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    <title>Ecos Diarios</title>
    <subtitle>Entrevistas exclusivas para informarse minuto a minuto de lo que acontece en Necochea.</subtitle>
    <updated>2026-06-21T03:15:08+00:00</updated>
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            Un libro olvidado sobre la convivencia en la Necochea primitiva
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                <![CDATA[Ecos Diarios]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Bg4qetSVWFdIAfVgoA1omun9uwU=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/06/los_vorogas.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>JUAN JOSE FLORES</p><p>Redacción</p><p>Entre los numerosos testimonios que ayudan a reconstruir la historia de Necochea existe un pequeño libro prácticamente olvidado. Se trata de la recopilación de una conferencia que el periodista Samuel Moreno Ortiz pronunció en 1939 en el Ateneo Necochense, una institución cultural que tuvo una destacada influencia en la vida intelectual de la ciudad durante la primera mitad del siglo XX.</p><p>Moreno Ortiz era por entonces una figura reconocida del periodismo local. Director del diario Necochea, uno de los periódicos pioneros de la ciudad, dedicó buena parte de su trabajo a rescatar episodios del pasado regional. En aquella conferencia abordó un tema que todavía hoy genera debates y nuevas interpretaciones: las relaciones entre los pueblos originarios y los primeros pobladores criollos que habitaron esta zona del sudeste bonaerense.</p><p>El Ateneo Necochense había sido creado algunos años antes por un grupo de vecinos vinculados a la actividad cultural y política local. Entre sus impulsores figuraban el escritor Eduardo Escobar, Gabriel Gelemur, Cipriano Reyes, el doctor Roberto D. Ramovechi, Carlos Bravo, Francisco Cortesano, Carlos C. Rolón, los hermanos Ignacio y el propio Moreno Ortiz. Según recordaba Escobar, el objetivo era constituir un centro cultural que promoviera las manifestaciones intelectuales y artísticas, contribuyendo al desarrollo de una ciudad que aspiraba a ocupar un lugar destacado entre las más progresistas de la provincia.</p><p>Cuando Moreno Ortiz expuso sus ideas, los acontecimientos de la denominada Conquista del Desierto todavía permanecían relativamente cercanos en la memoria colectiva. Muchos de los asistentes habían escuchado relatos transmitidos por sus padres o abuelos sobre los indígenas que recorrían la región antes de la consolidación del Estado nacional en la frontera sur bonaerense.</p><p>En su exposición, el periodista remontó los primeros contactos entre europeos e indígenas a fines del siglo XVI. Mencionó la expedición de Juan de Garay en 1582 y recordó las incursiones de Hernandarias de Saavedra hasta la desembocadura del río Quequén. También destacó la experiencia de los jesuitas en la Misión de la Virgen del Pilar, establecida en la actual Laguna de los Padres, donde durante un tiempo convivieron pacíficamente con numerosas familias indígenas.</p><p>Según la visión de Moreno Ortiz, el equilibrio comenzó a quebrarse durante las primeras décadas del siglo XIX, cuando el avance de la frontera militar generó conflictos cada vez más frecuentes. Citó los testimonios de Charles Darwin, quien durante su viaje por la región en 1832 observó el temor de las comunidades indígenas frente a las campañas impulsadas por el gobierno de Juan Manuel de Rosas.</p><p>Las interpretaciones actuales sobre aquel período son mucho más complejas que las que predominaban en la década de 1930. Hoy los historiadores coinciden en que la expansión territorial del Estado argentino estuvo acompañada por procesos de violencia, desplazamiento forzado y desestructuración de las comunidades originarias, cuyas consecuencias todavía forman parte de la discusión histórica y política del país.</p><p>Uno de los aspectos más interesantes del relato de Moreno Ortiz se refiere a los vínculos que existieron entre los primeros pobladores de la región y los vorogas, un grupo indígena que habitaba amplios territorios vinculados a Salinas Grandes. El periodista sostenía que durante varios años las relaciones fueron predominantemente amistosas y estuvieron basadas en el intercambio comercial.</p><p>Los vorogas, explicaba, mantuvieron una organización propia hasta mediados de la década de 1830. La irrupción de Calfucurá y la reconfiguración de los liderazgos indígenas alteraron profundamente el escenario político de las pampas, modificando alianzas y generando nuevos conflictos que repercutieron en toda la región.</p><p>Aun así, numerosos grupos continuaron desarrollando actividades comerciales con los habitantes de la campaña bonaerense. Llegaban a los establecimientos rurales transportando sal, pieles, plumas, quillangos, tejidos y diversos objetos de uso cotidiano. A cambio obtenían animales, herramientas y otros productos necesarios para la subsistencia.</p><p>Moreno Ortiz describía aquellos intercambios como encuentros cordiales. Recordaba incluso una expresión que, según sus testimonios, era frecuente escuchar entre los comerciantes indígenas: “Dando, dando hermano”, una fórmula que simbolizaba el espíritu de reciprocidad que caracterizaba esas transacciones.</p><p>Con el paso de los años, sin embargo, la creciente disputa por el control del territorio fue erosionando esos vínculos. Los enfrentamientos se hicieron cada vez más frecuentes y terminaron desembocando en un proceso de guerra que transformó definitivamente la historia de las pampas.</p><p>Más allá de las interpretaciones que hoy puedan hacerse sobre algunos de sus conceptos, la conferencia de Samuel Moreno Ortiz conserva un valor documental singular. Constituye el testimonio de una época y refleja cómo los necochenses de las décadas posteriores a la Conquista del Desierto recordaban la presencia indígena en la región.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Bg4qetSVWFdIAfVgoA1omun9uwU=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/06/los_vorogas.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Mucho antes de la fundación de la ciudad, los habitantes de la tierra eran otros: los vorogas. En 1939, el periodista Samuel Moreno Ortiz los recordaba en una conferencia en el Ateneo Necochense]]>
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                                                <category term="19" label="Nuestra Historia" />
                                <updated>2026-06-21T03:15:08+00:00</updated>
                <published>2026-06-21T01:49:00+00:00</published>
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            Crónicas de la zona pintada
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                <![CDATA[Ecos Diarios]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/J3fKJ_8Hg9I4vdRQ3JEZee9VQWU=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/06/nuestra_historia_basquet.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>JUAN JOSE FLORES</p><p>Redacción</p><p>Si bien nunca fue tan popular como el fútbol, el básquetbol siempre tuvo muchos seguidores en nuestra ciudad. La práctica de este deporte en la ciudad se remonta a finales de la década de 1920 y principios de la del 30. En esa época un grupo de jóvenes fundó el Club Juventud.</p><p>La desaparecida entidad estaba integrada por Heidelberg Escandón, Raúl Borrelli, Norberto Rasmussen, Ernesto Albizuri, Aníbal P. De la Canal, Julio Mario y Héctor Castaños, Juan Carlos y Alfredo R. Lafforghe, Víctor E y Orlando N. de la Canal, Artemio H. Porcaro y Carlos E. Lowengard.</p><p>El club se fundó el 10 de mayo de 1931 y un año más tarde, en su primer aniversario, la entidad se dedicó "a la práctica del básquetbol y al fomento de la sociabilidad". Juventud inauguró su cancha el 11 de octubre de 1931 y fueron los padrinos del campo la señora Julia Elvira Palacio de Arrofo y el ex comisionado municipal José Pucciarelli. Ese día el equipo necochense enfrentó al Club Social Balcarce.</p><p>Con la creación del Club Olimpia, surgieron los clásicos duelos entre ambos equipos, disputados en una cancha a cielo abierto y con piso de ladrillo. Uno de los primeros equipos de Juventud estaba formado por Raúl A. Borrelli, Ricardo Yacomini (capitán), Arturo Sala y Heidelberg Escandón.