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    <title>Ecos Diarios</title>
    <subtitle>Entrevistas exclusivas para informarse minuto a minuto de lo que acontece en Necochea.</subtitle>
    <updated>2026-11-04T18:45:19+00:00</updated>
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            Acrobacia
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/1Mjby-rwXaYz9n3OZdXide8v-Gg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/11/acrobacia.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Quiso el creador privarte de alas…</p><p>Te dio inteligencia, dominio del suelo en tu andar, del agua en tu nadar, de palabras y de melodías en tu boca; más en un gesto casi caprichoso, te privó de alas para volar…</p><p>Te dio voz, para cantar y piernas para el andar, te dio la carrera y el bailar. Más las alas te han negado para volar…</p><p>Maravillado tu corazón al ver el vuelo de las aves se llenó de deseo, de carencia por no tener…</p><p>Ver ese despliegue en marcha ligera hasta despegar del suelo. Ese aleteo vertiginoso conquistador del cielo; ese viento que lo atraviesa todo hasta descansar en un vaivén planeando sobre suave brisa…</p><p>Te dió inteligencia, te llenó de deseo, de voluntad, de fuerza, coraje y arrogante valía…</p><p>Vuela ser alado!! vuela en tu acrobacia y sueña por un efímero instante que lo has logrado…</p><p>Sobre la autora:</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/1Mjby-rwXaYz9n3OZdXide8v-Gg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/11/acrobacia.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Ariana Libré]]>
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                                <updated>2026-11-04T18:45:19+00:00</updated>
                <published>2026-11-04T18:40:46+00:00</published>
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            Desolación
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/nqhwSiazPGEGkoDFWinIWivCjWs=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/10/desolacion.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>En el manantial&nbsp;fluye a borbotones el agua atorada por el río y la corriente.La empalizada&nbsp;de abedules muertos&nbsp;despojadas de su hacer&nbsp;yace destruida frente al barranco y oye dolida el piar de las aves.Desolación en el páramo y libre como un gesto inútil la lluvia resbala sobre las plumas de los pájaros sin alas.</p>Sobre la autora:<p>Irma Inés Callieri, nacida en la ciudad cordobesa de Bell Ville, afincada desde hace muchos años en Necochea.Desde muy joven se dedicó al arte, primero como artista plástica, habiendo pintado más de un centenar de cuadros. Paralelamente se interiorizó por la literatura, siendo, primero, una gran lectora, pero a su vez comenzó a escribir poesías y relatos casi sin parar a lo largo de gran parte de su vida, siempre con el respaldo y en compañía de su esposo, Elio Alberto Pastrello.&nbsp;Hace unos años eligió un puñado de sus obras y se decidió a publicar su propio libro: "Ahora todo, ahora nada...", plasmando en él, sólo algunas de sus inspiraciones, las que ha volcado sobre el papel o sobre una tela, con la misma pasión y su amor infinito por el arte, el que mantiene vivo hoy, a sus 92 años.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/nqhwSiazPGEGkoDFWinIWivCjWs=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/10/desolacion.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Irma Callieri]]>
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                                <updated>2026-10-28T12:34:59+00:00</updated>
                <published>2026-10-28T12:21:42+00:00</published>
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            El Pescador
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/LT6qNaNKN7rRtPgFFWNJQ0_8D18=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/10/pescador.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Estacionó su auto cerca de la barranca del Río. Bajó del baúl el sillón de pesca, la caja con los elementos para pescar y desató la caña que llevaba en el portaequipaje. Era una tarde primaveral. No hacía frio. El Río se mostraba sereno y sus aguas corrían lentamente. Empezó a armar el reel con su hilo de nylon, la plomada, los dos anzuelos y el flotador.&nbsp;</p><p>Una vez que terminó, colocó en sus anzuelos y la carnada que había el mismo comprado en la carnicería de su barrio. De inmediato tomó la caña e hizo el lanzamiento.</p><p>El tiro cayó a unos 10 metros de la barranca. Luego Jorge -nuestro personaje, que así se llama -se sentó en su sillón a esperar algún pique, mientras preparaba el equipo de mate. Para esto ya había encendido la pequeña garrafa y colocado la pava.</p><p>Estaba justo por colocarle yerba al mate. Habían pasado unos 20 minutos cuando sintió un pequeño y leve tirón en su caña. El flotador tiraba hacia abajo como queriendo hundirse en las aguas del Rio.&nbsp; Empezó a recoger la línea.</p><p>En un momento vio como un pez había mordido uno de los anzuelos y se agitaba de un lado para otro como queriendo quitarse el anzuelo. No lo logró porque nuestro amigo Jorge, el pescador lo extrajo rápidamente y colocó al pez en el balde. Tenía asegurada la cena de esa noche. Solo debería limpiar el pescado y preparar todo para cocinarlo en la sartén junto con el ajo, pimiento rojo, cebolla y tomate, que tenía guardados.</p><p>A Jorge lo acompañaba su perro “Pompi”, un Border Collie de unos cinco años, que se había quedado todo el tiempo a su lado como fiel compañero.</p><p>En un momento mientras terminaba de guardar el pez que había capturado del Río, vino a su mente el recuerdo de aquél que fuera su primer amor.</p>Sobre el autor:&nbsp;<p>Jorge Nista, jubilado, nació en &nbsp;Necochea en 1947. Es autor de las biografías "Un médico italiano en Necochea. Dr. Rodolfo Faggioli" (2024) y "El ing. Edgar Gatti y el Parque Miguel Lillo" (2025), y del cuento "El Oso del Quequén. Una cacería en el Cuaternario" (inédito), Es miembro de la Sociedad de Escritores de la Prov de Bs.As. Filial Necochea.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/LT6qNaNKN7rRtPgFFWNJQ0_8D18=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/10/pescador.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Jorge Nista]]>
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                                <updated>2026-10-27T17:01:58+00:00</updated>
                <published>2026-10-27T17:01:14+00:00</published>
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            Cómplice
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/6-SFGkuZG3wqsQXFGO7vjMj80fk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/10/mesa_de_luz.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Manos extrañas cerraron la ventana que me mostraba el parque. La habitación se oscureció. Soledad y frio por doquier. Sentí deseos de llorar.</p><p>De pronto, la nostalgia me tomó la mano, me abrazó. No pude distinguir Si deseaba contenerme, acompañarme o, simplemente, mostrarme esta cruda realidad: ¡quedaba sola.</p><p>Entonces, comencé a recordar.</p><p>Te quedabas a mi lado, sentado en la cama. Con tus codos apoyados en mi espalda. Llorando, riendo, todo lo compartías conmigo.</p><p>¡Tiempos dorados, aquéllos!</p><p>Eras un adolescente buscando su destino y hallaste mi complicidad. Tus más grandes secretos quedaban en mi piel.</p><p>Guardé tus primeros preservativos. Esos que usarías una tarde, que se ratearon con Clara. Tus padres estaban en el trabajo. Fui testigo de ese amor mal hecho, apurado, nervioso, atemorizado. Pero, ¡cuánta felicidad! Te oí reír, ambos rieron.</p><p>Escondí tus cigarrillos. Aunque nunca me pediste permiso para usarlos. Seguramente papá y mamá no lo hubieran permitido. Fui tu cómplice silenciosa y fiel, incondicional en todo y para todo.</p><p>Velé tus insomnios, tus noches de fiebre, el catarro … Siempre alerta, para que esté cerca tu vaso con agua, el termómetro y los medicamentos.</p><p>Cada vez que buscabas mi compañía, ahí estaba yo, bancándote desde el silencio.</p><p>Presencié piyamadas. Escuché tu música. Te vi bailar. Me embriagué con el aroma de todas las zapatillas que fueron quedando alrededor mío, en cada juntada.</p><p>Te oí discutir con tus amigos. Cuando tenías razón y cuando no la tenías. Debías atravesar esas discusiones, sirven para crecer, afianzar amistades o, simplemente, saber cuáles son las verdaderas y cuáles no.</p><p>Te observé cambiar de ropa, una y otra vez, aquel sábado que te encontrabas con esa chica. Estás muy elegante, quise decirte, te oí volver al rato. Te sentaste de nuevo a mi lado con tristeza en los ojos. Habías esperado en vano. Cuántas veces se repitió esa escena a lo largo de tu adolescencia. Amigos, chicas, música, ropa, todo fue variando. Quedaron los buenos, los reales, y yo. Siempre con la espalda lista para tus codos. Cuando te acurrucabas a mi lado con la cara entre las manos. Cuando me golpeabas empuñando tu impotencia. Siempre yo …</p><p>Una noche la fiesta fue más grande, la música sonó más fuerte. Todo era agradecimiento, risas y felicitaciones. A partir de ese día, no hubo libros en tu cuarto, ni uniforme de colegio, ni zapatos asomando debajo de la cama.</p><p>Sólo te veía los fines de semana. Con voz grave hablabas por tu teléfono. Te encontrabas con tus amigos en el café. Otros planes te entusiasmaban. Hablabas de vuelos y distancias.</p><p>Hasta que, un día, no supe más de vos.</p><p>Oscuridad. Silencio …</p><p>¡Ya nadie entró al cuarto!</p><p>Tu perfume se fue tornando en olor a humedad. ¡Y esa tela blanca que no me permite respirar!</p><p>No sé cuánto tiempo he estado sumida en este paréntesis de olvido y soledad.</p><p>No sé qué ha pasado a mi alrededor.</p><p>Un día, volví a sentir el calor del sol. Quitaron el paño que me cubría, y el polvo. ¡Han abierto la ventana!</p><p>Escucho risas. ¡Alguien canta! La atmósfera se ha inundado de nuevos y frescos olores. Escucho la voz de una niña, sus pasos se acercan.</p><p>¿” Dónde pongo este jarrón con flores, mamá?”</p><p>“¡En tu habitación, Rita, al lado de la cama”!</p><p>¡Y lo puso sobre mí!</p><p>Maryta Laino, nació en la ciudad de Necochea el 11 de octubre de 1958.</p><p>Participó de diversos talleres literarios, programas radiales y ateneos culturales</p><p>Algunas de sus obras se encuentran publicadas en diferentes antologías.</p><p>En diciembre de 2024 presentó su primer poemario: Hacia el Atardecer.</p><p>Actualmente integra la comisión de la Sociedad de Escritores de la Pcia. de Bs. As, filial Necochea.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/6-SFGkuZG3wqsQXFGO7vjMj80fk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/10/mesa_de_luz.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Maryta Laino]]>
