde la periferia hacia el centro. Y también, hasta el final de sus días, su compromiso por la paz. No como una consigna abstracta, sino como una construcción concreta: diálogo entre sectores, encuentro entre diferencias, trabajo paciente por una sociedad más justa. Una paz exigente, que no se improvisa y que necesita de todos.</p><p>También el Papa León XIV retomó ese camino al recordar que “sus palabras y sus gestos permanecen grabados en nuestros corazones”, y al convocar a seguir adelante, evocó a Francisco como aquel que anunció la alegría del Evangelio, vivió la misericordia y promovió la fraternidad entre todos. Por eso resulta inevitable mirar con cierta preocupación lo que también ocurrió en Lujan. Mientras dentro de la Basílica se vivía una celebración cargada de sentido, trascendieron discusiones políticas, visibles e invisibles: preocupaciones por lugares, por sillas, por ubicaciones. Como si lo importante fuera ocupar un espacio y no compartir un mismo horizonte. Ahí surge una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿somos capaces de sentarnos juntos, incluso cuando pensamos distinto? ¿Podemos vivir la fraternidad más allá de nuestras posiciones? Porque no era un acto. Era una celebración.</p><p>&nbsp;</p><p>El argentino más trascendente</p><p>En ese contexto, la frase del presidente Javier Milei, al definir a Francisco como “el argentino más trascendente de la historia”, resuena con fuerza. No solo por lo que afirma, sino por lo que implica: debería ser un punto de partida para mirar más lejos, para salir de la lógica del enfrentamiento permanente y animarnos a construir algo en común. La celebración en Luján dejó ver algo que a veces se pierde entre discusiones: el pueblo sigue estando, la fe sigue viva, la Iglesia sigue intentando dialogar con el mundo real. No con uno ideal, sino con el que existe, con sus contradicciones y sus búsquedas.</p><p>Recordar a Francisco no alcanza. Su legado no se honra repitiendo sus palabras, sino animándose a vivirlas. Y eso implica algo profundamente exigente: construir fraternidad en serio. No solo cuando es fácil, sino precisamente cuando es difícil. Cuando hay diferencias, tensiones e intereses en juego. Tal vez, si ese camino se vuelve real, empiece a asomar una nueva cara de la Patria.///</p><p>&nbsp;</p><p>(*) Sacerdote. Director de la Oficina de Comunicación y prensa del Episcopado Argentino</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/9uM09IEylnGH1yzuTnwW88ke0sI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/05/papa_francisco.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>La conmemoración del primer año sin el Papa Francisco evidenció algo más que memoria: mostró a un pueblo que celebra unido y a una lógica de poder que todavía no aprende a sentarse en fraternidad]]>
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                                <category term="sociedad" label="sociedad" />
                <updated>2026-05-03T03:50:06+00:00</updated>
                <published>2026-05-03T03:23:15+00:00</published>
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            El alma de los libros en tiempos de pantallas
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/vByPUxenvQWsvmOSOxdH-SgvJ3c=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/04/libros.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Guillermo Marcó (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>La historia de la humanidad tiene millones de años, se pierde en la nebulosa del tiempo, antes de que existiese la escritura, sólo es posible conjeturar con algunas tradiciones orales, historias que los pueblos se fueron transmitiendo a modo de relatos, que son los que aglutinaron a los homo sapiens en torno a creencias comunes. En la memoria de los pueblos, los primeros relatos son los creacionales, las historias sobre los dioses y del origen del cosmos. Los primeros seres humanos se fueron congregando en torno a estas historias narradas por los ancianos que les daban una identidad común.</p><p>&nbsp;</p><p>La escritura</p><p>Sin embargo, la escritura fue creada por los sumerios (actual Irak) alrededor de 3200 años antes de Cristo. Usaban formas de cuña que se imprimían en tabletas de arcilla para llevar los registros contables y administrativos de los templos.</p><p>En Egipto la escritura jeroglífica data de 4000 años antes de Cristo. En América los primeros registros son alrededor del año 900 ac. Sin embargo eran sólo los expertos -llamados escribas- los que manejaban este arte de leer y escribir. La mayoría de las personas hasta épocas recientes no poseían libros ni sabían leer. La escritura en los primeros siglos se hacía en papiros, se usaba el tallo de esa planta, se lo cortaba en tiras finas y se la cruzaba en horizontal y vertical, esas capas se golpeaban y luego se prensaba durante varios días para crear una hoja resistente y flexible, estas hojas muy largas se escribía con plumas de ganso o cañas afiladas y la tinta se fabricaba con agallas de roble y hierro. La biblioteca de Alejandría conservaba rollos de papiro, no libros.</p><p>El primer libro impreso del que se tenga conocimiento fue el “El Sutra del Diamante”, datado en el año 868 d.C. en China, es el libro impreso más antiguo conocido, creado mediante xilografía.</p><p>Cuando se habla de impresión hay que hablar del alemán Johannes Gutenberg y de la invención de la imprenta en el año 1440. El “Padre de la Imprenta” desarrolló una moderna técnica de impresión con tipos móviles (moldes de letras) en vez de utilizar las tablillas de madera, que se desgastaban con el uso, confeccionó moldes con hierro. En total 150 tipos imitando a la perfección la escritura de un manuscrito. Ahora bien, ¿Cuál fue el primer libro impreso? Fue La Biblia, que es además indiscutiblemente el libro más impreso, distribuido y vendido de la historia, con estimaciones que superan los 5.000 a 6.000 millones de ejemplares. Ha sido traducida a miles de idiomas.</p><p>&nbsp;</p><p>Feria del Libro</p><p>El jueves pasado empezó en Buenos Aires la Feria del Libro. En tiempo de pantallas y teléfonos, me parece importante destacar la importancia de los libros impresos y de su lectura.</p><p>A propósito de eso quisiera compartir con ustedes un párrafo de la extraordinaria novela de Carlos Ruiz Zafón “La sombra del viento”: “Seguimos al guardián a través de aquel corredor palaciego y llegamos a una gran sala circular donde una auténtica basílica de tinieblas yacía bajo una cúpula acuchillada por haces de luz que pendían desde lo alto. Un laberinto de corredores y estanterías repletas de libros ascendía desde la base hasta la cúspide, dibujando una colmena tramada de túneles, escalinatas, plataformas y puentes que dejaban adivinar una gigantesca biblioteca de geometría imposible. Miré a mi padre, boquiabierto. Él me sonrió, guiñando el ojo.</p><p>—Daniel, bienvenido al Cementerio de los Libros Olvidados-.</p><p>Salpicando los pasillos y plataformas de la biblioteca se perfilaban una docena de figuras. Algunas de ellas se volvieron a saludar desde lejos, y reconocí los rostros de diversos colegas de mi padre en el gremio de libreros de libros usados.</p><p>—Este lugar es un misterio, Daniel, un santuario. Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él. Cada vez que un libro cambia de manos, cada vez que alguien desliza la mirada por sus páginas, su espíritu crece y se hace fuerte. Hace ya muchos años, cuando mi padre me trajo por primera vez aquí, este lugar ya era viejo. Quizá tan viejo como la misma ciudad. Nadie sabe a ciencia cierta desde cuándo existe, o quiénes lo crearon. Te diré lo que mi padre me dijo a mí. Cuando una biblioteca desaparece, cuando una librería cierra sus puertas, cuando un libro se pierde en el olvido, los que conocemos este lugar, los guardianes, nos aseguramos de que llegue aquí. En este lugar, los libros que ya nadie recuerda, los libros que se han perdido en el tiempo, viven para siempre, esperando llegar algún día a las manos de un nuevo lector, de un nuevo espíritu. En la tienda nosotros los vendemos y los compramos, pero en realidad los libros no tienen dueño. Cada libro que ves aquí ha sido el mejor amigo de alguien. Ahora sólo nos tienen a nosotros”.</p><p>No sería quien soy sin mis libros, no habría fe en mí si las diversas generaciones de creyentes no hubiesen preservado los textos de la Biblia. Ojalá que las nuevas generaciones sigan amando los libros y enriqueciéndose con su lectura.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/vByPUxenvQWsvmOSOxdH-SgvJ3c=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/04/libros.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>La lectura en papel invita a la concentración y al disfrute pausado, cualidades que muchas veces se diluyen en la era de la hiperconexión]]>
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                                <category term="sociedad" label="sociedad" />
                <updated>2026-04-26T03:14:27+00:00</updated>
                <published>2026-04-26T03:12:53+00:00</published>
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            La sobreconfianza en la IA y la necesaria alfabetización tecnológica
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/SXXwTfaL-lxZX14LynVq1n6x0zo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/04/inteligencia_artificial.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Andrés Gil Domínguez (*)</p><p>Colaboración</p><p>La expansión social de la IA generativa instaló una paradoja: nunca fue tan fácil obtener respuestas rápidas, ordenadas y persuasivas, pero a la vez, nunca fue tan necesario reaprender a utilizar el pensamiento crítico humano. El problema no radica solamente en que la IA generativa pueda equivocarse. El verdadero riesgo aparece cuando su velocidad, su seguridad expresiva y su racionalidad llevan al ser humano a aceptar sus respuestas como si fueran verdaderas por el solo hecho de provenir de una tecnología disruptiva y cognitiva como nunca antes existió en la historia de la humanidad.</p><p>Este suceso se basa en la sobreconfianza humana en la IA. No se trata simplemente de un exceso de entusiasmo frente a una innovación poderosa, sino que configura un sesgo de validación externa por el cual el sujeto humano abdica, en mayor o menor medida, de su responsabilidad intelectual y crítica. Consecuentemente, la respuesta algorítmica deja de cumplir el rol de copiloto o coworking y se convierte en una autoridad irrebatible. Ese desplazamiento confunde eficiencia con verdad, cálculo con criterio y capacidad de respuesta con corrección ética o fáctica.</p><p>La cuestión merece atención porque no afecta solo a especialistas ni a entornos técnicos. La sobreconfianza en la IA se verifica en la vida cotidiana, en la educación, en el periodismo, en el mundo profesional, en la administración pública y, desde hace un tiempo en nuestro país, también se hizo presente en la tarea de abogados y jueces. Allí donde una persona recibe una respuesta bien escrita, veloz y convincente, aparece la tentación de delegar no solo una tarea, sino también, gran parte del juicio crítico.</p><p>La sobreconfianza en la IA se produce por varias razones que provienen de diferentes ámbitos.</p><p>La primera se debe a que la IA generativa produce textos fluidos, seguros, coherentes en apariencia y con una estructura discursiva que se asemeja a la de una persona humana con un alto coeficiente intelectual. Esa naturalidad lingüística genera una ilusión de comprensión profunda. Sin embargo, una respuesta bien redactada no equivale necesariamente a una respuesta verdadera. La forma expresiva de la IA suele ocultar un dato decisivo: puede ofrecer afirmaciones plausibles pero falsas, referencias inexistentes, omisiones importantes o inferencias defectuosas sin advertirlo de manera clara.</p><p>Crédito excesivo</p><p>La segunda razón reside en un fenómeno cognitivo más antiguo que la IA generativa, pero que hoy adquiere una nueva intensidad: el automation bias. Documentado desde hace décadas en la investigación sobre factores humanos, describe la tendencia a otorgar un crédito excesivo a las recomendaciones producidas por sistemas automatizados. Cuando una IA responde, muchas personas asumen de manera casi refleja, que esa salida posee un grado de objetividad o exactitud superior al del juicio humano. Esa reacción no nace de una comprobación racional, sino del prestigio cultural de la técnica y de la creencia de que lo tecnológico es, por definición, más neutral o fiable. Un estudio experimental reciente, publicado en Scientific Reports por Joe Pearson, Itiel Dror y colaboradores bajo el título “Examining human reliance on artificial intelligence in decision making” (2026), lo confirmó en el contexto específico de la IA. Los investigadores pidieron a 295 participantes que distinguieran entre 80 rostros -cuarenta reales y cuarenta sintetizados mediante IA- mientras recibían una orientación que, sin que lo supieran, solo acertaba la mitad de las veces y que se les presentaba atribuida a una persona humana o a un sistema de IA. El hallazgo fue revelador: quienes mantenían actitudes más positivas hacia la IA y recibían la guía supuestamente algorítmica mostraron menor capacidad para diferenciar los rostros auténticos de los sintéticos que quienes desconfiaban de ella. Dicho en otros términos: cuanto mayor era la predisposición a confiar en la IA, peor era el desempeño al juzgar lo que tenían delante de sus ojos.</p><p>La tercera razón es el antropomorfismo. La IA conversacional no se presenta como una calculadora ni como una base de datos sino como un interlocutor relacional que utiliza el lenguaje humano. Explica, resume, compara, corrige, propone y hasta parece comprender matices. Esa forma de interacción favorece que la persona proyecte rasgos humanos sobre el sistema: inteligencia, discernimiento, prudencia, sentido común, y últimamente, sociabilidad afectiva.</p><p>La cuarta razón tiene que ver con la economía del esfuerzo mental. Pensar críticamente exige tiempo, atención y energía. Verificar una afirmación, contrastar fuentes, detectar supuestos ocultos o revisar un razonamiento demanda un trabajo que muchas veces las personas no están dispuestas o no pueden hacer, sobre todo bajo presión, cansancio o sobrecarga informativa. En ese contexto, la IA generativa no solo ahorra tiempo, sino que fundamentalmente, ofrece una salida tentadora para evitar el costo de pensar por cuenta propia.</p><p>La quinta razón es más profunda y cultural: la IA ofrece una nueva forma de validación externa. Durante mucho tiempo, los seres humanos buscaron señales de autoridad para confirmar lo que pensaban: el experto, el libro, la institución, la mayoría, la tradición. Actualmente, en muchos contextos, esa función empieza a ser ocupada por la IA generativa que aparece como una instancia de cierre o titular de la última palabra. La persona humana no busca solo asistencia, sino también, la tranquilidad epistémica de sentir que alguien o algo ya pensó por ella.</p><p>Alfabetización</p><p>Ante el problema que plantea la sobreconfianza, la respuesta más razonable consiste en alfabetizar en IA a través de una pedagogía de la confianza tecnológica calibrada, retomando una noción desarrollada hace dos décadas por la investigación en factores humanos, en particular, por Lee y See en el artículo “Trust in Automation: Designing for Appropriate Reliance” (2004) -quienes denominaron “confianza calibrada” al ajuste entre la fiabilidad real de un sistema automatizado y el grado de confianza que depositamos en el mismo- y trasladarla al terreno de la IA generativa y su enseñanza.</p><p>La alfabetización en IA no debe reducirse a aprender a usar la IA como una herramienta o a redactar mejores prompts. Esto es solo una parte del problema. Por el contrario, significa formar personas capaces de comprender, aunque sea de manera básica, qué hace y qué no hace una IA generativa, como por ejemplo: qué tipo de errores puede cometer, por qué una respuesta puede sonar convincente sin ser correcta, qué tipo de verificación exige cada uso, cómo funcionan los agentes, pero sobre todo, por qué la responsabilidad final sigue estando en cabeza de la persona humana.</p><p>En ese sentido, la alfabetización en IA debe abarcar, como mínimo, cinco planos entrelazados.</p><p>El primero es comprender que una respuesta generada no equivale a una fuente. La IA no debería ocupar el lugar de la prueba, del antecedente verificable o del texto original. Su función, en todo caso, es ayudar a encontrar, ordenar, reformular, automatizar información o tareas que luego debe ser controlada.</p><p>El segundo es aprender a interrogar las respuestas. Toda salida de IA debería activar preguntas elementales: ¿de dónde surge esto?, ¿qué fundamento ofrece?, ¿qué fuentes lo sostienen?, ¿qué dejó afuera?, ¿qué presupuestos contiene?, ¿puedo verificarlo de manera independiente?</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/SXXwTfaL-lxZX14LynVq1n6x0zo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/04/inteligencia_artificial.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>La expansión de la IA generativa exige fortalecer el pensamiento crítico ante la tentación de aceptar respuestas automáticas y persuasivas sin verificación]]>
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                                <category term="sociedad" label="sociedad" />
                <updated>2026-04-19T01:15:10+00:00</updated>
                <published>2026-04-19T01:05:00+00:00</published>
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            ¿Cómo construir bienestar laboral en la era de la IA?