</p><p>Aquella institución pionera también fue la primera en enfrentar a un representativo capitalino, el 26 de enero de 1932, con un histórico triunfo por 27 a 18. De acuerdo a crónicas de la época, en 1932 ya se jugaba un torneo local de básquet con un equipo balcarceño como invitado. Participaron el primer torneo equipos del Colegio Nacional, Olimpia, Huracán, Estudiantes, la Asociación Cristiana de Jóvenes y Club Social Balcarce.</p><p>Durante aquella década, otras entidades de la ciudad se sumaron a la práctica del básquet: Lawn Tenis, Rivadavia, Boca Juniors, Jandryp y Náutico. A raíz de ello, el 12 de abril de 1940 se formó la Federación Necochense de Básquetbol. Fueron Boca Juniors, Lawn Tenis y Juventud quienes impulsaron su creación.</p><p>Destacan nombres como Martitegui, Alfredo "Felo" Gómez, Larraburu, René Casenave, Nícora, Marti, Fernández, Juan A. Devizia…</p><p>Algunos de ellos integraron el legendario equipo de Olimpia, invicto durante tres años, que también daría al deporte los nombres de Adolfo García, Ger, Basilio Alvarez y Lalo Olivares. En aquellos años también jugaron Roberto Orofino, "El Zorro" Birgé y el siempre recordado Juan Carlos Luengas, jugador de Estudiantes de La Plata en 1945 y 1946.</p>Hacia la gloria<p>Desde hace años Bahía Blanca es considerada la capital del básquetbol argentino y un necochense se destacó en los años 60 en los competitivos equipos sureños: José Ignacio "Polo" De Lizaso emigró muy joven a Bahía para jugar en Olimpo.</p><p>Pero debieron pasar otras dos décadas para que el básquetbol necochense obtuviera uno de sus mayores logros: en 1980 el seleccionado juvenil que dirigía el uruguayo Juan Antonio Santos Alves se consagró subcampeón provincial. En aquel equipo jugaron los juveniles Juan Pedro Valdéz, los hermanos Barredo y Jorge Apreda.</p><p>Unos años más tarde, en 1985, llegó la nunca superada edad de oro del básquet local, cuando Rivadavia decidió participar en la Liga Nacional C. Aquel equipo dirigido por De Lizaso trajo a la ciudad al máximo anotador del básquetbol argentino de la época: el estadounidense Neal Cornelius Robinson.</p><p>Desde aquellos flacos muchachos que crearon un club para jugar al básquetbol a la época dorada en los 80 y el actual afianzamiento de la práctica del deporte, han pasado 95 años, pero la pasión por el aro, la bola y la zona pintada sigue siendo la misma.///</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/J3fKJ_8Hg9I4vdRQ3JEZee9VQWU=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/06/nuestra_historia_basquet.webp" class="type:primaryImage" /></figure>En mayo de 1931 se fundó el primer club de básquetbol de la ciudad. En los 80 el deporte tuvo su época dorada, pero siempre se practicó con la misma intensidad]]>
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                                <updated>2026-06-13T20:40:10+00:00</updated>
                <published>2026-06-13T20:39:35+00:00</published>
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            La personificación del primer periodista de la ciudad
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/lr451pk_vLttb2O72AH8YUBUMTM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/06/galarreta.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Juan José Flores</p><p>Redacción</p><p>A casi 90 años de su desaparición física, el escribano Pablo Ruiz de Galarreta aún es recordado como pionero del periodismo necochense.</p><p>Aunque no se sabe a ciencia cierta quien ejerció por primera vez esa profesión en Necochea, se considera a Galarreta el primer periodista porque desde 1889 este español fue el director y redactor de El Baluarte, un periódico que aparecía dos veces a la semana y que era propiedad del político y empresario local Alberto Nazarre.</p><p>Estudioso incansable y observador profundo, Galarreta alternó el ejercicio de su profesión de escribano con una “empeñosa dedicación a las tareas intelectuales, que abarcó a simple título de esparcimiento espiritual, cultivando la literatura en prosa y en verso”, según un anuario publicado en 1938.</p><p>Su biblioteca, en la que se podían encontrar las obras de los grandes maestros de la literatura universal, constituía el pasatiempo favorito de este pionero del periodismo local.</p><p>Requerido para funciones de carácter público y societario, los cargos que desempeñó fueron todos honoríficos, tales como la presidencia del Consejo Escolar y la presidencia de la Sociedad Española de Socorros Mutuos, entre otros.</p><p>También por vocación, actuó en el periodismo como colaborador del diario La Nación, de la prensa española en Buenos Aires y de los diarios locales.</p><p>Ya en los últimos años de su vida y a pesar de su avanzada edad y su quebrantada salud, presidió la Comisión del Cincuentenario de Necochea.</p><p>&nbsp;</p><p>La entrevista</p><p>El libro “Necochea, ciudad progresista y poética”, del escritor Eduardo Escobar, contiene una breve entrevista que el escritor le hizo a Galarreta.</p><p>El periódico fue fundado el 3 de febrero de 1889 y era propiedad del doctor Alberto Nazarre, un empresario y político que llegó a ser uno de los primeros intendentes de la ciudad.</p><p>Ortiz entrevistó a Galarreta en “su escritorio y rodeado de una hermosa biblioteca”.</p><p>Galarreta recuerda en la nota que llegó a la Argentina en mayo de 1888. “En Buenos Aires, al llegar, fui redactor de La Nación y en noviembre del mismo año fui traído a esta ciudad para dirigir El Baluarte”, señaló el pionero del periodismo local.</p><p>El Baluarte comenzó como periódico bisemanal y su administrador era Alejo D. Ferreyra. La redacción, administración e imprenta del periódico se encontraba en el boulevard Alsina, en la casa de Amadeo Muñoz.</p><p>“Antes de llegar a la Argentina fui redactor de varios diarios de la península y siempre estuve en contacto con los intelectuales de la época, que en aquel entonces florecían en España”, recordaba Galarreta. “Tuve relación con los principales hombres de letras y frecuentábamos nuestras peñas con verdadero idealismo”.</p><p>“Pude quedarme en Buenos Aires entre el personal de La Nación, que dirigía Mitre, pero decidí venirme a esta ciudad para hacerme cargo de El Baluarte”, señalaba Galarreta. “Lo que tuve que luchar y los peligros que me rodearon para sostener esa publicación sólo los de aquella época lo saben”.</p><p>Escobar hace referencia en su libro a un atentado que sufrió Galarreta cuando ingresaba al Hotel Liverpool y además señala que al periodista le falta un brazo, pero no detalla si esto último es consecuencia del ataque.</p><p>De acuerdo al relato, ambos hombres prefieren hablar de los libros de la biblioteca de Galarreta. “Siempre me ha gustado la buena lectura”, señalaba el periodista.</p><p>&nbsp;</p><p>El Baluarte, un pionero</p><p>El periodismo en Necochea nació con El Baluarte, el 3 de febrero de 1889, según Escobar. En aquellos años también se publicaron El Necochense, El Combate, El Quequén y La Voz del Desierto.</p><p>“En Necochea ha habido grandes periodistas. Empecemos por el director del primer periódico, El Baluarte, don Pablo Ruiz de Galarreta y sigamos con el director de El Nacional, Samuel R. Ignacio; el director de El Pueblo, Oscar Gold, y el director de Tribuna Libre, Aurelio Cotta”, precisó.</p><p>Según el Diario de los 120 años de Necochea, publicado por Ecos Diarios en 2001, “El Baluarte inició la rica trayectoria del periodismo necochense, enmarcado dentro de la llamada prensa decimonónica, que se puede calificar de política”.</p><p>“La primera edición fue la del 3 de febrero de 1889 y la última a la que se ha tenido acceso, la del 26 de abril de 1891. Referencias documentales recientemente halladas prueban que se editó al menos hasta junio de 1894”, señala la misma fuente.</p><p>El 23 de agosto de 1889 fue asesinado en la vía pública Eustaquio Rabanera, uno de los redactores del periódico como consecuencia directa del enfrentamiento político entre los vidalistas y los nazarristas, estos últimos seguidores de Nazarre, propietario del periódico.</p><p>A pesar de este incidente, la publicación continuó con su tendencia política hasta su desaparición.</p><p>En cuanto a Galarreta, falleció casi cuarenta años después, el 19 de julio de 1936. Hoy es la personificación del primer periodista de la ciudad.///</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/lr451pk_vLttb2O72AH8YUBUMTM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/06/galarreta.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Pablo Ruiz de Galarreta fue el director y redactor de El Baluarte, publicado desde febrero de 1889, por ello es considerado uno de los pioneros del periodismo local]]>
