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    <title>Ecos Diarios</title>
    <subtitle>Entrevistas exclusivas para informarse minuto a minuto de lo que acontece en Necochea.</subtitle>
    <updated>2026-08-02T02:52:08+00:00</updated>
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            La próxima ventaja competitiva será saber gobernar la inteligencia artificial
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                <![CDATA[Ecos Diarios]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Q7YXssxmYCKmiJYNKhdJXS0ocRs=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/08/ia.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Ramiro González Forcada (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>Durante el último año, la conversación sobre inteligencia artificial en las empresas estuvo dominada por una pregunta bastante limitada: qué podemos automatizar. La respuesta apareció rápido. Se pueden automatizar procesos, contenidos, reportes, análisis, búsquedas, interacciones con clientes, tareas internas y buena parte de aquello que antes consumía horas de equipos completos.</p><p>Pero esa pregunta ya quedó chica. La discusión que viene -y que en muchas compañías todavía no empezó con la profundidad necesaria- es otra: qué estamos dispuestos a delegar, bajo qué criterios, con qué límites y quién responde cuando esa inteligencia artificial interviene en una decisión relevante.</p><p>Ahí aparece el verdadero tema. La gobernanza de IA no es una moda corporativa ni un trámite de compliance. Tampoco debería ser una excusa para frenar la innovación. Es, en realidad, la condición necesaria para que la inteligencia artificial pueda escalar dentro de una organización sin convertirse en una suma de experimentos aislados, riesgos invisibles y decisiones difíciles de explicar.</p><p>&nbsp;</p><p>El uso de la IA</p><p>Hoy muchas empresas ya usan IA, aunque todavía no siempre lo admitan formalmente:</p><p>·&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Un equipo de marketing la usa para segmentar mejor audiencias o producir contenido más rápido.</p><p>·&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Un área de recursos humanos la prueba para filtrar perfiles. Un equipo comercial la utiliza para priorizar oportunidades.</p><p>·&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Finanzas la incorpora para detectar patrones.</p><p>·&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Atención al cliente la entrena para responder consultas. En el organigrama parecen iniciativas separadas.</p><p>En la práctica, todas tocan algo sensible: datos, reputación, criterio, experiencia del cliente, decisiones de negocio y confianza.</p><p>El problema no es que las empresas estén usando inteligencia artificial. El problema es que muchas la están usando sin una arquitectura de responsabilidad clara.</p><p>Por eso, gobernar la IA no significa escribir un documento de 80 páginas que nadie lee. Significa definir cómo se toman decisiones con IA dentro de la compañía:</p><p>·&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; qué datos se pueden usar y cuáles no;</p><p>·&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; qué casos requieren aprobación humana;</p><p>·&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; qué modelos son aceptables para cada nivel de riesgo;</p><p>·&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; qué métricas se van a mirar;</p><p>·&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; qué pasa si el sistema se equivoca;</p><p>·&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; quién audita;</p><p>·&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; quién corrige, y</p><p>·&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; quién tiene la última palabra.</p><p>La gobernanza empieza cuando una empresa deja de preguntarse solamente cómo incorporar IA y empieza a preguntarse cómo quiere trabajar con IA.</p><p>Este punto es especialmente importante para el management. La IA no puede quedar encerrada en el área de tecnología, porque sus efectos exceden a la tecnología.</p><p>Tampoco puede quedar únicamente en legales, porque si se aborda solo desde el riesgo se pierde capacidad de ejecución.</p><p>Y no puede depender de la voluntad individual de algunos perfiles curiosos, porque entonces la organización queda partida entre quienes avanzan por su cuenta y quienes siguen mirando desde afuera.</p><p>&nbsp;</p><p>El contexto</p><p>Hay una diferencia central: el riesgo no está solo en la tecnología, sino en el contexto en el que se la aplica. Una misma solución puede ser inofensiva en un proceso y crítica en otro. Una automatización puede ahorrar tiempo en una tarea operativa, pero generar un problema enorme si afecta derechos, privacidad, reputación o decisiones estratégicas.</p><p>Las empresas que esperen a que la regulación les ordene la casa probablemente lleguen tarde. Europa ya marcó un camino con el AI Act.</p><p>Estados Unidos viene trabajando marcos de gestión de riesgo desde NIST. ISO publicó un estándar específico para sistemas de gestión de inteligencia artificial.</p><p>En Argentina también existen recomendaciones y guías vinculadas a transparencia, protección de datos personales y uso responsable de IA. Pero, más allá de cada marco regulatorio, el mensaje de fondo es claro: la etapa de probar IA sin gobierno se está terminando. Esto no significa que todas las compañías tengan que crear estructuras enormes o copiar modelos pensados para grandes corporaciones globales.</p><p>América Latina necesita una mirada propia: más pragmática, más cercana a la ejecución y más proporcional al riesgo real de cada negocio. Si la gobernanza se vuelve demasiado pesada, muchas empresas van a dejar de innovar. Pero si es demasiado liviana, la innovación se vuelve frágil.</p><p>En la práctica, una buena gobernanza de IA puede empezar con cinco preguntas: qué decisión o proceso queremos mejorar; qué datos vamos a usar; qué riesgo puede generar ese uso; quién es responsable del resultado; cómo vamos a medir si realmente creó valor. Parece simple, pero muchas iniciativas de IA fallan justamente porque nunca contestaron eso.</p><p>También hay un punto que suele quedar afuera de la conversación: el talento. La gobernanza no vive en los documentos, sino en la forma en que trabajan las personas. Una empresa puede tener la mejor política de IA, pero si sus equipos no tienen criterio para usarla, desafiarla, corregirla o detectar sus límites, esa política se vuelve decorativa.</p><p>El talento que viene no se va a diferenciar solo por saber usar herramientas. Se va a diferenciar por saber cuándo usarlas, cuándo no, cómo validar lo que producen y cómo integrarlas en procesos reales de negocio. Ese criterio va a ser cada vez más valioso, porque la inteligencia artificial reduce el costo de producir respuestas, pero aumenta la importancia de saber hacer buenas preguntas y tomar mejores decisiones.</p><p>Por eso, cada quick win debería dejar algo más que un caso exitoso. Debería dejar un aprendizaje, una regla, un responsable, una métrica, una práctica reutilizable. Si un piloto funciona, pero no mejora la capacidad de la organización para volver a hacerlo mejor la próxima vez, entonces fue una demo, no una transformación.</p><p>La IA sin gobierno produce demostraciones. La IA con gobierno produce transformación.///</p><p>&nbsp;</p><p>(*) El autor es Co-Founder &amp; CEO de The Flock</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Q7YXssxmYCKmiJYNKhdJXS0ocRs=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/08/ia.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La etapa de “automatizar por automatizar” se agota: ahora hay que definir criterios, límites y responsabilidades cuando los modelos intervienen en decisiones]]>
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                                                <category term="sociedad" label="sociedad" />
                                <updated>2026-08-02T02:52:08+00:00</updated>
                <published>2026-08-02T02:50:43+00:00</published>
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            El celular en el aula: de la prohibición al acompañamiento
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        <link rel="alternate" href="https://elecos.com.ar/el-celular-en-el-aula-de-la-prohibicion-al-acompanamiento" type="text/html" title="El celular en el aula: de la prohibición al acompañamiento" />
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                <![CDATA[Ecos Diarios]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/DZvr1vNft7HCfEpjp9SMpX9yENA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/07/sociedad_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Darío Álvarez Klar (*)</p><p>Colaboración</p><p>El debate sobre el uso del celular en las escuelas se sostiene con los años: están quienes piden la prohibición absoluta y quienes defienden la libertad del alumno para decidir. En el medio, los docentes tratan de dar clases mientras compiten con una pantalla que no deja de proponer estímulos.</p><p>Los datos de PISA 2022 le pusieron números a una intuición que ya todos teníamos. Más de la mitad de los estudiantes de 15 años usa el celular todos los días en la escuela, y ese uso implica pérdida de atención en clase. Entre los cerca de 80 países evaluados por la OCDE, Argentina, Uruguay y Chile aparecen entre los que más distracción reportan. No es un dato menor, es el reflejo de una transformación que atravesó a toda una generación en muy poco tiempo.</p><p>Investigadores de la Universidad de Texas mostraron algo que a primera vista resulta llamativo, si el celular está cerca, aunque esté apagado y guardado, el cerebro destina parte de sus recursos a resistir la tentación de mirarlo. Es decir, no hace falta usarlo; alcanza con que exista la posibilidad de usarlo para perder el foco. En la vereda de enfrente, un estudio de la London School of Economics encontró mejoras significativas en el rendimiento académico cuando los celulares directamente se sacaron del aula, con un impacto todavía mayor en los estudiantes que ya venían con más dificultades.</p><p>El autor de La generación ansiosa, Jonathan Haidt, que viene estudiando el vínculo entre celulares y salud mental desde hace más de una década, plantea que no se trata solo de atención escolar sino de ansiedad, de sueño, de la forma en que los chicos construyen vínculos entre ellos.</p>Cambio de hábitos<p>Con toda esa evidencia sobre la mesa, la pregunta sobre si prohibir o no, pasa a convertirse en otra más incómoda pero más productiva: ¿Qué estamos dispuestos a enseñarles a los chicos sobre el uso de la tecnología?</p><p>En las escuelas de la Red Educativa Itínere venimos implementando diferentes medidas para reducir el uso de celulares en el ámbito escolar y fomentar el cambio de hábitos en nuestros alumnos. Una de nuestras iniciativas más recientes incorpora el protocolo desarrollado por MotivEd, que combina el uso de sus fundas magnéticas con lineamientos de implementación para que el alumno mantenga el celular, pero sin acceso a él durante la jornada, habilitándolo únicamente cuando exista una razón pedagógica para utilizarlo. De la experiencia acumulada, resultaron algunas claves que creo que cualquier escuela puede aplicar:</p><p>Que la regla sea parte del proyecto institucional, no una imposición aislada: debe integrarse al reglamento de convivencia, con sus razones explicadas (recuperar atención, mejorar el aprendizaje, cuidar las interacciones sociales).</p><p>Definir con claridad cuándo el celular sí se habilita con fines pedagógicos, y comunicarlo de antemano. Así el docente deja de tener que controlar constantemente y puede enfocarse en enseñar.</p><p>Sumar a las familias desde el principio: los hábitos también se construyen en casa. Por eso, firmamos acuerdos con las familias y con organizaciones para generar charlas informativas, de sensibilización y concientización para que la medida no se quede a mitad de camino.</p><p>Implementar herramientas que permitan reducir la disponibilidad del celular sin retirarlo del estudiante, como las fundas magnéticas utilizadas dentro del protocolo de MotivEd, evitando que los dispositivos queden bajo custodia de la escuela y reduciendo la carga operativa de los docentes.</p><p>Medir antes y después de implementar: relevar atención, convivencia y bienestar permite ajustar el protocolo con datos reales, no con impresiones.</p>Atención y conexión<p>A partir de la implementación de estas iniciativas, y de datos relevados en investigaciones que llevamos adelante desde 2019, notamos un mayor clima de atención y conexión con el aprendizaje y también un resultado menos cuantificable, pero que nos gusta subrayar. Cuando conversamos con nuestros alumnos sobre estos cambios, una de las cosas que más valoran es haber recuperado el recreo. Volvieron a encontrarse, a conversar y a jugar sin que la pantalla organizara ese tiempo compartido.</p><p>No se trata de demonizar el celular, pero tampoco de ignorar que cada vez más países avanzan en regulaciones sobre su uso y sobre el acceso de los menores a las redes sociales.</p><p>Regular el celular en la escuela tampoco significa quedarse atrás en la evolución tecnológica. Cuando pensamos cómo incorporar tecnología a la enseñanza, también están las computadoras y otras herramientas digitales: innovar no exige que el teléfono esté siempre presente.</p><p>Ninguna herramienta tecnológica y ningún reglamento va a reemplazar el trabajo más difícil, que es el de enseñarles a los chicos a construir una relación más sana con sus dispositivos. Pero sí creo que hay un rol para la escuela en crear las condiciones para que ese aprendizaje sea posible y entornos donde, durante un rato del día, la atención le gane a la distracción.</p><p>&nbsp;</p><p>(*) Fundador y director general de la Red Educativa Itínere,</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/DZvr1vNft7HCfEpjp9SMpX9yENA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/07/sociedad_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La evidencia ya no discute si el celular distrae en clase, sino qué hacer con esa distracción sin convertir a los maestros en custodios de teléfonos ni al vínculo con la tecnología en un conflicto diario entre adultos y estudiantes]]>
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                                <updated>2026-07-26T02:51:32+00:00</updated>
                <published>2026-07-26T02:49:17+00:00</published>
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            Qué dicen y qué no los resultados de Aprender 2025
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                <![CDATA[Ecos Diarios]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/KsZzJrGluyAGUZoNd5J8-Fg2qXk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/07/aprender.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por María Bielli (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>Hace unos días se conocieron los resultados de las evaluaciones educativas Aprender. La publicación de los datos de la edición 2025 se realizó dos meses más tarde de lo previsto y en la previa de la presentación del proyecto denominado Ley de Libertad Educativa.</p><p>No parece casualidad. Más bien parece un capítulo más del uso distorsionado del instrumento de evaluación. Una “mejora histórica” cuyos resultados son a todas luces objeto de manipulación.</p><p>Por eso, creo relevante aportar algunas consideraciones al debate público respecto de este tema y lo informado por la ministra de Capital Humano Sandra Pettovello.</p><p>&nbsp;</p><p>Mejoras</p><p>El informe señala una mejora en los desempeños académicos de los estudiantes de sexto grado del nivel primario en todo el país con respecto a la medición anterior (2023-2025): 11 pp más en Lengua y 5 pp más en Matemática.</p><p>La ministra asoció estas cifras al supuesto éxito del Plan Nacional de Alfabetización. Sin embargo, esta “política” -que consiste en la continuidad de la “hora más de clase” y en una recopilación de iniciativas jurisdiccionales dispares- inició en 2024 y apuntó al primer ciclo -de primer a tercer grado-, es decir, cohortes que no fueron evaluadas en este operativo.</p><p>Las mejoras entre 2023 y 2025 ocurrieron en ambas áreas y en todas las provincias —en el caso de Matemática, con la excepción de Misiones—. Es llamativa la manera en que los resultados se mueven en bloque para todas las provincias, primero “para abajo” (2021-2023) y luego, “hacia arriba” (2023-2025). Vale la pena aclarar que los resultados definitivos de 2023 fueron publicados en mayo de 2024 por el gobierno de Milei.</p><p>La serie disponible de Aprender primaria en Lengua para los años 2013-2025 ofrece una imagen de mejora en el mediano plazo (de 58% de estudiantes en satisfactorio+avanzado en 2013 a 77% en 2025), pero con volatilidad en los resultados entre ediciones sucesivas.</p><p>En los años intermedios se advierten “subidas y bajadas”, algunas muy marcadas (2016-2018 y 2023-2025), que parecen estar por encima del ritmo al que puede cambiar un fenómeno como los conocimientos y capacidades de estudiantes en el contexto de un sistema educativo de más de 10 millones de alumnos. A diferencia de otros fenómenos sociales de cambio rápido -la pobreza por ingresos impactada por cambios marcados en la inflación, por ejemplo-, los conocimientos escolares son más inerciales.</p><p>&nbsp;</p><p>Diferencias llamativas</p><p>Otro aspecto llamativo es la diferencia que se advierte entre las tendencias generales que informan la prueba Aprender por un lado y la prueba ERCE de UNESCO, por otro.