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/rMjNb7atvunzu79c_esy1pLLFa8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/04/ia_y_trabajo.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Nicolás Schvartzer (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>Hoy en día es habitual abrir LinkedIn y encontrarse con un sinfín de publicaciones que se imitan unas a otras, que nos cuentan sobre la certificación de un tercero o sobre lo bello de trabajar en determinada empresa. Y en muchos casos, eso es cierto. El clima de muchas organizaciones hoy permite que las personas florezcan.</p><p>Ahora bien, el punto interesante no está ahí. El clima no es solo un entorno agradable. Es el impulso que crea las condiciones psicológicas, emocionales y racionales para que las personas puedan rendir, crecer y sostener resultados en el tiempo. Es el impulso que crea las condiciones psicológicas, emocionales y racionales para que las personas puedan rendir, crecer y sostener resultados en el tiempo. Como todo clima, también tiene su sensación térmica. Es decir, la percepción real de lo que sucede, más allá de lo que se comunica.</p><p>Y en un contexto como el actual, donde la inteligencia artificial empieza a redefinir roles, tareas y decisiones, esta distinción se vuelve crítica. Porque la IA puede optimizar procesos, acelerar análisis y automatizar tareas, pero no puede reemplazar el sentido que las personas le dan a su trabajo ni la calidad del entorno en el que operan.</p><p>No es casualidad que cada vez más organizaciones pongan el foco en el clima. Datos recientes de Gallup muestran que los equipos con mayor nivel de engagement logran hasta un 23% más de rentabilidad y un 18% más de productividad. Los equipos con mayor nivel de engagement logran hasta un 23% más de rentabilidad y un 18% más de productividad. El punto no es si el clima impacta o no. Eso ya está fuera de discusión. El verdadero desafío es entender qué tipo de clima estamos construyendo y para qué, porque no cualquier clima genera resultados.</p><p>Sabemos que generar buenas condiciones es necesario. Pero ya no es suficiente.</p><p>El clima enfocado ¿Qué significa? El clima enfocado no es simplemente bienestar. Es bienestar con dirección. Es diseñar y sostener condiciones que no solo cuiden a las personas, sino que orienten comportamientos concretos hacia los resultados que la organización necesita. Es preguntarse qué necesitamos que pase en el día a día para que la estrategia deje de ser una presentación y se vuelva práctica.</p><p>Y acá aparece una tensión interesante. En muchas organizaciones se invierte en herramientas, procesos y ahora también en inteligencia artificial, esperando que eso transforme la forma de trabajar. Pero la evidencia muestra otra cosa: la tecnología amplifica lo que ya existe. Si hay claridad, la potencia. Si hay desorden, lo acelera.</p><p>Los líderes no son meros supervisores de tareas, sino modelos de los valores culturales que desean ver en la organización.</p><p>Gartner destaca que para 2026, la preservación de la resiliencia y la seguridad psicológica será una responsabilidad central de los líderes. Esto implica crear un equipo donde el cliente interno reciba el mismo nivel de atención y servicio que el cliente externo.</p><p>Y en entornos híbridos, virtuales y cada vez más mediados por tecnología, lo que sucede depende cada vez más de algo que no siempre se ve: cómo lideramos en ese contexto.</p><p>&nbsp;</p><p>Liderazgo para sostener cultura</p><p>Cuando el contexto se mueve más rápido que antes. Podemos tener las mejores prácticas, políticas y herramientas. Incluso podemos tener la mejor implementación de inteligencia artificial del mercado. Pero si los líderes no promueven, no encarnan y no sostienen esos comportamientos, el resultado siempre va a ser distinto al diseño.</p><p>De todo esto se desprenden dos ideas simples, pero incómodas: La cultura sucede, y sucede en función del liderazgo. Sino pregúntale a cualquier persona ¿qué tal es la cultura en tu empresa? a lo que muy probablemente recibirás como respuesta la experiencia que está teniendo con su líder.</p><p>Este pilar se refiere a la capacidad de visibilizar y maximizar el valor en cada acción. Los líderes deben actuar como dueños de la cultura resolviendo obstáculos de manera ágil. McKinsey identifica que los líderes de empresas con alto crecimiento (outperformers) se distinguen por cerrar la brecha entre el “saber” y el “hacer”. Estos líderes son un 80% más propensos a comunicar sus metas y logros de crecimiento de manera constante a través de todos los canales internos y externos.</p><p>El dato no sorprende tanto como interpela. Porque si el liderazgo no evoluciona al ritmo del contexto, todo lo demás empieza a quedar viejo. No es un problema de capacitación, es un problema de diseño y de continuidad.</p><p>En un contexto atravesado por IA, esto se vuelve aún más evidente. -Las decisiones son más rápidas. -La información es más accesible. -La ejecución es más eficiente.</p><p>&nbsp;</p><p>Los pilares del liderazgo</p><p>Pero la pregunta sigue siendo la misma: ¿qué hacemos con eso?. Ahí es donde aparece el liderazgo. Un liderazgo que debe pararse sobre tres pilares:</p><p>1 Personas Los líderes somos modelos culturales. Creamos equipo con el cliente y hacemos cliente a nuestro propio equipo. La tecnología puede escalar procesos, pero no reemplaza el vínculo.</p><p>La alineación de propósito es un factor crítico. Según McKinsey, los empleados que encuentran un sentido de propósito en su trabajo y sienten que este se alinea con el de la compañía experimentan mayores niveles de bienestar y compromiso. Los empleados que encuentran un sentido de propósito en su trabajo experimentan mayores niveles de bienestar y compromiso. Gallup corrobora que los equipos altamente comprometidos logran una rentabilidad 23% superior, lo que demuestra que el enfoque en las personas es una estrategia de negocio rentable y no solo una medida ética.</p><p>2 Gestión Somos responsables del impacto en el negocio. Definimos prioridades, tomamos decisiones y somos accountables de los resultados. La IA puede sugerir, pero alguien tiene que decidir.</p><p>3 Valor Generamos valor de manera constante. No desde la intención, sino desde la acción. Hacemos visible lo importante y priorizamos lo que mueve el negocio. No todo lo que se puede hacer, se debe hacer.</p><p>Diseñar el terreno La cultura no se instala. Se cultiva. Y como todo cultivo, no crece solo por haber sido sembrado. Necesita cuidado, criterio y adaptación constante. Hoy más que nunca, ese cultivo se da en un entorno donde conviven personas, procesos y tecnología de una manera nueva.</p><p>Por eso, el desafío no es solo generar un buen clima. Es generar un clima con intención:</p><p>-Un clima que permita que las personas sepan, quieran y puedan. -Un clima que no dependa de momentos, sino de prácticas. -Un clima que no se quede en el discurso, sino que se vea en las decisiones.</p><p>Y eso, todavía, sigue siendo profundamente humano.</p><p>&nbsp;</p><p>(*) Manager de People, Culture &amp; Development</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/rMjNb7atvunzu79c_esy1pLLFa8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/04/ia_y_trabajo.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>El liderazgo efectivo consiste en modelar valores culturales y mantener la resiliencia y seguridad psicológica]]>
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                <updated>2026-04-12T02:03:19+00:00</updated>
                <published>2026-04-12T01:59:06+00:00</published>
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            Pantallas y adolescencia: quién educa cuando los algoritmos mandan
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                <![CDATA[Ecos Diarios]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/HsVHpaggqBDukbHa4QdszNn8cOI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/04/adolescente_con_pantalla.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Carina Cabo (*)<p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>Cada día, en miles de hogares, se repite la misma escena: un adulto pide que apaguen el celular y un adolescente resiste sin despegar la mirada de la pantalla.</p><p>No es desobediencia, ni falta de interés, ni apatía generacional: es la evidencia de un cambio de época en el que la atención -indispensable para los vínculos y para el aprendizaje- dejó de estar disponible. Y en esa disputa, muchas veces, las familias llegan tarde.</p><p>No se trata de demonizar la tecnología. Sería un error tan simplista como ineficaz. El problema no es la pantalla en sí, sino los entornos digitales que operan bajo la lógica de la economía de la atención: sistemas diseñados para captar, sostener y monetizar cada segundo de interés.</p><p>En ese contexto, los adolescentes no solo usan dispositivos, sino que habitan espacios que moldean hábitos, emociones y formas de vincularse.</p><p>Uso intensivo y desregulado</p><p>Diversos informes de UNICEF y UNESCO advierten que el uso intensivo y desregulado de pantallas se asocia con dificultades atencionales, alteraciones del sueño, mayor ansiedad y debilitamiento de los vínculos presenciales. Pero también señalan algo clave: el impacto no depende únicamente del tiempo de uso, sino de la calidad de la mediación adulta.</p><p>Y es allí donde aparece el verdadero desafío.</p><p>Durante mucho tiempo, educar implicaba establecer normas claras y esperar obediencia. Hoy, ese modelo está en tensión. Las familias se transformaron, los roles se volvieron más flexibles y, en muchos casos, los límites más difusos. A eso se suma una incoherencia que los propios adolescentes detectan con rapidez: adultos que piden desconexión mientras permanecen conectados de manera constante.</p><p>En ese marco, crecen la infancia y la adolescencia, en medio del mundo digital que desplaza experiencias esenciales como el juego libre, el aburrimiento creativo o la interacción cara a cara. No es que los jóvenes no quieran aprender o vincularse, es que compiten con entornos que están diseñados para no soltarlos.</p><p>En ese escenario, reducir el problema a la orden “dejá el celular” no solo resulta ineficaz, sino que evidencia la falta de herramientas para abordar una problemática compleja.</p><p>Educar hoy exige un cambio de posición. Implica reconocer que no todo uso es igual. Existen prácticas digitales que potencian la creatividad, el aprendizaje y la comunicación. Pero también hay consumos que generan dependencia, fragmentación de la atención y desregulación emocional. La diferencia no está en el dispositivo, sino en el vínculo que se construye con él.</p><p>Implica, también, abandonar la lógica del control sin diálogo. Como sostiene Daniel Goleman, la autorregulación no se impone: se aprende. Y se aprende en contextos donde hay adultos presentes, coherentes y disponibles emocionalmente.</p><p>Esa presencia no es vigilar ni castigar. Es algo más difícil y más necesario: escuchar sin juzgar, preguntar sin invadir, interesarse por lo que los adolescentes miran, sienten y comparten. Es construir acuerdos -no imponerlos- sobre tiempos de uso, espacios libres de tecnología, momentos de descanso y formas de cuidado. Porque el gran riesgo no es que los adolescentes estén conectados; el verdadero riesgo es que estén solos en esa conexión.</p><p>Muchas veces, las familias intervienen cuando el problema ya es visible: bajo rendimiento escolar, irritabilidad, aislamiento, conflictos. Sin embargo, las señales aparecen antes: cambios en el estado de ánimo, alteraciones del sueño, necesidad constante de validación, pérdida de interés por actividades presenciales. Leer esos indicios a tiempo no es controlar más, sino cuidar mejor.</p><p>¿Y los adultos?</p><p>Y hay un punto que incomoda, pero es imprescindible: los adultos también tenemos que revisar nuestra propia relación con la tecnología. No se puede educar en la regulación desde la hiperconexión. No se puede exigir coherencia sin ofrecerla. No se puede construir confianza desde el control permanente.</p><p>Educar en tiempos digitales no es una tarea técnica. Es una tarea profundamente humana. Supone recuperar el valor de la palabra, del tiempo compartido, de los límites con sentido. Supone formar sujetos capaces de elegir en un entorno que, muchas veces, decide por ellos.</p><p>En definitiva, la pregunta no es cuánto usan el celular los adolescentes. La pregunta es si hay un adulto dispuesto a enseñarles a soltarlo.///</p><p>(*) Doctora en Ciencias de la Educación y profesora de Filosofía</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/HsVHpaggqBDukbHa4QdszNn8cOI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/04/adolescente_con_pantalla.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>El impacto no depende únicamente del tiempo de uso, sino de la calidad de la mediación adulta]]>
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                                <category term="sociedad" label="sociedad" />
                <updated>2026-04-05T01:30:11+00:00</updated>
                <published>2026-04-05T00:42:00+00:00</published>
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            La importancia de la escritura y la plasticidad neuronal
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/hGf8lrfapCXfV-V1-gAbBT8rhRk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/03/nena.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Sonia Balcarce y Patricia Rio (*)</p><p>Para Ecos Diarios</p><p>&nbsp;</p><p>La neuroplasticidad es un concepto que tiene algo más de un siglo y que hace referencia a los procesos por los cuales el cerebro tiene la capacidad de realizar cambios estructurales y funcionales.</p><p>Si bien este concepto tuvo su origen en las investigaciones sobre “recuperación” de las funciones cerebrales, posteriores a lesiones, hace ya algunas décadas que se la vincula con el aprendizaje continuo.</p><p>Por su parte, la neuroeducación es una disciplina muy joven que integra la neurociencia, la psicología y la psicopedagogía, y que es fundamental para entender la importancia de la lectoescritura en el desarrollo del pensamiento crítico y de una comunicación eficiente.</p><p>En ese sentido, el aprendizaje de la escritura convencional y sus reglas, no es una cuestión menor. Nuestro cerebro no viene preparado evolutivamente para escribir, de la misma forma que sí lo está para el habla, esto implica que debe reestructurar y reorganizar (los dos mecanismos clave de la neuroplasticidad), áreas para adquirir la escritura que es una invención cultural reciente.</p><p>&nbsp;</p><p>Aprendizaje de la escritura</p><p>En la escritura, se ponen en marcha una planificación, el uso de la memoria de trabajo, habilidades visoespaciales para coordinar ojo - mano, requiere conocimientos del principio fonológico, ortográfico, se debe elegir un tipo de trazo, implica una intencionalidad y adecuación a quién va dirigido el texto escrito. Todo esto ocurre de forma sincronizada a través de tres pasos: procesar el mensaje, trasponerlo a letras, y ejecutar los movimientos para escribir.</p><p>Por esta razón, el aprendizaje de la escritura de forma convencional, es imprescindibles para una correcta comprensión lectora posterior, a través de sus reglas gramaticales y marcas de puntuación, las cuales dirigen la lectura y facilitan la comprensión del que lee, pero también del que escucha la lectura de un texto, mejora la dicción y hace claro el texto para su entendimiento.</p><p>Estamos presenciando un gran deterioro en el desarrollo de la escritura y la comprensión lectora, tanto en el nivel primario como en el secundario. Hoy, memos de la mitad de los niños de tercer grado escribe con deficiencias y no comprende lo que lee. Las causas provienen de diferentes factores, pero, consideramos clave, volver al aprendizaje de la escritura convencional desde los inicios de la educación formal para que nuestros niños y jóvenes se apropien de los saberes de escritores y lectores expertos, habilidad fundamental en un mundo globalizado.</p><p>(*) Psicopedagogas de Necochea</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/hGf8lrfapCXfV-V1-gAbBT8rhRk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/03/nena.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Hoy, memos de la mitad de los niños de tercer grado escribe con deficiencias y no comprende lo que lee]]>
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                <updated>2026-03-29T03:25:34+00:00</updated>
                <published>2026-03-29T03:23:58+00:00</published>
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            Economía Joven: ¿Cuánto es el costo de la independencia?