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                                <updated>2026-10-09T18:14:36+00:00</updated>
                <published>2026-10-09T18:09:25+00:00</published>
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            Vestigios salinos
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/XybTB4vR_c-Do7Ag0c11NLzud44=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/09/relato_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Querida, la costa, a pesar de ser turística, puede ser hostil. Desde mi ventana lo veo todo. Por las noches se transforma en un dédalo de siluetas difusas que se alargan en la penumbra.</p><p>El viento yodado se infiltra gélido por cada rendija, se pega a la piel con una humedad tan tenaz que no se desase. El olor a salitre, a la podredumbre de las algas y a lobos marinos parece no tener descanso en esta casa -al igual que yo. Las olas rompen en quejidos lejanos, un pulso sordo y constante que inquieta el sueño y provoca escalofríos.</p><p>Los fragmentos me llegaban en retazos dispersos: susurros entrecortados de vecinas, ecos traídos por el viento, recuerdos que se enredan con olores persistentes y temblores que recorren la espina dorsal.</p><p>Elías, el pescador de Quequén, tenía manos callosas y ásperas por el salitre endurecido, y unos ojos que destellaban febriles bajo la luz de la luna llena, filtrada por un par de nubes. Su historia era de dominio público en los barrios: una crecida brutal que engulló a su hermano en las cascadas.</p><p>Un torbellino de agua furiosa que lo condenó a noches eternas de vodka barato. Su aliento acre impregnaba el aire, un tufo que se pegaba a la ropa de quienes se acercaban a darle sus condolencias. Fue aquella noche que me acerqué a la ventana cuando lo vi tambalear por la escollera, como siempre, con pasos erráticos mientras gritaba al vacío que lo rodeaba.</p><p>Su voz ronca desgarraba la brisa. Pero aquella madrugada, como te contaba, la brisa marina rugía con una violencia incesante. Los vidrios de esta misma ventana vibraban con tal fuerza que parecía que las gotas residuales del estallido de las olas llegaban hasta acá. Pero yo me quedé pensando en que el olor a salitre que llegaba en ráfagas me iba a ensuciar todas las cortinas.</p><p>Su voz quebradiza apenas se escuchaba mientras rasgaba los embates negros de la marea: «¡Vení, hermano! ¡No te vayas!». No invocaba al mar. Llamaba al hueco que lo devoraba por dentro, noche tras noche. Su grito se diluía en la húmeda vastedad. Dejaba un regusto ferroso, casi metálico en la garganta el verlo tomar tanto, y se resecaban los labios de escuchar sus lamentos sin pausa. Y resbaló así, sin más, en los bloques ásperos de la escollera.</p><p>Ese verdín resbaladizo es traicionero, ya te digo, tené cuidado cuando vayas. Su figura se perfiló un instante contra la blancura burbujeante. Luego sonó el impacto sordo contra el agua. El borboteo mientras era tragado por el oleaje fue tremendo. Al despuntar el día gris, yacía en donde era la frontera, ¿te acordás?, el cuello ladeado en ángulo antinatural, los dedos rígidos aun aferrados a esa maldita botella de NewStyle ahora empañada.</p><p>—Otro que la ciudad se tragó —comentaban los vecinos.</p><p>Otra vuelta, me acuerdo, fue cuando se filtraba la noche en el parque Miguel Lillo. Ese lugar que es el refugio de las familias por las tardes exhala un mutismo denso al ocaso, ya te lo digo yo. Las hojas secas susurran, crujen bajo los pasos de uno. El museo en ruinas guarda polvaredas danzantes en remolinos y un aroma persistente a madera húmeda, empapada por las lluvias.</p><p>Pero como te contaba, Doña Julia merodeaba por ahí con sus caniches ladradores, escapando de su casa que apesta a vacío absoluto y a recuerdos mustios acumulados en rincones desde que falleció el marido.</p><p>La descubrieron en el sendero de eucaliptos, el cuerpo magullado en el suelo, la bolsa derecha con todas las compras esparcidas y la mirada petrificada por un pavor indecible que le endurecía el rostro. Su nuera me lo narró entre sollozos contenidos, una vez que vino a tomar mates, con las manos temblorosas mientras acomodaba la bombilla -no sé qué hace, ni que fuera palanca de cambio... pero bueno.&nbsp;</p><p>El verdadero terror venía del Jardín Japonés cercano, donde las sombras asoman tras Torii a medio desarmar que huelen a herrumbre y coníferas secas. Desde ahí salían jadeos entrecortados en la penumbra, figuras que rondan el parque entero. «La pobreza los arrastró», susurran las lenguas del barrio. Doña Julia se hundió en silencio total después de aquello, la razón astillada por visiones que no podía -o no quería- articular.Después vinieron los cumpleaños de la ciudad, que avivaron la gangrena de la plaza Dardo Rocha. El siseo de choripanes chamuscados en las planchetas calientes se mezclaba con el sudor rancio de masas fermentadas mientras la cumbia te martillaba el torso con el ruido de los bajos. Luces intermitentes parpadeaban mientras la juerga enmascaraba su faz sombría, envuelta en un vaho enceguecedor. El Tano, sereno del Caño, se enredó en una pelea por dinero tras un puesto abarrotado. Un navajazo terminó por derribarlo detrás del escenario, cerca de los fétidos baños químicos que -con suerte- se limpiaban una vez al día. Él, pobre, contorsionaba en el pasto empapado en transpiración y sangre. El hedor cobrizo se entretejía al tufo festivo, inadvertido entre el bailongo sudoroso. De esa me enteré por el diario, me parece. Fue hace tanto...Todos estos retazos se armaban en mi mente. Las cascadas de Quequén balbuceaban nombres perdidos en su fragor acuoso y salpicaban escozor perenne en la piel. El parque cobijaba espectros en restos derruidos con hojarasca pegada a ropas húmedas y respiraciones agitadas por la inseguridad. El Caño escupe despojos humanos... Pero bueno, viste cómo es, querida. La urbe devora a sus hijos con parsimonia cruel, como un yugo invisible que oprime el pecho hasta el asfixio lento. Intenté gritarlo en algún momento, en visitas, en confidencias susurradas al oído de quien quisiera escuchar; pero las ráfagas del mar dispersaban mis palabras y el zumbido constante de aparatos cercanos las ahogaba.&nbsp;</p><p>Fue cuando dejé de intentar contar mi historia que los presagios se volvieron personales. Pisadas arrastradas resonaban en el comedor, roces que hacían temblar hasta al mismo frío. Siluetas gibosas exhalaban un sudor rancio, denso, como a ginebra fuerte mezclado con lo salado del agua. Los vi avanzar con soplidos agitados.</p><p>Corrí hacia la calle, pero Necochea siempre fue un ovillo de neblina salada y recelo palpable en cada esquina. Los adoquines de ese momento se sentían gélidos contra mis pies descalzos, como si me cortaran lentamente la planta.</p><p>En la playa me acorralaron sin misericordia. Los granos de arena me laceraban la piel, palmas callosas ceñían mi cuello con una fuerza brutal mientras me estrujaban la tráquea. Hasta que un zumbido agudo y ensordecedor ahogó mi mundo.Un chillido estridente me arrancó del vacío. Fluorescentes titilantes parpadeaban sobre mi cabeza. Antiséptico abrazaba mis fosas nasales.</p><p>—¿Otra pesadilla, abuela? —preguntó la enfermera con voz cansada mientras ajustaba el manguito para tomarme la presión. Cuidaba mi sueño en la habitación del Raimondi. Afuera, detrás del vidrio empañado por la humedad, la ciudad yacía serena bajo una hermosa noche estrellada. Elías era mi compañero de cuarto, se había caído de la cama en un ataque de temblores por abstinencia etílica. Doña Rosa, la voluntaria que leía el domingo, fue golpeada por un auto al cruzar la Avenida. Este domingo no había venido, y quizá no venga por unos cuantos más.</p><p>El Tano, un delirio de noticias del Caño: un accidente laboral, ninguna puñalada. Las sombras eran las cortinas agitadas por la brisa, y los gritos murmullos de vecinos lejanos disfrutando de la noche veraniega sobre la arena... Pero los vestigios perduran. Ese hormigueo cutáneo que sube por los brazos como un presentimiento jamás desaparece. La opresión gástrica aprieta el estómago sin tregua.</p><p>Necochea guarda sus enigmas en remembranzas tenues que mutan con el tiempo inexorable, filtrándose como bruma costera, densa y pegajosa. Acá las confusiones no cesan, se entretejen en el vaivén incesante de las mareas.</p>Sobre la autora:<p>&nbsp;</p><p>Bianca Bernárdez Arregui es una estudiante avanzada del Profesorado en Letras, de la Facultad de Humanidades perteneciente a la Universidad Nacional de Mar del Plata (UNMDP). A pesar de escribir desde pequeña, la primera vez que se presentó a un concurso literario fue “Palabras que Narran”, organizado por la S.E.P (Sociedad de Escritores de la Provincia de Buenos Aires) de la Filial de Necochea; dando como resultado el primer premio con su cuento “Vestigios salinos”. A partir de ese entonces, se volvió escritora y generó su propia editorial digital “Anidario”, en la cual se realizan corrección de estilo y ortotipográfica, tanto académica como literaria, ilustraciones y trabajos artesanales (tales como fanzines o señaladores). Es entre el premio y la Universidad donde desarrolló un interés profundo por la narrativa, la poesía y el estudio de la teoría literaria. Su escritura se caracteriza por un tono gótico y sensorial, con influencias de la poesía romántica, así como por una atención constante a la voz narrativa, la estructura y el trabajo de revisión.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/XybTB4vR_c-Do7Ag0c11NLzud44=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/09/relato_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Bianca Bernárdez Arregui]]>
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            Hoy estoy aquí
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/YQLt5PC2WL-IK5V_wPQ4b_tPtM4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/09/poesia.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hoy estoy aquí</p><p>Con mis pies</p><p>Erguidos en la tierra.</p><p>Ayer solo era una sombra</p><p>Deambulando en</p><p>La oscuridad.</p><p>Mañana quizá</p><p>Quede mi recuerdo</p><p>Hoy estoy, existo,</p><p>Tengo un presente</p><p>Hace un tiempo fui</p><p>Un fantasma</p><p>Flotando sin rumbo</p><p>Alguien se acordara</p><p>De mi en un futuro</p><p>No muy lejano?</p><p>Solo dios tiene la</p><p>Respuesta.</p>Sobra la autora:<p>Victoria Arribas. Escritora necochense. Integrante de la Sociedad de Escritores de la Provincia, filial Necochea.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/YQLt5PC2WL-IK5V_wPQ4b_tPtM4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/09/poesia.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Victoria Arribas]]>