</p><p>En particular, en Lengua, la evolución de los resultados desde 2013 es dispar: mientras Aprender reporta una marcada mejora hasta 2018 y luego un descenso hacia 2023, ERCE indica un empeoramiento marcado de los resultados entre 2013 y 2019 y una mejora hacia 2023.</p><p>Esta discordancia no puede ser explicada sólo por ser mediciones provenientes de dos pruebas distintas ya que ambas están midiendo el mismo año y grado, la misma materia y ambas diseñan sus pruebas tomando como referencia lo establecido en los Núcleos de Aprendizaje Prioritarios (NAP) a nivel nacional.</p><p>Por último, hay vacíos de información respecto a muchos aspectos del operativo Aprender. Las provincias son socias en la implementación, aportan opciones e insumos para el diseño y reciben los resultados finales. Pero no acceden a los resultados de las pruebas piloto que permiten comprender cómo queda conformada la prueba, ni tampoco acceden a las respuestas originales de los estudiantes que posibilitan entender cómo se llega a los puntajes que se asignan a cada niño o niña como resultado final. Pequeños cambios en un proceso de medición tan complejo pueden generar problemas en la comparabilidad. Tenemos en curso un pedido de acceso a la información pública que nos permita dilucidar las decisiones metodológicas tomadas en esta oportunidad.</p><p>&nbsp;</p><p>Con la pandemia atrás</p><p>¿Puede la mayor lejanía de estos estudiantes con la pandemia haber afectado positivamente en los resultados? Es posible, debido al tiempo de recuperación que tuvieron en comparación con la cohorte evaluada en 2023. En cualquier caso, los aspectos antes desarrollados no deberían pasarse por alto en los análisis de los resultados que se comunican como una “mejora histórica”.</p><p>Las pruebas estandarizadas tienen una relevancia sustancial no solo en la toma de decisiones de política educativa, sino también en la conversación pública sobre educación. La discusión sobre los resultados de Aprender es de importancia estratégica porque en ella se juega parte de un debate más general sobre la mejora de la escuela y la contribución de los distintos gobiernos, nacionales y provinciales, a ella. Necesitamos que sus datos sean precisos y confiables.</p><p>&nbsp;</p><p>Gobierno en la banquina</p><p>Estamos frente a un gobierno que parece estar en la banquina de la experiencia cotidiana de la población. Lo hace con la economía, cuando dice que hay crecimiento porque crecen dos de los veinte sectores de actividad de la economía, por lo que no sorprendería que replicara esa lógica en educación, en las vísperas de un debate que tendrá a la desescolarización como núcleo de su mal llamada Ley de Libertad Educativa.///</p><p>&nbsp;</p><p>(*) Socióloga y docente</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/KsZzJrGluyAGUZoNd5J8-Fg2qXk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/07/aprender.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La falta de acceso a información clave sobre la construcción y corrección de las pruebas dificulta la transparencia y la comparación confiable entre ediciones]]>
                </summary>
                                                <category term="sociedad" label="sociedad" />
                                <updated>2026-07-19T02:40:06+00:00</updated>
                <published>2026-07-19T02:06:26+00:00</published>
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            Federalizar el futuro
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/cxApUKEAFPowwgMqAStiWR2hfhw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/07/sociedad.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Agustina De la Nava (*)</p><p>&nbsp;</p><p>La Argentina vive una paradoja silenciosa: ya construyó una economía del conocimiento de escala mundial, casi sin que nadie la planificara, y todavía discute como si no existiera. Mientras la conversación pública sigue atrapada en el falso dilema —campo o industria—, en oficinas, universidades y computadoras de todo el país nació un sector que hoy es el tercer complejo exportador del país, detrás del agro y la energía.</p><p>La oportunidad es enorme y el momento es ahora. El sector exportó cerca de US$ 9.700 millones en el último año medido y emplea a más de 283.000 personas con salarios por encima del promedio, creciendo incluso cuando el resto del empleo privado se contrae. Pero la Argentina ocupa apenas el puesto 43º del mundo, con el 0,23% del mercado global: lejos de ser un techo, es la medida del margen que tenemos para crecer.</p><p>Ninguna región rompe su techo sin transformar lo que produce. Lo que para Frondizi y Frigerio fue el acero y el petróleo, para esta generación es el conocimiento. No se trata de abandonar la base agroindustrial, la energía y la minería sino de agregarle valor e inteligencia, de forma federal para que el talento no se concentre en cuatro distritos y con medios compatibles con el rumbo desregulador: no más gasto, sino sacar las trabas que asfixian al que crea y exporta.</p><p>Durante décadas, la conversación económica Argentina giró en torno a un dilema gastado: campo o industria, agro o trabajo. Pero los números cuentan otra historia. Mientras discutíamos, un tercer motor exportador creció hasta generar más divisas que varias cadenas fabriles históricas juntas, y a contramano del ciclo: sube incluso en recesión, porque vende afuera y cobra en dólares. El techo argentino nunca fue elegir entre el campo y otra cosa. Es la baja productividad y la falta de valor agregado.</p><p>Hay cinco reformas al alcance del Congreso que cambiarían la dinámica del sector: federalizar el cupo fiscal del régimen; completar la apertura cambiaria para las PyMEs de servicios; invertir en conectividad federal; vincular formación y empleo con un foco exportador; y articular la palanca nacional con los ecosistemas provinciales, incluida una Red de Enlaces que convierte a la diáspora en puente comercial.</p><p>La Argentina se relaciona mal con su propio talento. El país forma 139.000 graduados universitarios por año, un semillero que el mundo reconoce, hay más de 50 centros de servicios de empresas líderes globales instalados acá, atraídos por ese capital humano. Pero una porción creciente de esos profesionales es contratada directamente desde el exterior vía plataformas, o emigra. El talento se “exporta solo”, por fibra óptica, sin anclar empresa ni empleo formal local. No es solo economía: es arraigo, comunidades que forman a su gente más preparada para que rinda en otro lado.</p><p>La Argentina cuenta desde 2019 con un régimen de promoción de la economía del conocimiento (Leyes 27.506 y 27.570). Pero el beneficio opera bajo un cupo fiscal anual fijado por presupuesto, y ese cupo se agotó en 2024. Un beneficio limitado que se agota se reparte, por inercia, hacia donde ya están las empresas: CABA, Córdoba y Buenos Aires. El resultado es un círculo vicioso: el conocimiento se concentra donde ya hay conocimiento, y las provincias periféricas quedan afuera del reparto. La política nacional, en lugar de corregir la asimetría territorial, la profundiza.</p><p>Hay un momento propicio. El gobierno nacional ya está desregulando el frente cambiario. Desde septiembre de 2025, los exportadores de servicios que son personas físicas pueden conservar los dólares que facturan al exterior sin pesificarlos al tipo de cambio oficial: se eliminó el viejo tope de US$ 36.000 anuales. El sector lo celebró. Pero la tarea está a medio hacer: las empresas siguen sujetas a restricciones, y el propio Banco Central reconoce que levantarlas “no es prioridad”. Hay, entonces, una ventana abierta y una agenda pendiente que el Congreso puede tomar como bandera.</p><p>Conviene dimensionar lo que está en juego. Las exportaciones globales de servicios del conocimiento superaron los US$ 4 billones en 2024 y crecen al 9,5% anual, cuatro veces más rápido que el comercio de bienes. La Argentina crece aún más rápido que ese promedio, pero parte de muy abajo: puesto 43º del mundo, 0,23% del mercado. El dato tiene dos lecturas, y la honesta es la más útil: el país perdió participación en la última década (del 0,37% en 2010 al 0,22% en 2023) pero acaba de empezar a recuperarla (0,23% en el último dato). No es un techo: es una pista de despegue apenas iniciada. Países comparables —Costa Rica, Uruguay, Polonia, Portugal- ganaron terreno; no hay razón estructural para que la Argentina no lo haga.</p><p>Entre los ejemplos locales de cómo se puede avanzar, Córdoba adhirió al régimen nacional y construyó además su propio marco provincial, articulando universidades, empresas y Estado hasta ubicarse a la vanguardia tecnológica del país. La lección no es copiar un instrumento puntual, sino la idea de fondo: una provincia del interior puede competir por el talento y los mercados del mundo si lo decide y se organiza. El federalismo del conocimiento no es voluntarismo; ya hay un caso interno que lo prueba.</p><p>En el plano regional, el caso más elocuente viene del nordeste brasileño. En el año 2000, Pernambuco, uno de los estados más pobres de Brasil lanzó una política pública pionera que unió Estado, universidades y sector privado en torno a un distrito tecnológico. Veinticinco años después, Porto Digital es el mayor distrito de innovación de América Latina. La lección es doble. Primero: el polo no surgió solo; fue una decisión política sostenida en el tiempo. Segundo, y más pertinente para la Argentina: su estrategia madura fue integrar la tecnología con las vocaciones productivas regionales, la agricultura entre ellas. Es, casi textualmente, lo que la Argentina puede hacer con su base agropecuaria y energética: AgTech, software de precisión, datos aplicados a la extracción.</p><p>Nada de esto es ajeno a la tradición de la que provenimos. El desarrollismo sostuvo siempre que ninguna región rompe su techo sin transformar lo que produce, y que esa transformación se planifica estudiando la realidad, no improvisando consignas. Lo que para Frondizi y Frigerio fue el acero y el petróleo, para esta generación es el conocimiento. No es nostalgia: es método, y está más vigente que nunca.</p><p>&nbsp;</p><p>(*) Presidenta del MID de La Pampa</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/cxApUKEAFPowwgMqAStiWR2hfhw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/07/sociedad.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Lo que para Frondizi y Frigerio fue el acero y el petróleo, para esta generación es el conocimiento]]>
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                                <updated>2026-07-12T01:56:45+00:00</updated>
                <published>2026-07-12T01:55:34+00:00</published>
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            Bioética pública para anticipar y cuidar
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                <![CDATA[Ecos Diarios]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/-F80KW8gDQd5t4rEorFqacvEsB0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/07/bioetica.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Fishel Szlajen (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>El COVID-19 mostró que una crisis sanitaria no compromete sólo la asistencia médica, sino también la calidad moral, política e institucional del Estado. Su enseñanza excede lo pandémico. La salud pública no puede gobernarse sólo desde la administración sanitaria, sino que requiere una bioética pública capaz de anticipar daños, cuidar vulnerabilidades y orientar decisiones ante cualquier evento crítico de salud pública. Hospitales, vacunas, test, protocolos y vigilancia epidemiológica son indispensables, pero insuficientes si no se define quién decide, con qué evidencia, bajo qué criterios y límites, y con qué legitimidad y sentido de justicia.</p><p>Gobernar la salud en contextos de incertidumbre, miedo social, presión política, escasez de recursos y tensión entre libertades individuales y protección colectiva exige algo más que administración sanitaria. Exige bioética pública, entendida como racionalidad institucional capaz de traducir dignidad, derechos, evidencia científica y responsabilidad estatal en decisiones concretas.</p><p>&nbsp;</p><p>Retórica de denuncia y memoria</p><p>Frecuentemente, parte del discurso público reduce los derechos humanos a una retórica de denuncia, memoria o sensibilidad. Todo ello es valioso, pero incompleto si no se traduce en capacidad estatal para cuidar. En salud, los derechos humanos se verifican al prevenir daños, asignar justa y equitativamente recursos escasos, proteger vulnerables, garantizar información confiable, ordenar la investigación biomédica y evitar que la persona sea abandonada por la burocracia, instrumentalizada por la técnica o reducida a variable económica.</p><p>La Declaración Universal sobre Bioética y Derechos Humanos (UNESCO, 2005), ubicó la bioética en el centro de los derechos humanos. Dignidad, autonomía, justicia, solidaridad, responsabilidad social y protección de la vulnerabilidad son criterios para gobernar la medicina, la ciencia, la tecnología y la salud pública.</p><p>El COVID-19 enseñó que, cuando la salud pública se tensiona, también la democracia. Cuando falta evidencia suficiente, proliferan consignas. Cuando los criterios éticos no están anticipados, la urgencia estrecha el margen de deliberación. Y cuando las instituciones no cuentan con capacidad prospectiva, la sociedad queda más expuesta a desigualdad, incertidumbre y sufrimiento evitable.</p><p>&nbsp;</p><p>Prudencia ética</p><p>La bioética, nacida para evitar la separación entre poder técnico y responsabilidad moral, fue pensada como puente entre conocimiento biológico, prudencia ética y supervivencia humana. Por eso, pensar las pandemias futuras permite asumir una responsabilidad pública más amplia. La salud pública no espera a que la política se ordene, los sistemas sanitarios se perfeccionen ni los Estados acuerden cómo distribuir recursos, tecnologías o tratamientos. Las pandemias exponen la fragilidad institucional y la distancia entre el derecho proclamado y el derecho efectivamente protegido. Prepararse no es un lujo administrativo, sino una obligación moral.</p><p>En ese marco, el Acuerdo sobre Pandemias adoptado en la 78.ª Asamblea Mundial de la Salud (OMS, 2025) expresa que el mundo comprendió que la prevención, la preparación y la respuesta ante futuras pandemias no pueden quedar libradas a reacciones aisladas. La salud pública global requiere cooperación, acceso equitativo a vacunas, diagnósticos y tratamientos, fortalecimiento de capacidades nacionales y coordinación internacional.</p><p>Pero esa cooperación plantea una tensión decisiva. Los países deben compartir información, muestras, datos genómicos y conocimiento científico. Ese intercambio sólo será legítimo si evita reproducir un sistema donde algunos aportan riesgos y otros capturan beneficios. Si los patógenos circulan globalmente, también deben circular con justicia los beneficios derivados de su estudio, tales como vacunas, diagnósticos, terapias, tecnología y capacidades.</p><p>La soberanía sanitaria no es la tan proclamada como ilusoria autosuficiencia. Es la capacidad de integrarse inteligentemente al mundo sin renunciar a la decisión propia. Supone instituciones idóneas, información propia, capacidad regulatoria, vigilancia epidemiológica, evaluación ética, recursos humanos formados e investigación responsable.</p><p>Aquí la bioética vuelve al centro del Estado. No como ornamento académico ni instancia reactiva, sino como racionalidad pública para orientar decisiones difíciles antes que el daño se produzca. Una bioética pública robusta está llamada a ofrecer criterios de prioridad, proporcionalidad, equidad, transparencia, prudencia, responsabilidad profesional y respeto por la dignidad humana.</p><p>La tradición bioética contemporánea, desde los principios formulados por Tom Beauchamp y James Childress, ordenó buena parte del debate a partir de autonomía, beneficencia, no maleficencia y justicia. Pero una crisis sanitaria muestra que esos principios no pueden aplicarse mecánicamente. La autonomía no puede convertirse en indiferencia frente al daño a terceros. La beneficencia no justifica cualquier paternalismo. La no maleficencia incluye daños colectivos por omisión. Y la justicia exige criterios públicos de distribución y protección de los más vulnerables.</p><p>&nbsp;</p><p>Intervención estatal</p><p>En salud pública, toda intervención estatal que afecte libertades o distribuya cargas necesita justificación moral. Debe ser necesaria, proporcional, efectiva, equitativa, transparente y sometida a rendición de cuentas. De allí, que una restricción sanitaria legítima es aquella estrictamente necesaria, razonablemente fundada y temporalmente limitada.</p><p>La justicia sanitaria tampoco se agota en la prestación médica. Norman Daniels, en su teoría sobre salud pública y justicia distributiva, sostiene que la salud debe proteger las oportunidades reales de las personas. Amartya Sen y Martha Nussbaum, en sus enfoques sobre teoría normativa del bienestar y la justicia, muestran que el derecho a la salud no debe reducirse a una promesa formal, sino comprenderse como la posibilidad efectiva de vivir con dignidad, agencia y oportunidades reales.</p><p>Los derechos humanos en salud no consisten en prometerlo todo, porque eso termina siendo otra forma de injusticia. Daniel Callahan insistió en pensar los límites de la medicina y las prioridades del sistema sanitario, donde no toda demanda debe convertirse automáticamente en obligación pública, ni toda innovación es moralmente prioritaria, ni todo gasto sanitario produce justicia. El derecho a la salud se realiza mediante decisiones responsables que articulan dignidad, evidencia, oportunidad, equidad y sustentabilidad.