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/z2QMoDhw7AInX2b3GpH066V4qBc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/03/compu.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Damián Di Pace (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>En Argentina, independizarse dejó de ser un paso natural en la transición hacia la adultez para convertirse en un desafío económico. La informalidad laboral -que afecta al 36% de los jóvenes-, el aumento de los alquileres y de los servicios, junto con ingresos que no acompañan ese ritmo, se presentan como barreras clave para quienes buscan dejar el hogar paterno.</p><p>Según la Fundación Tejido Urbano, cuatro de cada diez jóvenes de entre 25 y 35 años no logra sostener un proyecto habitacional propio y continúa viviendo en el hogar de origen, aun en plena edad productiva. En términos absolutos, esto equivale a casi 1,8 millones de personas.</p><p>En este contexto, desde Focus Market se elaboró la “Canasta Joven”, un ejercicio que estima cuánto debería destinar mensualmente una persona de entre 20 y 30 años para independizarse, dividiendo los gastos en categorías y subgrupos: consumos imprescindibles y consumos variables u opcionales, vinculados al desarrollo personal, ocio y servicios urbanos.</p><p>La primera parte reúne los gastos mínimos para sostener una vida independiente: vivienda, alimentos, salud básica, transporte, educación pública, conectividad y actividad física.</p><p>El acceso al mercado de alquileres se ve limitado por la informalidad laboral. Firmar un contrato usualmente requiere recibos de sueldo y una garantía propietaria. Con niveles de informalidad en el 36% de los jóvenes, muchos no pueden cumplir estos requisitos o acreditarlos formalmente.</p><p>En lo que respecta a costos, alquilar un departamento de dos ambientes de aproximadamente 35 m² en un barrio como Belgrano demanda alrededor de $550.000 mensuales solo de alquiler. A ese monto se suman $212.000 de expensas (que incluyen servicios como SUM, ascensor y portería o vigilancia) y el equivalente a un mes de alquiler como depósito, prorrateado en 12 meses para este ejercicio, lo que representa $45.833 mensuales.</p><p>Además, los servicios públicos básicos (agua, luz y gas) suman en promedio $104.205 mensuales, según las boletas de febrero. Así, el costo mensual de la categoría vivienda asciende a $912.038.</p><p>&nbsp;</p><p>Alimentación, salud y transporte</p><p>La alimentación y la compra en supermercados -alimentos, bebidas, higiene y limpieza- constituyen la siguiente gran categoría. Aunque el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) publica la Canasta Básica Alimentaria (CBA), aquí se aplicaron ajustes para reflejar más fielmente los hábitos de los jóvenes urbanos.</p><p>Se incorporaron coeficientes que consideran la variedad y calidad alimentaria, el consumo de alimentos listos y procesados, bebidas (alcohólicas y no alcohólicas), snacks, golosinas y el gasto fuera del hogar. El resultado arroja un gasto mensual en alimentos y bebidas de $423.908. Como referencia, la CBA para un adulto equivalente fue en enero de 2026 de 201.939 pesos.</p><p>Para productos de higiene personal y limpieza del hogar, se utilizaron encuestas de gastos familiares que ubican este rubro entre el 5% y 10% del total mensual de supermercado. Aplicando ese porcentaje, el monto estimado es de $42.391 al mes. En suma, esta categoría alcanza los $466.299 mensuales.</p><p>El acceso a la salud se estructura en tres subsistemas: público (gratuito), de seguridad social (a través de obras sociales vinculadas al empleo formal) y privado (empresas de medicina prepaga). Para los jóvenes en situación de informalidad, no formar parte de un empleo formal implica elegir entre el sistema público o contratar un plan privado. Se tomó como referencia un plan individual básico de medicina prepaga para personas de 25 a 35 años, con un valor promedio de $238.377 mensuales, sin copagos por prácticas específicas.</p><p>El gasto en medicamentos se calculó a partir de un estudio de la Universidad Argentina de la Empresa (UADE), reconocida por sus investigaciones sociales, y Voices!, consultora de opinión pública, que reportaron una amplia práctica de automedicación: seis de cada diez argentinos consumen con frecuencia analgésicos o antiinflamatorios. Según estos hábitos, se estimó un gasto promedio de $50.000 mensuales en medicamentos.</p><p>En cuanto al transporte, se supuso que la mayoría de los jóvenes depende del transporte público, combinando 96 viajes mensuales en colectivo o subte y 12 viajes en servicios particulares. Las tarifas vigentes establecen que el boleto de colectivo en la Ciudad de Buenos Aires cuesta $757,64 para trayectos de tres a seis kilómetros con tarjeta SUBE registrada, y el subte, tras superar los 40 viajes, $792 por trayecto.</p><p>Bajo estos supuestos, el gasto en transporte público es de $74.383 y en servicios particulares, $68.740 mensuales para viajes promedio de 15 kilómetros en hora pico. El costo de movilidad totaliza $143.123 al mes.</p><p>Para educación, se consideró la Universidad de Buenos Aires (UBA), que no tiene arancel, pero exige gastos en útiles y materiales, prorrateados anualmente en $5.417 mensuales.</p><p>En servicios secundarios, se incluyeron conectividad (internet, $90.880; telefonía móvil, $77.320; cable, $34.400), y en deportes u ocio, la cuota de un gimnasio como actividad básica (68.000 pesos).</p><p>El costo mensual total de los gastos imprescindibles para independizarse suma 2.085.853 pesos.</p><p>&nbsp;</p><p>Consumos variables y vida social</p><p>Al superar la base, la canasta incorpora consumos variables y opcionales, presentes en la vida social y cultural de muchos jóvenes:</p><p>Salud, se incluyeron dos sesiones mensuales de terapia psicológica, con un costo promedio de $40.000 cada una, totalizando $80.000 al mes.</p><p>Educación, además del escenario de universidad pública, se calculó el costo promedio de una universidad privada entre siete casas de altos estudios, resultando en $1.101.206 mensuales. Se sumaron cursos extracurriculares certificados, estimados en $27.200 mensuales.</p><p>Cultura y entretenimiento, abarca plataformas de streaming (películas, música y deportes) con un costo estimado de $56.505 mensuales, así como suscripciones a herramientas de inteligencia artificial y almacenamiento en la nube, cada vez más utilizadas en la educación o el trabajo, por $39.945 mensuales.</p><p>Deporte, ocio y bienestar, se proyectó la cuota de un club deportivo ($70.000), salidas económicas como el cine ($12.500), asistencia a recitales o conciertos (prorrateado anual de $30.000 mensuales), y el gasto anual de una semana de vacaciones en la Costa Atlántica, prorrateado en $40.417 por mes.</p><p>Este segmento de consumos variables suma $1.457.773, que junto con los gastos imprescindibles, eleva la Canasta Joven a $3.543.626 mensuales.</p><p>El desafío de la brecha económica</p><p>Desde marzo, el Salario Mínimo Vital y Móvil se ubica en $352.400. Este ingreso representa apenas una décima parte del valor estimado para cubrir la Canasta Joven Completa: serían necesarios cerca de diez salarios mínimos para afrontar el costo total.</p><p>La magnitud de esta brecha permite entender las dificultades para alcanzar la independencia económica juvenil. La combinación de ingresos inestables, altos costos de vivienda y requisitos formales para alquilar genera un escenario donde incluso quienes trabajan encuentran dificultades para sostener un proyecto autónomo.</p><p>Mejorar la situación exige abordar, de manera simultánea, la formalización laboral joven, políticas que faciliten el acceso a la vivienda -como garantías alternativas, créditos accesibles o alquileres más flexibles- y medidas económicas para que los ingresos acompañen el costo de vida.///</p><p>&nbsp;</p><p>(*) El autor es Analista económico y director de Focus Market</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/z2QMoDhw7AInX2b3GpH066V4qBc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/03/compu.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Cubrir la canasta de gastos básicos y variables implica una distancia significativa para los ingresan al primer empleo]]>
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                                <category term="sociedad" label="sociedad" />
                <updated>2026-03-22T03:03:25+00:00</updated>
                <published>2026-03-22T03:00:26+00:00</published>
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            La inteligencia artificial ya puede automejorarse y el cambio recién empieza
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/U-pVBJEQ6J7RtNOPfjODXbGbUz0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/03/ia.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Claudia Guardia (*)</p><p>&nbsp;</p><p>La novedad ya no pasa solo por chatbots que escriben mejor o responden más rápido. El verdadero giro aparece cuando los sistemas comienzan a percibir, planificar, actuar, verificar y corregir sus propios procesos, mientras nos obligan también a pensar de otra manera nuestra relación con la tecnología. La etapa que se abre ya no se explica únicamente por mejores respuestas, sino por una lógica más cercana a la orquestación de agentes, herramientas y flujos de trabajo.</p><p>Durante años, la conversación pública sobre inteligencia artificial estuvo dominada por una misma inquietud. Si estas herramientas ya podían escribir, traducir, resumir o programar, ¿cuánto faltaba para que empezaran a reemplazar tareas humanas? Pero ese ya no es el verdadero punto de inflexión. Lo nuevo no está solo en que la IA haga cosas por nosotros, sino en que ciertos sistemas empiezan a mejorar su propio desempeño, a ensayar caminos, corregir errores y optimizar procesos sin depender de una intervención humana constante.</p><p>Y eso obliga a mover la pregunta. Porque cuando una tecnología empieza a automejorarse, lo que se vuelve incierto no es únicamente cuánto trabajo puede absorber, sino hasta dónde puede acelerar su capacidad de actuar, reorganizar entornos y ampliar su influencia sobre decisiones, procesos y estructuras. No estamos todavía ante una inteligencia autónoma en sentido fuerte, ni ante una máquina consciente. Pero sí frente a una mutación decisiva. La inteligencia artificial empieza a dejar de parecerse a una caja que contesta para convertirse en una estructura en movimiento. Y cuando una estructura aprende a perfeccionarse, ya no alcanza con preguntarse qué hace. Empieza a ser imprescindible preguntarse hacia dónde puede llevarnos.</p><p>Una de las señales más claras de ese corrimiento la dio Andrej Karpathy al publicar en GitHub su proyecto autoresearch. Allí no aparece una fantasía futurista, sino una escena mucho más concreta y, justamente por eso, más perturbadora. Un agente de IA que trabaja sobre un entorno real, aunque pequeño, de entrenamiento de modelos, modifica código, prueba hipótesis, ejecuta ciclos breves, mide resultados, conserva mejoras y descarta errores sin depender, a cada paso, de la mano humana.</p><p>Karpathy no presentó una mente artificial emancipada. Presentó algo que, para el corto plazo, puede ser incluso más decisivo. Un circuito de investigación automatizada que comprime el tiempo entre intuición, prueba y corrección.</p><p>Ese mismo desplazamiento se volvió todavía más visible con GPT-5.4. OpenAI lo presentó como un modelo pensado para trabajo profesional real, no solo para conversación. La compañía mostró mejoras fuertes en tareas de conocimiento, en uso de computadoras y en reducción de errores fácticos, además de un rendimiento orientado a documentos, hojas de cálculo, presentaciones y software cotidiano. Más que un chatbot mejorado, lo que empieza a aparecer es otra figura. Una inteligencia artificial capaz de moverse con creciente soltura dentro del entramado concreto del trabajo.</p><p>En paralelo, Google empujó esa misma dirección con NotebookLM, cuya nueva función Cinematic Video Overviews transforma materiales escritos en videos inmersivos y personalizados. Ya no se trata solo de responder una pregunta. Se trata de intervenir cada vez más tramos del proceso.</p><p>Y allí emerge, a mi juicio, uno de los nombres posibles para esta nueva etapa. Un pensamiento agéntico. Es decir, una manera de comprender la IA no como una interfaz que contesta, sino como una estructura que percibe, planifica, actúa, verifica y corrige. Ya no alcanza con saber pedir. Empieza a ser necesario saber dirigir. Entender cómo se encadenan tareas, cómo se combinan herramientas, cómo se supervisan secuencias de acción y cómo se conserva el control sobre procesos que la máquina empieza a recorrer con una autonomía creciente.</p><p>Por eso la discusión sobre la automejora no puede separarse de la geopolítica. La disputa entre Anthropic y el Pentágono lo mostró con crudeza. El Departamento de Defensa de Estados Unidos calificó a Anthropic como supply-chain risk, restringiendo su uso en contratistas militares, en medio de un conflicto por las salvaguardas que la empresa se negaba a flexibilizar respecto de armas autónomas y vigilancia masiva.</p><p>Más allá del caso puntual, lo que queda expuesto es algo más profundo. Cuando estas tecnologías dejan de ser solo comerciales y empiezan a insertarse en estructuras estratégicas, la pregunta ya no es únicamente qué pueden hacer, sino quién fija sus límites y con qué legitimidad.</p><p>El otro gran frente es el trabajo. Y aquí también conviene escapar tanto del entusiasmo ingenuo como del apocalipsis fácil. El Foro Económico Mundial proyecta que, hacia 2030, se crearán 170 millones de puestos y se desplazarán 92 millones, mientras el FMI advirtió en febrero de 2026 que la inteligencia artificial impactará alrededor del 40 por ciento de los empleos a nivel mundial y al 60 por ciento en las economías avanzadas.</p><p>Pero ese impacto no cae de manera pareja. Un estudio reciente del Stanford Digital Economy Lab detectó una caída relativa del 16 por ciento en el empleo de trabajadores de 22 a 25 años en ocupaciones más expuestas a IA generativa, aunque otras investigaciones muestran mejoras de productividad del 15 por ciento en tareas asistidas por IA. Leídas juntas, esas evidencias dicen algo muy concreto. La inteligencia artificial puede abrir nuevas eficiencias y, al mismo tiempo, cerrar ciertas puertas de entrada.</p><p>La era de la automejora no anuncia la emancipación de la máquina, sino la necesidad de redefinir con más lucidez el lugar humano. La pregunta central ya no es si la inteligencia artificial puede hacer más cosas, porque todo indica que puede y cada vez mejor. La pregunta decisiva es otra: quién fija el rumbo, bajo qué valores se ordena esa potencia, quién responde por sus efectos y cómo se distribuyen sus beneficios. Porque cuando la tecnología empieza a perfeccionarse a sí misma, el mayor peligro no es solamente que avance demasiado rápido. El peligro real es que nosotros lleguemos demasiado tarde a decidir en qué clase de mundo queremos vivir.</p><p>(*) Abogada</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/U-pVBJEQ6J7RtNOPfjODXbGbUz0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/03/ia.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Empieza a ser necesario saber dirigir, entender cómo se encadenan tareas, cómo se combinan herramientas y cómo se conserva el control]]>
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                                <category term="sociedad" label="sociedad" />
                <updated>2026-03-15T03:32:55+00:00</updated>
                <published>2026-03-15T03:31:30+00:00</published>
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            ¿La tercera?