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                <published>2026-09-23T14:41:49+00:00</published>
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            No hay lugar
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/7sUTg2vk6_4l5xxnF8GGbgMCKMY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/09/no_hay_lugar_relato.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>No soy persona especialmente grata a los demás. Por el contrario, soy un claro ejemplo de la afirmación “hazte fama y échate a dormir”. Me podrían recordar como un hombre trabajador, dedicado a su familia, razonablemente bueno y justo, aunque sin exageraciones en ninguna de ambas virtudes. Pero no. Sólo soy el posadero que dijo “no hay lugar”.</p><p>Es que la posada estaba abarrotada de gente por un censo que había mandado a hacer el emperador. Nunca entendí para qué serviría algo así, pero como se había decretado su obligatoriedad, todo el mundo se trasladó hacia sus lugares de origen porque era allí donde debían censarse.</p><p>Pingüe negocio para nosotros, por cierto. Porque la gente no viajaba porque se le ocurría. En ese tiempo, viajaba por necesidad o se quedaba en su pueblo. Nosotros éramos de Belén, a dos o tres horas - burro de Jerusalén, al sur.</p><p>-No hay lugar en la posada; le dije al caballero.</p><p>No podía ocultar mi mal humor porque había logrado conciliar el sueño luego de un día agotador y los llamados del hombre me habían despertado. De modo que no terminé de decirlo y cerré la puerta. Vuelto a mi habitación, le conté a mi mujer brevemente lo acontecido y me miró con esas miradas inconfundibles. Esas que dicen “te mandaste un macanón y no hay disculpa posible”.</p><p>-Le negaste lugar a un matrimonio con ella embarazada? Y no te da vergüenza?</p><p>-Pero Judith, no hay un solo lugar.</p><p>-Y el establo? Ahí pueden parar a descansar.</p><p>-Nooo!! Me avergonzaría enormemente alojar a alguien en un establo!!</p><p>-Ezequiel, sabés que te amo pero eso no me impide criticarte.</p><p>-A juzgar por los hechos, pareciera que antes que impedírtelo, te lo hiciera obligatorio; le dije, mezclando ironía y enojo, mientras me daba vuelta intentando volver al descanso.</p><p>-Ofrecele lo que tenés. Y lo que tenés es el establo. Qué importa lo que digan los demás; vos ofrecé lo que tenés y no te avergüences.</p><p>No sé si me convenció más su argumento o una insistencia que percibí imposible de doblegar. Pero abrí la puerta y salí corriendo a esa pareja que había recorrido unos pocos metros.</p><p>-Señor, tengo lugar en el establo.</p><p>Vi sus caras iluminarse como si les hubiera ofrecido un palacio.</p><p>-Gracias, gracias, es usted muy amable. Nos acomodaremos ahí; agradeció el hombre. La mujer no dijo nada; sólo me miró a los ojos y una sensación extrañísima recorrió mi cuerpo. Me pareció que era la mirada de la Paz.</p><p>-Pero no he preparado el lugar en absoluto. Hay un burro que rebuzna toda la noche; un chivo muy mal llevado y dos vacas. Si me dan un rato, puedo emprolijarlo. Por supuesto que no les cobraré nada porque es un lugar indigno de recibir gente.</p><p>Ahí percibí que la mirada de ella cobraba otra luz; una luz de alerta, de cierto amoroso enojo conmigo.</p><p>-Indignidad es otra cosa; sentenció sin más explicaciones. Y prosiguió: Es usted muy bueno. Muchas gracias. No lo molestamos más; descanse que tuvo un día ajetreado y agradezca a su esposa la generosidad. Y a Dios, la esposa que le ha dado; dijo como si supiera lo ocurrido un ratito antes.</p><p>Y me fui a dormir, no sin antes advertir la sonrisa de satisfacción y tranquilidad de Judith.</p><p>Pero al rato, me desperté y sentí la compulsiva necesidad de ir al establo. En realidad, los ruidos a los que me tenía acostumbrado se habían convertido en un silencio que me parecía curioso.</p><p>Y lo ví: a la luz de un farol de aceite, pude divisar con claridad a la madre recostada en el suelo sobre un improvisado colchón de heno, amamantando a un niño recién nacido.</p><p>Ambos rodeados de los animales que los miraban con una particular tranquilidad. El chivo, absorto, sentado con placidez pese a que le habían sacado su lugar; el burro, echado en silencio y con las orejas caídas hacia los costados, arrimaba su hocico al niño; y las vacas, rodeándolos como buscando repararlos de la corriente del aire frío de la noche.</p><p>-Cómo están? pregunté.</p><p>-Muy bien, gracias a su enorme generosidad; me respondió el hombre. La mujer no habló, ocupada como estaba en alimentar al bebé; sólo me miró a los ojos. No existe mayor agradecimiento, ni mayor premio, que esa mirada.</p><p>Pasados los años, comencé a escuchar sobre un predicador muy carismático que recorría Israel haciendo unos milagros portentosos de dudosa veracidad. Una tarde, un viajero me habló de él.</p><p>-Es de Nazaret, pero nacido en tu pueblo; me dijo.</p><p>Yo estaba limpiando una jarra.</p><p>-Cómo se llama? pregunté.</p><p>Me dijo el nombre. La jarra se me cayó de las manos. No dije nada y el viajero siguió hablando. Yo ya no lo escuchaba. Estaba pensando en aquella noche.</p><p>Yo había asumido que no tenía lugar para ellos. Pero en realidad el que estaba buscando un lugar era yo. Tenía mi posada y mi establo. Pero esos lugares eran sólo lugares; no eran mi lugar.</p><p>La historia me ha tratado injustamente; con cierto encono; de reojo. Soy el que dijo “no tengo lugar”. Y por esa respuesta me expulsó. No importa; ni me importa tampoco la veracidad de los portentos que se le atribuyen al muchacho.</p><p>Su mayor milagro fue darme cuenta que mi lugar está en la felicidad de ese padre y en la paz de esa madre.</p>Sobre el autor:Agustín Bosch<p>Agustín Bosch nació el 24 de enero de 1966 y pasó sus primeros años de vida en el ámbito rural, en la localidad de Energía, donde vivió hasta los 7 años antes de trasladarse a la ciudad. Abogado desde 1991, construyó su camino profesional sin dejar de lado sus pasiones: el rugby y los caballos, dos intereses que lo acompañaron a lo largo de su vida.</p><p>Padre de seis hijos y abuelo de cuatro nietos, encuentra en su familia un pilar fundamental y una fuente constante de aprendizaje. Según expresa, son ellos quienes le recuerdan a diario cuáles son las cosas verdaderamente importantes. Tras un recorrido personal y profesional, en 2025 regresó a Necochea, en lo que describe como un reencuentro significativo con sus raíces.</p><p>En paralelo a su vida profesional, Bosch cultiva una faceta artística vinculada a la escritura. A través de la poesía, canaliza emociones y reflexiones, dando lugar a una mirada íntima y sensible sobre el mundo.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/7sUTg2vk6_4l5xxnF8GGbgMCKMY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/09/no_hay_lugar_relato.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Agustín Bosch]]>
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                <published>2026-09-18T14:48:32+00:00</published>
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            Roberta
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/kivDnKKpiIajvTrLSlzhRTdIqww=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/09/relato.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>El día treinta, antes de año nuevo, Roberta se levantó muy temprano, vio que no tenía pan y, con el resto de harina que le quedaba, amasó unos panes. Tomó la pala de madera, la espolvoreó con harina y dejó levar sobre ella los bollos de masa. Con un poco de leña que asió del canasto, encendió un fuego en el horno de barro. Una vez consumido retiró las brasas y las cenizas y, poco a poco, depositó la masa leudada.</p><p>Estando en la cocina esperando la cocción se acercó al marco de la puerta y apoyándose en él, sus ojos se perdieron en las nubes. Llevándose la mano al rostro, con los dedos se palpó los labios y añoranzas se asomaron a la puerta de su memoria; sintiéndose inspirada, tomó del mueble una pluma y un frasquito de tinta, fue ese día que dejó en los renglones etapas del pasado. Sin medir el tiempo escribía y mientras lo hacía recordó momentos felices y musitó “¿Por qué no también las adversidades?”. Cargó la pluma de tinta y resaltó sus sentimientos en el papel, perdiendo la mirada en las líneas, se sacó los anteojos y secó la comisura de sus ojos.</p><p>El olor a pan quemado la trajo a la realidad. Asombrada gritó: “¡El pan!”. Se paró con urgencia y sin darse cuenta con el codo pasó a borrar la frase que decía: Con un beso profundo arrastró a su boca el último soplo de su alma antes que ascendiera. Corrió aprisa, abrió la puerta del horno y soportó el calor que ardía en su rostro. Con la pala de madera comenzó a retirar los bollos carbonizados y trayéndolos a la mesada le sacó con un cuchillo el carbón que los cubría. Moviendo la cabeza repetía “Aquí no pasa nada”.</p><p>Esa mañana estaba ebria de melancolía. Después de lavar sus manos tomó el cuaderno, el frasquito de tinta y la pluma, y los guardó en un cajón. Levantándose don Juan dijo:</p><p>–¿Por qué no me has llamao mujer?</p><p>Soy Gumer Reyes, vivo desde mi infancia en Quequén. Publiqué mi libro de poesías "Rafagas Intensas" en 2020. Hace diez años que descubri el maravilloso mundo de la literatura, sintiendo especial afinidad con la poesía, las frases y los cuentos. Es por ello que estudie cinco años en el Taller Literario coordinado por María Cristina Martínez Teixans. Participé un año con "Los Fabuladores Espacio de Escritura Creativa" Estudie el curso completo de Formación técnico profesional de talleres literarios en el Instituto Superior de Letras Eduardo Mallea, Buenos Aires, Argentina...</p><p>Tuve la oportunidad de participar con poesías y cuentos en los libros "Treinta años y algo más" y "Once, escrituras poéticas y narrativa" En el año 2020 obtuve el segundo premio categoría Cuento Escritores Locales en el Concurso Internacional de Encuentros y Desencuentros Museo Casa Del faro; ese mismo año obtuve el primer Premio Autores Locales en el Concurso Internacional de Poesía del Museo Casa Del faro...</p><p>Forme y coordinó el grupo de escritoras Cuna de letras.&nbsp;</p><p>También coordino &nbsp;Talleres de Lectura y análisis literario para adultos, en el Café 1000 formas del Centro Cultural</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/kivDnKKpiIajvTrLSlzhRTdIqww=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/09/relato.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Gumer Reyes]]>
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                <published>2026-09-08T12:19:42+00:00</published>
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            Mi padre el sol