</p><p>La pandemia mostró tanto los riesgos de llegar tarde como los de avanzar en nombre de la emergencia, sin límites suficientes. La salud pública puede ser cuidado, pero también derivar en control, tutela o intervencionismo indebido si pierde proporcionalidad, deliberación y prudencia. Por eso, la bioética exige límites a la improvisación, al uso político del miedo, al mercado cuando convierte la emergencia en captura, al Estado cuando actúa sin proporcionalidad, a la ciencia cuando olvida que la urgencia no cancela la dignidad, y a la ciudadanía cuando confunde libertad con indiferencia frente al daño a otros.</p><p>La clave es que sin instituciones no hay protección. Sin prioridades no hay justicia. Sin evidencia no hay política pública responsable. Sin transparencia no hay confianza. Y sin responsabilidad estatal los derechos humanos quedan reducidos a una retórica incapaz de cuidar la vida concreta.</p><p>&nbsp;</p><p>Para cuidar la vida humana</p><p>La próxima pandemia, u otra crisis sanitaria de gran escala, no preguntará qué tan nobles fueron nuestras declaraciones. Preguntará qué tan preparadas estuvieron nuestras instituciones, si aprendimos a decidir antes de la catástrofe, si fuimos capaces de unir soberanía, cooperación, evidencia y justicia, y si entendimos que cuidar la vida humana exige mucho más que reaccionar ante la emergencia.</p><p>La Argentina cuenta hoy con condiciones institucionales muy valiosas para profundizar una articulación madura entre derechos y gestión sanitaria; evitando que los derechos sin gestión devengan promesas impotentes y que la gestión sin derechos se convierta en administración deshumanizada. Una bioética pública robusta evita ambos fracasos, articulando justicia, prudencia, evidencia, límites y cuidado. Para ello, los ámbitos de deliberación bioética deben preservar su autoridad mediante independencia intelectual, pluralidad real, rigor científico-académico y capacidad anticipatoria. Su función es aportar recomendaciones aplicables, públicamente justificables, trazables en sus fundamentos y respetuosas del marco constitucional y convencional, contribuyendo a que las políticas públicas sean diseñadas e implementadas con máxima prudencia, razonabilidad, proporcionalidad, transparencia y compromiso con la dignidad humana.///</p><p>&nbsp;</p><p>(*) Rabino y académico argentino</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/-F80KW8gDQd5t4rEorFqacvEsB0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/07/bioetica.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Gobernar la salud en contextos de incertidumbre implica decisiones éticas anticipadas, más allá de protocolos y recursos médicos]]>
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                                <updated>2026-07-05T03:25:05+00:00</updated>
                <published>2026-07-05T02:11:47+00:00</published>
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            Uno de los títulos más importantes de la Scaloneta: la paternidad
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/8kvgSK530YJEX1CwScvGDzKq9Js=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/06/messi_y_sra.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Pedro Giunta (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>Para que algo pase desapercibido, muchas veces tiene que ser, paradójicamente, demasiado evidente. La frase suele atribuirse a G. K. Chesterton; no es seguro que sea suya, pero su ingenio la vuelve verosímil. Y, en cualquier caso, funciona como una buena puerta de entrada para lo que sigue.</p><p>En medio de la conmoción por el triunfo de la Selección en Qatar, se produjo una verdadera saturación de imágenes. Nuestras retinas y pupilas, parecían agitarse, incluso fatigarse, ante una catarata incesante de escenas que reclamaban ser vistas, retenidas, compartidas, bajo los flashes, las luces blancas y el brillo casi irreal del Lusail Stadium. Muchas de ellas quedaron grabadas a fuego en la memoria y en el corazón de los argentinos. Pero, en esa sucesión vertiginosa, hubo una en particular: silenciosa, potente, casi obvia en su sencillez, y precisamente por eso, corría el riesgo de pasar inadvertida.</p><p>Envueltos en la emoción que unía continentes, en esa confluencia de lágrimas entre los que estaban allá y los que alentaban desde acá, Thiago Messi, Mateo Messi y Ciro Messi deambulaban por el campo de juego con una serena alegría y una libertad desarmante. Su vínculo con el trofeo contrastaba con el significado que toda la nación le atribuía. En ellos, el contacto con la copa no expresaba solemnidad, sino una curiosidad genuina: la miraban de cerca, la tocaban sin apuro, la rodeaban como si fuera un objeto familiar, casi propio.</p><p>Aquella imagen entrañable, que muchos conservan intacta en la memoria, más cercana al juego que a la épica, nos ofrecía la punta de un ovillo que conducía a algo mucho más profundo. Era el origen revelador de un hilo invisible que vinculaba otras imágenes, recuerdos y frases que armonizaban en un mismo tono. Las pistas para descubrir otro de los tesoros que laten en el alma de la Scaloneta: la paternidad.</p><p>Padres de la Selección</p><p>En la selección de Scaloni, la paternidad no aparece como tema, sino como atmósfera: se filtra en gestos mínimos, en escenas que no buscan explicación pero terminan diciendo mucho. Ya en los vestuarios de Brasil, durante la Copa América, en el marco de la recordada arenga de Lionel Messi, comenzaban a aparecer las pistas de este tesoro: “El Dibu fue papá, no pudo ver a su hija, no pudo hacerle upa”. La frase impactaba: no era aguerrida, pero tampoco desentonaba. Era doméstica, y sin embargo cargaba de profundidad y sentido el momento.</p><p>Tiempo después, en el Mundial de Qatar, tras la sufrida clasificación por penales ante Países Bajos, Lionel Scaloni buscó a su hijo mayor, Ian Scaloni, en la tribuna. El niño bajó al campo de juego y ambos se fundieron en un abrazo largo, contenido, en el banco de suplentes. Una imagen que anudó gargantas en todo el mundo. Frente a esa escena, algunos intentaron explicarla desde categorías externas, como si hiciera falta nombrar “nuevas masculinidades” para entenderla. Pero no había demasiado para explicar: era apenas una invitación a contemplar la belleza de la paternidad.</p><p>Y esto sigue. En una entrevista en 2023, Pablo Aimar dejaba ver una escena mucho más desafiante que cualquier gol: la dificultad de hablar con un hijo de 18 años. Contaba que, en medio de ese vínculo a veces esquivo, los partidos del Mundial se habían vuelto una excusa mínima pero valiosa para encontrarse en algo compartido. Lo celebraba sin grandilocuencias: aunque fueran intercambios breves, incluso torpes, había ahí un puente.</p><p>Después de la derrota ante Selección de Arabia Saudita, ese puente se volvió todavía más evidente. “¿Cómo estás?”, le escribió. “Mal”, respondió su hijo. Y en esa sequedad, tan propia de la edad, Aimar entendía algo más profundo: que si el Mundial se terminaba, también se le iba ese pequeño terreno de diálogo. “Tenía en la cabeza: se me acaba este ratito de conversación”, confesó, como quien advierte que, a veces, la paternidad se juega en esos instantes mínimos donde casi no se dice nada, pero igual se está presente y se juega todo.</p><p>Algo de ese mismo lenguaje breve, casi austero, aparece también en otra escena pero mucho más explícito, esta vez en la serie Ángel Di María: Romper la pared. Allí, en la previa de la final de la Copa América 2021, Aimar comparte otro intercambio con su hijo que, con el tiempo, se volvería inolvidable. “El día antes, mi hijo Agustín me escribe: ‘Estoy cagado pero tengo fe’. Y enseguida agrega: ‘1 a 0 di maria’”, recuerda. Así: en minúscula, sin acentos, con esa mezcla de temor e ingenua esperanza tan propia de un adolescente. Horas después, en el Maracaná, el gol de Ángel Di María terminaría confirmando aquella intuición. Aimar se tatuó en su brazo “1-0 di María” junto a un pequeño corazón rojo como recuerdo permanente del vínculo con su hijo.</p><p>Incluso, Ángel Di María, quien ya no integra el plantel de la Selección, le había contado a Olé, en la previa a su primer Día del Padre durante el Mundial de Brasil 2014, cómo atravesó uno de los momentos más duros de su vida: el nacimiento prematuro de su hija, con apenas seis meses de gestación, en una lucha incierta entre la vida y la muerte.</p><p>Aquellos días en Neonatología, marcados por la fragilidad y la espera, lo transformaron en silencio. Su hija, Mía, logró salir adelante después de semanas críticas, y desde entonces su historia quedó ligada a esa experiencia límite que, lejos de quebrarlo, le dio una fortaleza distinta. No era ya solo el futbolista que buscaba rendir en la cancha, sino un padre que había aprendido a mirar lo esencial.</p><p>&nbsp;</p><p>Messi, un papá presente</p><p>En distintas entrevistas, Lionel Messi ha dejado ver que, lejos de la figura inaccesible que podría sugerir su carrera, en su casa ocupa un lugar profundamente cotidiano: el de un padre presente. Ha contado que disfruta de lo simple: llevar sus hijos al colegio, compartir la rutina. Y que sus hijos también lo “bajan a tierra”. En esa misma línea, deja entrever que su historia familiar sigue abierta, en construcción: “Nos gustaría tener un bebé de nuevo. No estamos en la búsqueda, pero vamos a ver si llega la nena”, dice, con esa sencillez que lo caracteriza. Y al momento de definirse, lo hace sin grandilocuencias: “Creo que soy buen padre. Intento involucrar a mis hijos los valores que me enseñaron a mí de chiquito”.</p><p>Son varios los miembros jóvenes de la Scaloneta que han sido papás en el último tiempo. Sin embargo, hace unos meses, durante el partido de la selección argentina contra Zambia en La Bombonera, “La araña” entonó el Himno Nacional con su hijo Amadeo de tres meses en brazos. La foto que recorrió el mundo: un jugador joven, en la cima de su carrera, sosteniendo la vida mientras representa a su país. Hay algo profundamente simbólico ahí, casi una síntesis del cambio época que enfrentamos. Esa foto de Julián Álvarez, quien valora explícitamente el vínculo con su propio padre, nos regala una esperanzada belleza de la paternidad en una Argentina que enciende alarmas frente a la vertiginosa caída de la natalidad.</p><p>Ahora bien, la paternidad no es algo principalmente biológico: es algo esencialmente espiritual. El solo hecho de engendrar no me convierte en padre. ¿Cuántos varones tienen gestos, actitudes o roles paternales sin haber engendrado? ¿Cuántos abuelos han terminado siendo figuras paternas de sus nietos? ¿Cuántos jóvenes y niños han encontrado fuerza paternal más allá de su familia de sangre?</p><p>Apasionante y necesario es el regalo de un buen padre. Porque sin padre se desdibuja el legado: la historia empieza y termina con cada uno. Sin padre falta misericordia, porque necesitamos un amor que sostenga a pesar de la debilidad y el fracaso. Sin padre, la libertad se hace demasiado pesada, porque necesitamos un guía que nos ayude a recorrer el camino de la vida. Sin padre, la fraternidad se debilita, porque nos cuesta reconocernos como hermanos.///</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/8kvgSK530YJEX1CwScvGDzKq9Js=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/06/messi_y_sra.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Detrás de los trofeos y la gloria, hay otra conquista menos visible pero más profunda, la de una generación que entendió que ser papá también es una forma de entrega y legado]]>
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                                <updated>2026-06-28T03:45:07+00:00</updated>
                <published>2026-06-28T03:30:16+00:00</published>
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            Soledad y vínculos sociales
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/wR1CoyrZBuXFxzaifXdtZ7-tA4o=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/06/sociedad_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por&nbsp; Guillermo Marcó (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>A veces me pregunto en qué momento las relaciones humanas comenzaron a volverse tan frías en algunos lugares del mundo. Da la sensación de que vivimos corriendo detrás de la eficiencia, tratando de ahorrar tiempo en cada actividad, eliminando toda demora, toda espera y toda interrupción.</p><p>El problema es que, en esa carrera permanente, corremos el riesgo de perder algo esencial: el encuentro con las personas. Esos momentos no son obstáculos en nuestro camino, son precisamente la experiencia que puede ser la mayor ganancia de nuestra vida.</p><p>La eficiencia se ha transformado en uno de los grandes valores de nuestra época. Todo debe ser rápido, inmediato y optimizado. Compramos con un clic, resolvemos trámites sin hablar con nadie y recibimos respuestas instantáneas a preguntas que antes requerían tiempo de reflexión. Sin embargo, cuanto más avanzan las herramientas para simplificarnos la vida, más evidente parece hacerse una paradoja: estamos hiperconectados y, al mismo tiempo, profundamente solos. Estamos cansados de los Bots y contestadores automáticos.</p><p>Un negocio</p><p>La soledad, incluso, se ha convertido en un negocio. En algunos lugares del mundo ya existen servicios que permiten contratar personas para representar vínculos familiares en eventos sociales. La inteligencia artificial comienza a ocupar espacios que antes pertenecían a amigos, maestros, consejeros o incluso terapeutas.</p><p>Cada vez son más quienes encuentran en una pantalla respuestas inmediatas a sus dudas, sus angustias y sus preguntas existenciales. La tecnología puede ser una herramienta extraordinaria, pero no puede reemplazar aquello que nos hace humanos. Ninguna inteligencia artificial puede ofrecer una mirada de comprensión, compartir un silencio oportuno o dar un abrazo que alivie el dolor de otro. Puede procesar información, pero no puede amar, solo simula hacerlo.</p><p>El valor del encuentro</p><p>Por eso me llama la atención que, mientras gran parte del mundo parece avanzar hacia formas de vida cada vez más individuales, en la Argentina todavía conservemos algunas costumbres que nos recuerdan el valor del encuentro. Los argentinos solemos quejarnos de muchas cosas de nuestro país, y con razón.</p><p>Sin embargo, seguimos siendo una sociedad donde los vínculos conservan un lugar importante. Nos gusta reunirnos, compartir una mesa, prolongar conversaciones que podrían resolverse en pocas palabras. Seguimos llamando a los amigos, visitando a la familia y buscando tiempo para encontrarnos.</p><p>Quizás el mejor símbolo de esa resistencia sea el asado. Si lo analizáramos únicamente desde la lógica de la eficiencia, sería difícil justificarlo. Requiere tiempo, preparación, paciencia y dedicación. Sin embargo, alrededor de un fuego suceden cosas que ningún algoritmo puede calcular. Allí se comparten alegrías y preocupaciones, se fortalecen amistades, se transmiten historias familiares y se construye comunidad.</p><p>Un amigo que se fue a vivir a San Francisco se armó una página web, donde invitaba a vivir “la experiencia del asado argentino”. Al asado no se llega a la hora de comer, se llega con tiempo para bancar al asador, se alarga la charla y se comparte con alegría.</p><p>El ejemplo de Jesús</p><p>El Evangelio ofrece una enseñanza semejante. Si juzgáramos a Jesús con los criterios actuales, probablemente diríamos que fue poco eficiente. Se detenía ante quien lo necesitaba, dedicaba tiempo a escuchar, compartía la mesa con quienes eran despreciados por la sociedad y nunca parecía gobernado por la urgencia.</p><p>La parábola del Buen Samaritano expresa esta verdad con claridad. Quienes pasaron de largo tenían razones para hacerlo. Seguramente tenían obligaciones importantes y asuntos urgentes que atender. Sin embargo, fue aquel que decidió detenerse, perder tiempo y hacerse cargo del sufrimiento ajeno quien terminó actuando de manera verdaderamente humana.</p><p>Tal vez uno de los desafíos de nuestro tiempo sea resistir la tentación de convertir toda relación en una transacción y toda actividad en un cálculo de productividad. Porque el amor, la amistad, la familia y la solidaridad nunca serán eficientes. Exigen tiempo, paciencia y disponibilidad. En una época fascinada por la velocidad, quizás la verdadera revolución consista en seguir encontrándonos.</p><p>Defender una conversación larga, una sobremesa, un mate compartido o un asado de domingo puede parecer algo pequeño. Sin embargo, son esos espacios los que nos recuerdan que no fuimos creados para vivir aislados detrás de una pantalla, sino para caminar juntos. Y tal vez allí resida una de las mayores riquezas que todavía conservamos: la convicción de que ninguna tecnología, por avanzada que sea, podrá reemplazar la presencia concreta de otro ser humano.</p><p>(*) Párroco de San Lucas. Director del Servicio de Pastoral Universitaria</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/wR1CoyrZBuXFxzaifXdtZ7-tA4o=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/06/sociedad_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La búsqueda de eficiencia y rapidez en la vida cotidiana ha enfriado las relaciones humanas en muchos lugares del mundo]]>
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                                <updated>2026-06-21T03:25:04+00:00</updated>
                <published>2026-06-21T03:15:23+00:00</published>
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            El futuro del trabajo no se espera: se diseña