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                                                <category term="19" label="Nuestra Historia" />
                                <updated>2026-06-06T21:57:18+00:00</updated>
                <published>2026-06-06T21:57:20+00:00</published>
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            El pago propio
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/l-AjGzyjsQj7ks70aYboAm_yT0M=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/05/alberto_nazarre.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Juan José Flores</p><p>Redacción</p><p>La Villa de la Salud nunca existió, aunque existen planos de la misma y en algunos mapas de la región se confunde su ubicación con Estación Lumb. Un mapa rural de 1966 del distrito de Necochea ubica a Estación Lumb en el lugar donde debió estar la legendaria Villa de la Salud. ¿Pero de dónde surgió esta fantasmal localidad? A principios del siglo pasado, el dueño de esas tierras, ubicadas en el límite con el actual partido de San Cayetano, decidió crear una población.</p><p>El doctor Alberto Nazarre subdividió las tierras de la estancia La Susana con el objetivo de crear la villa, ubicada a varios centenares de metros de la estación, pero dentro del partido de Necochea. Nazarre fue el propietario del primer periódico de Necochea: El Baluarte. Según una investigación histórica realizada por Ana Carolina Alonso y Florencia Inés Colatriano, dicho periódico era bisemanal en su primera época y semanal en la segunda. Apareció en febrero de 1889 y no se tiene conocimiento de ejemplares posteriores al 19 de abril de 1891.</p><p>Según las investigadoras, el periódico se constituyó como la voz de una de las facciones políticas de la ciudad, reflejando sucesos locales, provinciales y nacionales bajo criterios facciosos y partidarios propios de la prensa decimonónica.</p><p>En aquella época, Alberto Nazarre y Adolfo Vidal se disputaban el poder político en Necochea, dividiendo a la sociedad entre vidalistas y nazarristas. Ambos protagonizaron una etapa de violencia extrema que provocó inestabilidad política. Pertenecían al Comité pacista de Necochea, "club" de Julio A. Costa. En 1890 se produjo la llamada Revolución de Necochea, un intento de Vidal de tomar el poder, pero el intendente Nazarre se mantuvo firme y Vidal fue preso.</p>Junto a Lumb<p>La Estación Lumb fue inaugurada en 1908, entre las estaciones de Tandil y Defferrari. Tomó su nombre del empresario inglés Edward Lumb, uno de los fundadores del Ferrocarril Sud. Al habilitarse la estación, se instalaron en sus cercanías pobladores relacionados con tareas agrícola-ganaderas.</p><p>Desde la década del '40, la localidad contó con una calera de Enrique Guillamón. El 13 de febrero de 1947, el gobierno de Juan Domingo Perón compró los ferrocarriles ingleses, un acto descrito como un paso hacia la soberanía, aunque en realidad fue una negociación por la deuda que Gran Bretaña no podía pagar al país.</p><p>El 4 de noviembre de 1958 se formó el partido de San Cayetano con tierras de Tres Arroyos, Gonzales Chaves y Necochea. Estación Lumb, que pertenecía a Necochea, quedó entonces dividida. En la actualidad es poco lo que queda de Lumb, es un pueblo fantasma. Del sueño de Alberto Nazarre, la Villa de la Salud, solo quedan los planos; aunque se vendieron lotes, nunca se levantó una casa.</p><p>En 1966, por error, se ubicó a Lumb en el mapa rural de 1966 en el lugar de la villa proyectada. Esta situación de proyectos no concretados es común en la región: la ciudad de Quequén, tal como fue proyectada a fines del siglo XIX, nunca se construyó.///</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/l-AjGzyjsQj7ks70aYboAm_yT0M=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/05/alberto_nazarre.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Alberto Nazarre, primer intendente de Necochea, quería tener su propio pueblo y proyectó fundar la Villa de la Salud+3]]>
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                                                <category term="19" label="Nuestra Historia" />
                                <updated>2026-05-30T19:42:47+00:00</updated>
                <published>2026-05-30T19:42:41+00:00</published>
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            Una odisea a campo traviesa hace 278 años
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/RBpFz7zahuwZCyfiB-udrn00R28=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/05/jose_cardiel.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>JUAN JOSE FLORES</p><p>Redacción</p><p>En unos días se cumplirán 278 años del paso por estas tierras del sacerdote José Cardiel. El 25 de mayo de 1748, de regreso de su frustrada expedición para evangelizar indios en la zona, el sacerdote jesuita ofreció una misa de acción de gracias en Punta Negra.</p><p>Un día después, cruzó el río que poco antes había denominado San José, pero que hoy conocemos como Quequén.</p><p>Cardiel no sólo fue un anegado evangelizador, también fue el primer cartógrafo de la región. Su diario de expedición es el primer registro escrito sobre el paso de un hombre blanco por lo que un siglo más tarde sería el Partido de Necochea.</p><p>Cardiel había llegado a la zona en 1746, junto a los misioneros jesuitas Tomás Faulkner, Matías Strobel, Gerónimo Rejón y Manuel Querini. Habían sido enviados a evangelizar por la Corona española.</p><p>Se asentaron a orillas de la Laguna de las Cabrillas, hoy denominada Laguna de los Padres, en recuerdo de aquellos arriesgados misioneros. Juntos crearon la Misión de Nuestra Señora del Pilar del Volcán (de Vulcan, abertura entre dos cerros). La misión recibió constantes ataques de tribus pampas lideradas por el cacique Cangapol.</p><p>Pero, según escribió Cardiel en uno de sus informes, allí también había unos 300 indios que "mostraron gusto de que formáramos pueblo, aunque algunos se mostraban adverso a la cristiandad".</p><p>El jesuita llevaba entre sus pertenencias una estampa de Nuestra Señora del Pilar, de allí el nombre de la reducción.</p><p>Luego de la fundación de la reducción del Pilar, Cardiel no permaneció mucho tiempo sin salir a cumplir con su misión evangelizadora. Así partió en la expedición por la que aún hoy se lo recuerda en nuestra ciudad.</p><p>La misión</p><p>El 6 de mayo de 1748 partió en la arriesgada misión acompañado por un grupo de indios que le servían de portadores. Una semana después bordearon el Río Quequén Chico y cruzaron el Quequén Grande por el lugar conocido como Paso de Otero (cercano a La Dulce). Allí se detuvieron a descansar y concretaron la primera misa el 13 de mayo.</p><p>Al día siguiente llegaron al lugar que los indios conocían como el País del Diablo. Pero allí Cardiel fue abandonado por el baqueano y el lenguaraz, por lo que inició el regreso por la playa.</p><p>Fue así que el 25 de mayo de 1748, Cardiel celebró un misa en Punta Negra y al día siguiente llegó hasta la orilla del río que había nombrado San José y lo cruzó a pie, rumbo la reducción del pilar.</p><p>En aquellos años, la desembocadura del Río Quequén podía cruzarse a pie.</p><p>No era raro que así fuera. Un siglo y medio después, cuando Quequén y Necochea eran pequeñas aldeas y se soñaba con un puerto, los pequeños barcos de la época debían ingresar al río tirados por caballos, ya que de lo contrario quedaban varados en los bancos de arena que se formaban en la desembocadura. Por esa razón en el siglo XX se decidió construir la escollera, para proteger la boca del río y evitar el depósito de arena.</p><p>El cronista</p><p>Cardiel fue el primero en dejar un registro escrito de sus viajes por la región y el primero en darle un nombre español a los parajes de los futuros partidos de Lobería y Necochea. De su deambular por el territorio de lo que luego sería la provincia de Buenos Aires, dejó 10 mapas que se convirtieron en una de las mejores cartografías coloniales del territorio bonaerense.