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/90cPxCeHLrwnkJ-Af27HGufV0OE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/09/perro.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>No quiero abrir un cuadernoy sentir que si no estás presenteno vale lo que siento,pero tampoco deseo perderel momento donde tus grandes brazosme acomodan el centro.Afuera ella suena hoyy yo con Benito en el sillónme siento.Es el hermano perruno que la vidame ha regalado, testigo del crecimiento.Nos peina el viento las ideasaunque el aire disfrace tu ausenciay voy encontrando la pazque tanto buscocomo quien siembra con fesu proyecto.Padre sol estás exactamente lejosy ella me bendice, nutrientestomaremos hasta que nos despiertenlos rayos de tus sueños.</p><p>Claudio David Ponce Benitez.</p><p>Almafuerte fue al primer poeta que leí entrados aquellos años de adolescencia. Con sus vivencias y el amor ardiendo en mis venas me lancé a la poesía enamorado. Nunca tomé tal arte como lo que fue para muchos sino lo que sería para mí. La más hermosa de las expresiones que tiene el alma para ser. Hijo de una madre docente las letras y las luchas siempre han estado presentes. Quizás a eso se refiera mí lírica.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/90cPxCeHLrwnkJ-Af27HGufV0OE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/09/perro.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Claudio David Ponce Benitez]]>
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            El abrazo invisible
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ZiDrSw28oPISDYcAiI37g0efI-o=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/08/ternura.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>La ternura no grita,no exige, no se impone.Se sienta a tu lado,te alcanza el pany se quedaaunque no la veas.</p><p>Habita en los gestos pequeños,en la espera, en los abrazos.En una taza caliente entre las manos,en una tarde que dolía.</p><p>Es quedarse calladapero presentecuando ya no queda qué decir.</p><p>Es esa voz que baja el tonocuando tu corazón duele,la mirada que dice “te entiendo”sin una sola palabra.No se va, aunque te caigas,no se asusta de tus sombras,te envuelve sin juicios,como una manta vieja que todavía abriga.</p><p>Y si alguna vez pensás que estás sola,buscala…seguro está ahí,esperando que la veas,como siempre.</p><p>Marcela Denaro. Tengo 65 años nací un 25 de diciembre de 1960. Hace justo ahora por septiembre 2 años que empecé un curso de literatura con Arturo Serrano , gran responsable de que escriba. Participé en la primera edición de Necochea para contar con "La hamaca que espera". Actualmente "Ecos de palabras compartidas " nuestra primera aventura compartida con mis compañeros del taller de la EMAN. En proceso "El flagelo del ego" y otro cuento para la 2° Edición de Necochea para contar. Además de participar de los distintos talleres a los que amo.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ZiDrSw28oPISDYcAiI37g0efI-o=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/08/ternura.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Marcela Denaro]]>
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            Diáfano
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                <![CDATA[Ecos Diarios]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ydoAp8X3Pt0zWJkvfXnjKjp9tQQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/08/alma_libre.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Un paisaje ante mis ojos donde lo natural surge inevitable.Es mi mundo etéreo.Me sumerjo, me abriga, me consuela.Elevo mis pensamientos,flotando entre nubes blancascomo espuma de mar,como nieve arrimadita en el silencio más profundo.Como crema de limón…Mi alma libre sin rumbo…danza en su esplendor.</p>Sobre la autora:<p>Mirta Liliana Centenari. Recuerdo haber escrito una obrita en séptimo grado, donde mis compañeros se animaron a representar, fue muy significativo, tuvimos que buscar el vestuario adecuado, la escenografía… en fin, todo un desafío. Aún conservo fotos, es muy gracioso.</p><p>Por lo tanto la escritura me acompaña, en esa construcción mi imaginación se expande.</p><p>Escribí muchas cartas ,era épocas de cartas ,una linda manera d comunicarnos,</p><p>Para mí era sencillo no usaba borradores, y las cartas no eran menores a cinco carillas nos contábamos la vida.</p><p>Lo tomaba como algo natural, así transcurrió mi vida.&nbsp;</p><p>Comencé a tomar talleres literarios al tiempo qué vine a vivir a Necochea.</p><p>Y ahondé mi gusto por la escritura, de manera muy reservada.</p><p>Después de la pandemia comencé a realizar un taller literario de la mano de Arturo Serrano, me atrapó ,logrando qué confiara en mi trabajo, y así fui desarrollando mi entusiasmo , encuentro en nuestra hermosa ciudad tanto encantó natural que me inspira y la traslado al papel ,encontré gente muy cálida con la cual compartir lecturas, escritura y encuentros. Hoy participo en grupos cómo "Cuna de letras", además de otros talleres de lectura y escritura con gente muy entusiasta, en Necochea hay un movimiento cultural muy activo qué trasciende las fronteras. Me siento muy feliz de vivir aquí y fortalecer mi espíritu mediante la escritura y la apertura que me ofrece</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ydoAp8X3Pt0zWJkvfXnjKjp9tQQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/08/alma_libre.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Mirta Liliana Centenari]]>
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                                <updated>2026-08-19T16:29:19+00:00</updated>
                <published>2026-08-19T16:29:20+00:00</published>
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            El capitán de los pájaros
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/EXF-gdyfk4N2tDEx24t_cYkSDH8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/08/pajaros_maria_rita_gil.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Como todas las mañanas, caminando lentamente, llegó a la playa. Su andar y su aspecto evidenciaban el paso de los años. Un pantalón de jean gastado, cortado a la altura de las rodillas, a modo de bermudas, una remera desteñida, un sombrero piluso y el bolso marinero de lona, sujeto por sus hombros.</p><p>El ritual se sucedía, día tras día. Al llegar a la orilla, la suave brisa marina acarició su rostro surcado por los soles y los años. Una sensación maravillosa le invadió para llegar a lo más profundo de su ser: Inmensidad, mar y cielo.</p><p>Había iniciado el desembarco perpetuo. Sabía que lo estaban esperando. Sentado en la arena tibia, abrió su bolso y él también esperó.</p><p>Un grupo de niños jugaban con una pelota; curiosos, se la arrojaron y él, sin inmutarse, con un largo suspiro, se la devolvió, esbozando apenas una sonrisa y con una seña&nbsp; les indicó que se alejaran.</p><p>Seguía esperando. De pronto, aparecieron,&nbsp; con gritos de urgencia primero y luego, silenciosos lo rodearon para recibir su ansiado alimento. Así, los gorriones presurosos iban y venían anunciando con gorjeos la feliz visita que se concretaba como una cita, a la misma hora, todos los días; la tripulación alada se reportaba ante el capitán de los pájaros.</p>Sobre la autora:<p>María Rita Gil, docente y escritora necochense. Como habitante de mar, de río, de parque y de tierra fértil, el paisaje me conmueve y me motiva, es el contexto que socialmente me interpela y atraviesa. Emociones, sentimientos y palabras emergen para describir espacios y situaciones reales o imaginarias. &nbsp;Conectarnos con la escritura implica mirar con el corazón y vincularnos con las palabras que es el modo más sencillo de identificarse y hermanarnos como seres humanos.</p><p>Autora de los libros: “De soles, arenas y espumas”, “Horizontes de Mar”, “Los chicos de la Escuela 40,una historia digna de ser contada” y “Un libro para desarmar y compartir”</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/EXF-gdyfk4N2tDEx24t_cYkSDH8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/08/pajaros_maria_rita_gil.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por María Rita Gil]]>
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                                <updated>2026-08-08T18:07:36+00:00</updated>
                <published>2026-08-08T17:34:18+00:00</published>
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        <title>
            Una única palabra
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/p19P1pR_LHEnRFiUXrk0vXtwXT8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/08/poesia_nancy_almassio.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Si un día desaparecieran las palabras,se escondieran en el fondo del mar,los labios sellados,los sentimientos afloraran por tus ojos,destellos en tu pupilacomo signo y símbolo,el códice en las miradas,la escritura más verdadera,alma de tlacuilo.</p><p>Si un día volviéramos a la intemperie,a la desnudez del sentimiento,la ingenuidad humana,la necesidad de la tibieza del abrazo,agua, alimento y pampa,cielo, pastizal y sueñoy una historia que se escribe sin conciencia,la vida sin palabras,humanidad en libertad.</p><p>Si un día las palabrashuyeran de tu boca,avergonzadas de su destino:estigmas, clasificaciones, juicios.Ellas saben que han nacido blancaspara manifestar la belleza del mundo.Se traiciona su alma, ante la ofensay entonces,se repliegan en el rincón de los silencios.A salvo, en la mudez del exilio,esperarán el nuevo descubrimientode un lenguaje nuevo.</p><p>Si un día te regalaran la virtud de pronunciaruna única palabra en tu vida,¿Cuál dirías?</p>Sobre la autora:<p>NANCY ALMASSIO es poeta, investigadora y docente nacida en Necochea (Argentina). Participó en numerosos certámenes literarios y obtuvo diversas distinciones, destacándose el 1° premio internacional en el IX Concurso Poético Internacional UPF Argentina (2020) a la poesía: Mi paz, tu paz.</p><p>Publicaciones:&nbsp;</p><p>Hombres irreales (2017) De los Cuatro Vientos. Argentina</p><p>Mujeres reales (2018). De los Cuatro Vientos. Argentina</p><p>Amores invisibles (2020). De los Cuatro Vientos. Argentina</p><p>Poética de la esperanza (2024) De los Cuatro Vientos. Argentina</p><p>&nbsp;El exilio de las almas (2025) Sabersinfin y El Mundo Iluminado. México</p><p>Poesía infinita (2026) Sabersinfin y El Mundo Iluminado. México</p><p>Ganadora &nbsp;del 3° premio en el Concurso “Enrique Anderson-Imbert” de ensayo 2025 SADE Filial La Plata con el ensayo “La palabra poética como puente de transformación de la ausencia en presencia. Una mirada hacia el interior de la poesía de Jorge Boccanera”</p><p>Ganadora del Premio Nacional Faro de Oro Vip 2026 en la ciudad de Mar del Plata por su labor como escritora y poeta.</p><p>Es coordinadora de Sabersinfin en Necochea y conductora del programa “Poéticas del mundo”.&nbsp;</p><p>Es presidente de la Filial necochense de la Sociedad de escritores de la Provincia de Buenos Aires (SEP)</p><p>Jurado en el Concurso Buenos Aires Fantástica y de los Juegos Bonaerenses 2025 en la categoría Narración Oral Escénica, Necochea para contar 2025 organizado por la Municipalidad de Necochea y Ecos Diarios.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/p19P1pR_LHEnRFiUXrk0vXtwXT8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/08/poesia_nancy_almassio.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Nancy Almassio]]>