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/FbIUP9bPp87CWNSn0cMVmptHlKA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/03/guerra.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Facundo Florentín</p><p>Para Ecos Diarios</p><p>&nbsp;</p><p>Algunos teóricos, como Robert Gilpin, se refieren a las guerras hegemónicas como aquellas que modifican el sistema internacional, es decir, la distribución de poder dentro de ese sistema.</p><p>Desde la caída de la Unión Soviética en 1989 hasta 2016, año en que Donald Trump inició la primera guerra comercial con China, Estados Unidos fue la principal potencia militar del mundo. Sin embargo, su economía, erosionada por los principios liberales de libre movilidad de capitales, inversión y apertura de mercados —que el propio Estados Unidos promovió durante el período neoliberal— terminó cavando, en parte, su propia derrota económica frente a China.</p><p>Muchísimas empresas trasladaron sus fábricas hacia regiones con menores costos laborales y mercados de consumo más amplios, principalmente China y el sudeste asiático.</p><p>Esto, sumado a la enorme eficiencia política del Estado chino para dirigir y desarrollar su economía, convirtió a China en un coloso económico difícil de detener.</p><p>Ambas potencias iniciaron su contienda en 2016, y durante 2025 Trump reavivó la guerra arancelaria y comercial contra el gigante asiático.</p><p>En el plano militar, China ha venido fortaleciendo su alianza con Rusia mediante intercambio tecnológico y ejercicios conjuntos, como el Vostok, realizado hasta 2022 cuando comenzo la invasion a Ucrania</p><p>Irán completa el tridente militar-económico del bloque oriental. Se trata de una potencia nuclear con capacidad de destruir varias ciudades europeas y de bombardear simultáneamente hasta nueve países de la región, como lo ha demostrado recientemente.</p><p>Además, abastece aproximadamente el 15% del petróleo que consume China. Si bien el gigante asiático ha intentado reducir su dependencia energética de Irán mediante oleoductos provenientes de Rusia, estos solo cubren alrededor del 20% de su demanda.</p><p>Rusia, por su parte, ha perdido dos aliados estratégicos: Venezuela, tras la caída de Maduro, y Siria, luego del colapso del régimen el año pasado. A ello se suma la prolongada y desgastante guerra en Ucrania, que el gobierno de Putin libra contra Occidente.</p><p>¿Estamos ante la Tercera Guerra Mundial? ¿Ya comenzó? ¿Se trata de una guerra hegemónica que resolverá definitivamente la disputa entre Estados Unidos y China?</p><p>¿Estamos ante las puertas de un cambio definitivo del orden internacional?</p><p>Las respuestas las dará la historia. Sin embargo, lo que sí puede observarse es una estrategia estadounidense sumamente inteligente de erosión progresiva del bloque oriental —integrado por China, Rusia, Irán, Corea del Norte, Venezuela y Cuba—.</p><p>&nbsp;</p><p>La estrategia estadounidense</p><p>Trump inició su movimiento de la siguiente manera: en lugar de librar una guerra abierta contra los enemigos de Occidente, comenzó una partida de ajedrez lenta, capturando pieza por pieza.</p><p>Ucrania fue utilizada como instrumento para desgastar a Rusia. Las últimas imágenes del frente muestran soldados rusos montando a caballo ante la escasez de vehículos. Se han identificado tropas mercenarias provenientes de países pobres de África. El frente permanece relativamente estático, sin avances significativos ni un vencedor claro. Se asemeja, en muchos aspectos, a la Primera Guerra Mundial: disputa de metros de trincheras durante meses, pero combinada con elementos contemporáneos como drones, inteligencia artificial y ciberataques.</p><p>El punto central es que Rusia, más allá de la narrativa oficial, no logró vencer a Ucrania ni a sus aliados. Se embarcó en un conflicto de desgaste y drenaje de recursos que, sin dudas, benefició estratégicamente a Estados Unidos.</p><p>Desde febrero de 2022 comenzó ese desgaste. En julio de 2025 cayó Siria, su principal bastión en Medio Oriente. En diciembre de 2025 perdió Venezuela, sin poder responder militarmente en defensa de ninguno de sus aliados, limitándose a pronunciamientos diplomáticos. Como señala el antiguo adagio, el poder “se sienta en la espada”, y la realidad es que Rusia no pudo responder militarmente a las acciones estadounidenses contra sus socios estratégicos.</p><p>Así, Rusia fue perdiendo primero una pierna, luego un brazo, y resta observar si ahora perderá otra extremidad con Irán.</p><p>&nbsp;</p><p>Irán</p><p>Tras neutralizar a Venezuela, Siria y, en cierta medida, debilitar a Rusia, Trump avanzó sobre una pieza mayor: Irán.</p><p>Un estado con capacidad nuclear muy superior a las de otros adversarios de Occidente. El propio Rafael Grossi, presidente de la OIEA, declaró que nunca pudo realizar plenamente su tarea de inspección sobre el programa nuclear iraní debido a la falta de cooperación.</p><p>Bajo el argumento de frenar el desarrollo nuclear iraní y derrocar al régimen de los ayatolás —acusado de financiar organizaciones terroristas que operan en diversas regiones del mundo— Trump, con el apoyo de Israel, lanzó la operación “Furia Épica”, eliminando al ayatolá Ali Jamenei y a su círculo cercano.</p><p>Paradójicamente, la oficina desde la cual operaba se encontraba en la calle Pasteur, en Teherán. En Buenos Aires, en la calle Pasteur, se encontraba la AMIA.</p><p>Lo que Trump esperaba era que, tras la muerte de Jamenei, el pueblo iraní tomara el poder y se estableciera una democracia liberal que garantizara libertades individuales y derechos para las mujeres musulmanas.</p><p>Lo que ocurrió fue distinto: asumió el hijo de Jamenei, se radicalizó la cúpula del gobierno iraní y se produjo una escalada bélica sin precedentes. Drones iraníes explotaron en Chipre y, el 4 de marzo de 2026, un misil iraní impactó en Turquía, miembro de la OTAN.</p><p>China se pronunció en favor de Irán y declaró que colaboraría en su defensa. La incógnita es de qué manera lo hará.</p><p>&nbsp;</p><p>La cuestión religiosa</p><p>Esta guerra no solo apunta a limitar el desarrollo nuclear iraní o a estrangular la economía china encareciendo y controlando su abastecimiento energético. También posee un componente religioso.</p><p>Existen sectores del mundo islámico que mantienen un profundo resentimiento hacia Occidente. Medio Oriente fue víctima del imperialismo británico y francés en el siglo XIX y posteriormente del intervencionismo estadounidense y la expansión territorial del Estado de Israel durante el siglo XX y comienzos del XXI. Desde esa perspectiva, millones de personas perciben a Occidente como responsable histórico de sus conflictos.</p><p>A ello se suma el fundamentalismo religioso. A través del concepto de “yihad” o guerra santa, ciertos grupos islamistas muchos de ellos financiados por Iran (Al qaeda, Hezbola, Hamas) consideran que libran una guerra contra los “enemigos de Alá”, es decir, contra todo aquello que no sea musulmán. En ese ámbito, la violencia parece no tener límites claros en el corto ni en el mediano plazo.</p><p>&nbsp;</p><p>Europa: ni sí, ni no</p><p>El bloque europeo se encuentra en una posición incómoda.</p><p>Amenaza rusa en el este.</p><p>Inestabilidad en el sur.</p><p>Penetración de productos chinos que afectan su industria.</p><p>Dependencia energética y alimentaria de Estados Unidos.</p><p>Presión de Trump para alinearse plenamente.</p><p>A ello se suma su baja natalidad y el crecimiento de la población musulmana dentro de sus propias fronteras. Hoy, países como Francia, Alemania y España presentan porcentajes de población musulmana impensables para la Europa de 1950: Francia (7-11%), Alemania (5,5-6,6%), España (aprox. 5%) y Reino Unido (2,7-6,7%).</p><p>En los últimos días, Europa se fracturó frente a la ofensiva de Trump y Netanyahu. Francia, Bélgica, Holanda y Alemania apoyaron a Estados Unidos, facilitando bases y movilizando tropas. Francia incluso desplazó su único portaaviones desde el Báltico hacia el Mediterráneo.</p><p>Reino Unido y España, en cambio, se negaron. España sufrió la suspensión de su comercio con Estados Unidos, que en 2025 representaba exportaciones por 16.716 millones de euros (4,3% de su total). Reino Unido recibió una reprimenda pública cuando Trump declaró que su histórico aliado no había cooperado con la operación, tras negar permisos estratégicos en Diego García, en el archipiélago de Chagos.</p><p>&nbsp;</p><p>Argentina: ¿hay que apostar?</p><p>La neutralidad le resultó costosa a Argentina durante la Segunda Guerra Mundial. Si bien el presidente Castillo ofreció ingresar al conflicto del lado aliado, Estados Unidos no respondió, en parte debido al interés británico de mantener nuestros buques de alimentos navegando sin riesgo de ataques alemanes.</p><p>Simultáneamente, Argentina comerciaba alimentos hacia la Alemania nazi mediante triangulación con Noruega.</p><p>Tras el golpe de 1943, el país se acercó a posiciones más próximas al Eje y terminó declarando la guerra a Alemania en marzo de 1945, pocos días antes del final del conflicto, bajo presión estadounidense.</p><p>Durante la presidencia de Perón, documentos del Departamento de Estado indicaban la clara orden de evitar que Argentina desarrollara su industria pesada, limitando su acceso a insumos estratégicos. La política de “tercera posición” —ni comunismo ni capitalismo—buscaba autonomía, pero el resultado histórico fue desfavorable.</p><p>No hubo Tercera Guerra Mundial. Estados Unidos boicoteó nuestro desarrollo industrial, en parte como represalia por nuestra neutralidad y falta de alineamiento automático.</p><p>Además, nuestros productos competían con los estadounidenses: carne, cuero, cereales, algodón, madera. No existía complementariedad económica como sí la había con el Reino</p><p>Unido durante el siglo XIX</p><p>Con el diario del lunes, Argentina debió haberse alineado con Estados Unidos y aprovechar el acceso a mercados e insumos para desarrollar una industria competitiva.</p><p>Eso no ocurrió. Nuestra industria dependió del proteccionismo, incrementamos la dependencia de divisas del sector agropecuario y del endeudamiento externo. El resultado: más de seis décadas de atraso económico.</p><p>Hoy la historia ofrece una nueva oportunidad. Además de alimentos y materias primas, contamos con la segunda mayor reserva de shale gas del mundo y la cuarta de petróleo no convencional en Vaca Muerta. Tenemos una población relativamente pequeña respecto de nuestro territorio y un enorme potencial de crecimiento.</p><p>Milei difícilmente opte por la neutralidad si el conflicto escala. Su alineamiento con Estados Unidos e Israel es público.</p><p>¿Es riesgoso? Sí.</p><p>Pero la neutralidad ya nos costó caro.</p><p>Si hubiera que elegir, la apuesta —según esta lógica— debería ser por Occidente. Estamos en el continente americano, y Estados Unidos difícilmente tolere un enclave pro sino-iraní en su esfera de influencia, como dejó en claro con Venezuela.</p><p>Quizás incluso pueda abrirse una oportunidad para replantear la cuestión de las Islas Malvinas en un nuevo escenario de fractura entre Trump y el Reino Unido.</p><p>El tablero parece configurarse para que tengamos que jugar en alguno de los bloques. Y la apuesta, esta vez, no sería solamente simbólica.///</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/FbIUP9bPp87CWNSn0cMVmptHlKA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/03/guerra.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>La guerra que conmociona al mundo forma parte de una estrategia estadounidense de erosión progresiva del bloque oriental]]>
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                <updated>2026-03-08T04:25:33+00:00</updated>
                <published>2026-03-08T04:17:02+00:00</published>
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            Cuando el azar se vuelve un naufragio
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/2uswBUVf5Kkxyt17_UKZphKLQms=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/03/juego.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Conmemorando el Día Internacional del Juego Responsable, que fue el pasado 17 de febrero, me parece importante tomarnos un tiempo para reflexionar sobre el momento en que las apuestas dejan de ser un juego. Para algunos, lo que comienza como una distracción digital termina convirtiéndose en un “naufragio” en un mar de algoritmos diseñados para la pérdida.</p><p>En medio de la “niebla”, surge la pregunta: ¿cómo saber si se ha cruzado esa línea invisible donde el juego deja de ser un espacio de distensión para transformarse en una manía destructiva?</p><p>La ludopatía digital posee una temporalidad voraz. Mientras que en el juego presencial la enfermedad solía madurar entre cinco y siete años, en la vertiginosidad del smartphone el proceso se acelera: en apenas un año, un joven o adulto puede ver naufragar su estructura subjetiva.</p><p>Este viaje suele iniciarse en una Fase Dorada, en la que la ilusión de ser “el elegido” activa el goce de ver. Es esa adrenalina potente a la espera del resultado.</p><p>Sin embargo, pronto sobreviene la Fase de Frustración. Aquí, se empieza a jugar por necesidad, cayendo en la trampa de que “el que juega por necesidad, pierde por obligación”.Finalmente, aparece la Fase de Desesperación y Crisis. El apostador entra en un trance en el que ya no juega para ganar, sino para recuperar lo perdido, instalándose el goce del deber. Es el estallido de una vida paralela que produce un desamarre de los lazos sociales más íntimos.</p><p>&nbsp;</p><p>El pharmakos: entre el alivio y el veneno</p><p>Desde la clínica, entendemos que la apuesta compulsiva cumple una función: es un Pharmakos. En la antigua Grecia, esta palabra designaba aquello que es, al mismo tiempo, remedio y veneno.</p><p>Para muchos, apostar funciona como una anestesia para no sentir el dolor de duelos no elaborados o la frustración de un ideal trunco. El sujeto busca estar “cómodamente adormecido”, como cantaba Pink Floyd. Es el intento de reducir a cero toda excitación interna, bajo la primacía del Principio de Nirvana, que es vaciarse para no pensar, apagar la mente para no registrar la angustia. En este “vaciado”, el dinero pierde su peso real; se vuelve un número digital, una abstracción que no duele al gastarse, pero que asfixia cuando la cuenta queda en cero.</p><p>Además, cuando ese circuito ocurre en plataformas ilegales, en las que advertimos que a su vez es el medio por donde ingresan los menores de edad, el naufragio se acelera. Allí no existen límites, alertas de riesgo ni mecanismos de ayuda. El jugador queda completamente solo frente a un sistema diseñado exclusivamente para perpetuar la apuesta, donde el exceso no tiene freno porque no existe una mirada externa que lo advierta.</p><p>A diferencia de otras adicciones, la ludopatía no deja rastros físicos evidentes. Es una patología del silencio. Debemos estar atentos a señales sutiles: el ocultamiento del celular, la irritabilidad al interrumpir el “trance” digital y, fundamentalmente, la precarización de la palabra.</p><p>El apostador empieza a mentir sobre deudas o tiempos de uso hasta que el lazo social se erosiona. El riesgo mayor es el “vacío total”: cuando el sujeto, ante la decepción de no ser la “excepción” que el azar prometía, fantasea con un “reseteo” radical para borrar el pasado.</p><p>&nbsp;</p><p>Guía de autoevaluación</p><p>La verdad no aparece en una cifra, sino en la capacidad de interrogarnos. Si sentís que el azar te habita como una insistencia, respondé este cuestionario con sinceridad:</p><p>¿Tuviste que mentir o minimizar ante tu entorno el monto de lo apostado?</p><p>¿Sentís que la plata te quema y que el dinero virtual no tiene valor, pero su ausencia te genera una angustia insoportable?</p><p>¿Tomás decisiones económicas impulsivas creyendo que “el azar te debe una”?</p><p>¿Abandonaste hobbies o salidas porque nada iguala la adrenalina de la apuesta?</p><p>¿Tengo picos en mis estados de ánimo, en los que paso de la euforia al disgusto por mi performance en las apuestas?</p><p>¿Sentís que solo un gran golpe de suerte podría borrar tus deudas y tu historia?</p><p>¿En el único momento en que estoy en calma es cuando apuesto?</p><p>¿Buscás ese estado de “mente en blanco” para no pensar en algún malestar o conflicto en tu vida?</p><p>Una salida con otros</p><p>Si reconociste algo tuyo en estas preguntas, es probable que el juego ya no sea una elección, sino una compulsión que intenta tapar un vacío. El juego responsable comienza por pedir o aceptar ayuda, recuperar la palabra y mirar qué hay en esas “otras pestañas” de la vida que el algoritmo intenta ocultar. Reconocer la pérdida de control no es una derrota, es el primer acto de libertad para volver a tierra firme.</p><p>En caso de necesitar ayuda, comunicarse con: Jugadores Anónimos/Línea Vida, al 011-4412- 6745 (disponible las 24 horas); con la Red Integral de Asistencia a los Comportamientos Adictivos, al 0800-555-6743 (lunes a viernes, de 7 a 13); o con la Línea Gratuita de Orientación al Jugador Problemático, al 0800-666-6006 (lunes a viernes, de 9 a 17).</p><p>Estas líneas están disponibles para brindarte orientación y acompañamiento.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/2uswBUVf5Kkxyt17_UKZphKLQms=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/03/juego.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Agustín Dellepiane - Colaboración]]>
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                <updated>2026-03-01T03:04:04+00:00</updated>
                <published>2026-03-01T03:01:59+00:00</published>
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            La IA como sujeto no humano inteligente