</p><p>También dejó escritos relacionados con observaciones científicas y describió por primera vez las costumbres de los aborígenes que vivían en la pampa.</p><p>En su regreso de su frustrada expedición de 1748, Cardiel atravesó lo que luego serían los partidos de Lobería, Miramar y Mar del Plata. Después siguió por Mar Chiquita, Villa Gesell y Pinamar.</p><p>El 6 de junio, un mes después de la partida, llegó a la reducción de la Concepción, ubicada a unos kilómetros de la actual localidad de San Clemente.</p><p>En la actualidad, Cardiel es considerado uno de los mejores cronistas de las misiones jesuíticas en la Argentina. Sus escritos resultan esenciales para conocer la historia de la obra de la Compañía de Jesús en nuestro país y Paraguay.</p><p>Si bien su rostro es desconocido, en nuestra ciudad se levanta un monumento que lo recuerda, a orillas del Río Quequén, el mismo que él llamó San José hace 278 años. En 1941 ya nuestra ciudad había reconocido su tarea al denominar con su nombre el tramo urbano de la ruta 86.&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/RBpFz7zahuwZCyfiB-udrn00R28=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/05/jose_cardiel.webp" class="type:primaryImage" /></figure>El 25 de mayo de 1748 el misionero José Cardiel cruzó a pie la región con el objetivo de difundir el mensaje de Cristo. Fue quien primero cartografió el río Quequén]]>
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                                                <category term="19" label="Nuestra Historia" />
                                <updated>2026-05-24T04:05:07+00:00</updated>
                <published>2026-05-24T01:46:00+00:00</published>
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            La Escuela 10 y Lola Rom
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                <![CDATA[Ecos Diarios]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/JqjuHkkPSoAB4-8wTC9va8NHVsY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/05/escuela_n_10.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>JUAN JOSE FLORES</p><p>&nbsp;</p><p>El próximo 25 de mayo se cumplirán 69 años desde que la Escuela N° 10 recibió su nombre: Dolores L. Rom, en homenaje a la docente que, según la historia local, fue la primera maestra de Necochea.</p><p>El sábado 25 de mayo de 1957, por resolución de la Dirección Provincial de Escuelas, el establecimiento pasó a llamarse oficialmente “Dolores L. Rom”, en reconocimiento a una mujer que fue un símbolo de la vocación docente en los primeros años de la ciudad.</p><p>La historia de la Escuela Nº 10 se remonta a comienzos del siglo XX y está profundamente ligada al crecimiento de Necochea. Según relató el historiador Egisto Ratti, la institución comenzó a funcionar en una chacra ubicada en el paraje La Soledad, propiedad de la familia Dieterichs. Allí, en una habitación cedida por los chacareros, abrió sus puertas la escuela rural, cuya primera directora fue María Magdalena Rodríguez.</p>Lola Rom<p>Con el paso de los años, la escuela fue trasladándose a distintos puntos del distrito. En 1910 pasó a funcionar en la chacra 44 de Ricardo N. Pina y, una década más tarde, se instaló en la zona de las actuales calles 57 y 84, en una propiedad de Santa B. de Mansi, ya dentro del área urbana. Finalmente, en 1950 logró contar con su edificio propio en avenida 59 Nº 3953, donde continúa funcionando hasta hoy.</p><p>Ratti destacaba que por las aulas de la Escuela Nº 10 pasaron numerosos docentes que “prestigiaron y prestigian a la docencia de nuestra ciudad”, aunque señalaba que el homenaje a Dolores Rom representó un reconocimiento especial de Necochea hacia una de sus figuras más queridas.</p><p>Escuela centenaria</p><p>Décadas después, durante los actos por el centenario de la escuela realizados en agosto de 2005, la comunidad volvió a evocar tanto los orígenes del establecimiento como la figura de Lola Rom. En aquella ceremonia participaron autoridades municipales, docentes, ex alumnos y vecinos, en una jornada cargada de emoción.</p><p>La entonces directora del establecimiento, Graciela Caldera, recordó que la escuela nació en “una habitación prestada” cuando la ciudad “recién comenzaba a andar”, y destacó el compromiso de generaciones enteras de docentes con la educación pública. En uno de los momentos más emotivos del acto, definió a la historia de la institución como “una hermosa trama de afecto, respeto por la comunidad, dedicación y amor por la tarea de enseñar”.</p><p>“Yo imagino esa trama formando un poncho que nos abriga”, expresó Caldera ante un auditorio emocionado, compuesto por antiguas maestras, ex alumnos y familias vinculadas históricamente a la institución.</p><p>Durante aquella celebración también se rindió homenaje a Dolores Lucila Rom. El entonces director del Archivo Histórico del Museo Regional, Alejandro Andersen, sostuvo que la Escuela Nº 10 “terminó de construir su identidad” cuando recibió el nombre de la maestra en 1957.</p><p>“Lola Rom representó y representa el espíritu pujante, transformador y desinteresado de las personas que construyeron nuestra querida Necochea”, afirmó Andersen, quien además recordó que la docente “dejó toda su vida en la docencia y nunca se alejó ni se olvidó de la que era su Necochea”.</p><p>En ese acto se dio lectura a una carta manuscrita enviada por Dolores Rom en enero de 1932, pocos meses después de haber visitado la ciudad durante los festejos del cincuentenario de Necochea. Aquella visita sería la última de la maestra a la ciudad donde dejó una huella imborrable.</p><p>En tanto, la Escuela 10 va rumbo a cumplir, el próximo 26 de agosto, 121 años.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/JqjuHkkPSoAB4-8wTC9va8NHVsY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/05/escuela_n_10.webp" class="type:primaryImage" /></figure>En mayo de 1957, se le impuso a ese establecimiento escolar el nombre de la mujer a quien la historia considera la primera maestra de la ciudad]]>
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                                                <category term="19" label="Nuestra Historia" />
                                <updated>2026-05-17T03:25:12+00:00</updated>
                <published>2026-05-17T01:51:00+00:00</published>
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            Una donación que encendió la mecha de la solidaridad
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        <link rel="alternate" href="https://elecos.com.ar/una-donacion-que-encendio-la-mecha-de-la-solidaridad-1" type="text/html" title="Una donación que encendió la mecha de la solidaridad" />
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/uPBY3nyFXjbbOVVRP_l0ptrpsK4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/05/hospital_irurzun.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>JUAN JOSE FLORES</p><p>Redacción</p><p>&nbsp;</p><p>El próximo viernes 22, se conmemoran los 99 años del fallecimiento de José Irurzun, cuyo nombre quedó eternamente vinculado al hospital municipal de Quequén.</p><p>La historia de las instituciones públicas del sudeste bonaerense, se encuentra intrínsecamente ligada a la figura del "vecino benefactor". Este fenómeno, característico de finales del siglo XIX y principios del XX, permitió que comunidades en crecimiento acelerado, pero con infraestructuras estatales rezagadas, accedieran a servicios básicos como la educación y la salud.</p><p>En este contexto, la figura de José Irurzun se erige no sólo como un donante de recursos financieros, sino como el visionario que comprendió la necesidad de autonomía sanitaria para la localidad de Quequén.</p><p>Antes de morir, el 22 de mayo de 1927, Irurzun donó 50.000 pesos para la construcción de un hospital en Quequén y otros 50.000 para su mantenimiento.</p><p>Pero si bien en la actualidad es visto como quien hizo posible la fundación del hospital, en realidad Irurzun fue quien encendió la mecha de la pasión de un grupo de vecinos que a lo largo de los años aportaron dinero y esfuerzo para hacer posible el sueño de toda una comunidad.