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                <![CDATA[Ecos Diarios]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/a7-4b9I7BsYYuRO04cQL481uWR4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/06/sociedad.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Silvina D’Onofrio (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>Vale la pena pensar cómo cambió el rol de quienes trabajamos con foco en las personas. Hoy, Recursos Humanos ya no se limita a procesos o gestión del talento: participa en la construcción de cultura, en la transformación de los modelos de trabajo y en el diseño de experiencias que impactan en las personas y en el negocio.</p><p>En compañías que evolucionan, construir cultura no significa definir valores y sostenerlos intactos. Implica crear un sistema vivo de prácticas y comportamientos que se adapta todos los días. La cultura se construye con lo que hacemos, con cómo lideramos y con aquello que elegimos reconocer.</p><p>Uno de los grandes desafíos actuales es pasar de acompañar la transformación a impulsarla. Eso exige escuchar a las personas, convertir aprendizajes en acciones concretas y diseñar entornos donde cada persona pueda crecer e innovar. En ese camino, el reskilling ocupa un lugar clave: es el proceso de capacitar a un trabajador para que adquiera nuevas habilidades y pueda asumir un rol completamente distinto dentro de su empresa o campo laboral. Según Randstad, para 4 de cada 5 trabajadores argentinos es un factor importante en su empleo.</p><p>Desde nuestra área, esta mirada se traduce en un modelo más ágil, digital y centrado en la experiencia. Incorporamos chatbots y plataformas de autoservicio para mejorar el acceso a la información, y usamos analytics para tomar mejores decisiones sobre talento, desempeño y desarrollo. La tecnología no reemplaza el vínculo humano: lo simplifica y habilita conversaciones de mayor valor.</p><p>Pero innovar no es solo incorporar tecnología. También es repensar equipos, liderazgos y trayectorias profesionales. Cada vez más, el foco está puesto en habilidades y no en roles rígidos, lo que permite recorridos más dinámicos y aprendizaje continuo. Aprender dejó de ser una instancia puntual para convertirse en una condición de empleabilidad. En un mercado donde 7 de cada 10 argentinos afirma haber perdido alguna oportunidad laboral por no contar con los conocimientos o habilidades requeridos, aprender dejó de ser una instancia puntual para convertirse en una condición de empleabilidad.</p><p>En ese camino, el liderazgo ocupa un lugar central. Las nuevas formas de trabajo requieren líderes habilitadores. Capaces de escuchar, generar confianza, dar autonomía y crear contextos donde cada persona aporte desde su singularidad. Liderar hoy no es solo alcanzar resultados: es construir sentido, cuidar la energía de los equipos y promover culturas donde la innovación pueda suceder.</p><p>Las nuevas generaciones también transforman la experiencia laboral. Buscan propósito genuino, culturas inclusivas, crecimiento, flexibilidad, comunidad e impacto. Y lo hacen en un contexto de trayectorias menos lineales: proyecciones internacionales sobre Gen Z anticipan recorridos con hasta 18 trabajos y 6 carreras a lo largo de la vida. Escucharlas es clave para diseñar experiencias de talento que conecten con esas expectativas. Porque los futuros líderes no buscan solo un empleo: buscan un lugar donde puedan importar, crecer e impactar.</p><p>Crear el futuro del trabajo implica reinventarnos constantemente. Requiere curiosidad para leer el contexto, comprender necesidades y anticipar cambios que redefinen la relación con el trabajo: tecnología, nuevas generaciones, formas de vincularnos y expectativas sobre propósito y bienestar.</p><p>Por eso, el área de Recursos Humanos es cada vez más estratégica. No solo gestiona personas, sino que diseña condiciones para que personas y negocios crezcan de manera sostenible. Celebrar nuestra profesión es reconocer esa responsabilidad: construir culturas más humanas, ágiles e inclusivas; usar la tecnología para simplificar y potenciar; escuchar para transformar; y animarnos a diseñar lo que todavía no existe.</p><p>Porque el futuro del trabajo no es algo que simplemente llega. Es algo que se crea todos los días, con cada decisión, cada conversación y cada experiencia que elegimos construir.</p><p>(*) La autora es Gerenta de Talento y Marca Empleadora de Unilever Argentina</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/a7-4b9I7BsYYuRO04cQL481uWR4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/06/sociedad.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La reconversión de capacidades resulta relevante para 4 de cada 5 empleados, en un escenario donde la actualización habilita cambios de puesto dentro o fuera de la empresa]]>
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                                <updated>2026-06-14T01:25:55+00:00</updated>
                <published>2026-06-14T01:25:02+00:00</published>
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            La sangre que donamos hoy puede ser la vida de alguien mañana
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/g7181G_j9bTFDKXKk5yJOQA-o7Y=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2024/06/convocatoria_en_la_semana_del_donante_de_sangre.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Dr. Robinson Cruz (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>Como profesional de la salud, he visto que en una emergencia cada minuto cuenta, pero también que muchas veces la diferencia entre la vida y la muerte cabe en una bolsa de 450 ml de sangre. Una sola unidad puede separarse en plasma, glóbulos rojos y plaquetas, y así ayudar a salvar hasta tres vidas distintas. Sin embargo, en el Perú aún donamos muy poco: según datos publicados en 2024, apenas el 1.36% de la población dona sangre y, de ellos, solo el 20% lo hace de manera voluntaria. La mayoría dona cuando un familiar o amigo ya la necesita. En el marco del Día del Donante de Sangre, vale la pena preguntarnos: ¿por qué esperar a que la urgencia tenga nombre y apellido para tender el brazo?</p><p>Estas cifras deberían preocuparnos, porque nos colocan entre los países de la región con menor donación voluntaria de sangre. Y cuando hablamos de sangre, no hablamos de una necesidad excepcional o lejana: hablamos de pacientes que la requieren todos los días. Por ejemplo, una persona con cáncer hematológico podría necesitar hasta 20 unidades de paquete globular y 120 unidades de plaquetas simples durante su tratamiento. Detrás de cada una de esas unidades hay una oportunidad de seguir viviendo, de resistir una terapia, de llegar a una cirugía o de volver a casa. Por eso, donar sangre no debería ser solo una respuesta ante la emergencia de alguien cercano, sino un compromiso solidario con todos aquellos a quienes quizá nunca conoceremos, pero cuya vida puede depender de nosotros.</p><p>&nbsp;</p><p>Un acto de amor</p><p>El próximo 14 de junio se celebra el Día Mundial del Donante de Sangre; este año con el lema, “Una gota de humanidad. Dona sangre”. El objetivo de esta fecha es reconocer a los donantes voluntarios por su decisión altruista y sobre todo generar conciencia sobre la importancia de este acto de amor. Lamentablemente, este tema está inundado de mitos y desinformación, por lo cual en las siguientes líneas buscaremos hacer precisiones objetivas que puedan ayudarle a decidirse a donar.</p><p>Un adulto promedio -hombre de unos 30 años, 70 kg y 1.72 m o mujer de 30 años, 55 kg y 1.60 – contiene entre 4.5 – 5.5 litros de sangre aproximadamente. Cuando se dona, se obsequia menos del 10% del total de nuestra sangre, misma que se recuperará en los días posterior con una buena nutrición. Un hombre puede donar voluntariamente cada 3 meses, mientras que una mujer cada 4 meses.</p><p>La sangre se renueva permanente, pero para eso se necesita una buena nutrición. El hierro es fundamental para la formación de hemoglobina. Sin hierro suficiente la hemoglobina simplemente no se formará y se producirá anemia. Las principales fuentes de hierro incluyen al hígado, la sangrecita, las carnes rojas, las carnes blancas, las menestras (lenteja, garbanzos y frejoles) y los cereales fortificados. El ácido fólico (vitamina B9) y la vitamina B12 son indispensables para el desarrollo de los glóbulos rojos. Éstos son las células responsables de transportar la hemoglobina. Sin B9 o B12 no habrá quién pueda transportar a la hemoglobina, por tanto, también se producirá otro tipo de anemia. Las fuentes de B9 incluyen menestras (lentejas, garbanzos y frejoles) y algunos vegetales (espinacas, acelgas, brócoli; mientras que las fuentes de B12 comprenden básicamente alimentos de origen animal. Finalmente, en cualquier de los casos, la proteína es fundamental para la formación tanto de hemoglobina como de glóbulos rojos.</p><p>&nbsp;</p><p>Cuidados a tener en cuenta</p><p>Donar sangre no produce debilidad. Algunas personas podrían sentirse ligeramente mareadas por no haberse preparado adecuadamente con reglas muy simples que describiremos más abajo. Tampoco genera anemia. La hemoglobina podría bajar ligeramente inmediatamente después de la donación, sin embargo, se recuperará totalmente, algunos días después, con una adecuada nutrición.</p><p>Antes de donar consuma una comida ligera, pero nutritiva. Evite alimentos muy grasos. De preferencia a frutas, lácteos y cereales. Además, beba al menos medio litro de agua para mantener una buena hidratación. El ayuno no es un requisito para donar sangre.</p><p>Después de donar es posible que en el centro de donación le proporcionen un refrigerio ligero para evitar una caída de los niveles de glucosa en sangre, en caso contrario, consuma un plátano, una manzana o un pan. También siga consumiendo agua en las horas posteriores. Es muy importante que no realice ejercicio intenso ni cargue objetos pesados el resto del día.</p><p>Donar órganos y donar sangre voluntariamente son actos de humanidad en el sentido más profundo de la palabra: formas concretas de permitir que la vida continúe a través de la vida de otros. En el Perú, los mitos y la desinformación han levantado barreras que nos mantienen entre los países con menor donación voluntaria de sangre en la región. En mi ejercicio profesional, he visto de cerca la angustia de muchos pacientes y familias cuando la sangre no llega a tiempo; y, como personas, casi todos hemos conocido alguna vez esa preocupación, propia o cercana, de esperar una unidad que puede cambiarlo todo.</p><p>Que ese recuerdo, esa espera o esa historia familiar no se quede solo como una experiencia difícil, sino que se convierta en una razón para actuar. Donar sangre no produce anemia, no debilita, no engorda, no mata. Donar sangre acompaña, sostiene y salva. Donar sangre genera vida.</p><p>&nbsp;</p><p>(*) Nutricionista clínico oncológico</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/g7181G_j9bTFDKXKk5yJOQA-o7Y=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2024/06/convocatoria_en_la_semana_del_donante_de_sangre.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Los datos reportaron que apenas el 1.36% de la población aporta unidades, y que solo el 20% lo hace por iniciativa propia. La mayor parte acude cuando un allegado la requiere]]>
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                                <updated>2026-06-07T02:27:06+00:00</updated>
                <published>2026-06-07T02:25:24+00:00</published>
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            Gemelo Digital Social: ética para la IA estatal
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/AK88YGLi9G7LLn6uuUcU3CEl0Gs=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/05/sociedad_2.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Fishel Szlajen (*)</p><p>&nbsp;</p><p>Argentina anunció el Gemelo Digital Social, una herramienta basada en IA para simular escenarios, anticipar impactos y asistir en el diseño de políticas públicas. Esto constituye un paso relevante al instalar en la agenda pública la posibilidad de una política social más predictiva, integrada y basada en evidencia, siendo por ello un error convertir esta iniciativa en una disputa entre oficialismo y oposición. Lo decisivo aquí es cómo gobernar éticamente la IA cuando el objeto modelado no es una máquina, una ciudad o una fábrica, sino la vida social de las personas.</p><p>El sistema integraría datos de distintas fuentes para describir fenómenos sociales, detectar patrones y proyectar escenarios, pudiendo mejorar diagnósticos, anticipar crisis, detectar vulnerabilidades y hacer más eficaces las políticas públicas. El avance cualitativo radicaría en pasar de un Estado predominantemente reactivo a uno con mayor capacidad predictiva, razón por la cual desde su origen necesita una gobernanza ética proporcional a su poder.</p><p>La experiencia indica que los fracasos de proyectos de IA estatal no son sólo técnicos, ocurren también cuando se pierde legitimidad pública, cuando la ciudadanía no comprende qué datos se usan, cuando no queda claro quién controla el sistema o cuando las decisiones parecen dictadas por una opacidad algorítmica. Luego, el Gemelo Digital Social constituiría una oportunidad para la Argentina incorporando una conducción ética sustantiva, visible y operativa.</p><p>&nbsp;</p>Una herramienta prometedora<p>Esa conducción no debe entenderse como obstáculo burocrático ni como señal de desconfianza, sino como condición para blindar institucionalmente el proyecto, hacerlo socialmente aceptable y evitar que una herramienta prometedora quede expuesta a sospechas, judicialización o rechazo público. Así, a la arquitectura técnica y jurídica se sumaría, desde el inicio, una instancia ética permanente e interdisciplinaria capaz de comprender el lenguaje de la tecnología, la sensibilidad de los datos sociales, la lógica de las políticas públicas, la protección de la persona vulnerable y la responsabilidad estatal.</p><p>La discusión internacional sobre IA pública ya no gira en torno a la mera eficiencia. La UNESCO adoptó en 2021 su Recommendation on the Ethics of Artificial Intelligence, centrada en la dignidad humana, los derechos fundamentales, la transparencia, la supervisión humana y la evaluación de impactos. El NIST publicó en 2023 su AI Risk Management Framework, organizado en torno a las funciones de gobernar, mapear, medir y gestionar. La Unión Europea aprobó en 2024 el AI Act, basado en riesgos y con obligaciones reforzadas para sistemas de alto impacto. El Reino Unido lanzó en 2021 su Algorithmic Transparency Recording Standard, luego consolidado como referencia de transparencia para organismos públicos. Claramente la IA puede ayudar al Estado, pero garantizando cuestiones éticas mediante controles, auditorías y responsabilidad humana indelegable.</p><p>El término gemelo digital proviene de ámbitos industriales y tecnológicos, donde se utilizan modelos virtuales para simular el comportamiento de sistemas reales. Pero un gemelo digital de la sociedad implica un salto ético importante. Una sociedad no es una turbina ni una red eléctrica. Está compuesta por personas libres, trayectorias biográficas, familias, creencias, vulnerabilidades, pobrezas, decisiones íntimas, errores, esperanzas y conflictos.</p><p>Cuando el Estado modela digitalmente la vida social, aun con finalidades nobles, ya no sólo administra información. También produce categorías sobre personas y grupos, anticipa comportamientos, clasifica riesgos, interviene sobre poblaciones, asigna prioridades y genera perfiles. Sin controles adecuados, una herramienta de asistencia pública puede derivar en una forma de poder predictivo difícil de auditar.</p><p>&nbsp;</p>Ética institucional<p>La ética institucional exige preguntar qué datos se usarán, de dónde provienen, qué sensibilidad tienen, si se cruzarán fuentes estatales y privadas, cuánto tiempo se conservarán, qué grado real de anonimización habrá, quién verificará que no exista reidentificación, si habrá auditorías externas, revisión humana y responsables ante daños, exclusiones o discriminaciones. Esto es congruente con la Ley 25.326 de Protección de Datos Personales, que exige datos ciertos, adecuados, pertinentes y no excesivos, evita usos incompatibles con la finalidad original y dispone su supresión cuando dejen de ser necesarios. Incorporar estos criterios desde el diseño reforzaría la finalidad definida, la responsabilidad institucional y la confianza pública del Gemelo Digital Social.</p><p>Helen Nissenbaum sostuvo en “Privacy in Context” que la privacidad no puede entenderse sólo como secreto, sino como integridad contextual, es decir, como circulación de datos respetuosa de los contextos y normas de uso que les dan sentido. Luciano Floridi subrayó en “The Ethics of Information” las obligaciones morales propias de los entornos informacionales. Virginia Dignum insistió en “Responsible Artificial Intelligence” en que la IA responsable requiere diseño, control humano y rendición de cuentas. Mireille Hildebrandt advirtió en “Smart Technologies and the End of Law” que el Estado de derecho se debilita cuando las decisiones automatizadas operan opacamente o desplazan la defensa jurídica. Cathy O’Neil mostró en “Weapons of Math Destruction” cómo los modelos cuantitativos pueden dañar cuando clasifican poblaciones vulnerables sin revisión ni posibilidad efectiva de impugnación. Básicamente, estos expertos no rechazan la tecnología, llaman a gobernarla responsablemente.