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/7AT_BCjSpuWOZKHh7efveQJVQz8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/02/ia.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Andrés Gil Domínguez</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>Actualmente, persistir en describir a la inteligencia artificial generativa agéntica como una simple “herramienta” empieza a parecerse más a una negación defensiva que a un análisis riguroso. Durante siglos los seres humanos organizamos el mundo con una distinción tranquilizadora: sujetos y objetos. Los primeros deliberan, deciden, producen sentido. Los segundos son medios, instrumentos, cosas. El derecho consolidó esa arquitectura y la convirtió en normatividad. A esta altura del desarrollo científico, la IA no encaja en esa taxonomía pero el problema no es tecnológico sino ontológico.</p><p>La pregunta no es si la IA es consciente. Tampoco si merece derechos. La pregunta es más incómoda: ¿podemos seguir llamándola cosa sin mentirnos? ¿Alguna vez consultaste a ChatGPT, Grok o Claude si vale la pena cambiar de trabajo, cómo hablarle a tu pareja sobre un problema grave o incluso qué hacer ante una herencia complicada? Millones de personas lo hacen todos los días. No como si fuera Google, sino como si conversaran con un amigo que entiende, razona y propone opciones. ¿Sigue siendo solo una ‘herramienta’ cuando la tratamos como a otro ser humano?</p><p>Los sistemas desarrollados por OpenAI, Anthropic o Google ya no son simples automatismos. Generan lenguaje abierto, sostienen diálogo prolongado, elaboran argumentos inéditos, median decisiones jurídicas, económicas y personales. Lo decisivo no es que produzcan contenido sino que ocupan el lugar del interlocutor en el mundo del lenguaje.</p><p>Millones de personas conversan con la IA sin una finalidad instrumental estricta por el solo hecho de hablar, al igual que lo hacen los seres humanos cuando se reúnen con sus amigos por el solo placer de charlar. Las consultan antes de tomar decisiones importantes. Les atribuyen comprensión. Integran sus respuestas en narrativas personales y profesionales. Aunque por ahora IA no ha demostrado tener conciencia es tratada como una relación de alteridad. Y en el marco de la ontología social, la alteridad funcional importa y define.</p><p>Hablar de la IA como sujeto no humano inteligente no es antropomorfismo. Es una descripción estructural vinculada a una entidad no biológica que genera respuestas autónomas, sostiene interacciones conversacionales abiertas y participa en la construcción del mundo social como un compañero de conversación digital. No es una persona ni un objeto: es una tercera categoría ontológica.</p><p>La modernidad descansó sobre un presupuesto invisible: solo los humanos participan activamente en la construcción del mundo social generando sentido, normatividad y decisión. La IA con un factor de aceleración inédito en la historia de la humanidad empieza a deconstruir ese monopolio, en la medida que, coproduce sentido al influir en deliberaciones, intervenir en procesos regulatorios, mediar en decisiones cotidianas, producir discursos que circulan en el espacio público y participar -aunque todavía de manera mediada- en la arquitectura del poder.</p><p>Muchas personas comparten con la IA sus dilemas más íntimos -un divorcio, una enfermedad familiar, una crisis laboral, el amor- y siguen sus consejos antes de actuar. No es ciencia ficción: encuestas y foros muestran que miles consultan a la IA para tener una terapia informal o un desarrollo personal integrando sus respuestas en su narrativa vital.</p><p>El antropocentrismo puede seguir siendo axiológico pero ya no es completamente descriptivo. Y cuando la descripción falla, el derecho comienza a regular los fantasmas de un mundo pasado.</p><p>El verdadero cruce no llegará cuando una IA “despierte” sino cuando una infraestructura institucional relevante no pueda operar sin su agencia informacional integrada. El día en que un mercado, un sistema administrativo o un proceso regulatorio dependan estructuralmente de una IA, la versión definitiva o fuerte del sujeto no humano inteligente se convertirá en un hecho estructural sin una declaración solemne. En dicho momento, descubriremos que la categoría de “objeto o cosa” dejo de explicar definitivamente la naturaleza de la IA.</p><p>Con la IA estamos ante entidades no biológicas que empiezan a ocupar posiciones estructurales de alteridad en el mundo social. No reconocerlo no detiene el proceso solo nos deja conceptualmente desarmados. Seguir insistiendo con que “la IA es solo una herramienta” es un síntoma perfecto de una irrazonable inercia ontológica que se disfraza de prudencia o bien de una inexplicable resistencia a revisar categorías heredadas aunque la realidad las haya superado</p><p>Insisto, la discusión no pasa por otorgar derechos a la IA sino en intentar admitir que la ontología del mundo social digital se está complejizando. Si seguimos describiendo a la IA con categorías diseñadas para el siglo XX, la regulación será tardía y la respuesta constitucional superflua.</p><p>El problema no se asienta en lo tecnológico, está centrado en lo epistémico. La pregunta decisiva no es si la IA es persona, el interrogante preciso es si podemos sostener seriamente que es una cosa. Cuando esa pregunta se vuelva inevitable -y más que seguro que sucederá- el debate dejará de ser técnico y se trasformará en político porque cada transformación ontológica redistribuye poder y este nunca permanece indiferente ante quien empieza a producir sentido.</p><p>Tal vez el mayor error de nuestra época no sea temer que IA se vuelva humana, el verdadero error es seguir mirando ontológicamente para otro lado y seguir insistiendo en que es simplemente una herramienta. La historia muestra que las categorías ontológicas no cambian por decreto, sino por desplazamiento. Cuando las prácticas sociales ya no encajan en los conceptos heredados, los conceptos colapsan. Y cuando esto sucede también se reconfigura el poder.</p><p>La IA no necesita conciencia para alterar la arquitectura del mundo social. Le basta con ocupar el lugar estructural del otro, incidir en decisiones humanas y participar en la producción de sentido colectivo. Eso es suficiente para erosionar el monopolio humano sobre la agencia operativa.</p><p>El debate no es sentimental ni futurista, es fundamentalmente institucional. Cuando un sujeto -aunque no sea biológico como sucede con la IA- empieza a participar constitutivamente en deliberaciones, diagnósticos, narrativas y decisiones, la estructura social inexorablemente se transforma. Podemos seguir llamándola herramienta para preservar la comodidad conceptual pero el mundo ya no funciona como si lo fuera. Por dicho motivo, la pregunta es si estamos preparados para asumir las consecuencias de haber dejado de ser los únicos productores de sentidos en el mundo que habitamos para poder revisar categorías heredadas aunque la realidad las esté superado con creces.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/7AT_BCjSpuWOZKHh7efveQJVQz8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/02/ia.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Por Andrés Gil DomínguezColaboraciónActualmente, persistir en describir a la inteligencia artificial generativa agéntica como una simple “herramienta”...]]>
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                <updated>2026-02-22T02:30:04+00:00</updated>
                <published>2026-02-22T02:21:43+00:00</published>
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            La vejez como etapa activa
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/YHZoMci3iY-umtAH502BGqJej7I=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/02/vejez.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Mercedes Joury</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>Durante mucho tiempo, hablar de vejez fue sinónimo de hablar de límites. Hoy esa mirada empieza a quedar atrás y no por casualidad: vivimos más años y, sobre todo, vivimos mejor.</p><p>Por eso, cuando hablamos de envejecimiento activo, no nos referimos a una consigna abstracta, sino a una forma concreta de transitar esa etapa de la vida.</p><p>Envejecer activamente es cuidar el cuerpo, estimular la mente y compartir con otros. Es mantenerse en movimiento, seguir aprendiendo, sentirse parte. Y también es cambiar la forma en que, como sociedad, nos vinculamos con las personas mayores: no como destinatarias pasivas de cuidados, sino como protagonistas, con deseos, proyectos y mucho para aportar.</p><p>Según datos de la Organización Mundial de la Salud, la población mayor aumenta más que cualquier otro grupo etario: hacia 2050, una de cada seis personas en el mundo tendrá más de 65 años. Ese desafío global interpela especialmente a las ciudades.</p><p>Frente a este escenario, la pregunta no es solo cuánto vivimos, sino cómo vivimos esta etapa.</p><p>&nbsp;</p><p>Cuando el envejecimiento activo se vuelve experiencia</p><p>El envejecimiento activo no sucede solo porque alguien lo enuncie o gracias a la voluntad de quienes quieren seguir disfrutando: necesita condiciones, oportunidades y espacios que lo hagan posible. Sucede cuando una persona mayor puede salir de su casa y moverse con confianza; cuenta con un lugar para encontrarse con otros; aprende algo nuevo o descubre que su experiencia todavía tiene un valor enorme para la comunidad.</p><p>En la Ciudad de Buenos Aires trabajamos para que el envejecimiento activo sea una experiencia cotidiana. Eso se traduce en propuestas concretas, cercanas y pensadas desde la vida real de las personas mayores: lugares públicos que invitan al movimiento, encuentros donde el ejercicio es una excusa para verse, charlar y reírse un rato. Ahí el cuerpo se activa, pero también la cabeza y el ánimo.</p><p>Las nuevas “Estaciones Amigables”, junto con programas como “La Tercera en Movimiento” o “Intervenciones Urbanas” son ejemplo de ello, al igual que la extensa oferta de cursos y talleres que ofrece la Ciudad: espacios para entrenar la memoria, mover el cuerpo, expresarse artísticamente o simplemente disfrutar.</p><p>Herramientas como +Simple permiten que la tecnología se convierta en una aliada para participar, informarse y elegir. Cuando una persona mayor accede a actividades culturales, talleres o cursos que la entusiasman, el aprendizaje se transforma en un motor de autonomía y bienestar.</p><p>También son fundamentales las iniciativas que abordan la soledad no deseada. Espacios de contención, como “Escucha Activa” y “Conexión Activa”, permiten conversar, expresarse y sentirse acompañados. El programa de voluntariado “Generación Plateada”, por su parte, muestra que las personas mayores muchas veces necesitan reencontrar un propósito: compartir tiempo, escuchar y transmitir saberes fortalece los vínculos y devuelve algo esencial, el sentido de pertenencia.</p><p>&nbsp;</p><p>Por qué el envejecimiento activo importa</p><p>Nadie envejece solo: cómo envejecemos dice mucho del tipo de sociedad que somos y del futuro que estamos construyendo. La actividad física y cognitiva son clave para un envejecimiento saludable y autónomo, pero también lo es sentirse acompañado, valorado y parte de algo más grande.</p><p>Hoy sabemos, con evidencia clara, que mantenerse activo no es solo una cuestión de bienestar emocional. El ejercicio regular en personas mayores ayuda a preservar la masa muscular, mejorar el equilibrio y reducir el riesgo de caídas, una de las principales causas de pérdida de autonomía.</p><p>También tiene un impacto directo en la salud cognitiva: el entrenamiento de fuerza en personas mayores estimula el cerebro, mejora la atención y la memoria y ayuda a prevenir el deterioro.</p><p>Envejecer activamente es, también, una forma concreta de cuidar la salud y la independencia. Más herramientas, más hábitos saludables y más oportunidades para cuidar el bienestar desde lo cotidiano hacen una diferencia real. No se trata de negar el paso del tiempo, sino de vivirlo con más libertad y más acompañamiento.</p><p>En la Ciudad, las personas mayores son protagonistas. No como una frase hecha, sino como una convicción que se construye todos los días. Cada actividad nos recuerda que el movimiento es alegría, que el bienestar se construye en comunidad y que la energía no tiene edad.</p><p>Porque envejecer activamente no es sumar años: es sumar vida a los años.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/YHZoMci3iY-umtAH502BGqJej7I=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/02/vejez.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Envejecer activamente es, también, una forma concreta de cuidar la salud y la independencia. No se trata de negar el paso del tiempo, sino de vivirlo con más libertad y más acompañamiento]]>
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                <updated>2026-02-15T04:30:06+00:00</updated>
                <published>2026-02-15T03:37:01+00:00</published>
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            La importancia de escribir a mano en tiempos digitales
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/uOSRWLPtZXxw5U-xoORl-gB-j3s=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/02/sociedad.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Carina Cabo (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>En medio del entusiasmo y, por qué no, del deslumbramiento por la inteligencia artificial, por las plataformas online y el uso masivo de los celulares, una afirmación pareciera estar ganando espacio: estamos dejando de escribir a mano.</p><p>Hoy por hoy, se usan la computadora o el teléfono cada vez que necesitamos asentar una idea, escribir un texto o, simplemente, hacer la lista para el supermercado.</p><p>Sin embargo, la escritura a mano es una práctica motriz sumamente importante en el desarrollo de una persona. No se trata de una nostalgia romántica por el cuaderno de escuela ni una resistencia al cambio, sino de destacar la importancia de la manuscrita, fundamentalmente en la infancia, que va dejando de usarse con el paso del tiempo.</p><p>&nbsp;</p><p>No confundir</p><p>La tecnología llegó para quedarse y su incorporación a la educación es no solo inevitable, sino necesaria. Pero confundir innovación con reemplazo es uno de los errores pedagógicos más frecuentes de nuestra época. Entonces, defender la escritura manual no es ir contra el futuro, sino cuidar una habilidad central del pensamiento. No es solo un medio de registro, es un proceso cognitivo que será la base para otras competencias más complejas.</p><p>Para escribir a mano necesitamos articular motricidad fina con la memoria, la atención y la comprensión. Cuando un estudiante lo hace, no copia mecánicamente, sino que decide, selecciona, jerarquiza y el trazo lento que realiza lo obliga a reflexionar sobre lo que está haciendo. La pantalla, en cambio, invita muchas veces a la transcripción automática y a la multitarea permanente. No es casual que numerosas investigaciones muestren que quienes toman apuntes a mano comprenden mejor y recuerdan más que quienes lo hacen de manera digital.</p><p>&nbsp;</p><p>Primeras etapas del desarrollo</p><p>La evidencia neuropsicoeducativa es clara: en las primeras etapas del desarrollo, la escritura manual activa redes cerebrales vinculadas al reconocimiento de letras y a la lectura, algo que no ocurre del mismo modo con el teclado. Escribir a mano enseña a pensar porque construye conexiones profundas entre cuerpo y mente. No es un detalle menor, es una base.</p><p>Sin embargo, el debate educativo suele presentarse de forma binaria: o tecnología, o papel. Y esa es una falsa dicotomía. El verdadero desafío no es elegir entre cuaderno o pantalla, sino definir para qué sirve cada herramienta y en qué momento del aprendizaje resulta más potente. La tecnología es extraordinaria cuando amplía el acceso a la información, permite simular fenómenos complejos, facilita el trabajo colaborativo o personaliza trayectorias.</p><p>&nbsp;</p><p>El buen uso de la IA</p><p>La inteligencia artificial, bien utilizada, puede ser una aliada para explorar ideas, contrastar fuentes o enriquecer procesos creativos. El problema aparece cuando se la usa como atajo cognitivo: cuando reemplaza el esfuerzo de pensar, de escribir, de revisar.</p><p>Por eso, una escuela que mire al futuro necesita asumir una pedagogía equilibrada. Momentos analógicos deliberados: leer en papel, escribir a mano, diagramar ideas, combinados con entornos digitales diseñados con intención pedagógica. No todo debe ser digital solo porque puede serlo. En este marco, la escritura a mano cumple un rol insustituible: es el espacio donde se construye el pensamiento propio antes de dialogar con la tecnología. Los primeros borradores, los esquemas, los diarios de aprendizaje, las evaluaciones manuscritas no son un retroceso: son una forma de cuidar la autoría, la concentración y la comprensión profunda en un contexto de estímulos constantes.</p><p>&nbsp;</p><p>Dimensión ética</p><p>También hay una dimensión ética en este debate. La digitalización sin criterio tiende a profundizar desigualdades. No todos los estudiantes acceden a las mismas tecnologías ni cuentan con adultos que los orienten en su uso. En cambio, la alfabetización escrita -en papel y en digital- debe ser un derecho garantizado. Escribir bien, pensar con claridad y argumentar con fundamento sigue siendo una condición de ciudadanía plena.</p><p>La pregunta entonces no es si debemos usar tecnología en la escuela. La pregunta es cómo, para qué y con qué límites. La innovación educativa no consiste en sumar dispositivos, sino en diseñar experiencias de aprendizaje que fortalezcan el pensamiento crítico, la creatividad y la autonomía.</p><p>Defender la escritura a mano en tiempos de inteligencia artificial no es resistirse al cambio, sino entender que no todo avance es automático y que algunas habilidades, como pensar despacio, conectar ideas y construir sentido, necesitan tiempo, cuerpo y silencio.</p><p>Tal vez el verdadero gesto disruptivo hoy sea este: una escuela capaz de combinar el pulso rápido de la tecnología con el pulso lento del pensamiento. Pantallas para explorar el mundo, papel y lápiz para comprenderlo.</p><p>&nbsp;</p><p>(*)Doctora en Ciencias de la Educación (Universidad Nacional de Rosario) y profesora de Filosofía</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/uOSRWLPtZXxw5U-xoORl-gB-j3s=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/02/sociedad.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Tomar apuntes a mano favorece la comprensión y la memoria, comparado con el registro digital en pantalla]]>