</p><p>Tan importante como el testamento de Irurzun, fue la donación realizada por José María Loidi, quien dispuso del terreno sobre la calle 541 para la construcción del nosocomio. Pero también el trabajo y el esfuerzo de los miembros de la Unidad Vecinal de Fomento de Quequén, de un grupo de médicos, de algunos políticos y de otros destacados personajes de la época.</p><p>&nbsp;</p><p>Una necesidad</p><p>Desde hacía años vecinos de Quequén soñaban con la habilitación de un centro de salud en la localidad. A principios del siglo XX, el Hospital Díaz Vélez hacía lo imposible por prestar servicio a los quequenenses, pero no era suficiente.</p><p>Por ese motivo, la Unión Vecinal de Fomento de Quequén buscó la manera de aliviar el excesivo flujo de pacientes que concurrían desde la vecina localidad al hospital ubicado en la avenida 42.</p><p>A principios de 1933 se habilitó un ala de primeros auxilios que funcionaba de manera gratuita para la población, sostenida con la contribución privada de los médicos, generosos vecinos y con el apoyo de la Unión Vecinal de Fomento.</p><p>La atención estaba a cargo de médicos que atendían gratis las consultas. Entre aquellos abnegados profesionales, se encontraban Carlos Acuña, Roberto Ramovecchi, Horacio Ayrolo, José Brun y Juan B. Flores, entre otros.</p><p>El servicio era eficaz y cada día aumentaba el número de personas que se acercaban para recibir asistencia.</p><p>Pero, con el tiempo la sala fue desbordada por las exigencias de una población en constante crecimiento.</p><p>No transcurrió demasiado tiempo cuando la pequeña sala ya había atendido a 6.000 personas y la construcción de un hospital se hizo evidente.</p><p>&nbsp;</p><p>Esfuerzo comunitario</p><p>Si bien desde la década del 20 la población de Quequén ya trabajaba por tener su propio hospital e Irurzun era un símbolo de esa lucha, fue a partir de mediados del 30 que la Unión Vecinal, los políticos y la gente se organizaron para concretar la creación del nosocomio.</p><p>La donación de Irurzun y varios proyectos presentados por el diputado nacional Carlos Alberto Pueyrredón, dieron impulso al proyecto.</p><p>En una carta dirigida al presidente de la Unión Vecinal, Hipólito Sarasíbar, el diputado le informaba que había conseguido la inclusión en el presupuesto nacional del año 1933 de una partida de 20.000 pesos para aquella otra y otra suma similar para 1934.</p><p>En tanto, los vecinos reunieron otros 40.000 pesos. De esa forma, ya se contaba con 180.000 pesos para comenzar. Mientras que el vecino José María Loidi donó los terrenos donde sería construido el edificio.</p><p>Sarasíbar, presidente de la entidad fomentista, donó una manzana para que se construyera una fábrica de ladrillos que serían destinados a la obra. Se estimaba que se necesitaría un millón de ladrillos para poder levantar el edificio.</p><p>Por su parte, Manuel del Río se comprometió a colaborar con la arena que fuera necesaria y otro vecino de apellido Bosisio puso a disposición los camiones para transportar los materiales.</p><p>El 19 de octubre de 1935 el diputado Pueyrredón llegó a Estación Quequén junto al intendente de Lobería, Manuel Raggio, y el ingeniero Juan José Mosca, de la Dirección de Arquitectura de la Nación, quien se haría cargo de la construcción de la obra.</p><p>En la estación los esperaba una importante cantidad de público, además de autoridades nacionales, provinciales y municipales.</p><p>La delegación partió en una caravana de vehículos hacia el lugar donde iba a construirse el hospital, en la actual calle 541. Allí se realizaron pruebas de terreno para probar la calidad y solidez del suelo.</p><p>La obra comprendería un edificio de grandes proporciones y varios cuerpos, según los planos.</p><p>&nbsp;</p><p>El primer director</p><p>El 29 de mayo de 1945, por iniciativa de la Dirección de Salud Pública, el Ministerio del Interior dio curso al decreto que designaba al doctor José Brun como director del nuevo hospital.</p><p>Luego de recibir instrucciones de la Dirección de Salud Pública, Brun regresó a Necochea y se hizo cargo del hospital.</p><p>Su tarea inmediata consistió en realizar los preparativos para colocar al nuevo hospital en funcionamiento.</p><p>El nombramiento fue recibido con alegría por la población de Quequén y Necochea, ya que Brun era un profesional de reconocida honorabilidad y que había desarrollado su trabajo con probada vocación de servicio, en muchas oportunidades en forma gratuita y solventando los gastos de su propio bolsillo.</p><p>&nbsp;</p><p>La inauguración</p><p>La esperada inauguración del hospital de Quequén se realizó el 10 de febrero de 1947. La ceremonia fue presidida por el gobernador de la Provincia, Domingo Mercante, y por el secretario de Salud Pública, Ramón Castillo.</p><p>También estuvieron presentes el presidente de la Cámara de Diputados, Roberto Cursak, el diputado Bressa y otros altos funcionarios.</p><p>El emotivo acto comenzó a las 10.45, con la bendición del edificio. Luego se entonaron las estrofas del Himno Nacional y luego hizo uso de la palabra el doctor Castillo.</p><p>En su discurso hizo una breve referencia a la construcción del hospital, mencionó la generosidad del autor ideario y primer benefactor, José Irurzun, y elogió su honorable personalidad.</p><p>También se refirió a la familia Loidi, a la acción del diputado Pueyrredón y a todas las personas que contribuyeron para llevar adelante la importante obra.</p><p>El hospital fue el sueño de todo un pueblo representado por don José Irurzun.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/uPBY3nyFXjbbOVVRP_l0ptrpsK4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/05/hospital_irurzun.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Hace 99 años, antes de su fallecimiento, José Irurzun dejó en su testamento dinero para la construcción del hospital que hoy lleva su nombre. Así puso en marcha el abnegado esfuerzo de un grupo de vecinos]]>
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                                                <category term="19" label="Nuestra Historia" />
                                <updated>2026-05-10T04:20:12+00:00</updated>
                <published>2026-05-10T04:19:14+00:00</published>
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            Cayó el puente y selló el destino del apeadero
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        <link rel="alternate" href="https://elecos.com.ar/cayo-el-puente-y-sello-el-destino-del-apeadero" type="text/html" title="Cayó el puente y selló el destino del apeadero" />
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/b4LqhZrMrp4o3MVpWyRuDJe7Gno=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/05/tren.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>JUAN JOSE FLORES</p><p>Redacción</p><p>&nbsp;</p><p>A principios del Siglo XX, una de las grandes preocupaciones de las autoridades municipales fue acercar hasta la zona balnearia a quienes llegaban en tren.</p><p>Fue por eso que el tranvía unía la estación con la primitiva villa balnearia.</p><p>Con ese mismo espíritu, luego de la clausura de la estación de ferrocarriles de Necochea, en 1968, se comenzó a buscar la forma de que los turistas que llegaban en tren a pasar sus vacaciones en la ciudad, llegaran lo más cerca posible de su destino.</p><p>A fines de agosto de 1973 se terminó la construcción de un apeadero ferroviario en la zona portuaria de Quequén, al norte del puente Ignacio Ezcurra.</p><p>De acuerdo a un artículo publicado por Ecos Diarios en aquellos días, esta pequeña construcción serviría "de estación terminal para los pasajeros que se dirijan a Necochea".</p><p>Su ubicación respondía al único propósito de acercar a los viajeros a nuestro centro turístico, aprovechando la línea férrea Estación Quequén-Puerto.</p><p>La construcción del apeadero pretendía ser una solución transitoria al problema de la distancia existente entre la estación más próxima, la de Quequén, y la Villa Díaz Vélez.</p><p>Una obra provisoria</p><p>Días después de la habilitación del apeadero, un editorial de este diario señalaba las austeras características del edificio. "No causa buena impresión", sentenciaba la nota. "Si bien nunca se dijo que iba a resultar algo muy especial, dista bastante de reunir las comodidades y presentar el aspecto que eran de esperar. Podemos expresar que se trata de una instalación de emergencia y considerada desde este punto de vista se torna demasiado costosa, ya que su presupuesto básico supera la suma de 62.000.000 de pesos moneda nacional”, indicaba el artículo.