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                                                <category term="ecos-literatura" label="Ecos Literatura" />
                                <updated>2026-08-06T15:18:15+00:00</updated>
                <published>2026-08-06T14:46:02+00:00</published>
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            El visitante
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/HgUSc2739Pf6k7hDF0zvtibm_n4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/07/el_visitante.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>En mi barrio existe una historia, un saber que comparten tácitamente todos los que llevan el tiempo suficiente viviendo acá, pero que no conocerás a menos que hagas las preguntas correctas, o tengas la desdicha de experimentarlo.&nbsp;</p><p>Mi familia lleva generaciones viviendo en esta casa, los padres de mi abuelo la compraron y vivieron acá casi toda su vida, y mis abuelos después de ellos, y cuando la Pandemia dejo sola a mi abuela y aquellas paredes de repente se le volvieron demasiado grandes, mis padres que llevaban varios años huyendo de alquileres cada vez mas insostenibles, decidieron perpetuar la tradición.&nbsp;</p><p>En general era un barrio tranquilo, en la zona vieja de la ciudad, alejado del bullicio del centro. Yo que había pasado mucho tiempo con mis abuelos y prácticamente crecí en estas calles, para cuando nos mudamos allí, ya conocía y me llevaba bien con muchos de los vecinos.&nbsp;</p><p>Hacia unas semanas que habíamos llegado, yo me había desvelado intentando estudiar en una noche lo que no había estudiado en tres meses cuando lo oí. El que era mi cuarto entonces se encontraba de cara a la vereda y la casa en si estaba pegada a la de la vecina. Por lo que, pude oír con claridad como alguien había comenzado a llamar a su puerta.</p><p>La mujer era una anciana de esas que le hacen cuestionar a uno su propia juventud. Pues era tal su energía y vitalidad que apenas por su aspecto uno podría adivinar que pasaba los noventa años. Raro era pasar por su casa y no oír el sonido ahogado de voces animadas, así es que ya estaba acostumbrado a oír lejano el sonido de alguien tocando a su puerta. Por lo que, cuando esa madrugada, oí aquella rítmica sucesión de golpes suaves contra la madera, tardé mas tiempo del que me gustaría en comprender lo extraño de la situación.&nbsp;</p><p>Aunque la mujer no era ajena a reuniones nocturnas, no solían terminar muy tarde, y por lo que había oído hasta entonces, o más bien, por lo que no había oído, aquella noche se había acostado temprano.&nbsp;</p><p>Al cabo de un minuto o dos, los golpes volvieron a sucederse y yo, viendo en aquello una oportunidad para seguir escaqueándome de mis responsabilidades, me quede escuchando.&nbsp;</p><p>Nadie respondió y los golpes se sucedieron una vez más. Eran las 2:16 de la madrugada. Podía oír el viento empujando las hojas caídas de los arboles por las agrietadas baldosas de la vereda a través de la ventana, por demás, ni siquiera se escuchaban los motores de coches o motos lejanas.&nbsp;</p><p>No es una zona peligrosa, la mayoría de los que viven aca son ancianos y las personas más jóvenes que conocía, eran gente por demás respetable, pero vivimos en el país en el que vivimos y la posibilidad de que fuese alguien peligroso se me paso por la cabeza.</p><p>Oí un intento mas y ese fue el último, sin embargo, esperaba oír el sonido de los pasos alejándose en el inusual silencio de la noche, pero eso fue todo. &nbsp;Durante los siguientes minutos, no oí nada y cuando comprendí que me había quedado sin excusas, volví a lo que estaba haciendo, pero siempre fui una persona curiosa. Y, al día siguiente, cuando, saliendo de casa, encontré a la mujer sentada en un banco de piedra en a un costado de su puerta de entrada, tras saludarla, no pude evitar preguntarle</p><p>— ¿esperaba a alguien anoche?</p><p>— No, nene —contesto distraídamente —ayer me acosté temprano ¿Por qué?</p><p>— Porque ayer como a las dos y algo me pareció escuchar que le tocaban a la puerta.&nbsp;</p><p>La expresión usualmente jovial de la mujer se transformo de pronto en una mueca sombría como jamás le había visto. Aquello me incomodo y se me ocurrió que podría haber dicho algo que le resultase irrespetuoso, aunque no terminaba de comprender el que, pero entonces volvió a hablar con una voz que intentaba sonar tranquila, pero desbordaba intranquilidad por todos lados</p><p>—anda a saber… no, yo no esperaba a nadie. Me habrían llamado y en el celular no tengo nada.&nbsp;</p><p>—pensé en salir a ver, por cualquier… —pero me interrumpió, sobresaltándome.&nbsp;</p><p>— ¡no! —y pareció sentirse culpable por elevar tanto su tono y rápidamente volvió a aquel intento de indiferencia mal disimulado —cuando escuches algo así, nunca tenes que salir.&nbsp;</p><p>En aquel momento, atribuí aquella reacción desmedida a esa empatía casi paternal que suele tener la gente mayor por los mas jóvenes, sobre todo aquellos pertenecientes a familias de amigos cercanos, y aquella mujer había sido amiga de mis abuelos desde siempre. Por lo que no quise darle mas disgustos y decidí dejar el tema ahí.&nbsp;</p><p>Ese día y los siguientes a ese transcurrieron con normalidad, y pronto, las mil y una explicaciones posibles para lo que había ocurrido, lo fueron enterrando en lo mas profundo de mi mente hasta que casi me hube olvidado de ello. Y no volví a pensar en ello hasta casi una semana después, cuando iba de camino a lo de un amigo y un vecino me detuvo. Un hombre grande, no solo de edad sino de proporciones, que llevaba un pequeño taller mecánico en una esquina de la cuadra.&nbsp;</p><p>Así había sido desde que tenia memoria y no tenia pinta de que fuese a dejar de hacerlo mientras el cuerpo se lo permitiese. El taller en si era del tamaño de un comedor, por lo que además de sus herramientas y maquinaria, solo tenia espacio para un auto a la vez, y a los siguientes los atendía directamente allí en donde los dejasen estacionados. Cuando me llamo, primero con mi nombre y cuando me gire, con un gesto para que me acercase, tenia la camisa al hombro y una mano engrasada sosteniendo un mate de acero, al frente de las entrañas al descubierto de un Peugeot 504.&nbsp;</p><p>En el alfeizar de uno de los ventanales enrejados del taller, una gata negra y gorda — que había aprendido por las malas a NO tocar— se acicalaba al sol de la tarde.&nbsp;</p><p>— ¿Cómo le va? —saludé al acercarme.&nbsp;</p><p>&nbsp;—bien, bien. Che, ¿qué le dijiste a la Tere? —habló bajando la voz con tono de reproche&nbsp;</p><p>— ¿yo? —inquirí — ¿Por qué?&nbsp;</p><p>—no sé, desde que hablaste con ella el otro día, anda medio raro.&nbsp;</p><p>—el otro día… —intenté recordar y fue la primera vez que aquel suceso volvió a mi mente —la última vez que hable con ella, le fui a avisar que le habían estado tocando la puerta la noche anterior. &nbsp;</p><p>— ¿a la noche a qué hora?&nbsp;</p><p>—a eso de las dos de la mañana, creo.&nbsp;</p><p>El hombre se quedo en silencio un momento y pude ver en su rostro la misma expresión que la mujer hacia unos días, pero en el pude reconocer algo que ella había sido opacado por el miedo: Conocimiento.</p><p>— ¿vos lo escuchaste? —preguntó, ahora con un tono más preocupado.&nbsp;</p><p>—sí</p><p>—pero no saliste.&nbsp;</p><p>—no, pensé en salir, pero me quedé escuchando por si fuese cualquier cosa.&nbsp;</p><p>—bien que hiciste. —asintió. —escucha, si volvés a escuchar algo así, no se te ocurra salir.&nbsp;</p><p>Aunque aquellas palabras, en otras circunstancias, no deberían distar mucho de advertencias sobre no andar por ciertas zonas cuando oscurece o cuestiones similares relacionadas con la inseguridad, algo en la forma en que lo decía me resulto lo suficientemente extraña como para preguntar&nbsp;</p><p>— ¿Por qué?&nbsp;</p><p>El hombre, como si no se sintiese cómodo hablando de ello, dio una ojeada a su alrededor antes de preguntar&nbsp;</p><p>— ¿tu abuelo nunca te contó del Visitante?&nbsp;</p><p>Intenté recordar ese nombre. Con mi abuelo en particular había tenido muchas conversaciones y de muchos temas. Era un hombre con el que se podía hablar de todo, pero ese era un nombre que no recordaba que hubiese mencionado alguna vez.&nbsp;</p><p>—no, que yo recuerde. —conteste finalmente &nbsp;</p><p>El hombre suspiro, me puso una mano engrasada en el hombro —algo de lo que me percataría más tarde— y hablando bajo, mirando cada tanto de reojo a su alrededor, comenzó a relatar.&nbsp;</p><p>—hacía mucho que no pasaba, pero cada tanto aparece. No sabemos que es, pero la familia de tu abuelo y la de los Jerez —haciendo un ademan en dirección a la esquina de en frente— que son los que hace más tiempo que están acá, ya contaban que se les aparecía. Por ahí estas solo a la madrugada y te tocan la puerta, miras por la ventana y no hay nadie.&nbsp;</p><p>— ¿y qué pasa si abrís? —pregunte, sorprendiéndome a mi demasiado interesado por todo aquello.</p><p>—No importa lo que pasa si le abrís. —sentenció visiblemente afectado&nbsp;</p><p>—Si esperas gente a la noche, mas vale que te llamen al teléfono o que te toquen timbre, pero nunca tenés que abrir cuando te tocan la puerta tan tarde.&nbsp;</p><p>Aunque no soy Ateo, tampoco me considero una persona creyente ni supersticiosa, pero cuando ves el terror en los ojos de un hombre de esos que no expresan sus sentimientos ni con un arma en la cabeza al contarte una historia como la que acababa de escuchar, no te quedás indiferente.&nbsp;</p><p>Quería saber más, pero se notaba que no le gustaba hablar del tema, así que me mostré satisfecho con sus respuestas y pronto la conversación quedo terminada. El hombre volvió a lo suyo y yo seguí mi camino, aunque no pude quitarme aquel pedazo de historia de mi barrio, hasta que el ritmo de la conversación con el resto de mis amigos se fue por insondables derroteros y solo me permitió volver a pensar en ello cuando volvía a casa, en la tranquilidad de la noche, por demás común en aquellas calles, pero que entonces, ante mis ojos había adquirido un matiz siniestro del que probablemente no podría volver a despojarla nunca.