</p><p>Por ello, la revisión ética debería integrarse desde el inicio, no añadirse al final como una instancia meramente validatoria. Debe estar en la arquitectura del proyecto, en la definición de finalidades, la selección de datos, las auditorías, los protocolos de daño, la comunicación pública y los límites que el sistema no podrá cruzar. En suma, se trata de una ética pública de la IA aplicada a sistemas estatales que procesan información sobre poblaciones humanas, anticipan conductas, definen prioridades y pueden afectar derechos, oportunidades o trayectorias vitales.</p><p>Una conducción ética temprana protege al proyecto de futuros cuestionamientos jurídicos, políticos, reputacionales y sociales, porque revisa finalidades, exige trazabilidad, advierte sesgos, evalúa proporcionalidad, recomienda auditorías, analiza impactos sobre grupos vulnerables y establece criterios de intervención humana obligatoria. No se reduce a una mirada informática, administrativa o jurídica, requiere formación específica, conocimiento de precedentes y normativas internacionales, experiencia en comités, familiaridad con dilemas bioéticos, comprensión del Estado y capacidad para distinguir entre un riesgo abstracto y un daño institucional concreto.</p><p>Por ejemplo, el Gemelo Digital Social debería aplicar el principio de no delegación. La IA puede asistir al Estado, pero no reemplazar su responsabilidad. Todo sistema predictivo debe tener un responsable humano, toda clasificación sensible debe ser revisable, toda recomendación automatizada que pudiera afectar derechos debe ser explicable, toda intervención sobre población vulnerable debe someterse a proporcionalidad y justicia, toda base de datos debe tener finalidad definida y todo proveedor tecnológico debe sujetarse a reglas claras.</p><p>&nbsp;</p>Principios éticos<p>Otros principios éticos aplicados contribuirían también a garantizar que el Estado use datos para mejorar políticas públicas, sin que la ciudadanía perciba que sus trayectorias vitales son objeto de modelización sin explicación suficiente. Asegurarían que la simulación de escenarios no predestine personas; que anticipar vulnerabilidades no las fije como identidades; que detectar riesgos no transforme la sospecha estadística en tratamiento político; y que mejorar la asignación de recursos no esconda decisiones morales detrás de cálculos automatizados.</p><p>Argentina tiene la oportunidad de construir un Estado más inteligente sin devenir en uno más invasivo. Sería un leading case regional de innovación responsable incorporando desde el inicio una conducción ética robusta; no como instancia secundaria, sino como función capaz de anticipar problemas, ordenar criterios, establecer protocolos, dialogar con técnicos, advertir riesgos y sostener públicamente la legitimidad del proyecto.</p><p>La ética no impide que el Estado innove, asegura que esa innovación pueda sostenerse en el tiempo con legitimidad, confianza y responsabilidad pública. En iniciativas de esta magnitud, siempre es provechoso convocar a tiempo a quienes pueden anticipar problemas antes de que se conviertan en daños, litigios o crisis de confianza.</p><p>&nbsp;</p><p>(*) Es rabino y académico argentino</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/AK88YGLi9G7LLn6uuUcU3CEl0Gs=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/05/sociedad_2.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Argentina tiene la oportunidad de construir un Estado más inteligente sin devenir en uno más invasivo]]>
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                                <updated>2026-05-31T03:25:52+00:00</updated>
                <published>2026-05-31T03:24:07+00:00</published>
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            La IA y la educación en el emprendimiento
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Fh98xzN-lBQJr2yAYWTHJPet6wU=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/05/sociedad_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Marcos Agurto (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>La inteligencia artificial (IA) está ingresando rápidamente a las aulas universitarias; incluso antes de llegar a la universidad, muchos estudiantes ya han experimentado con ella. En la educación en emprendimiento, hoy se utiliza para explorar ideas, bosquejar planes de negocio o analizar mercados.</p><p>En cierta forma, esto no es completamente nuevo. Ya hemos vivido grandes cambios tecnológicos —como la expansión del poder de cómputo, internet y el acceso masivo a la información— que transformaron la manera de aprender y trabajar. La IA parece seguir esa misma trayectoria, aunque de forma más acelerada y poderosa. Pone información al alcance de todos —ningún ser humano puede competir con la IA en términos de acceso y velocidad de procesamiento— y, además, la reorganiza y recombina de maneras que se asemejan al razonamiento; aunque semejanza no es equivalencia.</p><p>&nbsp;</p><p>No comprende el significado</p><p>La IA puede producir resultados que lucen coherentes, estructurados e incluso inteligentes. Sin embargo, no “comprende” el significado de las cosas ni ejerce juicio en un sentido humano. Funciona identificando patrones y recombinando información existente. Esta diferencia es particularmente importante en la educación en emprendimiento. Nuestros estudiantes deben entenderlo y, sobre todo, confiar en que la verdadera inteligencia detrás de su trabajo sigue siendo la humana, para así desarrollar seguridad en su capacidad de pensar.</p><p>En el fondo, emprender no consiste simplemente en acceder a información, sino en identificar vacíos en la manera en que respondemos a necesidades humanas, tomar decisiones bajo incertidumbre y decidir qué ideas vale la pena impulsar. Estas no son tareas puramente técnicas; requieren interpretación, criterio y, fundamentalmente, consideraciones éticas.</p><p>La IA puede ayudar en este proceso. Permite explorar escenarios, comparar alternativas e identificar patrones con mucha más rapidez. En ese sentido, amplía enormemente el conjunto de posibilidades disponibles para los estudiantes; pero esto no es lo mismo que decidir.</p><p>La pregunta clave para quienes enseñamos debería ser cómo lograr que los alumnos utilicen la IA para fortalecer su pensamiento en lugar de reemplazarlo. Y también preguntarnos si, después de muchos años de enseñanza tradicional, los profesores estamos realmente preparados para este cambio.</p><p>&nbsp;</p><p>Verdadero potencial</p><p>Si la IA termina utilizándose solo para obtener información más rápido o para organizar y comparar datos —aunque sea de formas muy sofisticadas—, su aporte educativo será limitado. Su verdadero potencial aparece cuando obliga a los estudiantes a contrastar alternativas, cuestionar resultados, refinar ideas y pensar con mayor profundidad. Es decir, cuando desplaza el foco desde la simple producción de respuestas hacia el proceso de razonamiento.</p><p>Esto tiene implicancias importantes para la enseñanza y la evaluación. Si hoy es posible generar rápidamente productos finales bien presentados, evaluar únicamente el resultado final comienza a perder sentido. Necesitamos mirar más el proceso: cómo se construyen las ideas, cómo se evalúan distintas alternativas y cómo se toman las decisiones. En la práctica, esto exigirá una interacción más cercana con los estudiantes y un interés más profundo por entender cómo razonan. En clases numerosas esto no es sencillo, pero todo indica que será cada vez más necesario.</p><p>También existe un problema más amplio relacionado con la evidencia. Gran parte de la discusión actual sobre IA en educación se basa todavía en experiencias iniciales. Además, las instituciones que primero están adoptando estas herramientas suelen ser precisamente aquellas que ya tenían fortalezas previas en enseñanza de emprendimiento, lo que dificulta aislar el verdadero efecto de la IA. Necesitamos evaluaciones más rigurosas, combinando enfoques cuantitativos y cualitativos, y haciendo seguimiento a los estudiantes más allá del aula.</p><p>&nbsp;</p><p>Capacidades para&nbsp; interpretar</p><p>Finalmente, el uso efectivo de la IA en educación también resalta la importancia de disciplinas que normalmente no están al centro de esta discusión. Si queremos que los estudiantes utilicen bien estas herramientas, necesitan desarrollar capacidades para interpretar, reflexionar y evaluar consecuencias. La ética, la filosofía y otras áreas afines pueden contribuir a fortalecer esas habilidades. No sustituyen al conocimiento técnico; lo complementan.</p><p>Como ocurrió en otras grandes revoluciones tecnológicas, creo que en el mediano y largo plazo estaremos bien. Pero la historia también nos enseña que muchas personas enfrentarán dificultades a medida que ciertas tareas sean reemplazadas por la IA. Vale la pena que nuestros estudiantes reflexionen seriamente sobre esto y quizá incluso vean el emprendimiento como una forma de fortalecer la solidaridad y generar nuevas oportunidades para otros.</p><p>La IA está cambiando profundamente la manera en que aprendemos y trabajamos. Sin duda, expande lo que es posible; pero no elimina la necesidad del juicio ni del cuidado humanos. La IA puede generar posibilidades; sin embargo, no puede decidir cuáles son las que realmente importan.</p><p>(*) Profesor del Departamento de Economía de la Universidad de Piura</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Fh98xzN-lBQJr2yAYWTHJPet6wU=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/05/sociedad_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Los estudiantes deben entender y, sobre todo, confiar en que la verdadera inteligencia detrás de su trabajo sigue siendo la humana]]>
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                                <updated>2026-05-24T04:07:45+00:00</updated>
                <published>2026-05-24T04:06:17+00:00</published>
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            Deserción: más que un indicador, un problema de gestión
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/IER71nhSZEt2VOK1LhhXcMM3Ghg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/05/desercion.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Luis Quirós Rossi (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>En algunas industrias, hay una señal que suele subestimarse: cuando el cliente deja de elegirte. Puede ser un consumidor que no vuelve a comprar, un afiliado que cancela su membresía, un paciente que cambia de clínica, un usuario que abandona una plataforma, un colaborador que renuncia o un estudiante que deja la universidad. En todos los casos, el fenómeno tiene un nombre común: deserción</p><p>La deserción no solo mide salida, sino también pérdida de confianza, pérdida de vínculo, pérdida de ingresos futuros y pérdida de valor no construido. Desde una mirada directiva, la pregunta no debería ser únicamente cuántos se fueron, sino cuánto valor dejamos de generar porque no logramos que nos vuelvan a elegir.</p><p>Como ejemplo, en el sector educación, cada ciclo, miles de estudiantes abandonan o cambian de universidad en América Latina. El dato suele aparecer en reportes institucionales como porcentajes de 20 %, 30 % o incluso 40 %. Sin embargo, el problema no es solo la cifra. El problema es cómo se interpreta.</p><p>El análisis básico de deserción siempre se relaciona con lo académico o social: falta de adaptación, problemas económicos o bajo rendimiento. Todo esto es cierto, pero es incompleto. Detrás de estas causas existen insights más profundos: una expectativa no cumplida, una experiencia deficiente, una promesa de valor poco clara, entre muchas otras.</p><p>Un buen gestor identifica correctamente el problema para diseñar mejores soluciones. Las respuestas no salen de una oficina; salen de la investigación, de entender al usuario y la experiencia completa.</p><p>&nbsp;</p><p>Medir solo en porcentajes</p><p>Decir “tenemos 30 % de deserción” puede preocupar, pero no genera urgencia directiva. Traducir ese porcentaje a dinero cambia completamente la conversación.</p><p>Un ejemplo simple: si ingresan 1,000 estudiantes y 300 desertan, con un ticket promedio anual de US$ 5,000, la institución deja de generar US$ 1.5 millones en un solo año. Ahora proyectemos esa pérdida a cinco años, a posgrados, a educación continua y a las recomendaciones que nunca ocurrirán. El problema deja de ser solo académico y se convierte en un problema financiero, comercial y estratégico.</p><p>Una mala gestión se refleja en ocultar estas cifras a través de porcentajes. Un 30 % no suena tan mal… ¿US$ 1.5 millones al año?</p><p>Si no te vuelven a elegir, no creciste Si tus clientes, usuarios o estudiantes no te vuelven a elegir, no necesariamente creciste. Solo vendiste.</p><p>En educación, muchas instituciones celebran los ingresos por matrícula como señal de crecimiento, pero si necesitan reemplazar constantemente a los estudiantes que se van, no están creciendo de manera sostenible. Están rotando.</p><p>Lo mismo ocurre en otros sectores. Una empresa puede aumentar ventas por campañas agresivas, descuentos o inversión publicitaria, pero si pierde clientes al poco tiempo, el crecimiento es frágil. La captación puede maquillar el problema, pero la retención revela la salud real del modelo. Crecer no es solo atraer más. Crecer es lograr que quienes llegaron quieran quedarse.</p><p>&nbsp;</p><p>Captar cuesta más que retener</p><p>En marketing, existe un principio ampliamente discutido: adquirir un nuevo cliente suele costar mucho más que retener uno existente. A pesar de ello, muchas organizaciones siguen destinando mayor esfuerzo, presupuesto y atención a la captación que a la fidelización.</p><p>En el caso universitario, si un estudiante se retira en el primer ciclo, probablemente la inversión realizada para captarlo aún no se recuperó. Es decir, desde una mirada financiera, la institución puede estar trabajando a pérdida.</p><p>El problema no está en invertir en captación. Toda organización necesita atraer nuevos clientes. El problema está en no equilibrar esa inversión con una estrategia sólida de experiencia, acompañamiento, satisfacción y permanencia, porque vender sin retener es una forma incompleta de crecer.</p><p>Un problema de gestión</p><p>Gestionar la deserción exige pasar de la reacción a la anticipación. No basta con intervenir cuando el estudiante ya decidió irse. Hay que identificar señales tempranas.</p><p>En otras industrias ocurre lo mismo. El cliente casi nunca se va de un día para otro. Antes de irse, deja señales. El reto directivo está en construir sistemas capaces de leer esas señales antes de que la pérdida ocurra.///</p><p>&nbsp;</p><p>(*) Director Ejecutivo de la Maestría en Administración de Agronegocios de Esan Graduate School of Business</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/IER71nhSZEt2VOK1LhhXcMM3Ghg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/05/desercion.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Las respuestas no salen de una oficina; salen de la investigación, de entender al usuario y la experiencia completa]]>
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                                                <category term="sociedad" label="sociedad" />
                                <updated>2026-05-17T03:25:15+00:00</updated>
                <published>2026-05-17T03:23:49+00:00</published>
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            La bioética ante la medicina algorítmica