</p><p>Y señalaba que Necochea no ha resignado su anhelo de ser dotada de una estación ferroviaria moderna y completa, “que se halle a la altura de sus necesidades".</p><p>Y añadía que “si oficialmente constituimos un polo de desarrollo, no se justifica que su infraestructura en materia de transportes haya desmejorado en lugar de perfeccionarse”.</p><p>Sin embargo, la situación no iba a mejorar y aquel párrafo sobre el deterioro local en materia de transporte resultaba tristemente profético.</p><p>Aunque hay fotos de fines de los 70 en los que se ve el intenso movimiento de público que registraba el apeadero con la llegada de los trenes, a la decadencia del servicio de ferrocarriles se sumó la fatal conspiración de la naturaleza.</p><p>Hace 46 años, el 29 de abril de 1980 las inundaciones de la cuenca del Quequén, que habían comenzado 10 días antes, llegaron a su punto culminante. El torrente y la gran cantidad de basura, árboles, animales, muebles y restos de mampostería que arrastraba el agua, tiraron abajo el puente Ignacio Ezcurra.</p><p>&nbsp;</p><p>Sin puente, sin sentido</p><p>La caída del puente marcó definitivamente el destino del apeadero. Aunque días después, Ecos Diarios informaba que "dentro del paulatino plan de normalización de los servicios del Ferrocarril Roca, se continuaba con los servicios entre Quequén y Tandil, y por su intermedio con Buenos Aires", esperándose una normalización del servicio habitual entre Plaza Constitución, Quequén y el apeadero.</p><p>Pero sin el puente, el apeadero, último intento de los necochenses de contar con una estación de trenes, dejó de tener sentido. Ya fue imposible que la gente llegara en cinco minutos desde la estación a la villa balnearia de Necochea. El tren volvió a operar con normalidad, pero pronto el recorrido de las formaciones de pasajeros terminó en la Estación Quequén y el apeadero cayó en el olvido.</p><p>Hoy solo quedan escombros de lo que fue el apeadero.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/b4LqhZrMrp4o3MVpWyRuDJe7Gno=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/05/tren.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La pequeña estación había sido construida para acercar a los viajeros lo más posible a la Villa Díaz Vélez. Sin el Ezcurra, dejó de ser útil]]>
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                                                <category term="19" label="Nuestra Historia" />
                                <updated>2026-05-03T03:22:24+00:00</updated>
                <published>2026-05-03T03:20:37+00:00</published>
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            En el mes de las tormentas
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/xgwE-RxWzU0G4J6KZd1_hZNnxJI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/04/abril_de_1976.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>JUAN JOSE FLORES</p><p>Redacción</p><p>Abril ha sido a lo largo de la historia, un mes de tormentas que han dejado huella en la ciudad. Y hace 50 años, una furiosa tormenta acababa con el sueño de toda una comunidad, cuando un fuerte viento arrasaba con el flamante gimnasio que el Club Atlético Mataderos había construido frente a su cancha, en la calle 72.</p><p>Fue el martes 20 de abril de 1976 y al día siguiente Ecos Diarios publicó un artículo que comenzaba con una frase que reflejaba la inmensidad de la tormenta: “Numerosos daños, algunos de considerable importancia, provocó el temporal que en la víspera se desató sobre todo el territorio del sudeste de la provincia de Buenos Aires”.</p><p>“La acción del viento, que alcanzó ráfagas de poco más de cien kilómetros por hora, provocó la caída de postes de alumbrado, causando prolongados cortes en el suministro de energía eléctrica”, agregaba la nota.</p><p>Y luego en unas pocas líneas narraba la destrucción que causó sobre un sueño de todo el barrio Norte: “Se derrumbó en forma total la estructura que sostenía un techo parabólico en el gimnasio perteneciente al Club A. Mataderos”.</p><p>El gimnasio se encontraba en la calle 72 entre 43 y 45, frente a la cancha del club, que por aquellos años ocupaba lo que hoy es la Plaza de las Carretas.</p><p>“Las pérdidas fueron estimadas por los directivos de la entidad en, aproximadamente, mil millones de pesos moneda nacional”, señalaba la nota que iba a acompañada por fotografías que mostraban los restos retorcidos de la estructura metálica.</p><p>Aquel martes 20 de abril el puerto cerró y en la playa las olas alcanzaron los cuatro metros de altura.</p><p>“La fuerza del viento —cuyo promedio horario era aproximadamente de 70 kilómetros— produjo también la voladura de carteles y letreros luminosos de publicidad, antenas de televisión y techos”, indicaba la crónica.</p><p>“En la avenida 2 de la villa balnearia, el pavimento había quedado cubierto por una gruesa capa de arena que dificultaba la marcha de vehículos. Similares inconvenientes se originaron en Quequén y otras poblaciones vecinas”, agregaba el artículo.</p><p>La tormenta había golpeado todo el frente sur de la provincia de Buenos Aires, desde Mar del Plata a Bahía Blanca. En el puerto sureño, cien pobladores de los barrios más humildes de Ingeniero White fueron evacuados después de ser arrasadas sus precarias viviendas.</p><p>Una tarde de abril</p><p>"Eran las 13:45 horas cuando el sector comprendido por las calles 70 y 72 entre 43 y 45, se vio conmocionado por un ensordecedor ruido”, narraba la crónica publicada por Ecos Diarios al día siguiente del temporal.</p><p>Ante mirada asombrada de los primeros testigos que acudieron al lugar atraídos por el estruendo, quedaban solo torres y chapas retorcidas del gimnasio que el Club Mataderos estaba construyendo frente a su humilde estadio.</p><p>El viento había derribado la estructura hacia una casa vecina, provocando daños en la pared medianera y el techo de la vivienda.</p><p>“Lo que hasta momentos antes era un tinglado montado sobre 20 columnas de hierro y totalmente techado, aparecía como una masa informe de hierros y chapas”, decía la nota.</p><p>“El vecindario se fue acercando de a poco. En silencio. Como si quisiera no dar crédito a lo que sus ojos veían. El esfuerzo de tantos meses de silenciosa pero efectiva labor quedaba frustrado ante el fenómeno”, agregaba.</p><p>“Muchas horas robadas al descanso, muchos pesos aportados por el vecindario, directivos, socios, jugadores y comercio local frustrado por la acción de la naturaleza”, señalaba.</p><p>Un directivo del club habló por todo el barrio: “Estábamos a punto de terminar la obra. Nos faltaba completar el contrapiso y pensábamos hacerlo el sábado. Aquí —dijo señalando el lugar— hay mucho sudor y pesos de todos. Las pérdidas pueden estar cerca de los mil millones de pesos viejos. Va a resultar difícil poder levantar esto de nuevo”.</p><p>El hombre tenía razón. El gimnasio no se volvió a levantar y si bien el club es la institución más representativa del barrio, aquella tormenta cambió para siempre la fisonomía del sector.</p><p>Con los años la vieja cancha de Mataderos se convirtió en la Plaza de las Carretas y la institución construyó su propio estadio un poco más al norte.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/xgwE-RxWzU0G4J6KZd1_hZNnxJI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/04/abril_de_1976.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Hace 50 años, en abril de 1976, un temporal arrasó con el sueño de toda un barrio: la furia del viento convirtió el gimnasio del Club Mataderos en hierros y chapas retorcidas]]>
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                                <updated>2026-04-26T03:10:14+00:00</updated>
                <published>2026-04-25T19:10:10+00:00</published>
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            Arena, ciencia y vocación