&nbsp;</p><p>Se me ocurrió preguntarle a mi abuela. Tal vez mi abuelo no había querido contarme nada de lo que podía ser una superstición, pero tal vez a ella le había comentado algo. Y así había sido, pero no estaba precisamente feliz de hablar del tema. Mi abuela era una mujer profundamente religiosa, y tenia una postura radicalmente negativa ante cualquier creencia o elemento que estuviese del lado exterior de las inmediaciones de su iglesia. Así es que, el simple hecho de haber mencionado aquello, fue motivo para alterarla. Ordenándome que no hable de esas cosas, porque los estaría llamando.&nbsp;</p><p>Mentiría si dijese que no intenté preguntar una o dos veces mas por la cuadra, pero lo que sea que había oído hacia unas noches, había dejado una huella tan profunda en la memoria del barrio, que nadie se atrevía a contarme mas de lo que ya sabía. Así es que todo aquello fue quedando en el pasado. Enterrando nuevamente en lo profundo de los recuerdos, esta vez, durante varios meses, hasta la noche de ayer.&nbsp;</p><p>Me había quedado a cuidar a mi hermana y habíamos pedido comida, y en lo que llegaba, yo me había metido a bañar. Apenas unos minutos después, la escuche gritarme preguntando donde había dejado la plata. Le respondí, pero me resulto extraño que hubiesen tardado tan poco y no haber escuchado el bocinazo de ninguna moto. Cuando volví al comedor, vi la mesa vacía y voltee en dirección al sillón donde supuse que estaría mi hermana, pero ella no estaba y la puerta estaba abierta, dejando entrar el rumor de una noche inusualmente silenciosa.</p>Sobre el autor:<p>Mi nombre es Tobias, Naci en Necochea, Provincia de Buenos Aires. Siempre me gustaron el terror, el suspenso y el misterio. Lovecraft y su círculo han sido mis principales influencias, y tengo el loco sueño de ser Escritor. Pero no fue hasta la pandemia, hasta el encierro y la soledad, que todo esto se volvió una prioridad y, desde entonces, es a lo que le dedico todo mi tiempo libre.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/HgUSc2739Pf6k7hDF0zvtibm_n4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/07/el_visitante.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Tobías - Ecos Literatura]]>
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                                <updated>2026-07-31T15:07:45+00:00</updated>
                <published>2026-07-31T15:06:31+00:00</published>
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            No más llanto
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/O1QM4gKbOGRFCDQc7ehtXj21KxM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/07/lluvia_asfalto.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Contra la acerachocael llanto del cielo.Qué coincidenciasabrá la nubede mi melancolía.El espejo me devuelveal finuna imagen de paz:Todo está en su lugar.De la desilusiónsurge la fuerza.Del errorel aprendizaje.Las perlas siguen cayendotransparentes y frías.Pero en este momentosiento que cantan.</p><p>Maryta Laino, nació en la ciudad de Necochea el 11 de octubre de 1958.</p><p>Participó de diversos talleres literarios, programas radiales y ateneos culturales</p><p>Algunas de sus obras se encuentran publicadas en diferentes antologías.</p><p>En diciembre de 2024 presentó su primer poemario: Hacia el Atardecer.</p><p>Actualmente integra la comisión de la Sociedad de Escritores de la Pcia de BsAs, filial Necochea</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/O1QM4gKbOGRFCDQc7ehtXj21KxM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/07/lluvia_asfalto.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Maryta Laino]]>
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                                <updated>2026-07-29T14:37:22+00:00</updated>
                <published>2026-07-29T14:34:15+00:00</published>
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            El oso del Quequén
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/LClp1xuoIDUsMcyOmxsbEgEuZMg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/07/oso.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Habíamos caminado durante toda la jornada. Faltaba poco para el atardecer, Por los vientos nos íbamos acercando con Mogo (1) hacia el Gran Mar (2).</p><p>Teníamos que encontrar pronto un lugar donde pasar la noche. Ya habíamos divisado las altas arenas (3). Allí seguramente nos resguardaríamos de los vientos fríos que venían desde la costa.</p><p>Yo estaba protegido por mis pieles de Tabul (4), al igual que Mogo, y que juntos habíamos conseguido hace tiempo cazando ese animal. Teníamos hambre. Lo último que comimos fue un ave que logramos derribar de un certero piedrazo, y unas raíces de hierbas de gusto dulce que encontramos en nuestro viaje.</p><p>Eso fue hace ya una salida de sol (5) Mogo confiaba que pronto hallaríamos más animales para cazar ni bien nos acercáramos hacia la playa del Gran Mar. Seron, nuestro venerado anciano de la tribu nos había dicho que no probemos sus aguas pues no era buenas Así lo haríamos.</p><p>Calmamos nuestra sed en ríos que fuimos cruzando en el viaje y en pequeñas piedras que íbamos chupando. En un momento dado estuvimos al pie de las altas arenas y al subirlas logramos divisar el Gran Mar. Era inmenso, de color azul, y se perdía en el horizonte.</p><p>Traspusimos las mismas y llegamos a la playa, luego de bajar corriendo y contentos para tocar las aguas del Gran Mar. En la corrida Mogo perdió el cuchillo que llevaba en su cintura entre sus pieles. Lo vi detenerse a juntarlo mientras yo llegaba junto a la playa y mis pies se introducían en las aguas del Gran Mar. De pronto sentí el frio del agua en los pies. Recordé las palabras de Seron.</p><p>No debía probar el agua. Salí de allí enseguida para ver dónde había quedado Mogo. Al levantar la vjsta vi ese animal gigante. Era descomunal, parecido a Tabul, aunque quizá más pequeño. Grite a Mogo que también se había quedado mirándolo.</p><p>Nos juntamos enseguida en posición defensiva sosteniendo fuertes nuestras lanzas. La bestia estaba a unos veinte pasos y se acercaba despacio hacia nosotros peligrosamente. Decidimos movernos alejándonos despacio, pero pensamos que deberíamos cazarlo. Seria una buena presa y buena comida. Era el o nosotros.</p><p>Así que nos fuimos acercando y rodeando. Cada uno le clavaría su lanza. Cuando estuvimos a unos cinco pasos, la bestia se levantó de pronto y erguido en sus dos patas traseras, comenzó a emitir gruñidos abriendo grande su boca amenazadora mientras sus brazos gigantes que poseían poderosas zarpas en forma de garras, blandian al aire. Algo asustados retrocedimos.&nbsp;</p><p>Mediría unos tres o cuatro pasos de largo (6). Su cuerpo estaba cubierto con mucha piel color marrón oscuro. Teníamos que tener mucho cuidado que nos nos golpease con esas zarpas, pues nos despedazaria. En un momento Mogo le clavó su lanza contra el costado derecho de la bestia, mientras yo lo hacia hacia la izquierda, justo debajo del brazo y entre las costillas.</p><p>Sentí que mi lanza se introducía bien profundo en el cuerpo del animal. Al instante la bestia hizo un giro rápido lanzando un agudo rugido seguramente por el intenso dolor que le estábamos infrigido, y partiéndole de un manazo su lanza y dándole un fuerte golpe en la cabeza que hizo se le desprendiera parte del cuero cabelludo. El golpe hizo que lo derribara a Mogo quien cayó pesadamente al piso ya exánime</p>Sobre el autor:&nbsp;<p>Jorge Nista, jubilado, nació en&nbsp; Necochea en 1947. Es autor de las biografías "Un médico italiano en Necochea. Dr. Rodolfo Faggioli" (2024) y "El ing. Edgar Gatti y el Parque Miguel Lillo" (2025), y del cuento "El Oso del Quequén. Una cacería en el Cuaternario" (inédito), Es miembro de la Sociedad de Escritores de la Prov de Bs.As. Filial Necochea.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/LClp1xuoIDUsMcyOmxsbEgEuZMg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/07/oso.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Jorge Nista]]>
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                                <updated>2026-07-24T15:32:10+00:00</updated>
                <published>2026-07-24T15:28:14+00:00</published>
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            Banquemos los trapos
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/EH28Eotwxb8STDqb2uQFTcPmPds=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/07/foto_festejo_argentina.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Banquemos los trapos, gente,aunque el resultado no sea el esperado.Sigamos con las camisetas puestas,con las banderas y los estandartesque esta Selección nos enseñó a levantar.</p><p>Todos fuimos Lo Celso y el Licha con el trapo de Malvinas.Hay símbolos que trascienden un partidoy viven para siempre en la memoria del pueblo.Por eso, banquemos los trapos.</p><p>Porque no se juega solo con una pelota,sino con amistad,compañerismo,equipoy el orgullo de caminar juntos.</p><p>Que una derrota no nos deje abatidos.Mostremos al mundode qué está hecho el pueblo argentino:trabajo silencioso,sacrificio cotidiano,esfuerzo incansabley una perseverancia inigualable.</p><p>Venimos de una tierraque aprendió a ponerle el pecho a la adversidad,que conoce el dolor,pero también la esperanza.</p><p>Y cuando nos bancamos entre todos,no hay tropiezo que nos venza,ni sueño que se apague.</p><p>Por eso, hoy más que nunca,banquemos los trapos,abracemos los coloresy demos gracias a estos muchachos,que nos recordaron que lo más importante es estar unidos.</p>Sobre la autora:<p>Jorgelina Serrano. Coordinadora de Ecos Literatura, &nbsp;abogada, escritora y estudiante de periodismo.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/EH28Eotwxb8STDqb2uQFTcPmPds=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/07/foto_festejo_argentina.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Jorgelina Serrano]]>
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                                <updated>2026-07-20T12:35:07+00:00</updated>
                <published>2026-07-20T12:22:25+00:00</published>
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            Todo en 10.6 segundos