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/N3OHufVdOJ9fo8bfY3bLSjIWH6Q=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/05/sociedad.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Fishel Szlajen (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>Existen centros de salud donde el paciente ingresa, sus estudios son procesados por sistemas de IA que sugieren diagnósticos, clasifican riesgos, priorizan casos y orientan decisiones médicas. Todo parece más rápido, eficiente y objetivo. Pero la pregunta bioética decisiva no es sólo si el sistema produce una recomendación confiable, sino quién ve realmente al paciente, quién responde moralmente por la decisión y si el paciente comprende qué peso tuvo esa herramienta en su diagnóstico o tratamiento.</p><p>La paradoja es que nunca hubo tantos datos sobre el cuerpo humano, pero cada vez menos conocimiento sobre la persona concreta. La IA mide, predice y clasifica; convierte síntomas en patrones, imágenes en probabilidades e historias clínicas en perfiles de riesgo. Pero la bioética se funda cuando la técnica descubre su límite, para que el paciente deje de ser un conjunto de variables y vuelve a manifestarse como rostro, historia, vulnerabilidad y responsabilidad.</p><p>&nbsp;</p><p>Desde la filosofía</p><p>Para resolver este problema podemos acudir a Yehuda Halevi, filósofo y médico del siglo XI, quien distinguió en el Kuzarí entre el Dios pensado por los filósofos y el Dios vivido por Israel. El primero es alcanzado por la razón, la abstracción y la deducción metafísica. Es el primer motor inmóvil, causa primera y pensamiento que se piensa a sí mismo. Un Dios inteligiblemente perfecto, pero separado de la historia e indiferente al drama humano.</p><p>El Dios bíblico, en cambio, no es una conclusión conceptual, sino una presencia histórica en una relación viva, normativa y comunitaria. Es el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el Dios que pacta, libera de la esclavitud, revela la Torá y preceptúa una forma de vida. Halevi no niega la razón, sino su absolutización. Advierte que una verdad puramente pensada puede devenir insuficiente cuando se separa de la existencia vivida.</p><p>Análogamente se diferencia el paciente abstracto del paciente real. El primero es el sujeto de protocolos, formularios, estadísticas, modelos predictivos y categorías jurídicas. Es racional, autónomo, informado y capaz de decidir sin miedo, dolor, ignorancia técnica ni presiones familiares, económicas o institucionales. Pero ese paciente casi nunca existe. El paciente real, en contraste, está angustiado, enfermo, condicionado por el lenguaje médico, atravesado por su biografía, creencias, familia, fragilidad y desigual acceso a la información.</p><p>Así como Halevi sospechaba de un Dios reducido a una operación mental, la bioética debe sospechar de un paciente reducido a categoría funcional. Del mismo modo que el Dios del filósofo puede ser conceptualmente perfecto, pero no pacta, no escucha, no libera ni preceptúa, el paciente abstracto de cierta tecnocracia sanitaria puede ser útil para diseñar sistemas, pero no sufre, no teme, no pregunta, no espera ni muere.</p><p>La IA en salud vuelve esta cuestión más urgente. La OMS reconoció su potencial para la atención médica, la investigación y la salud pública, pero reclamó gobernanza ética, transparencia y control humano (Ethics and Governance of AI for Health, 2024). La FDA destacó su capacidad transformadora, aunque exige evaluar seguridad, eficacia y gestión de riesgos (AI-Enabled Device Software Functions, 2025). Similarmente The Hastings Center for Bioethics advirtió sobre privacidad, comprensión insuficiente del paciente, sesgos, seguridad, confianza y rendición de cuentas en la IA sanitaria (AI in Healthcare, 2026).</p><p>El problema no es de precisión técnica sino de mediación moral. La IA mejora diagnósticos, detecta patrones invisibles para el ojo humano, acelera procesos y asiste a médicos sobrecargados. Pero cuando la herramienta reemplaza el juicio responsable, allí nace la confusión bioética creyendo que calcular mejor es decidir mejor, que predecir es comprender, que clasificar es responder y que la precisión estadística sustituye la prudencia clínica. A mayor capacidad de calcular al paciente, más urgente se vuelve una bioética capaz de restituir su singularidad, su vulnerabilidad y la responsabilidad indelegable del acto clínico.</p><p>El algoritmo no ve un rostro, procesa variables. No escucha una biografía, reconoce patrones. No acompaña una angustia, estima riesgos. No asume culpa, licúa responsabilidades entre programadores, AI trainers, instituciones, fabricantes, médicos y sistemas regulatorios. Por ello, aunque pueda ser clínicamente valioso, nunca debe ser confundido con un sujeto moral.</p><p>El consentimiento informado muestra claramente este límite. Cuando intervienen sistemas algorítmicos opacos, puede volverse formalmente válido, pero materialmente débil. Qué significa consentir el uso de una herramienta que el propio médico no puede explicar por completo. Qué significa aceptar una recomendación basada en modelos entrenados con datos cuya composición, sesgos o márgenes de error se desconocen. Qué significa decidir libremente cuando el lenguaje técnico impide comprender el alcance real de la intervención.</p><p>Halevi ofrece una clave. La filosofía, buscando lo universal, infiere un Dios en general; la religión, en cambio, reconoce a Dios en lo particular de un pueblo, una lengua, una historia y una ley. Ninguna abstracción, por perfecta que sea, agota la densidad de una existencia concreta. Lo mismo ocurre con los principios de autonomía, beneficencia, no maleficencia y justicia, que concebidos como fórmulas abstractas pierden fuerza moral. Pero articulados y aplicados a la situación concreta del paciente real, recuperan su verdadero sentido. Por ejemplo, la autonomía no reducida a deseo ni a firma; la beneficencia no confundida con eficiencia; la justicia no limitada a distribución estadística; y la no maleficencia cuando no omite daños invisibles como pérdida de privacidad, opacidad decisional o erosión del vínculo médico-paciente.</p><p>Así como el judaísmo no es, para Halevi, una teoría sobre Dios ni se comprende desde la metafísica abstracta, sino como una relación histórica entre Dios e Israel, tampoco la medicina puede reducir al paciente a una teoría sobre su patología, riesgos, indicadores o datos. El Dios invocado, obedecido y vivido compromete una existencia de un modo que el Dios inteligible, necesario y universal no alcanza a producir. De manera semejante, la medicina algorítmica puede producir un paciente medible y clasificable, pero la bioética debe abogar por el paciente vivido, el que tiene nombre, miedo, familia, memoria, pudor, creencias, dolor y esperanza.</p><p>&nbsp;</p><p>Ética del límite</p><p>Aquí aparece la necesidad de la Ética del Límite, que incluye el principio conocido como human in the loop exigiendo que la IA asista, no reemplace; sugiera, no decida soberanamente; amplíe la capacidad médica, no diluya la responsabilidad profesional; acelere procesos, no vacíe el consentimiento; mejore el acceso, no convierta al paciente en campo experimental de sistemas insuficientemente explicados.</p><p>El límite ético no es enemigo de la técnica, sino la condición de su legitimidad evitando que devenga en poder desnudo. Sin responsabilidad, la eficiencia deviene excusa. Sin rostro concreto, el paciente se transforma en dato. Sin consentimiento real, la autonomía se vuelve ficción burocrática.</p><p>La bioética de nuestro tiempo debe relacionarse con la medicina como Halevi relacionó la religión con la filosofía. Halevi no negó la razón ni despreció el pensamiento abstracto, los ubicó en su lugar advirtiendo que cuando se absolutizan olvidan la vida. Por eso no preguntaba sólo qué puede demostrar la razón sobre Dios, sino dónde ocurrió la revelación, cuándo, ante quiénes y qué forma de vida exigía.</p><p>Esa advertencia vale hoy para la IA en salud. La bioética tampoco debe preguntar sólo qué puede hacer un algoritmo, sino quién decide, en qué situación de vulnerabilidad, con qué información disponible, bajo qué consentimiento real, asumiendo qué responsabilidad y sujeto a qué límites. No alcanza con el Dios pensado, hace falta el Dios vivido. No alcanza con el paciente calculado, hace falta el paciente concreto. No alcanza con una medicina algorítmica, necesitamos una medicina responsable.</p><p>&nbsp;</p><p>(*) Rabino y académico argentino especializado en bioética</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/N3OHufVdOJ9fo8bfY3bLSjIWH6Q=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/05/sociedad.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La irrupción de la inteligencia artificial en la atención sanitaria promete eficiencia y precisión, pero también plantea varios interrogantes]]>
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                                <updated>2026-05-10T04:24:21+00:00</updated>
                <published>2026-05-10T04:23:00+00:00</published>
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            Entre la fe del pueblo y el desafío del encuentro
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/9uM09IEylnGH1yzuTnwW88ke0sI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/05/papa_francisco.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Máximo Jurcinovic (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>A un año de su muerte, Luján no fue escenario de un acto, sino el lugar de una celebración. Y en esa diferencia —que puede parecer menor— se juega algo esencial del legado de Francisco. Porque un acto se organiza y se controla; una celebración, en cambio, se comparte, se habita y se vive. Eso fue lo que ocurrió: un pueblo reunido, una fe que no necesita explicación y una Iglesia que sigue de pie. Hubo pueblo y sacerdotes, familias y jóvenes. Y hubo también “mundo”. No como algo externo, sino como ese interlocutor permanente al que Francisco nunca dejó afuera. Ese cruce —a veces incómodo, a veces desconcertante— forma parte constitutiva de su legado: una Iglesia que no se repliega, sino que se anima a dialogar.</p><p>&nbsp;</p><p>“Hacer lío”</p><p>En ese marco se comprende otra de las expresiones del aniversario: la presencia del sacerdote DJ, el padre Guilherme Peixoto. Para algunos, una provocación; para otros, algo difícil de comprender. Pero, en el fondo, fue una expresión concreta de ese “todos, todos, todos” que Francisco dejó como horizonte: una Iglesia que no selecciona a quién incluir, sino que se anima a encontrarse con la realidad tal como es. Lejos de ser un hecho aislado, formó parte de una propuesta más amplia: una experiencia que une música y palabras de Francisco, tendiendo puentes con los lenguajes actuales. Plaza llena, jóvenes y adultos reunidos, y una fe que se expresa sin moldes rígidos: también eso es “hacer lío”.</p><p>La celebración de este aniversario volvió a poner en el centro una intuición clave de su pontificado: la fe no puede quedar reducida a lo conocido ni a lo cómodo. Debe animarse a habitar nuevos espacios, incluso aquellos que generan desconcierto. No para diluirse, sino para encontrarse; para anunciar esperanza en lenguajes que puedan ser comprendidos hoy. Eso no implica perder identidad. Al contrario, supone una identidad profunda, pero no rígida: una identidad que no se defiende cerrándose, sino que se fortalece en el encuentro; que escucha, dialoga y se deja interpelar.</p><p>En esa misma línea, la celebración en Luján expresó lo que estos eventos religiosos ya venían manifestando. La homilía de monseñor Marcelo Colombo, presidente del Episcopado Argentino, logró poner en palabras una experiencia compartida: la sensación de que Francisco se extraña. “Es muy común escuchar entre nuestra gente, respecto de Francisco, que se lo extraña”, afirmó. Pero inmediatamente desarmó cualquier tentación de nostalgia paralizante: “No se trata de quedarse en el pasado, sino de reconocer que Francisco entró en nuestras vidas para quedarse”.</p><p>&nbsp;</p><p>Lo que significó</p><p>Esa afirmación cambia todo. Porque no habla solo de recuerdo, sino de presencia: de una palabra que sigue viva, que sigue interpelando. “¡Cómo nos gustaría escucharlo hoy, en estos momentos tan duros!”, expresó Colombo. Y esa frase, tan simple, condensa una experiencia colectiva: Francisco no fue solo una figura relevante; fue una voz que amplió el horizonte, que insistió una y otra vez en la necesidad de construir un “nosotros” más grande. Siempre desde la periferia hacia el centro. Y también, hasta el final de sus días, su compromiso por la paz. No como una consigna abstracta, sino como una construcción concreta: diálogo entre sectores, encuentro entre diferencias, trabajo paciente por una sociedad más justa. Una paz exigente, que no se improvisa y que necesita de todos.</p><p>También el Papa León XIV retomó ese camino al recordar que “sus palabras y sus gestos permanecen grabados en nuestros corazones”, y al convocar a seguir adelante, evocó a Francisco como aquel que anunció la alegría del Evangelio, vivió la misericordia y promovió la fraternidad entre todos. Por eso resulta inevitable mirar con cierta preocupación lo que también ocurrió en Lujan. Mientras dentro de la Basílica se vivía una celebración cargada de sentido, trascendieron discusiones políticas, visibles e invisibles: preocupaciones por lugares, por sillas, por ubicaciones. Como si lo importante fuera ocupar un espacio y no compartir un mismo horizonte. Ahí surge una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿somos capaces de sentarnos juntos, incluso cuando pensamos distinto? ¿Podemos vivir la fraternidad más allá de nuestras posiciones? Porque no era un acto. Era una celebración.</p><p>&nbsp;</p><p>El argentino más trascendente</p><p>En ese contexto, la frase del presidente Javier Milei, al definir a Francisco como “el argentino más trascendente de la historia”, resuena con fuerza. No solo por lo que afirma, sino por lo que implica: debería ser un punto de partida para mirar más lejos, para salir de la lógica del enfrentamiento permanente y animarnos a construir algo en común. La celebración en Luján dejó ver algo que a veces se pierde entre discusiones: el pueblo sigue estando, la fe sigue viva, la Iglesia sigue intentando dialogar con el mundo real. No con uno ideal, sino con el que existe, con sus contradicciones y sus búsquedas.</p><p>Recordar a Francisco no alcanza. Su legado no se honra repitiendo sus palabras, sino animándose a vivirlas. Y eso implica algo profundamente exigente: construir fraternidad en serio. No solo cuando es fácil, sino precisamente cuando es difícil. Cuando hay diferencias, tensiones e intereses en juego. Tal vez, si ese camino se vuelve real, empiece a asomar una nueva cara de la Patria.///</p><p>&nbsp;</p><p>(*) Sacerdote. Director de la Oficina de Comunicación y prensa del Episcopado Argentino</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/9uM09IEylnGH1yzuTnwW88ke0sI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/05/papa_francisco.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>La conmemoración del primer año sin el Papa Francisco evidenció algo más que memoria: mostró a un pueblo que celebra unido y a una lógica de poder que todavía no aprende a sentarse en fraternidad]]>
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                                <updated>2026-05-03T03:50:06+00:00</updated>
                <published>2026-05-03T03:23:15+00:00</published>
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            El alma de los libros en tiempos de pantallas
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/vByPUxenvQWsvmOSOxdH-SgvJ3c=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/04/libros.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Guillermo Marcó (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>La historia de la humanidad tiene millones de años, se pierde en la nebulosa del tiempo, antes de que existiese la escritura, sólo es posible conjeturar con algunas tradiciones orales, historias que los pueblos se fueron transmitiendo a modo de relatos, que son los que aglutinaron a los homo sapiens en torno a creencias comunes. En la memoria de los pueblos, los primeros relatos son los creacionales, las historias sobre los dioses y del origen del cosmos. Los primeros seres humanos se fueron congregando en torno a estas historias narradas por los ancianos que les daban una identidad común.</p><p>&nbsp;</p><p>La escritura</p><p>Sin embargo, la escritura fue creada por los sumerios (actual Irak) alrededor de 3200 años antes de Cristo. Usaban formas de cuña que se imprimían en tabletas de arcilla para llevar los registros contables y administrativos de los templos.</p><p>En Egipto la escritura jeroglífica data de 4000 años antes de Cristo. En América los primeros registros son alrededor del año 900 ac. Sin embargo eran sólo los expertos -llamados escribas- los que manejaban este arte de leer y escribir. La mayoría de las personas hasta épocas recientes no poseían libros ni sabían leer. La escritura en los primeros siglos se hacía en papiros, se usaba el tallo de esa planta, se lo cortaba en tiras finas y se la cruzaba en horizontal y vertical, esas capas se golpeaban y luego se prensaba durante varios días para crear una hoja resistente y flexible, estas hojas muy largas se escribía con plumas de ganso o cañas afiladas y la tinta se fabricaba con agallas de roble y hierro. La biblioteca de Alejandría conservaba rollos de papiro, no libros.</p><p>El primer libro impreso del que se tenga conocimiento fue el “El Sutra del Diamante”, datado en el año 868 d.C. en China, es el libro impreso más antiguo conocido, creado mediante xilografía.</p><p>Cuando se habla de impresión hay que hablar del alemán Johannes Gutenberg y de la invención de la imprenta en el año 1440. El “Padre de la Imprenta” desarrolló una moderna técnica de impresión con tipos móviles (moldes de letras) en vez de utilizar las tablillas de madera, que se desgastaban con el uso, confeccionó moldes con hierro. En total 150 tipos imitando a la perfección la escritura de un manuscrito. Ahora bien, ¿Cuál fue el primer libro impreso? Fue La Biblia, que es además indiscutiblemente el libro más impreso, distribuido y vendido de la historia, con estimaciones que superan los 5.000 a 6.000 millones de ejemplares. Ha sido traducida a miles de idiomas.</p><p>&nbsp;</p><p>Feria del Libro</p><p>El jueves pasado empezó en Buenos Aires la Feria del Libro. En tiempo de pantallas y teléfonos, me parece importante destacar la importancia de los libros impresos y de su lectura.</p><p>A propósito de eso quisiera compartir con ustedes un párrafo de la extraordinaria novela de Carlos Ruiz Zafón “La sombra del viento”: “Seguimos al guardián a través de aquel corredor palaciego y llegamos a una gran sala circular donde una auténtica basílica de tinieblas yacía bajo una cúpula acuchillada por haces de luz que pendían desde lo alto. Un laberinto de corredores y estanterías repletas de libros ascendía desde la base hasta la cúspide, dibujando una colmena tramada de túneles, escalinatas, plataformas y puentes que dejaban adivinar una gigantesca biblioteca de geometría imposible. Miré a mi padre, boquiabierto. Él me sonrió, guiñando el ojo.</p><p>—Daniel, bienvenido al Cementerio de los Libros Olvidados-.</p><p>Salpicando los pasillos y plataformas de la biblioteca se perfilaban una docena de figuras. Algunas de ellas se volvieron a saludar desde lejos, y reconocí los rostros de diversos colegas de mi padre en el gremio de libreros de libros usados.</p><p>—Este lugar es un misterio, Daniel, un santuario. Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él. Cada vez que un libro cambia de manos, cada vez que alguien desliza la mirada por sus páginas, su espíritu crece y se hace fuerte. Hace ya muchos años, cuando mi padre me trajo por primera vez aquí, este lugar ya era viejo. Quizá tan viejo como la misma ciudad. Nadie sabe a ciencia cierta desde cuándo existe, o quiénes lo crearon. Te diré lo que mi padre me dijo a mí. Cuando una biblioteca desaparece, cuando una librería cierra sus puertas, cuando un libro se pierde en el olvido, los que conocemos este lugar, los guardianes, nos aseguramos de que llegue aquí. En este lugar, los libros que ya nadie recuerda, los libros que se han perdido en el tiempo, viven para siempre, esperando llegar algún día a las manos de un nuevo lector, de un nuevo espíritu. En la tienda nosotros los vendemos y los compramos, pero en realidad los libros no tienen dueño. Cada libro que ves aquí ha sido el mejor amigo de alguien. Ahora sólo nos tienen a nosotros”.</p><p>No sería quien soy sin mis libros, no habría fe en mí si las diversas generaciones de creyentes no hubiesen preservado los textos de la Biblia. Ojalá que las nuevas generaciones sigan amando los libros y enriqueciéndose con su lectura.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/vByPUxenvQWsvmOSOxdH-SgvJ3c=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/04/libros.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>La lectura en papel invita a la concentración y al disfrute pausado, cualidades que muchas veces se diluyen en la era de la hiperconexión]]>