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                <![CDATA[Ecos Diarios]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/_0mLJLVFdx7vQsQSX213zaBe-5c=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/04/medico_italiano_rodolfo_faggioli.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>JUAN JOSE FLORES</p><p>Redacción</p><p>&nbsp;</p><p>En la historia de Necochea se destaca una figura muy particular: la de un médico italiano que encontró su lugar en el mundo en la ciudad y en largas caminatas por los médanos descubrió vestigios dejados miles de años atrás por los primeros habitantes de la región.</p><p>El doctor Rodolfo Faggioli fue un profesional que sintetiza como pocos el espíritu de su tiempo: médico de formación académica europea y explorador por vocación.</p><p>Nacido en 1860 en Sirolo, Italia, y graduado en la Universidad de Nápoles, llegó a la Argentina en 1889, en plena ola inmigratoria que nutría de saber técnico al país en expansión.</p><p>Su inserción en Buenos Aires fue rápida, pero su destino definitivo estaría lejos de la capital. Tras ejercer en distintos puntos, recaló en Necochea a comienzos del siglo XX, donde desplegó una doble vida: la del cirujano comprometido con su comunidad y la del investigador que, sin pertenecer formalmente a una institución, aportó materiales clave a la ciencia nacional.</p><p>&nbsp;</p><p>De la revolución a los médanos</p><p>Apenas llegado al país, Faggioli participó como médico en la Revolución del Parque de 1890, asistiendo heridos en los improvisados hospitales de campaña. Aquella experiencia consolidó su prestigio profesional y su perfil humanitario.</p><p>Ya instalado en Necochea, se convirtió en una figura central de la vida social. Integró instituciones, fue agente consular de Italia y promovió prácticas de salud innovadoras. Entre ellas, la llamada “medanoterapia”: caminatas por médanos y playas como método terapéutico, una idea adelantada a su tiempo que combinaba ejercicio, aire marino y contacto con la naturaleza.</p><p>Ese mismo paisaje sería, también, su laboratorio.</p><p>Las caminatas dominicales derivaron en una pasión científica. Faggioli comenzó a recolectar fósiles, restos óseos y materiales arqueológicos en la costa y en las barrancas del río Quequén Grande. Lo hizo con método, paciencia y una mirada clínica que trasladó desde la medicina a la observación natural.</p><p>Su rol fue decisivo en una etapa en la que la ciencia argentina dependía de estos recolectores locales. En ese contexto, estableció vínculo con Florentino Ameghino, figura central del pensamiento científico de la época.</p><p>A partir de 1908, la correspondencia entre ambos evidencia una relación fluida. Faggioli no solo enviaba materiales: describía hallazgos con precisión anatómica y aportaba contexto geológico, lo que elevaba el valor científico de cada pieza.</p><p>En 1909, Ameghino visitó Necochea invitado por Faggioli. Juntos recorrieron la costa y realizaron descubrimientos significativos. Entre ellos, dos anzuelos tallados en hueso fósil de guanaco, evidencia temprana de prácticas de pesca en la región.</p><p>También se destaca la entrega de una calota humana hallada en sedimentos locales. Ameghino incorporó ese material a su teoría del origen americano del hombre, postulando la existencia del Homo pampaeus. Si bien esa hipótesis sería luego refutada, los objetos recolectados por Faggioli conservaron valor científico.</p><p>Las revisiones modernas ubican estos restos en el Holoceno, descartando la antigüedad terciaria. Sin embargo, su correcta preservación permitió nuevas dataciones y estudios, confirmando la importancia de aquellos registros iniciales.</p><p>&nbsp;</p><p>Necochea y el origen del hombre</p><p>El trabajo de Faggioli se inscribe en el gran debate de comienzos del siglo XX sobre el origen del hombre en América. Ameghino defendía una antigüedad remota en la región pampeana, mientras que investigadores como Aleš Hrdlička sostenían una llegada más reciente desde Asia.</p><p>Aunque la posición de Ameghino no prevaleció, los materiales aportados desde Necochea contribuyeron a ese intercambio global. Faggioli actuó como puente entre el territorio y los centros científicos, un rol clave en una Argentina que aún construía su sistema de investigación.</p><p>Más allá de sus aportes puntuales, el legado de Faggioli se consolidó en la formación de la primera colección científica de Necochea. Su acervo privado, abierto a visitantes y estudiosos, fue el germen del actual Museo de Ciencias Naturales.</p><p>Tras su muerte, parte de la colección se dispersó, pero un núcleo importante quedó en la ciudad. Fue depositado en la Biblioteca Andrés Ferreyra y, décadas más tarde, integrado a un museo que finalmente se municipalizó.</p><p>Hoy, el Museo de Ciencias Naturales —que lleva su nombre— conserva piezas recolectadas por el médico.</p><p>Faggioli no concebía la ciencia como un saber encerrado. En 1931, ya en la última etapa de su vida, realizaba charlas públicas con su “museo portátil”: una selección de piezas que trasladaba para ilustrar sus exposiciones.</p><p>La iniciativa, documentada en la prensa de la época, revela una vocación pedagógica poco habitual. Su objetivo era acercar el conocimiento al ciudadano común, anticipando prácticas de divulgación que hoy resultan centrales.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/_0mLJLVFdx7vQsQSX213zaBe-5c=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/04/medico_italiano_rodolfo_faggioli.webp" class="type:primaryImage" /></figure>El médico italiano Rodolfo Faggioli llegó a la Argentina a fines del siglo XIX y encontró en la ciudad su lugar en el mundo. Sus caminatas por los médanos tendrían un notable impacto en la ciencia nacional]]>
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                                <updated>2026-04-19T03:00:17+00:00</updated>
                <published>2026-04-19T01:11:23+00:00</published>
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            El Pesquera III arrastrado por las aguas
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                <![CDATA[Ecos Diarios]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/iaIoazG7nSwsunLTrI940mtDO5Q=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/04/pesquera.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>JUAN JOSE FLORES</p><p>Redacción</p><p>&nbsp;</p><p>En los pueblos fundados a orillas de los ríos, las grandes crecidas suelen dejar marcas profundas en la memoria colectiva de la comunidad. Algunas se traducen en pérdidas materiales, otras en relatos que se transmiten con el tiempo.</p><p>En nuestra ciudad, la inundación de fines de abril de 1980 dejó, además, una postal imborrable: la silueta del buque Pesquera III recortada sobre la arena de Bahía de los Vientos.</p><p>Por aquellos días, el pesquero se encontraba amarrado en Puerto Quequén, como tantas otras embarcaciones que operaban en la estación marítima. Pero la situación cambió drásticamente cuando las intensas lluvias registradas en distintos distritos de la cuenca del río Quequén comenzaron a escurrir hacia el mar. El caudal creció de manera inusitada y, convertido en una correntada violenta, avanzó arrasando todo a su paso.</p><p>&nbsp;</p><p>El día del desastre</p><p>El 29 de abril, el fenómeno alcanzó su punto más crítico. La fuerza del agua provocó el colapso de estructuras clave: primero el puente Negro, luego el Ferroviario y finalmente el Ezcurra, ubicado a escasos metros del puerto. Con ellos cedieron también amarras, defensas y toda contención posible.</p><p>La corriente, cargada de troncos, animales muertos y restos de viviendas, arrastró muelles y embarcaciones. En ese escenario caótico, el Pesquera III fue uno de los buques que no pudo resistir. Terminó siendo arrastrado mar adentro hasta quedar varado, definitivamente, a unos 1.500 metros al norte de la boca del puerto, frente a Bahía de los Vientos.</p><p>Allí comenzó otra historia.</p><p>El Pesquera III no era una nave cualquiera. Había sido botado en 1970 como parte de una serie de quince unidades tipo “cutter” construidas en astilleros de la entonces Alemania Oriental.</p><p>Diseñados originalmente para Cuba, estos buques pesqueros combinaban robustez y funcionalidad.</p><p>Con casi 38 metros de eslora, más de 8 metros de manga y un porte bruto de 236 toneladas, el barco reunía las condiciones necesarias para la actividad en alta mar.