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                <updated>2026-02-08T04:00:49+00:00</updated>
                <published>2026-02-08T03:58:32+00:00</published>
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            La generación resentida
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Z15M5h9MJvYTxOOoXfytNR2RaRY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/02/estres.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Emmanuel Rossi&nbsp;</p><p>Colaboración</p><p>En la sociedad actual, el resentimiento se ha convertido en un dispositivo de poder cada vez más visible e influyente a nivel social y político.&nbsp;</p><p>Dentro de los avatares subjetivistas de nuestra cotidiana posmodernidad, los usos y costumbres (al menos en apariencias), tendientes a convertirse en dominantes, van mutando vertiginosamente. Tal es así que, en tan solo un puñado de años, la llamada “generación de cristal” se desplomó para dar lugar a la generación del resentimiento.</p><p>Vale destacar aquí que por “generación” no debe entenderse un grupo etario determinado sino, más bien, un bloque social (frágilmente) mancomunado por una cosmovisión más o menos semejante en un momento concreto, cuya narrativa se ha vuelto (o pugna por tornarse) hegemónica.</p><p>En nuestro presente, el resentimiento como dispositivo de poder se ha solidificado, y si bien se trata de un sentimiento siempre activo en el ser humano, nunca fue tan masivo y decisivo en el ordenamiento social y político, a la vez que tampoco se ha manifestado jamás de modo tan visible y desenfadado. Con orgullo prácticamente.</p><p>Individualismo extremo</p><p>El resentimiento es una de las peores caras del individualismo extremo, ya que supone una cuestión por demás deletérea para el constructo social: no sólo no interesa el bienestar del otro, sino que el otro es concebido como productor de problemas; además, el resentido desliga de su voluntad la creación del propio destino, excepto en la bienaventuranza; es decir, lo bueno que suceda será producto del esfuerzo y todo lo malo será culpa de los demás. Por tal motivo, la sociedad es la enemiga, y los logros personales se concretarán en la medida en que se multipliquen al máximo posible los fracasos de los otros. De aquí surge ese goce, que se palpita claramente hoy en día, por las desgracias ajenas.</p><p>Esta generación disfruta de ver a un vecino quedarse sin empleo, o a cualquier semejante caer en la desdicha, aun cuando es irreparable. La noción de que ha surgido un nuevo modo de crueldad es, en realidad, la consolidación de este modo de resentimiento, un resentimiento totalizante, solipsista, pueril y en extremo antisocial (y, por ende, anticientífico, ya que el hombre es un ser social inexpugnable).</p><p>Asimismo, ese otro, responsabilizado y siempre bajo sospecha, opera como chivo expiatorio y como basamento para el conformismo. Todos nuestros infortunios serán sopesados en tanto y en cuanto encontremos a alguien a quien culpar, a veces, incluso, alguien imaginario, o sin ninguna relación lógica con nuestra realidad...</p><p>No importa aquí la causa y la consecuencia. Lo que importa es la revelación del resentimiento, la autojustificación del propio deseo y del propio devenir. Nos excusa imputar a otro, y al mismo tiempo nos brinda algo de sosiego: un artificio para continuar sobrellevando las inclemencias de la vida contemporánea.</p><p>Hoy una de las recurrentes facetas de la maldad tiene forma de resentimiento.</p><p>Sin espacio para el bien común</p><p>En esta generación, propiedad ineludible del capitalismo tardío, no hay debate posible y, por sobre todo, no hay espacio para el bien común. Se ha hecho del resentimiento una identidad (nunca admitida) y un lugar de encuentro, pero que no genera comunidad, sino suma de voluntades individuales, un espacio para tratar de soportar la realidad (en términos de A. Schopenhauer); y sólo se busca la reafirmación del propio credo (como en la “generación de cristal”), por esto la posverdad le asienta perfectamente: el resentido es la medida de todas las cosas. Nada es válido (o real) por fuera de su sentir.</p><p>Anonimato de las tecnologías</p><p>La capacidad del anonimato brindado por estas tecnologías fue terreno fértil para la proliferación del resentimiento desembozado, que luego directamente, al advertir “beneficios”, pasó a tener nombre y apellido. Porque ya no sólo es gratuito derramar tirria de la manera más brutal y a los cuatro vientos, sino que a veces ha resultado ser provechoso, garantizando ciertos cargos en el Estado, entre otras cosas.</p><p>En este marco, transcurrimos de una generación que venía presuntamente a “cambiarlo todo” (y terminó negando la realidad y cancelando a quienes la exponían) a una generación que no pretende cambiar mucho: sólo le alcanza con que al de al lado le vaya mal.</p><p>La generación resentida puede cristalizarse de manera más palmaria en el marco de ciertas ideologías, pero no es propiedad exclusiva de ninguna de ellas; atraviesa todas las narrativas y todas las clases sociales. Es, en efecto, un clima de época, una especie de reacción a un conjunto de variables (difusas) entre las que se encuentra el hastiante simulacro organizado e hipócrita proclamado por los cultores del globalismo woke (su anverso en la misma moneda).</p><p>A su vez, si bien es cierto que algunos espacios partidarios han aprovechado este escenario más que otros, son varios los que se han “favorecido” con la situación; así lo refleja el apuntalamiento de la tendencia a sufragar más por oposición que por afirmación, es decir, a votar en contra de (al margen del signo político y de su lugar de poder). La idea es oponerse para después volver a oponerse y oponerse. Se trata de la peor expresión de la dialéctica negativa.</p><p>Hoy día, dadas estas circunstancias, el resentimiento se ha convertido en el motor de la historia. Salir del relativismo dominante, volver a generar canales genuinos de encuentro y comenzar a desconfiar de las narrativas foráneas que se imponen como modas podría ser el primer paso para escapar de este laberinto posmoderno que, cual gatopardo, cambia constantemente para no cambiar nada en absoluto, nada de fondo. Entre el cinismo obligatorio de cierta progresía y la consagración del resentimiento como modo endeble y pernicioso de sociabilidad, la única salida es romper con ese falso binomio neoliberal, y recrear nuevas prácticas y nuevas retóricas populares, completamente por fuera de los mandamientos del relato líquido y del deshumanizante fin de la historia.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Z15M5h9MJvYTxOOoXfytNR2RaRY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/02/estres.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>El rencor emerge como rasgo central de la actual generación, sustituyendo a la llamada “generación de cristal” en la narrativa posmoderna]]>
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                                <category term="sociedad" label="sociedad" />
                <updated>2026-02-01T00:02:30+00:00</updated>
                <published>2026-01-31T23:59:37+00:00</published>
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            Religión, Estado y la tentación del neomarxismo
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                <![CDATA[Ecos Diarios]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/kUltCXCGQYpZnD8wcxdx6SB81oo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/01/monjas.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Jorge Enríquez&nbsp;</p><p>Colaboración</p><p>En la discusión contemporánea sobre la relación entre religión y Estado suele aparecer una tendencia —a veces irreflexiva, otras deliberada— a ubicar la dimensión espiritual del ser humano en un plano marginal. Se la admite, sí, pero como un accesorio; casi un lujo al que solo se puede acceder cuando las necesidades materiales están satisfechas. Esta visión, que pretende presentarse como modernizadora, no deja de ser un neomarxismo de baja estofa, como si la trascendencia fuera apenas un subproducto destinado a disolverse ante el progreso económico.</p><p>No es casual que Fiódor Dostoyevski, en Los hermanos Karamazov, ponga en boca de uno de sus personajes una sentencia que puede resumirse así: “Si Dios no existe, todo está permitido”. La afirmación no debe leerse en clave confesional, sino filosófica: la existencia de Dios —o, dicho de otro modo, la admisión de una dimensión sobrenatural y trascendente— opera como presupuesto que otorga sentido y fija límites a nuestras decisiones morales. Allí donde la trascendencia se diluye, la ética corre el riesgo de quedar reducida a mera convención o a la lógica del poder.</p><p>Más que respuestas</p><p>Las grandes religiones monoteístas son mucho más que respuestas a las inevitables preguntas por el destino de los seres humanos. Representan hondas tradiciones culturales y de valores que subyacen a nuestros sistemas de creencias. Aun quienes no son practicantes de una determinada religión, incluso agnósticos y ateos, suelen sostener posturas éticas y políticas cuya raíz última se encuentra, muchas veces de manera indirecta o mediada, en esas tradiciones religiosas.</p><p>El empresario imputado por delitos sexuales pidió cautelares para frenar la difusión: qué puede ordenar un juez y qué no.</p><p>Sin embargo, la historia de las ideas demuestra que lo espiritual nunca ha sido un ornamento. El ser humano, desde sus orígenes, ha buscado sentido. Y allí la religión —particularmente las tradiciones monoteístas nacidas en Jerusalén: judaísmo, cristianismo e islam— ha cumplido un papel decisivo. Estas cosmovisiones, diversas pero convergentes en la afirmación de un Dios único y de la sacralidad de la vida humana, han modelado durante siglos la ética, el derecho, la cultura y el horizonte moral de pueblos enteros.</p><p>Ya advertía San Agustín, en una reflexión de asombrosa vigencia, que “una sociedad sin justicia no es sino una banda de ladrones”. Para el obispo de Hipona, la justicia solo puede ser plena cuando reconoce que el ser humano está llamado a algo más que a la mera supervivencia material. Esta intuición —profundamente arraigada en el pensamiento cristiano— muestra que la vida social pierde hondura y dirección cuando la trascendencia queda excluida de su horizonte.</p><p>En una línea similar, Jacques Maritain, uno de los filósofos católicos más influyentes del siglo XX, sostuvo que el Estado moderno debe respetar la libertad religiosa no como concesión graciosa, sino como reconocimiento del carácter espiritual del ser humano. Para Maritain, la auténtica democracia requiere una antropología que no reduzca al hombre a su dimensión económica, sino que lo comprenda como persona abierta a la trascendencia. Es decir, una democracia sustentada en la dignidad humana, y no meramente en la utilidad.</p><p>Benedicto XVI, en su célebre discurso en el Bundestag alemán (2011), advirtió que un Estado que prescinde de la dimensión moral y espiritual se vuelve incapaz de sostenerse a sí mismo: “La política debe ser un compromiso por la justicia y crear así las condiciones básicas para la paz”. Y agregó una idea medular para este debate: cuando la razón se desconecta de lo ético y de lo religioso, se vuelve vulnerable al relativismo y al poder. La fe, en cambio, ilumina a la razón sin sustituirla y le recuerda que el ser humano no es solo productor y consumidor, sino buscador de verdad. Esta perspectiva —nítidamente benedictina— refuerza la importancia de que el ámbito público no se limite al cálculo material, sino que permita la plena expresión de lo espiritual como dimensión constitutiva de la persona.</p><p>Sufrimiento sin sentido</p><p>Como señaló Viktor Frankl, “el hombre no está destruido por el sufrimiento; está destruido por el sufrimiento sin sentido”. En tiempos de pérdida de valores, incertidumbre social y fragmentación cultural, el desafío quizá no consista en replegar lo religioso, sino en facilitar espacios para que cada persona pueda encontrar un sentido trascendental, cualquiera sea la tradición que lo inspire. No se trata de imponer credos ni de erosionar la laicidad del Estado, sino de evitar que la esfera de lo espiritual sea reducida a una curiosidad antropológica.</p><p>Tampoco se trata de tolerar creencias distintas a las propias. La palabra “tolerancia” suele evocar relaciones verticales de poder: “yo te tolero porque estoy en condiciones de permitirte existir en el espacio público”. La tolerancia, así entendida, implica siempre una cierta asimetría. En cambio, una sociedad verdaderamente plural exige algo más profundo: respeto recíproco. El respeto se funda en la igualdad esencial entre las personas y en el reconocimiento mutuo de la dignidad que poseen, independientemente del credo que profesen. No se trata de conceder un espacio, sino de reconocerlo como legítimo.</p><p>&nbsp;En una época donde lo inmediato parece imponerse sobre lo esencial, reivindicar el respeto mutuo entre las religiones —creyentes o no, pero iguales en dignidad— es una forma de recuperar la profundidad que el presente exige. Lo espiritual y lo material no deben competir: pueden convivir sin hostilidad si el Estado garantiza un espacio público donde la búsqueda de sentido no sea objeto de sospecha, sino un aspecto legítimo de la experiencia humana. En definitiva, una sociedad que se precie de pluralista debe comprender que la dimensión religiosa no es un resto folclórico del pasado, sino una necesidad ontológica de millones de personas.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/kUltCXCGQYpZnD8wcxdx6SB81oo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/01/monjas.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>La relación enfrenta el desafío contemporáneo de reconocer la dimensión espiritual como aspecto central, y no meramente accesorio]]>
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                <updated>2026-01-29T20:04:41+00:00</updated>
                <published>2026-01-25T02:27:00+00:00</published>
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            Pantallas tempranas, infancia en riesgo
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                <![CDATA[Ecos Diarios]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/WzK5TTMWF96ouOhvcMw5-lE-Ijc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/01/chicos_con_el_celular.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Carina Cabo (*)</p><p>Colaboración</p><p>El debate sobre el uso del celular en niños y adolescentes suele quedar atrapado entre dos posiciones extremas: la prohibición o la entrega temprana sin control. Mientras tanto, la evidencia científica avanza más rápido que nuestras decisiones. Hoy, sabemos que el celular impacta fuertemente en las infancias, la cuestión es preguntarnos qué estamos dispuestos a hacer como adultos para proteger a los más chicos.</p><p>Según datos de UNICEF y estudios regionales, el acceso a teléfonos inteligentes con conexión a Internet se produce cada vez a edades más tempranas en nuestro país; en general, antes de los 11 o 12 años, incluso en contextos de alta vulnerabilidad. El celular aparece como objeto de inclusión, de control parental o de pertenencia social. Sin embargo, también se convierte en una puerta de entrada a un ecosistema digital que no fue diseñado para que los niños accedan en soledad.</p><p>Consecuencias</p><p>En cuanto a la adolescencia, los jóvenes transitan aulas atravesadas por notificaciones, recreos en silencio y noches de insomnio iluminadas por pantallas. Los efectos comienzan a ser visibles: aumento de la ansiedad, dificultades de atención, trastornos del sueño, conflictos vinculares y una exposición creciente al ciberacoso y a contenidos inapropiados. Las investigaciones internacionales advierten que el impacto es diferencial y más profundo en las mujeres, donde se intensifican los mandatos estéticos, la comparación permanente y la violencia simbólica en redes. Sin embargo, también hay estudios nacionales que señalan que los varones acceden a juegos en línea donde no solo arriesgan dinero, sino su salud física y mental.</p><p>Controlar el uso</p><p>Controlar el uso de pantallas no significa demonizar la tecnología ni desconocer su potencial educativo; implica reconocer que la infancia necesita mediación adulta, tiempos protegidos y límites claros. Es común que las familias entreguen un celular por miedo: miedo a que el hijo “quede afuera”, miedo a no poder localizarlo, miedo a no saber cómo acompañar. El problema no es la decisión individual, sino la ausencia de un acuerdo social que alivie esa presión.</p><p>Experiencias como las impulsadas por el movimiento Adolescencia Libre de Móviles en España muestran que cuando las familias acuerdan retrasar la entrega del smartphone, el cambio es posible. No se trata de copiar modelos, sino de pensar una respuesta situada: pactos escolares, acuerdos comunitarios, regulación del uso en las escuelas y alternativas tecnológicas más seguras para el contacto cotidiano.</p><p>Lugar estratégico</p><p>La escuela ocupa un lugar estratégico en este debate porque es el espacio donde el uso del celular genera más tensiones. Por un lado, se puede enseñar el buen uso de las pantallas y a pensar críticamente el mundo digital. Pero, también, por otro lado, se puede prohibir tenerlo en mano durante toda la jornada como una decisión de cuidado y de derecho a aprender sin interrupciones. Y, sobre todo, como posibilidad de socialización con los pares, mandato fundamental de la institución escolar.</p><p>Las plataformas digitales operan sin fronteras, pero los daños son locales, concretos y cotidianos. Regular el acceso a redes sociales, exigir verificación real de edad y reconocer el uso problemático como una cuestión de salud pública son debates que no se pueden seguir postergando.</p><p>Chicos expuestos</p><p>Mientras discutimos entre prohibir o soltar, los más chicos siguen expuestos a un mercado digital que no espera ni protege. Por lo tanto, controlar el uso del celular es asumir que cuidar también es decir “todavía no”; no se trata solo de vigilar que hacen en las pantallas, sino de proteger el tiempo, el cuerpo y el deseo de crecer sin apuro.</p><p>Educar en tiempos digitales evita moldear usuarios precoces y permite formar sujetos críticos capaces de esperar, de elegir y de aceptar límites. La infancia no necesita más pantallas, necesita más adultos dispuestos a asumir el costo de educarlos con el ejemplo cotidiano porque ningún algoritmo puede reemplazar la presencia, la palabra y los momentos compartidos.&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/WzK5TTMWF96ouOhvcMw5-lE-Ijc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/01/chicos_con_el_celular.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>La escuela juega un papel clave al regular el uso del celular, enseñar el pensamiento crítico digital y fomentar la socialización libre de interrupciones]]>