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                                <updated>2026-04-26T03:14:27+00:00</updated>
                <published>2026-04-26T03:12:53+00:00</published>
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            La sobreconfianza en la IA y la necesaria alfabetización tecnológica
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                <![CDATA[Ecos Diarios]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/SXXwTfaL-lxZX14LynVq1n6x0zo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/04/inteligencia_artificial.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Andrés Gil Domínguez (*)</p><p>Colaboración</p><p>La expansión social de la IA generativa instaló una paradoja: nunca fue tan fácil obtener respuestas rápidas, ordenadas y persuasivas, pero a la vez, nunca fue tan necesario reaprender a utilizar el pensamiento crítico humano. El problema no radica solamente en que la IA generativa pueda equivocarse. El verdadero riesgo aparece cuando su velocidad, su seguridad expresiva y su racionalidad llevan al ser humano a aceptar sus respuestas como si fueran verdaderas por el solo hecho de provenir de una tecnología disruptiva y cognitiva como nunca antes existió en la historia de la humanidad.</p><p>Este suceso se basa en la sobreconfianza humana en la IA. No se trata simplemente de un exceso de entusiasmo frente a una innovación poderosa, sino que configura un sesgo de validación externa por el cual el sujeto humano abdica, en mayor o menor medida, de su responsabilidad intelectual y crítica. Consecuentemente, la respuesta algorítmica deja de cumplir el rol de copiloto o coworking y se convierte en una autoridad irrebatible. Ese desplazamiento confunde eficiencia con verdad, cálculo con criterio y capacidad de respuesta con corrección ética o fáctica.</p><p>La cuestión merece atención porque no afecta solo a especialistas ni a entornos técnicos. La sobreconfianza en la IA se verifica en la vida cotidiana, en la educación, en el periodismo, en el mundo profesional, en la administración pública y, desde hace un tiempo en nuestro país, también se hizo presente en la tarea de abogados y jueces. Allí donde una persona recibe una respuesta bien escrita, veloz y convincente, aparece la tentación de delegar no solo una tarea, sino también, gran parte del juicio crítico.</p><p>La sobreconfianza en la IA se produce por varias razones que provienen de diferentes ámbitos.</p><p>La primera se debe a que la IA generativa produce textos fluidos, seguros, coherentes en apariencia y con una estructura discursiva que se asemeja a la de una persona humana con un alto coeficiente intelectual. Esa naturalidad lingüística genera una ilusión de comprensión profunda. Sin embargo, una respuesta bien redactada no equivale necesariamente a una respuesta verdadera. La forma expresiva de la IA suele ocultar un dato decisivo: puede ofrecer afirmaciones plausibles pero falsas, referencias inexistentes, omisiones importantes o inferencias defectuosas sin advertirlo de manera clara.</p><p>Crédito excesivo</p><p>La segunda razón reside en un fenómeno cognitivo más antiguo que la IA generativa, pero que hoy adquiere una nueva intensidad: el automation bias. Documentado desde hace décadas en la investigación sobre factores humanos, describe la tendencia a otorgar un crédito excesivo a las recomendaciones producidas por sistemas automatizados. Cuando una IA responde, muchas personas asumen de manera casi refleja, que esa salida posee un grado de objetividad o exactitud superior al del juicio humano. Esa reacción no nace de una comprobación racional, sino del prestigio cultural de la técnica y de la creencia de que lo tecnológico es, por definición, más neutral o fiable. Un estudio experimental reciente, publicado en Scientific Reports por Joe Pearson, Itiel Dror y colaboradores bajo el título “Examining human reliance on artificial intelligence in decision making” (2026), lo confirmó en el contexto específico de la IA. Los investigadores pidieron a 295 participantes que distinguieran entre 80 rostros -cuarenta reales y cuarenta sintetizados mediante IA- mientras recibían una orientación que, sin que lo supieran, solo acertaba la mitad de las veces y que se les presentaba atribuida a una persona humana o a un sistema de IA. El hallazgo fue revelador: quienes mantenían actitudes más positivas hacia la IA y recibían la guía supuestamente algorítmica mostraron menor capacidad para diferenciar los rostros auténticos de los sintéticos que quienes desconfiaban de ella. Dicho en otros términos: cuanto mayor era la predisposición a confiar en la IA, peor era el desempeño al juzgar lo que tenían delante de sus ojos.</p><p>La tercera razón es el antropomorfismo. La IA conversacional no se presenta como una calculadora ni como una base de datos sino como un interlocutor relacional que utiliza el lenguaje humano. Explica, resume, compara, corrige, propone y hasta parece comprender matices. Esa forma de interacción favorece que la persona proyecte rasgos humanos sobre el sistema: inteligencia, discernimiento, prudencia, sentido común, y últimamente, sociabilidad afectiva.</p><p>La cuarta razón tiene que ver con la economía del esfuerzo mental. Pensar críticamente exige tiempo, atención y energía. Verificar una afirmación, contrastar fuentes, detectar supuestos ocultos o revisar un razonamiento demanda un trabajo que muchas veces las personas no están dispuestas o no pueden hacer, sobre todo bajo presión, cansancio o sobrecarga informativa. En ese contexto, la IA generativa no solo ahorra tiempo, sino que fundamentalmente, ofrece una salida tentadora para evitar el costo de pensar por cuenta propia.</p><p>La quinta razón es más profunda y cultural: la IA ofrece una nueva forma de validación externa. Durante mucho tiempo, los seres humanos buscaron señales de autoridad para confirmar lo que pensaban: el experto, el libro, la institución, la mayoría, la tradición. Actualmente, en muchos contextos, esa función empieza a ser ocupada por la IA generativa que aparece como una instancia de cierre o titular de la última palabra. La persona humana no busca solo asistencia, sino también, la tranquilidad epistémica de sentir que alguien o algo ya pensó por ella.</p><p>Alfabetización</p><p>Ante el problema que plantea la sobreconfianza, la respuesta más razonable consiste en alfabetizar en IA a través de una pedagogía de la confianza tecnológica calibrada, retomando una noción desarrollada hace dos décadas por la investigación en factores humanos, en particular, por Lee y See en el artículo “Trust in Automation: Designing for Appropriate Reliance” (2004) -quienes denominaron “confianza calibrada” al ajuste entre la fiabilidad real de un sistema automatizado y el grado de confianza que depositamos en el mismo- y trasladarla al terreno de la IA generativa y su enseñanza.</p><p>La alfabetización en IA no debe reducirse a aprender a usar la IA como una herramienta o a redactar mejores prompts. Esto es solo una parte del problema. Por el contrario, significa formar personas capaces de comprender, aunque sea de manera básica, qué hace y qué no hace una IA generativa, como por ejemplo: qué tipo de errores puede cometer, por qué una respuesta puede sonar convincente sin ser correcta, qué tipo de verificación exige cada uso, cómo funcionan los agentes, pero sobre todo, por qué la responsabilidad final sigue estando en cabeza de la persona humana.</p><p>En ese sentido, la alfabetización en IA debe abarcar, como mínimo, cinco planos entrelazados.</p><p>El primero es comprender que una respuesta generada no equivale a una fuente. La IA no debería ocupar el lugar de la prueba, del antecedente verificable o del texto original. Su función, en todo caso, es ayudar a encontrar, ordenar, reformular, automatizar información o tareas que luego debe ser controlada.</p><p>El segundo es aprender a interrogar las respuestas. Toda salida de IA debería activar preguntas elementales: ¿de dónde surge esto?, ¿qué fundamento ofrece?, ¿qué fuentes lo sostienen?, ¿qué dejó afuera?, ¿qué presupuestos contiene?, ¿puedo verificarlo de manera independiente?</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/SXXwTfaL-lxZX14LynVq1n6x0zo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/04/inteligencia_artificial.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>La expansión de la IA generativa exige fortalecer el pensamiento crítico ante la tentación de aceptar respuestas automáticas y persuasivas sin verificación]]>
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                                                <category term="sociedad" label="sociedad" />
                                <updated>2026-04-19T01:15:10+00:00</updated>
                <published>2026-04-19T01:05:00+00:00</published>
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            ¿Cómo construir bienestar laboral en la era de la IA?
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/rMjNb7atvunzu79c_esy1pLLFa8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/04/ia_y_trabajo.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Nicolás Schvartzer (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>Hoy en día es habitual abrir LinkedIn y encontrarse con un sinfín de publicaciones que se imitan unas a otras, que nos cuentan sobre la certificación de un tercero o sobre lo bello de trabajar en determinada empresa. Y en muchos casos, eso es cierto. El clima de muchas organizaciones hoy permite que las personas florezcan.</p><p>Ahora bien, el punto interesante no está ahí. El clima no es solo un entorno agradable. Es el impulso que crea las condiciones psicológicas, emocionales y racionales para que las personas puedan rendir, crecer y sostener resultados en el tiempo. Es el impulso que crea las condiciones psicológicas, emocionales y racionales para que las personas puedan rendir, crecer y sostener resultados en el tiempo. Como todo clima, también tiene su sensación térmica. Es decir, la percepción real de lo que sucede, más allá de lo que se comunica.</p><p>Y en un contexto como el actual, donde la inteligencia artificial empieza a redefinir roles, tareas y decisiones, esta distinción se vuelve crítica. Porque la IA puede optimizar procesos, acelerar análisis y automatizar tareas, pero no puede reemplazar el sentido que las personas le dan a su trabajo ni la calidad del entorno en el que operan.</p><p>No es casualidad que cada vez más organizaciones pongan el foco en el clima. Datos recientes de Gallup muestran que los equipos con mayor nivel de engagement logran hasta un 23% más de rentabilidad y un 18% más de productividad. Los equipos con mayor nivel de engagement logran hasta un 23% más de rentabilidad y un 18% más de productividad. El punto no es si el clima impacta o no. Eso ya está fuera de discusión. El verdadero desafío es entender qué tipo de clima estamos construyendo y para qué, porque no cualquier clima genera resultados.</p><p>Sabemos que generar buenas condiciones es necesario. Pero ya no es suficiente.</p><p>El clima enfocado ¿Qué significa? El clima enfocado no es simplemente bienestar. Es bienestar con dirección. Es diseñar y sostener condiciones que no solo cuiden a las personas, sino que orienten comportamientos concretos hacia los resultados que la organización necesita. Es preguntarse qué necesitamos que pase en el día a día para que la estrategia deje de ser una presentación y se vuelva práctica.</p><p>Y acá aparece una tensión interesante. En muchas organizaciones se invierte en herramientas, procesos y ahora también en inteligencia artificial, esperando que eso transforme la forma de trabajar. Pero la evidencia muestra otra cosa: la tecnología amplifica lo que ya existe. Si hay claridad, la potencia. Si hay desorden, lo acelera.</p><p>Los líderes no son meros supervisores de tareas, sino modelos de los valores culturales que desean ver en la organización.</p><p>Gartner destaca que para 2026, la preservación de la resiliencia y la seguridad psicológica será una responsabilidad central de los líderes. Esto implica crear un equipo donde el cliente interno reciba el mismo nivel de atención y servicio que el cliente externo.</p><p>Y en entornos híbridos, virtuales y cada vez más mediados por tecnología, lo que sucede depende cada vez más de algo que no siempre se ve: cómo lideramos en ese contexto.</p><p>&nbsp;</p><p>Liderazgo para sostener cultura</p><p>Cuando el contexto se mueve más rápido que antes. Podemos tener las mejores prácticas, políticas y herramientas. Incluso podemos tener la mejor implementación de inteligencia artificial del mercado. Pero si los líderes no promueven, no encarnan y no sostienen esos comportamientos, el resultado siempre va a ser distinto al diseño.</p><p>De todo esto se desprenden dos ideas simples, pero incómodas: La cultura sucede, y sucede en función del liderazgo. Sino pregúntale a cualquier persona ¿qué tal es la cultura en tu empresa? a lo que muy probablemente recibirás como respuesta la experiencia que está teniendo con su líder.</p><p>Este pilar se refiere a la capacidad de visibilizar y maximizar el valor en cada acción. Los líderes deben actuar como dueños de la cultura resolviendo obstáculos de manera ágil. McKinsey identifica que los líderes de empresas con alto crecimiento (outperformers) se distinguen por cerrar la brecha entre el “saber” y el “hacer”. Estos líderes son un 80% más propensos a comunicar sus metas y logros de crecimiento de manera constante a través de todos los canales internos y externos.</p><p>El dato no sorprende tanto como interpela. Porque si el liderazgo no evoluciona al ritmo del contexto, todo lo demás empieza a quedar viejo. No es un problema de capacitación, es un problema de diseño y de continuidad.</p><p>En un contexto atravesado por IA, esto se vuelve aún más evidente. -Las decisiones son más rápidas. -La información es más accesible. -La ejecución es más eficiente.</p><p>&nbsp;</p><p>Los pilares del liderazgo</p><p>Pero la pregunta sigue siendo la misma: ¿qué hacemos con eso?. Ahí es donde aparece el liderazgo. Un liderazgo que debe pararse sobre tres pilares:</p><p>1 Personas Los líderes somos modelos culturales. Creamos equipo con el cliente y hacemos cliente a nuestro propio equipo. La tecnología puede escalar procesos, pero no reemplaza el vínculo.</p><p>La alineación de propósito es un factor crítico. Según McKinsey, los empleados que encuentran un sentido de propósito en su trabajo y sienten que este se alinea con el de la compañía experimentan mayores niveles de bienestar y compromiso. Los empleados que encuentran un sentido de propósito en su trabajo experimentan mayores niveles de bienestar y compromiso. Gallup corrobora que los equipos altamente comprometidos logran una rentabilidad 23% superior, lo que demuestra que el enfoque en las personas es una estrategia de negocio rentable y no solo una medida ética.</p><p>2 Gestión Somos responsables del impacto en el negocio. Definimos prioridades, tomamos decisiones y somos accountables de los resultados. La IA puede sugerir, pero alguien tiene que decidir.</p><p>3 Valor Generamos valor de manera constante. No desde la intención, sino desde la acción. Hacemos visible lo importante y priorizamos lo que mueve el negocio. No todo lo que se puede hacer, se debe hacer.</p><p>Diseñar el terreno La cultura no se instala. Se cultiva. Y como todo cultivo, no crece solo por haber sido sembrado. Necesita cuidado, criterio y adaptación constante. Hoy más que nunca, ese cultivo se da en un entorno donde conviven personas, procesos y tecnología de una manera nueva.</p><p>Por eso, el desafío no es solo generar un buen clima. Es generar un clima con intención:</p><p>-Un clima que permita que las personas sepan, quieran y puedan. -Un clima que no dependa de momentos, sino de prácticas. -Un clima que no se quede en el discurso, sino que se vea en las decisiones.</p><p>Y eso, todavía, sigue siendo profundamente humano.</p><p>&nbsp;</p><p>(*) Manager de People, Culture &amp; Development</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/rMjNb7atvunzu79c_esy1pLLFa8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/04/ia_y_trabajo.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>El liderazgo efectivo consiste en modelar valores culturales y mantener la resiliencia y seguridad psicológica]]>