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/gPsuuPpxVeD9Ez911dc33EmawVg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/07/pelota_cancha.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Un hombre corría perseguido por un vendaval. No era un viento común. Tenía piernas largas, respiración de caballo y una sombra que parecía estirarse por toda la cancha. Lo sentía detrás de mí desde el instante mismo en que la pelota llegó a mis pies, allá lejos, donde el campo se vuelve una llanura y los arcos son apenas dos puertas diminutas abiertas en el horizonte.La tarde tenía el color de los duraznos maduros, esos que mi viejo conseguí camino a casa allá cuando junto a mis hermanos imaginábamos juegos de todo tipo. El estadio rugía como un océano encerrado en una botella. Yo estaba cerca de la mitad de la cancha cuando recibí el balón.Entonces ocurrió. El tiempo decidió detenerse. No fue una metáfora. Lo vi claramente. Un papel que volaba sobre el césped dejó de moverse. Una paloma quedó suspendida en el aire. Incluso las voces del público se transformaron en una nota interminable, como el sonido de un órgano gigantesco.Y en ese silencio imposible escuché mis propios pensamientos.“Corré”. No era mi voz. Era la voz de todos los chicos que alguna vez habían jugado descalzos detrás de una pelota hecha de trapos. Era la voz de los potreros, de las paredes descascaradas, de los arcos dibujados con piedras.Di el primer toque. La pelota avanzó pegada a mi botín como si hubiera nacido allí.El primer rival apareció de inmediato. Era un hombre enorme, con brazos de molino y ojos de toro cansado. Quiso cerrarme el paso. Antes de moverme ya había imaginado cómo dejarlo atrás.Lo vi en mi cabeza cayendo hacia la izquierda mientras yo escapaba por la derecha. Entonces ejecuté la imagen. Sucedió exactamente igual. El defensor quedó girando sobre sí mismo, buscando una sombra que ya no estaba.Seguí corriendo. Detrás de mí el vendaval continuaba. Escuchaba sus pasos acercarse y alejarse al mismo tiempo. Era como si corriera dentro de un sueño donde las distancias obedecen leyes caprichosas. Yo no paraba de correr… él tampoco.A los pocos metros apareció el segundo rival. En ese instante el césped dejó de ser césped. Se transformó en el patio de mi infancia. Vi los charcos después de la lluvia, los perros dormidos junto a los postes, las ventanas desde donde las madres llamaban a cenar.El jugador intentó quitarme la pelota. Yo recordé a un perro viejo que me perseguía cuando era niño. Para escaparme de él siempre hacía una pausa inesperada antes de acelerar. Repetí aquel movimiento. Frené. El defensor siguió de largo. Aceleré. Listo, un rival menos.La pelota y yo continuamos viaje. El estadio empezó a desaparecer. Ya no escuchaba a la multitud. Escuchaba tambores. Miles de tambores. Como si un ejército invisible marchara junto a mí.El tercer rival llegó desde un costado. Era rápido. Muy rápido. Pero en mi imaginación se convirtió en un árbol. No un árbol cualquiera. Un ombú gigantesco que bloqueaba el camino. Y yo recordé que los árboles nunca persiguen a nadie. Sólo hay que rodearlos.Le hice un amague corto. Después otro. El hombre quedó inmóvil. El árbol quedó atrás.Seguí avanzando. Ya había recorrido más de cincuenta metros. Lo sabía porque la cancha parecía estirarse como una cinta interminable. Y porque el vendaval seguía detrás. Podía sentir su aliento. Podía escuchar el roce de sus botines. Podía imaginar su desesperación. Pero no podía alcanzarme.El cuarto rival apareció de frente. Entonces vi algo extraordinario. Sobre su cabeza revoloteaban mariposas azules. Cientos de mariposas. Como aquellas que acompañaban a los personajes de las historias antiguas que contaban mis abuelos.Las mariposas me indicaron el camino. “Pasá por ahí”. Por ese hueco diminuto. Por esa rendija imposible. Obedecí. La pelota atravesó un espacio que parecía inexistente, y yo también. El hombre quedó atrás mirando el vacío. Y las mariposas desaparecieron.El quinto defensor fue el más difícil. Esperaba cerca del área. Sereno. Paciente. Como un pescador. Por primera vez dudé. El vendaval estaba cada vez más cerca. Podía sentirlo a menos de un brazo de distancia.Entonces comprendí algo. Toda mi carrera había sido una conversación con la pelota. Nadie más podía escucharla. Pero ella hablaba. Siempre hablaba.Y en aquel momento me dijo:“No mires sus piernas. Mirá sus miedos”.Levanté la vista. Vi el miedo del defensor. Era pequeño. Tenía forma de niño. Y estaba escondido detrás de él. Entendí hacia dónde debía ir. Toqué la pelota apenas un instante. El hombre se lanzó hacia un lado. Yo escapé hacia el otro. El último obstáculo había caído. Ahora sólo quedaba el arquero.Y el vendaval. El perseguidor seguía corriendo detrás de mí. Había recorrido toda la cancha intentando alcanzarme. Pero una fuerza desconocida parecía sostenerme.Era como si cada persona que alguna vez soñó con una hazaña imposible estuviera empujándome desde atrás.Entré al área. El arquero salió desesperado. Abrió los brazos. Se hizo enorme. Tan enorme que durante una fracción de segundo ocupó todo el horizonte. Pensé que ya no había espacio. Que el sueño terminaba allí. Entonces recordé algo. Los gigantes sólo existen mientras uno les cree.Sonreí. Toqué la pelota hacia un costado. El arquero cayó al césped. El mundo recuperó el movimiento. La paloma volvió a volar. El papel continuó su viaje. El rugido del estadio regresó de golpe. Y yo empujé la pelota hacia el arco vacío. Rodó lentamente. Con una tranquilidad insoportable. Como si quisiera disfrutar cada centímetro de su recorrido. Hasta que finalmente cruzó la línea.Gol.No escuché el grito de la multitud. Escuché explosiones, como bombas y balas de metralleta. Escuché un mar golpeando las costas del sur de mí país. Escuché la voz de millones de personas celebrando al mismo tiempo.El vendaval desapareció. Los defensores desaparecieron. La cancha desapareció. Todo comenzó a disolverse en una luz dorada.Y entonces desperté. Abrí los ojos sobresaltado. La habitación estaba en penumbras. A mi lado dormía mi compañero. A través de la ventana entraba la claridad incierta del amanecer. Era el 22 de junio de 1986. Ciudad de México.Permanecí unos segundos sentado en la cama, respirando despacio. Todavía podía sentir la pelota pegada a mi pie. Todavía podía escuchar el eco de aquel gol imposible. Mi compañero abrió un ojo y me miró con curiosidad.“¿Qué pasa?”, murmuró.Yo sonreí. Miré hacia la ventana, donde comenzaba a nacer el día. Y respondí:“Anoche soñé un gol que todavía no existe... pero tengo la sensación de que hoy millones de argentinos van a recordarlo para siempre”.</p>Sobre el autor:<p>Maximiliano CaloniNació en la ciudad de Mercedes (Buenos Aires), en marzo de 1978. Vive en Necochea desde el año 1985. Está casado con Flavia Scaglia y tiene dos hijos: Bautista Ignacio y Gennaro Augusto.Es periodista deportivo, egresado en el año 1998 de DeporTEA Mar del Plata.Trabajó como periodista en el diario necochense Ecos Diarios entre los años 2001 y 2010. Fue asesor de la Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires entre los años 2015 y 2019. Luego, fue Director de Comunicación de la Municipalidad de Necochea hasta el año 2021.Desde el año 2023 es el Secretario de Redacción de Ecos Diarios.</p><p>Este cuento fue seleccionado este mes de julio como una de las 23 obras finalistas del Concurso Internacional de Cuentos Alrededor del Fútbol organizado por Editorial Etérea. La convocatoria reunió 987 textos, de los cuales 964 quedaron fuera de la selección final tras el proceso de lectura, evaluación y deliberación del jurado, lo que convierte este resultado en un reconocimiento al valor literario de la propuesta.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/gPsuuPpxVeD9Ez911dc33EmawVg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/07/pelota_cancha.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Maximiliano Caloni]]>
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                                <updated>2026-07-18T12:16:36+00:00</updated>
                <published>2026-07-18T12:02:16+00:00</published>
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            Poesías y relatos futboleros
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/B_idEi9mlVs18nYwlj5cky9XPDQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/07/poesia_argentina.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Jugadores argentinos&nbsp;<p>hombres empecinados&nbsp;</p><p>con el triunfo&nbsp;</p><p>atletas de la vida&nbsp;</p><p>En cada partido</p><p>ponen en alto</p><p>la patria&nbsp;</p><p>gambeteando imposibles</p><p>Adueñándose del balón</p><p>que en alto vuelo</p><p>llena el arco de</p><p>estrellas</p><p>&nbsp;</p><p>Jugadores argentinos</p><p>latinos apasionados&nbsp;</p><p>enamorados de la&nbsp;</p><p>pelota&nbsp;</p><p>Magos e ilusionistas</p><p>artífices de goles&nbsp;</p><p>increíbles&nbsp;</p><p>Orgullo nacional&nbsp;</p><p>Portadores de alegría</p><p>para un pueblo</p><p>que se ha olvidado</p><p>de sonreír&nbsp;</p><p>Un pueblo que se une</p><p>en cada canción&nbsp;</p><p>en cada lágrima&nbsp;</p><p>en cada triunfo</p><p>Jugadores argentinos</p><p>Hoy, inscriben en la&nbsp;</p><p>historia&nbsp;</p><p>su resiliencia&nbsp;</p><p>Quedan en la cancha&nbsp;</p><p>Gotas de sudor&nbsp;</p><p>Y una camiseta argentina</p><p>empapada</p><p>María del Carmen Croceri&nbsp;</p><p>&nbsp;</p>Somos la Cuarta Estrella<p>Como relámpagos albicelestes</p><p>en la tarde del estadio,</p><p>así estalla la tribuna,</p><p>miles de voces y un solo canto.</p><p>Vestimos el cielo</p><p>bordado de esperanza,</p><p>con el bombo y su latir,</p><p>la pasión, nunca descansa.</p><p>El balón es como un sol</p><p>que en los pies brilla y se afianza;</p><p>un cometa cruza la cancha</p><p>y entra al arco como lanza.</p><p>Con el alma en la red</p><p>Y el corazón en la altura</p><p>Grito ¡Vamos Argentina! ¡Vamos Selección</p><p>¡Queremos ser bicampeones!</p><p>¡Y que siga esta locura!</p><p>Sandra Altolaguirre</p><p>&nbsp;</p>Once almas.<p>Once almas en la cancha,</p><p>Devoción por competir.</p><p>Carreras contra el viento,</p><p>Pases, jugadas, por definir.</p><p>Grita la hinchada desaforada,</p><p>Teñida, entera, en celeste y blanca.</p><p>Pasión de vida, no hay otra igual,</p><p>Es mi Argentina, Islas Malvinas,</p><p>Contra Inglaterra, hay que ganar!</p><p>Pasión de vida, sueño argentino,</p><p>Ganamos siempre, hoy es distinto!</p><p>Juega la Historia, juega el destino,</p><p>Hay un deseo, recuerdo vivo.</p><p>Ganen muchachos! Pueblo argentino!</p><p>Once almas en la cancha,</p><p>Nacerán miles de gritos.</p><p>Hay un deseo, recuerdo vivo,</p><p>Un desafío, juego divino,</p><p>Ganen muchachos! Pueblo argentino!</p><p>&nbsp;</p><p>Daniela Fernanda Cáceres.</p><p>&nbsp;</p>&nbsp; &nbsp; &nbsp; “ O JUREMOS CON GLORIA MORIR ”<p>&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; El último verso del himno es un clarín&nbsp;</p><p>&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;para once luchadores que en la cancha</p><p>&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;su gran corazón tendrá el mismo latido.