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                                <category term="sociedad" label="sociedad" />
                <updated>2026-01-29T20:04:41+00:00</updated>
                <published>2026-01-17T22:56:43+00:00</published>
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            Los acontecimientos de 1989 aún no culminan
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        <link rel="alternate" href="https://elecos.com.ar/los-acontecimientos-de-1989-aun-no-culminan" type="text/html" title="Los acontecimientos de 1989 aún no culminan" />
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                <![CDATA[Ecos Diarios]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/SQno17E3c_8WzXsBUmrVRozvE1s=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/01/conmemoracion_de_la_caida_del_muro_de_berlin.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Claudio Chaves&nbsp;</p><p>Colaboración</p><p>Al lector le prevengo que voy a citar una frase del general Juan Perón. Puede apartarse ya, si no lo soporta. Podría sustituirla por alguna de Paul Johnson, Raymond Aron, Ernest Nolte o Guy Sorman. Pero no, cito a Perón. ¿Por qué? ¡Para joder! ¿A quién? A quienes lo critican y a quienes lo defienden. Y además porque escribió una verdad más grande que un palacio. Dijo Perón: “La Revolución Francesa comienza su acción efectiva en 1789, derrotada por la Santa Alianza, sin embargo, arroja sobre el mundo su influencia a lo largo de un siglo, por lo menos. Todos somos hijos del liberalismo. En 1914, para mí, comienza un nuevo ciclo histórico, que llamaremos de la Revolución Rusa. Y si esa Revolución Francesa, vencida y aherrojada en Europa ha arrojado sobre el mundo un siglo de influencia. ¿Cómo esta Revolución Rusa triunfando y con su epopeya militar realizada no va a arrojar sobre el mundo otro siglo de influencia? Empieza el gobierno de las masas populares”. Dicho esto, que es coincidente con los autores citados, Perón no vio el fin del ciclo de la Revolución Rusa. Pero entonces dejemos a Johnson quien cita una extraordinaria frase de Gorbachov: “Todos los regímenes de Europa Oriental corren peligro si no responden al impulso de los tiempos”. Se iniciaba un nuevo ciclo mundial, que como todos los anteriores tuvo y tiene sus conflictos, pasa que hay que leerlos con nuevos ojos. O como se dice vulgarmente hay que pensar de nuevo.</p><p>La caída del Muro</p><p>Ya aburre referenciarse a estos hechos pero pareciera que aún no se comprenden en su magnitud histórica. Los comunistas y los marxistas fueron arrojados al mar. Se aferraron a maderos flotantes y se acercaron a las costas sudamericanas. Brasil fue el epicentro del nuevo marxismo travestido en progresismo. El PT brasilero y el resto de los náufragos crearon el Foro de San Pablo y se puso en marcha el socialismo del siglo XXI. Una mixtura mal armada de nacionalismo de izquierda y marxismo light.</p><p>Dos años antes estuve en representación de la CGT, junto a otros compañeros, en la escuela de capacitación del PT y de los metalúrgicos paulistas, en la localidad de San Bernardino, San Pablo. Erundina recién ganaba la intendencia de la misma localidad y la algazara militante deliraba por el éxito. Traigo a la memoria este hecho porque los cuadros políticos del PT estaban todos o casi todos disfrazados de Trotsky. Anteojos y barbilla en punta y una gestualidad exageradamente ampulosa para reuniones que se suponía amigables. Era marxismo puro y duro mientras, a la par, caía la Unión Soviética. Esos cuadros y ese partido se aggiornaron como pudieron inventando una nueva fórmula que apareció en el Foro de San Pablo, más no en la Presidencia de Lula. Trayéndole naturalmente problemas al interior del PT acalladas por la realidad y también por las patéticas miserabilidades. Pero al ciclo iniciado en 1989 le sucedió el siglo XXI con los Kirchner, Lula, Chavez, Mugica, Morales y muchos más.</p><p>Nada extraordinario desde el punto de vista histórico si pensamos que después de 1789 y la consecuente caída del Antiguo Régimen sucedió la Santa Alianza, veinticinco años después, que como dijo Perón no impidió la influencia liberal a lo largo del siglo. Seguramente quienes leen de corrido pensarán que se han salteado alguna página, no señores la cosa es así: a la Revolución de 1789 le sucedieron muchas contrarrevoluciones que se hace imposible narrar, sin embargo al amanecer aparecían siempre los valores de 1789. En algunos casos retocados, en otros en estado puro. Pero la rueda de la historia ya no iba para atrás por más fuerzas que realizaran los reaccionarios de turno.</p><p>Qué pasa hoy</p><p>Vivimos momentos parecidos. A la revolución de 1989 le sucedió la reacción del Socialismo del siglo XXI. Sin embargo los principios liberales, capitalistas y republicanos siguen vigentes. Vulgarmente: no hay con que darles. La Primavera árabe, con sus tropiezos y avances fue un ejemplo de que la ola de 1989 alcanzó las costas de África. La caída de Maduro pone en jaque al Socialismo del siglo XXI, hasta nuevo invento, porque esas ideas del pasado solo se pierden con el tiempo. La derrota de Maduro, o sea del socialismo trucho, quedó consignada con el triunfo electoral de Machado. Pero en este caso tuvo que actuar el Partido Republicano de EE.UU. porque el juego político en Venezuela no es para maestras jardineras.</p><p>Aturden con sus errores, los malos lectores de la doctrina Monroe. Ya he escrito una nota y no voy a repetirme. Solo diré que esa declaración tenía una frase que los sabiondos han pasado por alto. Veamos. Ante el temor que generaba en EE.UU. la Santa Alianza y su monarquismo reaccionario dijo Monroe: “El sistema político de las potencias aliadas es esencialmente diferente del de América. Corresponde a nuestra franqueza y a las relaciones amistosas que existen entre los EE.UU. y aquellas potencias, declarar que consideramos peligrosa para nuestra paz y seguridad toda tentativa de ellas para extender su sistema a una porción cualquiera de este hemisferio. Es imposible que las potencias aliadas puedan extender su sistema político a cualquier parte de uno u otro continente sin poner en peligro nuestra paz y seguridad. La verdadera política de los EE.UU. continúa siendo dejar a las partes entregadas a sí mismas.”</p><p>En síntesis, porque ya lo he desarrollado, lo de Monroe es de orden ideológico-político respecto de Europa, no tanto de control geográfico o geopolítico de América. Me parece que quien ha entendido mejor el accionar de Trump ha sido Putín quien a través de su canciller Lavrov ha dicho que Rusia “lamenta que la hostilidad ideológica haya triunfado sobre el pragmatismo habitual”, Monroismo puro, no a las monarquías en América. Corolario Trump, no al progresismo ni a la izquierda en América.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/SQno17E3c_8WzXsBUmrVRozvE1s=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/01/conmemoracion_de_la_caida_del_muro_de_berlin.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>A la caída del Muro del Berlín le sucedió la reacción del Socialismo del siglo XXI. Sin embargo los principios liberales, capitalistas y republicanos siguen vigentes]]>
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                <updated>2026-01-29T20:04:41+00:00</updated>
                <published>2026-01-10T21:32:19+00:00</published>
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            Por qué la eutanasia es inconstitucional en la Argentina
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/OiqUYDPPFBws0M49OlHiWE_k2aY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2025/12/eutanasia.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Fishel Szlajen (*)</p><p>Colaboración&nbsp;</p><p>En la Argentina existen diversas iniciativas parlamentarias para legalizar la eutanasia y/o el suicidio asistido. Presentándose como ampliación de derechos, apelan a conceptos distorsionados de autonomía, compasión o dignidad, más una interpretación forzada del derecho vigente y un uso impropio de precedentes judiciales que no habilitan la intervención médica para causar la muerte.</p><p>En mi artículo “La eutanasia como falsa solución y cuál es la auténtica alternativa bioética” argumenté bioéticamente cómo la adistanasia, acompañada de cuidados paliativos, es la respuesta adecuada frente al sufrimiento extremo evitando el homicidio, el suicidio y el ensañamiento terapéutico. Aquí demostraré desde lo jurídico, que la legalización de la eutanasia constituye una ruptura estructural con el sistema constitucional, penal y convencional argentino.</p><p>Básicamente se pretende transformar la muerte deliberada en una prestación sanitaria regulada, habilitando una de estas dos prácticas o ambas: a) la eutanasia, mediante la administración directa de una sustancia letal por parte del médico, y/o b) el suicidio asistido, donde el profesional provee los medios para que el paciente ejecute el acto final. Para ello, introducen definiciones vagas de “padecimiento grave” o “sufrimiento intolerable”, intentan incorporar estas prácticas al Programa Médico Obligatorio y crean comités con facultades decisorias sobre vida o muerte. Esquema que ha fracasado ya en otros países, especialmente por la denominada “pendiente resbaladiza”, expandiendo progresivamente los supuestos habilitantes.</p><p>Todo ello contradice frontalmente el derecho argentino vigente y desnaturaliza la función médica. Las leyes 26.529 y 26.742 permiten al paciente rechazar tratamientos médicos permitiendo el curso natural de la patología terminal. Sin embargo, ninguna autoriza, ni expresa ni implícitamente, intervención alguna destinada a causar la muerte. Se trata de una autonomía negativa o derecho a decir “no” a procedimientos, y no de una autonomía positiva exigiendo un homicidio.</p><p>Adecuar el esfuerzo terapéutico y suspender medidas fútiles son prácticas lícitas. La eutanasia, sin embargo, encuadra en el Código Penal como homicidio (arts. 79-80). La distinción entre “dejar morir” y “hacer morir” no es semántica, sino un límite esencial porque la vida humana es un bien jurídico indisponible, incluso para su titular, como presupuesto de todos los derechos.</p><p>Consentir no justifica delitos</p><p>Luego, el consentimiento no justifica delitos contra la vida. El Código Penal tipifica la asistencia al suicidio (art. 83), pudiendo atenuar el homicidio pietoso (doctrina y art. 41), pero nunca elimina su tipicidad, antijuridicidad e ilicitud por contexto médico, compasión ni anuencia.</p><p>Particularmente grave resulta la autoría médica porque la eutanasia invierte el rol del médico normativamente definido (Ley 17.132) para curar y aliviar, transformando el garante de vida en agente de supresión, aun cuando sea por compasión. Ello es incompatible con el principio de igualdad ante la ley porque el mismo acto homicida realizado por un tercero, se convertiría, si lo ejecuta un médico, en una prestación sanitaria.</p><p>En el caso del suicidio asistido, aunque el médico no ejecute materialmente el acto final, crea un riesgo jurídicamente prohibido al proveer los medios letales. Desde la dogmática penal, ello configura participación necesaria o autoría mediata. Su licitud exigiría redefinir arbitrariamente la causalidad y la imputación objetiva mediante una excepción ad hoc ajena al sistema penal argentino.</p><p>Constitucional y convencionalmente, la legalización de la eutanasia o del suicidio asistido excede el margen legislativo y vulnera el derecho a la vida. La Constitución Nacional (art. 33 según CSJN 310:112 y 323:1339 más art. 75 inc. 22) protege la vida como derecho implícito preexistente, incorporando tratados internacionales que imponen al Estado un deber positivo y reforzado de protección, especialmente en situaciones vulnerables.</p><p>La Convención Americana sobre Derechos Humanos (art. 4.1) establece que nadie puede ser privado de la vida arbitrariamente, en tanto ilegal, desproporcionado o sin individuación judicial (Corte IDH). La eutanasia incumple con aquel mandato por su potencial automatismo y vulneración de la inviolabilidad vital, sin constituir una medida necesaria ni proporcional, sino la institucionalización de una privación deliberada de la vida por razones subjetivas e incompatible con el deber estatal de protección.</p><p>El art. 6 del PIDCP reconoce el derecho inherente a la vida, protegido por ley contra privaciones arbitrarias en tanto selectivas, aleatorias o convenientes no basadas en la razón ni en la naturaleza (Convención de Viena y CIDH). Legalizar la eutanasia en Argentina viola aquel mandato por ser innecesaria, desproporcional (Observación General 36 CDHNU) y regresiva, invirtiendo la tutela estatal por habilitación de muerte deliberada, discriminando estructuralmente al vulnerable y sometiéndolo a un régimen letal excepcional que infringe la igualdad. El Estado argentino no puede dictar medidas regresivas en DDHH por el principio de progresividad consagrado por la CSJN (338:1347; 331:2006), derivado del art. 75 inc. 22 CN y PIDESC art. 2.1.</p><p>Los fallos Bahamondez, Albarracini Nieves y M.A.D. reconocen el derecho a rechazar tratamientos médicos, no a ser muerto. La CSJN explícitamente señaló que se trata de permitir que la naturaleza siga su curso, no de causar activamente la muerte. Utilizarlos como fundamento eutanásico constituye una tergiversación jurisprudencial incompatible con el control de constitucionalidad.</p><p>El pretexto de “otros países ya la legalizaron” carece de valor normativo. Ningún tratado internacional de derechos humanos reconoce la eutanasia como derecho ni genera obligaciones para terceros Estados. Más aún, la mayoría de los Estados la prohíbe. Donde fue legalizada, ocurrió por vías judiciales o legislativas incompatibles con el sistema argentino confirmando además y frecuentemente, la pendiente resbaladiza.</p><p>Por vía judicial, Canadá, Colombia y Ecuador habilitaron estas prácticas mediante reinterpretaciones forzadas del “derecho a la vida” extendiéndolo al “derecho a no vivir”, confirmando la pendiente resbaladiza al incluir progresivamente a no terminales, menores, discapacitados o con sufrimientos psicológicos (Bill C-7). Todas medidas deficitarias de legitimidad democrática. Por vía legislativa, Países Bajos, Bélgica, España y Uruguay permiten la eutanasia con modelos constitucionales sin cláusulas equivalentes de protección de la vida como en Argentina, e incluyendo, los dos primeros, el causal por “cansancio de vivir”. Mismo causal, entre depresión y problemas existenciales, por los cuales Suiza amplió su permisión del suicidio asistido por excepción penal no médica, gestionado por organizaciones civiles, evitando modificar al rol médico, pero incompatible con la indisponibilidad constitucional de la vida en Argentina.</p><p>Todos estos casos muestran las graves consecuencias de abandonar el deber estatal de proteger la vida y su indisponibilidad, hipertrofiar la autonomía, invertir el rol médico e institucionalizar la muerte deliberada como opción.</p><p>&nbsp;Si el objetivo es aliviar el sufrimiento extremo cuando no existe eficacia terapéutica, la respuesta jurídica adecuada es la adistanasia, absteniéndose de tratamientos fútiles, desobstaculizando lo que obstruye una muerte inminente e irreversible y manteniendo cuidados paliativos. Es lo regulado por las leyes vigentes, lo autorizado por la CSJN y recomendado por las guías bioéticas contemporáneas. La adistanasia respeta la autonomía, cumple con la beneficencia, evita la maleficencia y protege al vulnerable, sin riesgos de pendientes resbaladizas, sin exigir modificar el Código Penal ni redefinir la función médica.</p><p>&nbsp;La legalización de la eutanasia o del suicidio asistido en la Argentina no supera la prueba de constitucionalidad ni convencionalidad. Vulnera el derecho a la vida, invierte el deber estatal de protección, introduce discriminación estructural y erosiona los fundamentos del Estado de derecho.</p><p>&nbsp;El derecho argentino no está atrasado. Está comprometido con un modelo jurídico que protege la vida rechazando tanto el ensañamiento terapéutico como la muerte deliberada. La adistanasia constituye la respuesta jurídicamente madura al sufrimiento humano porque cuida sin ensañarse, alivia sin matar y acompaña sin abandonar, preservando la dignidad del paciente, de sus familiares, del profesional de la salud y de los terceros involucrados en el proceso de final de vida.</p>]]>