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                                <updated>2026-04-12T02:03:19+00:00</updated>
                <published>2026-04-12T01:59:06+00:00</published>
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            Pantallas y adolescencia: quién educa cuando los algoritmos mandan
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/HsVHpaggqBDukbHa4QdszNn8cOI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/04/adolescente_con_pantalla.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Carina Cabo (*)<p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>Cada día, en miles de hogares, se repite la misma escena: un adulto pide que apaguen el celular y un adolescente resiste sin despegar la mirada de la pantalla.</p><p>No es desobediencia, ni falta de interés, ni apatía generacional: es la evidencia de un cambio de época en el que la atención -indispensable para los vínculos y para el aprendizaje- dejó de estar disponible. Y en esa disputa, muchas veces, las familias llegan tarde.</p><p>No se trata de demonizar la tecnología. Sería un error tan simplista como ineficaz. El problema no es la pantalla en sí, sino los entornos digitales que operan bajo la lógica de la economía de la atención: sistemas diseñados para captar, sostener y monetizar cada segundo de interés.</p><p>En ese contexto, los adolescentes no solo usan dispositivos, sino que habitan espacios que moldean hábitos, emociones y formas de vincularse.</p><p>Uso intensivo y desregulado</p><p>Diversos informes de UNICEF y UNESCO advierten que el uso intensivo y desregulado de pantallas se asocia con dificultades atencionales, alteraciones del sueño, mayor ansiedad y debilitamiento de los vínculos presenciales. Pero también señalan algo clave: el impacto no depende únicamente del tiempo de uso, sino de la calidad de la mediación adulta.</p><p>Y es allí donde aparece el verdadero desafío.</p><p>Durante mucho tiempo, educar implicaba establecer normas claras y esperar obediencia. Hoy, ese modelo está en tensión. Las familias se transformaron, los roles se volvieron más flexibles y, en muchos casos, los límites más difusos. A eso se suma una incoherencia que los propios adolescentes detectan con rapidez: adultos que piden desconexión mientras permanecen conectados de manera constante.</p><p>En ese marco, crecen la infancia y la adolescencia, en medio del mundo digital que desplaza experiencias esenciales como el juego libre, el aburrimiento creativo o la interacción cara a cara. No es que los jóvenes no quieran aprender o vincularse, es que compiten con entornos que están diseñados para no soltarlos.</p><p>En ese escenario, reducir el problema a la orden “dejá el celular” no solo resulta ineficaz, sino que evidencia la falta de herramientas para abordar una problemática compleja.</p><p>Educar hoy exige un cambio de posición. Implica reconocer que no todo uso es igual. Existen prácticas digitales que potencian la creatividad, el aprendizaje y la comunicación. Pero también hay consumos que generan dependencia, fragmentación de la atención y desregulación emocional. La diferencia no está en el dispositivo, sino en el vínculo que se construye con él.</p><p>Implica, también, abandonar la lógica del control sin diálogo. Como sostiene Daniel Goleman, la autorregulación no se impone: se aprende. Y se aprende en contextos donde hay adultos presentes, coherentes y disponibles emocionalmente.</p><p>Esa presencia no es vigilar ni castigar. Es algo más difícil y más necesario: escuchar sin juzgar, preguntar sin invadir, interesarse por lo que los adolescentes miran, sienten y comparten. Es construir acuerdos -no imponerlos- sobre tiempos de uso, espacios libres de tecnología, momentos de descanso y formas de cuidado. Porque el gran riesgo no es que los adolescentes estén conectados; el verdadero riesgo es que estén solos en esa conexión.</p><p>Muchas veces, las familias intervienen cuando el problema ya es visible: bajo rendimiento escolar, irritabilidad, aislamiento, conflictos. Sin embargo, las señales aparecen antes: cambios en el estado de ánimo, alteraciones del sueño, necesidad constante de validación, pérdida de interés por actividades presenciales. Leer esos indicios a tiempo no es controlar más, sino cuidar mejor.</p><p>¿Y los adultos?</p><p>Y hay un punto que incomoda, pero es imprescindible: los adultos también tenemos que revisar nuestra propia relación con la tecnología. No se puede educar en la regulación desde la hiperconexión. No se puede exigir coherencia sin ofrecerla. No se puede construir confianza desde el control permanente.</p><p>Educar en tiempos digitales no es una tarea técnica. Es una tarea profundamente humana. Supone recuperar el valor de la palabra, del tiempo compartido, de los límites con sentido. Supone formar sujetos capaces de elegir en un entorno que, muchas veces, decide por ellos.</p><p>En definitiva, la pregunta no es cuánto usan el celular los adolescentes. La pregunta es si hay un adulto dispuesto a enseñarles a soltarlo.///</p><p>(*) Doctora en Ciencias de la Educación y profesora de Filosofía</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/HsVHpaggqBDukbHa4QdszNn8cOI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/04/adolescente_con_pantalla.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>El impacto no depende únicamente del tiempo de uso, sino de la calidad de la mediación adulta]]>
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                                                <category term="sociedad" label="sociedad" />
                                <updated>2026-04-05T01:30:11+00:00</updated>
                <published>2026-04-05T00:42:00+00:00</published>
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            La importancia de la escritura y la plasticidad neuronal
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/hGf8lrfapCXfV-V1-gAbBT8rhRk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/03/nena.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Sonia Balcarce y Patricia Rio (*)</p><p>Para Ecos Diarios</p><p>&nbsp;</p><p>La neuroplasticidad es un concepto que tiene algo más de un siglo y que hace referencia a los procesos por los cuales el cerebro tiene la capacidad de realizar cambios estructurales y funcionales.</p><p>Si bien este concepto tuvo su origen en las investigaciones sobre “recuperación” de las funciones cerebrales, posteriores a lesiones, hace ya algunas décadas que se la vincula con el aprendizaje continuo.</p><p>Por su parte, la neuroeducación es una disciplina muy joven que integra la neurociencia, la psicología y la psicopedagogía, y que es fundamental para entender la importancia de la lectoescritura en el desarrollo del pensamiento crítico y de una comunicación eficiente.</p><p>En ese sentido, el aprendizaje de la escritura convencional y sus reglas, no es una cuestión menor. Nuestro cerebro no viene preparado evolutivamente para escribir, de la misma forma que sí lo está para el habla, esto implica que debe reestructurar y reorganizar (los dos mecanismos clave de la neuroplasticidad), áreas para adquirir la escritura que es una invención cultural reciente.</p><p>&nbsp;</p><p>Aprendizaje de la escritura</p><p>En la escritura, se ponen en marcha una planificación, el uso de la memoria de trabajo, habilidades visoespaciales para coordinar ojo - mano, requiere conocimientos del principio fonológico, ortográfico, se debe elegir un tipo de trazo, implica una intencionalidad y adecuación a quién va dirigido el texto escrito. Todo esto ocurre de forma sincronizada a través de tres pasos: procesar el mensaje, trasponerlo a letras, y ejecutar los movimientos para escribir.</p><p>Por esta razón, el aprendizaje de la escritura de forma convencional, es imprescindibles para una correcta comprensión lectora posterior, a través de sus reglas gramaticales y marcas de puntuación, las cuales dirigen la lectura y facilitan la comprensión del que lee, pero también del que escucha la lectura de un texto, mejora la dicción y hace claro el texto para su entendimiento.</p><p>Estamos presenciando un gran deterioro en el desarrollo de la escritura y la comprensión lectora, tanto en el nivel primario como en el secundario. Hoy, memos de la mitad de los niños de tercer grado escribe con deficiencias y no comprende lo que lee. Las causas provienen de diferentes factores, pero, consideramos clave, volver al aprendizaje de la escritura convencional desde los inicios de la educación formal para que nuestros niños y jóvenes se apropien de los saberes de escritores y lectores expertos, habilidad fundamental en un mundo globalizado.</p><p>(*) Psicopedagogas de Necochea</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/hGf8lrfapCXfV-V1-gAbBT8rhRk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/03/nena.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Hoy, memos de la mitad de los niños de tercer grado escribe con deficiencias y no comprende lo que lee]]>
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                                <updated>2026-03-29T03:25:34+00:00</updated>
                <published>2026-03-29T03:23:58+00:00</published>
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            Economía Joven: ¿Cuánto es el costo de la independencia?
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/z2QMoDhw7AInX2b3GpH066V4qBc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/03/compu.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Damián Di Pace (*)</p><p>Colaboración</p><p>&nbsp;</p><p>En Argentina, independizarse dejó de ser un paso natural en la transición hacia la adultez para convertirse en un desafío económico. La informalidad laboral -que afecta al 36% de los jóvenes-, el aumento de los alquileres y de los servicios, junto con ingresos que no acompañan ese ritmo, se presentan como barreras clave para quienes buscan dejar el hogar paterno.</p><p>Según la Fundación Tejido Urbano, cuatro de cada diez jóvenes de entre 25 y 35 años no logra sostener un proyecto habitacional propio y continúa viviendo en el hogar de origen, aun en plena edad productiva. En términos absolutos, esto equivale a casi 1,8 millones de personas.</p><p>En este contexto, desde Focus Market se elaboró la “Canasta Joven”, un ejercicio que estima cuánto debería destinar mensualmente una persona de entre 20 y 30 años para independizarse, dividiendo los gastos en categorías y subgrupos: consumos imprescindibles y consumos variables u opcionales, vinculados al desarrollo personal, ocio y servicios urbanos.</p><p>La primera parte reúne los gastos mínimos para sostener una vida independiente: vivienda, alimentos, salud básica, transporte, educación pública, conectividad y actividad física.</p><p>El acceso al mercado de alquileres se ve limitado por la informalidad laboral. Firmar un contrato usualmente requiere recibos de sueldo y una garantía propietaria. Con niveles de informalidad en el 36% de los jóvenes, muchos no pueden cumplir estos requisitos o acreditarlos formalmente.</p><p>En lo que respecta a costos, alquilar un departamento de dos ambientes de aproximadamente 35 m² en un barrio como Belgrano demanda alrededor de $550.000 mensuales solo de alquiler. A ese monto se suman $212.000 de expensas (que incluyen servicios como SUM, ascensor y portería o vigilancia) y el equivalente a un mes de alquiler como depósito, prorrateado en 12 meses para este ejercicio, lo que representa $45.833 mensuales.</p><p>Además, los servicios públicos básicos (agua, luz y gas) suman en promedio $104.205 mensuales, según las boletas de febrero. Así, el costo mensual de la categoría vivienda asciende a $912.038.</p><p>&nbsp;</p><p>Alimentación, salud y transporte</p><p>La alimentación y la compra en supermercados -alimentos, bebidas, higiene y limpieza- constituyen la siguiente gran categoría. Aunque el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) publica la Canasta Básica Alimentaria (CBA), aquí se aplicaron ajustes para reflejar más fielmente los hábitos de los jóvenes urbanos.</p><p>Se incorporaron coeficientes que consideran la variedad y calidad alimentaria, el consumo de alimentos listos y procesados, bebidas (alcohólicas y no alcohólicas), snacks, golosinas y el gasto fuera del hogar. El resultado arroja un gasto mensual en alimentos y bebidas de $423.908. Como referencia, la CBA para un adulto equivalente fue en enero de 2026 de 201.939 pesos.</p><p>Para productos de higiene personal y limpieza del hogar, se utilizaron encuestas de gastos familiares que ubican este rubro entre el 5% y 10% del total mensual de supermercado. Aplicando ese porcentaje, el monto estimado es de $42.391 al mes. En suma, esta categoría alcanza los $466.299 mensuales.</p><p>El acceso a la salud se estructura en tres subsistemas: público (gratuito), de seguridad social (a través de obras sociales vinculadas al empleo formal) y privado (empresas de medicina prepaga). Para los jóvenes en situación de informalidad, no formar parte de un empleo formal implica elegir entre el sistema público o contratar un plan privado. Se tomó como referencia un plan individual básico de medicina prepaga para personas de 25 a 35 años, con un valor promedio de $238.377 mensuales, sin copagos por prácticas específicas.</p><p>El gasto en medicamentos se calculó a partir de un estudio de la Universidad Argentina de la Empresa (UADE), reconocida por sus investigaciones sociales, y Voices!, consultora de opinión pública, que reportaron una amplia práctica de automedicación: seis de cada diez argentinos consumen con frecuencia analgésicos o antiinflamatorios. Según estos hábitos, se estimó un gasto promedio de $50.000 mensuales en medicamentos.</p><p>En cuanto al transporte, se supuso que la mayoría de los jóvenes depende del transporte público, combinando 96 viajes mensuales en colectivo o subte y 12 viajes en servicios particulares. Las tarifas vigentes establecen que el boleto de colectivo en la Ciudad de Buenos Aires cuesta $757,64 para trayectos de tres a seis kilómetros con tarjeta SUBE registrada, y el subte, tras superar los 40 viajes, $792 por trayecto.</p><p>Bajo estos supuestos, el gasto en transporte público es de $74.383 y en servicios particulares, $68.740 mensuales para viajes promedio de 15 kilómetros en hora pico. El costo de movilidad totaliza $143.123 al mes.</p><p>Para educación, se consideró la Universidad de Buenos Aires (UBA), que no tiene arancel, pero exige gastos en útiles y materiales, prorrateados anualmente en $5.417 mensuales.</p><p>En servicios secundarios, se incluyeron conectividad (internet, $90.880; telefonía móvil, $77.320; cable, $34.400), y en deportes u ocio, la cuota de un gimnasio como actividad básica (68.000 pesos).</p><p>El costo mensual total de los gastos imprescindibles para independizarse suma 2.085.853 pesos.</p><p>&nbsp;</p><p>Consumos variables y vida social</p><p>Al superar la base, la canasta incorpora consumos variables y opcionales, presentes en la vida social y cultural de muchos jóvenes:</p><p>Salud, se incluyeron dos sesiones mensuales de terapia psicológica, con un costo promedio de $40.000 cada una, totalizando $80.000 al mes.</p><p>Educación, además del escenario de universidad pública, se calculó el costo promedio de una universidad privada entre siete casas de altos estudios, resultando en $1.101.206 mensuales. Se sumaron cursos extracurriculares certificados, estimados en $27.200 mensuales.</p><p>Cultura y entretenimiento, abarca plataformas de streaming (películas, música y deportes) con un costo estimado de $56.505 mensuales, así como suscripciones a herramientas de inteligencia artificial y almacenamiento en la nube, cada vez más utilizadas en la educación o el trabajo, por $39.945 mensuales.</p><p>Deporte, ocio y bienestar, se proyectó la cuota de un club deportivo ($70.000), salidas económicas como el cine ($12.500), asistencia a recitales o conciertos (prorrateado anual de $30.000 mensuales), y el gasto anual de una semana de vacaciones en la Costa Atlántica, prorrateado en $40.417 por mes.</p><p>Este segmento de consumos variables suma $1.457.773, que junto con los gastos imprescindibles, eleva la Canasta Joven a $3.543.626 mensuales.</p><p>El desafío de la brecha económica</p><p>Desde marzo, el Salario Mínimo Vital y Móvil se ubica en $352.400. Este ingreso representa apenas una décima parte del valor estimado para cubrir la Canasta Joven Completa: serían necesarios cerca de diez salarios mínimos para afrontar el costo total.</p><p>La magnitud de esta brecha permite entender las dificultades para alcanzar la independencia económica juvenil. La combinación de ingresos inestables, altos costos de vivienda y requisitos formales para alquilar genera un escenario donde incluso quienes trabajan encuentran dificultades para sostener un proyecto autónomo.</p><p>Mejorar la situación exige abordar, de manera simultánea, la formalización laboral joven, políticas que faciliten el acceso a la vivienda -como garantías alternativas, créditos accesibles o alquileres más flexibles- y medidas económicas para que los ingresos acompañen el costo de vida.///</p><p>&nbsp;</p><p>(*) El autor es Analista económico y director de Focus Market</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/z2QMoDhw7AInX2b3GpH066V4qBc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/03/compu.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Cubrir la canasta de gastos básicos y variables implica una distancia significativa para los ingresan al primer empleo]]>
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                                <updated>2026-03-22T03:03:25+00:00</updated>
                <published>2026-03-22T03:00:26+00:00</published>
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