</p><p>&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;Son millones que acompañan festejando</p><p>&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;las gambetas, tiros libres y cada gol.</p><p>&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;Hoy todo es celeste y blanco</p><p>&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;hoy juega la selección y nos invita a soñar</p><p>&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;hoy el Diego acompaña gambeteando el más allá</p><p>&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;hoy gritemos todos juntos:</p><p>&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; ¡¡ ARGENTINOS A TRIUNFAR!! &nbsp; &nbsp;&nbsp;</p><p>Beby Roldan&nbsp;</p><p>&nbsp;</p>&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;&nbsp;Vamos Argentina<p>&nbsp;Hay un modo sutil de plantear el juego</p><p>y una manera prodigiosa de jugar.</p><p>Hay un equipo que tiene un hincha desde el cielo</p><p>y en la cancha un jugador ejemplar.</p><p>¡Vamos Argentina!</p><p>de celeste y blanco estás vestida.</p><p>¡Vamos Argentina!</p><p>para alentar al campeón, unida.&nbsp;</p><p>Hay un cielo que se funde con tu bandera</p><p>y con millones de corazones al palpitar.</p><p>Hay una camiseta que es el emblema</p><p>de gran patriotismo y de hermandad.</p><p>¡Vamos Argentina!</p><p>de celeste y blanco estás vestida.</p><p>¡Vamos Argentina!</p><p>para alentar al campeón, unida.&nbsp;</p><p>Nancy Almassio</p><p>&nbsp;</p>El sueño del pibe<p>Llegué temprano, justo para la formación. Hoy es un día de esos en que el frío cala</p><p>los huesos.</p><p>En otro tipo de escuelas con -5°C grados hubiesen suspendido las clases por baja</p><p>temperatura y falta de calefacción. Aquí en esta es indistinto... Los alumnos tienen más frío</p><p>en su casa que en la clase, igual en el aula faltan un par de vidrios en las ventanas.</p><p>Una mirada rápida al aula y claro hoy es martes, Nicolas Gonzalo todavía no llegó.</p><p>Seguramente llegará más tarde y después pedirá las cosas.</p><p>Antes de terminada la clase él entra. Con su camiseta reluciente, la última que salió</p><p>y sus botines caros. Paramos la clase, es el momento de él. Los compañeros lo saludan,</p><p>golpean entre ellos sus manos, su espalda y con su amplia sonrisa saluda a todos</p><p>anunciando que se preparen porque el próximo martes seguro vienen a buscar más valores.</p><p>Y llega otra vez el martes… A la salida del colegio están esperando. El barrio está</p><p>conmocionado, todos corren a la canchita. La canchita es un potrero de tierra con dos arcos</p><p>todavía improvisados con unos postes, Nicolas prometió que cuando ganara más dinero</p><p>compraría los arcos.</p><p>Un poco más lejos se ven dos camionetas cero kilómetro, de las que bajan varias</p><p>personas vestidas con ropa deportiva, lucen impecables.</p><p>Los chicos copan la cancha y los recién llegados revolean dentro del perímetro un</p><p>par de pelotas. Entonces comienza el espectáculo y cada uno empieza a hacer jueguitos</p><p>como si fueran el Diego, gambetas, tacón y hasta chilena con tijereta, demostrando así sus</p><p>habilidades.</p><p>Otros cabecean en plancha casi al ras del suelo para pavonear su mejor</p><p>movimiento. Los hay zurdos, diestros y ambidiestros.</p><p>Los entrenadores observan y anotan en sus planillas las tácticas, pases y</p><p>rendimiento en el juego.</p><p>Suena el silbato y se organiza el partido…</p><p>Otro martes, esta vez faltan dos alumnos a la clase. La camioneta del club pasó por</p><p>ellos apenas pasada la medianoche del Lunes para llevarlos a entrenar y los traerá a la</p><p>escuela antes de terminar la primera hora.</p><p>Toda la clase colabora con ellos pues llegan muy cansados. Por supuesto la</p><p>canchita ya tiene sus arcos.</p><p>Ellos son los héroes del barrio. Los elegidos.</p><p>Ellos son “El sueño del Pibe”.</p><p>Ariana Libré</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/B_idEi9mlVs18nYwlj5cky9XPDQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/07/poesia_argentina.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Varios autores de Necochea y la región se unen en una publicación bien futbolera]]>
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                                <updated>2026-07-15T18:35:09+00:00</updated>
                <published>2026-07-15T18:28:53+00:00</published>
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            El oleaje interior
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/HEDV5eXIjMDYB4EvJDiWZkL40pw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/07/amanecer_embarazada.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>No sé calcular cuánto tiempo pasó desde que la llamada telefónica me arrojó acá. Mis manos se apoyan instintivamente sobre mi panza, convertida desde hace meses, en esta esfera tibia que contiene una nueva vida. Aprieto fuerte los ojos y los recuerdos se avivan.— ¿Qué quieren comer hoy? —pregunta la abuela, tomando el delantal que cuelga en el gancho de la cocina.&nbsp;El abuelo y yo nos miramos y gritamos juntos: ¡tortilla!&nbsp;Saltando en un pie, voy hasta el comedor, donde el abuelo corta sobre una tabla de madera una mortadela que compramos en el almacén del pueblo y arma un sanguchito para cada uno. Sirve vino en un vaso de vidrio con lunarcitos azules y me pide que le agregue soda. Cuando aprieto el gatillo, brota un chorro potente que salpica y nos da mucha risa. La abuela grita desde la cocina porque le ensuciamos el piso que enceró esa mañana. Del vaso se desprende un olor a madera y fruta que queda por un rato en el ambiente.Cuando llega el momento de poner la mesa, hacemos volar varias veces el mantel hasta que lo aterrizamos bien estirado. Él pone los platos y yo los cubiertos. Yo las servilletas y él los vasos. Cuando llega la abuela con la tortilla, aplaudimos y almorzamos los tres sobre el mantel naranja.</p><p>Gluc.&nbsp;Mi pececito interior baila su danza acuática, mientras afuera todo parece detenerse. El tubo del teléfono cuelga desde el escritorio sostenido por el cable, lanzando un pitido recto y agudo. &nbsp;Lo cuelgo y el silencio se abalanza sobre la sala. Un escalofrío me recorre, tomo una manta y me cubro de pies a cabeza, como cuando era niña y algo me asustaba. Me ovillo en el sillón e imagino cómo mi cuerpo encierra y repite la forma de ese ser que flota dentro mío. Afuera flota la ausencia. Abuelo, susurro mientras lágrimas y mocos se mezclan en una amalgama que fluye desde mi cara hasta el sillón.</p><p>Estoy en el campo y el abuelo me invita a buscar las ovejas para encerrarlas en el corral antes de que llegue la noche. Mientras caminamos cantamos, siempre cantamos con el abuelo. Los perros corren adelante, ladrando. De pronto estamos rodeados de una marea blanca que trae consigo un potente olor a lana húmeda y pasto. &nbsp;El balido insistente de las ovejas se mezcla con el grito de los teros, que ven en riesgo sus nidos.Vamos a la quinta a regar. Parece que el abuelo hubiera utilizado una regla gigante para trazar los surcos. &nbsp;Ponemos la manguera en uno y esperamos a que el agua avance, lentamente, transportando hojas y bichos pequeños hasta la otra punta. Ese es el momento en que hay que cambiarla al surco siguiente. Así uno por uno hasta que el suelo quede oscuro y con olor a tierra mojada. Por la humedad del terreno, los yuyos que crecen entre las plantas, no oponen resistencia a nuestras manos. Al terminar, armamos un ramo enorme de perejil para llevarle a la abuela, junto con zanahorias y varios tomates.</p><p>Gluc.Acaricio mi panza, mi nadador está inquieto y me pregunto si querrá despojarme de esta tristeza que me agobia o buscará distraerme. Quizá solo disfruta de su mundo de agua cálida y envolvente al que yo quisiera regresar. Miro la hora y pienso que Josefina pronto llegará del jardín con sus ojitos inquisidores y sus agudas preguntas. ¿Cómo explicarle lo que yo aún no logro aceptar? &nbsp;Es la primera vez que voy a hablar con mi hija de la muerte. Pienso que es una palabra demasiado corta y demasiado simple para nombrar &nbsp;lo que me atraviesa, y temo que al pronunciarla todo se vuelva más real. A veces, las palabras pesan demasiado, y más cuando su significado es definitivo.</p><p>Estamos en el Peugeot del abuelo rumbo a Necochea. Al costado de la ruta, los postes de alambrado pasan como imágenes fugaces. Yo tengo que ir mirando hacia adelante porque los viajes en auto me marean. Llevo sobre las piernas una toalla y me encargan que avise con tiempo si necesito parar. El abuelo siempre propone &nbsp;juegos para que el viaje se sienta más corto. Pregunto varias veces si falta mucho, y me contestan que no. Mi cabeza asoma entre los dos asientos delanteros. A veces le acarició el pelo blanco, duro por la gomina que usa para peinárselo hacia atrás.En la playa, los flecos de la sombrilla verde y naranja se agitan con el viento. Tomo de la mano al abuelo &nbsp;y corremos hacia el agua. El mar nos levanta y nos baja en un movimiento acompasado. Esa noche habrá calesita, &nbsp;y buscaré al abuelo mientras giro para mostrarle que me saqué la sortija y gané una vuelta más. Después vendrá el helado, las manchas de chocolate en el vestido y las manos pegajosas. &nbsp;</p><p>Gluc.&nbsp;Mi pequeño habitante se empecina en &nbsp;romper el silencio y traerme de nuevo al presente. Recuerdo que hace unos días vi al abuelo parado en la puerta de su casa &nbsp;y noté que estaba viejo. Fue apenas un instante, como si una sombra translúcida lo cubriera y él se librase de ella al agacharse con los brazos abiertos, para recibir a Josefina. Tal vez la muerte estaba cerca, rondando en un juego perverso de escondidas.&nbsp;Gluc. Desde adentro la vida empuja mientras afuera la muerte se asienta.&nbsp;</p>Sobre el autor:<p>Marcela Goizueta. Nació en Tres Arroyos, pero desde hace 8 años su vida transcurre en Necochea frente al mar. Ejerció y disfrutó de la docencia en Nivel Inicial hasta el momento de su jubilación.&nbsp;Desde chica devoraba todo libro que se cruzara en su camino, gusto que sigue conservando.&nbsp;En época de pandemia comenzó a escribir y participar de talleres de escritura, donde continua aprendiendo y desarrollando su escritura.&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/HEDV5eXIjMDYB4EvJDiWZkL40pw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/07/amanecer_embarazada.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por Marcela Goizueta]]>
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                                <updated>2026-07-11T18:12:19+00:00</updated>
                <published>2026-07-11T18:09:29+00:00</published>
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