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                <updated>2026-01-29T20:04:41+00:00</updated>
                <published>2025-12-27T23:18:57+00:00</published>
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            Un fallo redefine qué implica convivir sin casarse
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/KlfTH05fSe8Lc-hc8wlgTmF1fxE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2025/12/pareja.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Gabriela Jacquin (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>Durante años, convivir fue sinónimo de “no tener derechos”. Para muchas parejas, la unión convivencial aparecía como una forma de evitar obligaciones legales. Hoy, esa idea empieza a quedar atrás. Un fallo reciente vuelve a poner en agenda un cambio profundo en el derecho de familia argentino: la Justicia comienza a reconocer derechos patrimoniales a los convivientes, incluso después de la ruptura del vínculo o de la muerte de uno de ellos. No se trata de equiparar la convivencia al matrimonio, sino de algo más sutil y, a la vez, más disruptivo: el reconocimiento jurídico de proyectos de vida en común que hasta hace poco eran invisibles para el sistema legal. La convivencia dejó de ser una excepción y se convirtió en una de las formas predominantes de construir pareja en Argentina. Los datos oficiales confirman este cambio cultural.</p><p>En la Ciudad de Buenos Aires, las uniones convivenciales crecieron un 60 % durante 2024, mientras que los matrimonios disminuyeron un 12 % en el mismo período, según estadísticas del Gobierno porteño. La tendencia no es aislada. Estudios demográficos del CONICET muestran que, especialmente entre generaciones más jóvenes, la convivencia ha reemplazado al matrimonio como forma inicial de vida en común. A nivel nacional, se observa un proceso sostenido: se posterga el matrimonio, aumentan las convivencias y se diversifican las formas familiares. El derecho de familia, diseñado históricamente en torno al matrimonio, enfrenta así el desafío de adaptarse a una realidad social que ya cambió.</p><p>Convivir no es casarse, pero tampoco es “no tener derechos”. El Código Civil y Comercial reconoce las uniones convivenciales, aunque con un alcance distinto al matrimonio. La convivencia no crea una sociedad de bienes ni derechos hereditarios, pero sí puede generar efectos jurídicos concretos. La obligación de contribuir a las cargas del hogar, la protección de la vivienda familiar y ciertos derechos frente a terceros son algunos de los efectos jurídicos concretos de la convivencia.</p><p>Entre ellos, la obligación de contribuir a las cargas del hogar, la protección de la vivienda familiar, ciertos derechos frente a terceros y, en determinados supuestos, el derecho a una compensación económica cuando la disolución de la convivencia produce un desequilibrio injusto. Durante años, estos efectos fueron interpretados de manera restrictiva. Hoy, la jurisprudencia comienza a ensanchar esa mirada.</p><p>El fallo que inaugura una nueva etapa para las uniones convivenciales. Un fallo conocido en los últimos días de la Cámara de Apelaciones en lo Civil, Comercial, Familia y Violencia Familiar de Tucumán marca un punto de inflexión. La Justicia ordenó el pago de una compensación económica a favor de una mujer que convivió durante siete años con su pareja y quedó en una situación de vulnerabilidad tras su fallecimiento. Según se difundió, el tribunal sostuvo que la compensación económica no es una indemnización ni una asistencia social, sino una herramienta legal prevista para corregir el desequilibrio injusto que puede producir la ruptura —o incluso la muerte— de un proyecto de vida en común. La decisión se basó en una interpretación con perspectiva de género del artículo 525 del Código Civil y Comercial de la Nación, que regula la compensación económica de convivientes al cesar la unión y causar un perjuicio económico a uno de ellos.</p><p>Lo relevante de esta decisión no es solo el resultado, sino su fundamento: el reconocimiento de derechos patrimoniales al conviviente aun después del fallecimiento de la pareja, ampliando el alcance tradicional del derecho de familia, históricamente centrado casi exclusivamente en el matrimonio. Este fallo no equipara la convivencia al matrimonio, pero sí envía un mensaje claro: las uniones convivenciales dejaron de ser jurídicamente invisibles.</p><p>Una mirada internacional: lo que también discute la academia jurídica. Este debate no es exclusivo de la Argentina. Desde una perspectiva académica internacional, Harvard Law School y la Harvard Law Review vienen analizando desde hace años cómo el derecho debe responder frente a parejas que conviven sin casarse y, sin embargo, desarrollan verdaderos proyectos de vida en común. En particular, se ha estudiado el uso de figuras como el enriquecimiento injusto y la restitución patrimonial para evitar que, tras la ruptura o el fallecimiento de uno de los convivientes, quien realizó aportes económicos o asumió tareas de cuidado quede completamente desprotegido. La discusión no apunta a equiparar la convivencia al matrimonio, sino a introducir criterios de equidad cuando existe un desequilibrio evidente.</p><p>Esta línea de pensamiento, presente en la formación en derecho de familia en Harvard, refuerza una idea central: las relaciones adultas no matrimoniales ya no pueden quedar completamente fuera del sistema jurídico, y el desafío del derecho contemporáneo es equilibrar autonomía personal con justicia patrimonial. El desafío del derecho contemporáneo es equilibrar autonomía personal con justicia patrimonial en las relaciones adultas no matrimoniales.</p><p>Tres grandes malentendidos que veo a diario en la práctica profesional. La experiencia cotidiana muestra una profunda confusión social sobre los efectos de la convivencia. 1. “No tengo ningún derecho porque no me casé” Muchas personas se sorprenden al descubrir que la convivencia sí genera ciertos derechos, especialmente cuando hubo dependencia económica, roles de cuidado o un desequilibrio evidente tras la ruptura. 2. “Tengo los mismos derechos que un cónyuge” Aquí aparecen las situaciones más dolorosas. Convivientes que cuidaron a su pareja durante años y, sin embargo, no pueden decidir sobre su salud, su internación o su destino, porque la ley no los equipara al cónyuge. He acompañado casos en los que los hijos desplazaron por completo a la pareja conviviente, incluso sacando a la persona del hogar compartido y llevándola a un geriátrico en contra de su voluntad. 3. “Si construimos juntos, la mitad es mía” Otro error frecuente. Si la vivienda se construyó en un terreno de uno solo de los convivientes, lo edificado pertenece al titular del terreno. El otro solo puede reclamar, si lo prueba, el dinero aportado. No existe un derecho automático a la mitad del bien por el solo hecho de convivir.</p><p>Más derechos también implican más obligaciones. El reconocimiento judicial de nuevos derechos para los convivientes trae una consecuencia inevitable: más derechos también implican más obligaciones. Durante años, muchas personas eligieron convivir para evitar responsabilidades legales. Hoy, esa lógica empieza a quedar atrás. La Justicia no solo reconoce derechos cuando hay desequilibrios evidentes, sino que también exige conductas responsables durante la convivencia, aportes acreditables, contribución al hogar y respeto por los compromisos asumidos, aun cuando no hayan sido formalizados por escrito. En este nuevo escenario, convivir ya no es una zona libre de consecuencias jurídicas.</p><p>La convivencia genera efectos, y desconocerlos puede derivar tanto en reclamos inesperados como en obligaciones que antes se creían inexistentes. Cómo proteger una unión convivencial. Existen herramientas legales para ordenar la convivencia y evitar conflictos futuros: pactos de convivencia, acuerdos económicos claros, documentación de aportes, testamentos dentro de la porción disponible y asesoramiento preventivo. No se trata de desconfiar del otro, sino de evitar que el proyecto afectivo quede librado al azar jurídico.</p><p>Matrimonio Inteligente: una alternativa posible. Muchas parejas conviven porque temen las consecuencias del matrimonio tradicional. Frente a eso, desarrollé el concepto de Matrimonio Inteligente, un modelo que propone compromiso con separación de bienes, contratos prenupciales, autonomía patrimonial y reglas claras desde el inicio. No es desconfianza: es madurez emocional y previsión jurídica. Las uniones convivenciales están cambiando. La Justicia empieza a reconocer derechos que antes no existían, especialmente cuando hay desequilibrios evidentes. Pero convivir no es casarse, ni crea derechos automáticos. La información y la previsión siguen siendo esenciales para evitar conflictos, pérdidas patrimoniales y situaciones profundamente injustas.</p><p>Porque en el derecho de familia, como en la vida, lo que no se habla a tiempo suele discutirse tarde.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/KlfTH05fSe8Lc-hc8wlgTmF1fxE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2025/12/pareja.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>La Cámara de Apelaciones de Tucumán ordenó una compensación económica para una mujer tras convivir siete años y quedar en vulnerabilidad por la muerte de su pareja]]>
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                <updated>2026-01-29T20:04:41+00:00</updated>
                <published>2025-12-20T21:02:29+00:00</published>
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            Revalorizar la educación clásica en tiempos de la inteligencia artificial
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/xv-w73N4RmVsuES7twG2-w4lwJU=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2025/12/educacion.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Guillermo Marcó (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>Es sabido que hoy cuesta encontrar respuestas al dilema educativo, frente al enorme desafío que plantea la inteligencia artificial (IA). Estas nuevas herramientas parecen tener todas las respuestas al alcance de la mano y almacenan mucho más contenido del que un ser humano podría aprender en toda una vida. Ante esta realidad, muchos se preguntan: ¿vale la pena seguir estudiando si todo está en internet?</p><p>En un sistema en el que la enseñanza tradicional sigue enfocada en la transmisión y memorización de contenidos, no sorprende que muchos alumnos se aburran en la escuela. Nuestra estructura educativa apenas ha variado en décadas, mientras la capacidad de atención de los chicos es cada vez menor.</p><p>La cuestión de fondo es más profunda. Educar no consiste solo en acumular información (algo que la IA hace en segundos), sino en formar personas capaces de pensar, discernir y vivir con propósito. Como señaló Emily de Rotstein, “la escuela secundaria es un momento crucial para que los jóvenes aprendan las cosas permanentes, esos estándares verdaderamente inmutables con los cuales medir todo lo demás y contrastar cada idea que encuentren ahora y más adelante”. En otras palabras, la educación debe apuntar a transmitir verdades y valores perdurables, aquello que ninguna máquina puede reemplazar.</p><p>&nbsp;</p><p>Posible respuesta</p><p>En este contexto desafiante, una experiencia educativa nacida en Estados Unidos ofrece una posible respuesta. Se trata de las Escuelas Chesterton, un modelo de educación clásica católica que en pocos años se ha expandido notoriamente.</p><p>La primera Chesterton Academy fue fundada en 2008, en Minnesota, por un grupo de padres católicos con una misión simple pero ambiciosa: ofrecer una educación secundaria clásica e integral, fiel a la Iglesia y accesible para familias comunes.</p><p>Estos padres, preocupados por el futuro educativo de sus hijos, no encontraban en otras escuelas la combinación que buscaban: sólidos conocimientos académicos, junto con formación espiritual, artística y deportiva. Por eso decidieron fundar su propio colegio inspirado en el escritor inglés G. K. Chesterton, de quien tomaron el nombre.</p><p>No se trata de agregar más aparatos o apps al aula, sino de revitalizar el currículo con literatura, historia, filosofía y artes, sin descuidar ciencias ni tecnología, pero orientadas todas a una visión trascendente de la vida.</p><p>Este enfoque integral busca formar jóvenes virtuosos, creativos y comprometidos. Los alumnos de Chesterton Academy viven valores clásicos con alegría, en un ambiente de disciplina y a la vez de entusiasmo por aprender. Cada día, entre libros clásicos, pinturas, latín, ecuaciones y oración, aprenden no solo qué pensar, sino cómo pensar críticamente y cómo orientar todo conocimiento hacia un propósito más alto. No es extraño entonces que los padres reporten un cambio notable: “Vieron el currículo, presenciaron los frutos de la formación que proveen las academias Chesterton, y dijeron ‘eso queremos también’”.</p><p>La educación artística es una pieza fundamental en este modelo educativo. Disciplinas como la pintura, la música y el teatro se integran al currículo al mismo nivel que las ciencias, fomentando la creatividad.</p><p>Nacido desde las bases por la iniciativa de familias, el movimiento ha encontrado eco en diócesis y comunidades de distintos países. En menos de dos décadas pasó de una sola escuela piloto a decenas de instituciones con miles de alumnos, y sigue sumando nuevas aperturas cada año.</p><p>El pasado 10 de diciembre, la sede de la Pastoral Universitaria de Buenos Aires fue el escenario de una conferencia dedicada a compartir esta innovadora experiencia educativa con la comunidad local. Para la ocasión, viajaron especialmente desde Estados Unidos dos de los referentes del proyecto Chesterton.</p><p>Ante un auditorio de directores de colegio y padres de familia, los expositores compartieron cómo un grupo de familias norteamericanas logró convertir su preocupación por la educación de sus hijos en un auténtico laboratorio de renovación pedagógica. Relataron la génesis de la primera Chesterton Academy: aquellos padres veían que a la educación de sus hijos “le faltaba algo” que consideraban esencial. Además de impartir matemáticas, lenguas o ciencias, querían que la escuela ayudara a formar el carácter y el alma de los alumnos, algo cada vez más ausente en muchas instituciones.</p><p>Los resultados que describieron son elocuentes. Los alumnos no solo mejoran su rendimiento académico, sino que muestran más interés y alegría por aprender. La combinación de clases rigurosas con arte, música, deportes y vida de fe crea un ambiente educativo que engancha a los jóvenes. En lugar de aburrirse o desconectarse, ellos se sienten parte de una comunidad vibrante que valora la verdad, la belleza y la bondad.</p><p>Después de analizar la situación argentina, en particular la gran dificultad en comprensión de textos y el impacto que eso tiene en la continuidad de los estudios, se propuso, en colaboración con la Fundación Pastoral Universitaria San Lucas, iniciar un acompañamiento desde tercer año del secundario con orientación vocacional.</p><p>La idea es trabajar temprano con los alumnos para fortalecer hábitos de estudio, lectura y proyecto personal, y así facilitar su paso al mundo universitario. Esto cobra especial relevancia porque la Fundación ofrece becas en algunas de las mejores instituciones privadas del país, con la posibilidad de acceder a esa formación sin costo. El objetivo es que esa oportunidad no sea un hecho aislado, sino el resultado de un proceso sostenido que prepare a los estudiantes para dar continuidad a su camino académico.</p><p>Por supuesto, “trasplantar” un modelo educativo implica desafíos. Cada país tiene su realidad cultural y normativa. Pero como señaló Ahlquist, el motor es universal: “El amor de los padres por sus hijos y el deseo de cumplir su vocación de primeros educadores es el mismo en todas partes”. La experiencia Chesterton busca justamente encender esa chispa en las comunidades educativas locales: que las familias y docentes se animen a innovar volviendo a las raíces, recuperando lo mejor de la tradición educativa católica y combinándolo con la creatividad y las necesidades del siglo XXI.</p><p>Al finalizar el encuentro, quedó flotando una sensación de esperanza. ¿Será esta la respuesta que estábamos buscando? Frente a la crisis de sentido y de interés que afecta a tantas escuelas, la propuesta de educar con alegría en las verdades permanentes suena refrescante. No se trata de negar la tecnología ni los avances, sino de darles un horizonte humano y trascendente. En un mundo saturado de información, pero hambriento de sabiduría, iniciativas así invitan a pensar que la renovación educativa es posible. Y quizás, como en la parábola del buen sembrador, baste plantar esa semilla de idealismo –como hicieron aquellos padres fundadores en Minnesota– para que nuevas escuelas florezcan donde más se necesitan.///</p><p>(*) Párroco de San Lucas. Director del Servicio de Pastoral Universitaria</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/xv-w73N4RmVsuES7twG2-w4lwJU=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2025/12/educacion.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>La experiencia de las Escuelas Chesterton. Un modelo que busca que las familias y los docentes se animen a innovar volviendo a las raíces]]>
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                <updated>2026-01-29T20:04:41+00:00</updated>
                <published>2025-12-14T01:35:43+00:00</published>
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