</p><p>En la década del 70 fue adquirido por la empresa Pesquera Galván S.A., de Puerto Galván, y rebautizado con el nombre que lo haría conocido en estas costas. Su matrícula, 4946, lo identificaba dentro de la flota nacional.</p><p>Sin embargo, aquel 29 de abril de 1980 marcó su destino. La varadura significó una pérdida constructiva total. Ya no volvería a navegar.</p><p>&nbsp;</p><p>En las fotos de familia</p><p>Con el paso de los meses, y luego de los años, la estructura del buque encallado comenzó a integrarse al paisaje costero.</p><p>Para los habitantes de la zona y para los turistas, el Pesquera III se convirtió en una curiosidad, en una referencia visual inconfundible.</p><p>Era frecuente verlo en fotografías familiares, recortado contra el mar o rodeado de veraneantes que se acercaban a explorar sus restos cuando la marea lo permitía.</p><p>Durante mucho tiempo fue, incluso, un improvisado escenario de juegos. Niños y jóvenes recorrían sus cubiertas oxidadas, se internaban en sus compartimentos y lo transformaban en parte de sus aventuras estivales.</p><p>Pero el mar, paciente e inexorable, nunca dejó de avanzar.</p><p>Así lo reflejaba Ecos Diarios en su edición del 9 de abril de 1996, cuando advertía que, a casi 16 años de la inundación, el buque “estaba tocando a su fin”. La estructura ya se había partido y la corrosión ganaba la batalla. La salinidad, los golpes constantes de las olas y el paso del tiempo habían comenzado a desarmarlo pieza por pieza.</p><p>Las chapas del casco, alguna vez firmes, se desprendían como en un rompecabezas que se desarma lentamente. Algunas eran arrastradas por la corriente y terminaban contra los acantilados, como restos dispersos de una historia que se desvanecía.</p><p>La imagen del barco, que durante años se mantuvo erguida en el horizonte, comenzó a achicarse. “Su figura se reduce día a día, como si los hierros se encogieran”, señalaba la crónica. En Bahía de los Vientos, donde el mar avanza con persistencia sobre la costa, el Pesquera III iniciaba su lenta desaparición.</p><p>Hoy, más de cuatro décadas después de aquella inundación, su historia persiste en la memoria y en los archivos. Lo que fue primero una tragedia y luego una postal turística, terminó convertido en un símbolo del paso del tiempo y de la fuerza indomable de la naturaleza.</p><p>El Pesquera III ya no está. Pero su silueta, como tantas otras huellas del pasado, sigue anclada en el recuerdo de una comunidad que aprendió a convivir con el río, el mar y sus imprevisibles encuentros.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/iaIoazG7nSwsunLTrI940mtDO5Q=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/04/pesquera.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>El buque que la inundación de 1980 sacó de Puerto Quequén y quedó varado en Bahía de los Vientos, fue durante muchos años una imagen presente en las fotos de todos los turistas que visitaban la ciudad]]>
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                                <updated>2026-04-12T01:56:54+00:00</updated>
                <published>2026-04-12T01:55:02+00:00</published>
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            La Necochea de los años 30
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                <![CDATA[Ecos Diarios]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/1cxcVjmZ_zbXHIU0EOFq8C84vMY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/04/foto_historica_necochea.webp" class="type:primaryImage" /></figure>JUAN JOSE FLORESRedacción<p>Hace casi 100 años, en la década de 1930 el comercio prosperaba y la industria se afianzaba en nuestra ciudad.&nbsp; Necochea contaba con sucursales del Banco Nación, el Provincia y el Hipotecario, lo que la convertía en una de las localidades más importantes de la región.</p><p>En aquellos años, un centro de reunión obligado era La Armonía, un bar que en aquellos años se definían como “moderno, confortable y lujoso”.</p><p>Según un libro publicado con motivo del cincuentenario de la ciudad, La Armonía era el lugar de reunión “preferido de las familias, las gentes de negocios, de los veraneantes y también de cuanto de representativo tiene la sociedad necochense”.</p><p>La legendaria confitería contaba con un gran salón de billares en el que se realizaban importantes torneos.</p><p>El sector exclusivo para caballeros era muy frecuentado durante las horas del café y el vermouth, mientras que la otra sección, de lujo, estaba destinada a las familias. La confitería contaba con “notables servicios de lunchs, tés y banquetes”.</p><p>La confitería era propiedad de Víctor Fernández y Cía y uno de los socios, Simón Urroz, era “el alma de la casa”.</p><p>Gimnasio al aire libre</p><p>A fines de los años 20 el ex concejal José M. Amondarain impulsó la construcción de un gimnasio en homenaje al educador y autor del libro “El Nene”, Andrés Ferreyra.</p><p>El objetivo era que el gimnasio contara con todos los elementos para ejercicios físicos siguiendo “el moderno criterio ya impuesto en las grandes ciudades en favor de la expansión de la cultura corporal en la infancia y la juventud para el mejoramiento de las costumbres”.</p><p>El gimnasio al aire libre se construyó en el centro de la avenida Sarmiento (58 hasta 57), frente a la plaza, durante la administración comunal que presidía el comisionado Joaquín Martínez Sosa.</p><p>Comercios antiguos</p><p>A una cuadra de allí se encontraba La Nueva Perla, una casa de ramos generales propiedad de Martín Luengas.</p><p>El comercio se encontraba en la esquina de las calles 25 de Mayo (62) y Primera Junta (55) y contaba con secciones de almacén y tienda.</p><p>La Nueva Perla había pertenecido a la firma Jaureguizar Hermanos y Cía, de la que Luengas era socio.</p><p>A pesar de encontrarse en el centro de la ciudad, vecinos de los suburbios y las quintas de alrededores e incluso del campo llegaban hasta el negocio a realizar sus compras.</p><p>Sobre la avenida Del Valle (hoy 58 desde 61) se encontraba otra Perla, se trataba de una fábrica de fideos fundada por José Garre en 1898 y, en 1930, a cargo de sus hijos.</p><p>Para 1931 la producción anual de la fábrica de fideos común y extra alcazaba a los 100.000 kilos.</p><p>También se realizaba la elaboración de harina de maíz y sémola, de las que se producían 30.000 y 15.000 kilos respectivamente.</p><p>La marca “La Perla” había obtenido una medalla de oro en una exposición realizada en Milán en 1917.</p><p>Los prestigiosos productos de la empresa eran vendidos en aquella época en nuestra ciudad, Quequén, Lobería, La Dulce, San Cayetano, San José y Balcarce. Según una publicación de aquellos años, “este importante establecimiento es, en suma, un verdadero exponente del adelanto industrial de Necochea”.</p><p>Bebidas y gaseosas</p><p>Hace 80 años Necochea también contaba con una fábrica de gaseosas. La empresa adquirió impulso&nbsp; bajo la firma de Antonio Gatto y Cía.</p><p>La fábrica, que funcionaba en la calle E.M. Pieres (57), fue adquirida más tarde por Rigante y Fernández.</p><p>Las bebidas sin alcohol que elaboraba, soda, “narajanda” y otros productos tenían gran aceptación entre los pobladores.</p><p>Además, la firma era concesionaria de la cerveza Quilmes, que distribuía anualmente más de 25.000 docenas de botellas de cerveza en hoteles, bares, almacenes y casas particulares.</p><p>Se trataba de uno de los establecimientos comerciales que más desarrollo habían tenido en esa década.</p><p>En aquellos años el Centro Comercial e Industrial de Necochea, que nucleaba&nbsp; a los comerciantes e industrias de la localidad, impulsó una importante campaña promocional de nuestra ciudad.</p><p>La playa</p><p>Para 1930 la Villa balnearia contaba con varios hoteles: “Necochea”, “La Perla Hotel Marino”, “Royal” y “Atlántico”.</p><p>Sobre la misma playa se encontraba el establecimiento balneario “La Sirena”, dotado de un moderno servicio especial de baños calientes y fríos de agua de mar.</p><p>Además, entre los establecimientos de baños con casillas movibles figuraban los de Barbarito Hnos, Manuel Uzobiaga y de los hoteles La perla, Royal y París.</p><p>La Villa ya contaba entonces con cine, bares, servicio de correo y telégrafo, teléfono, tranvía y ómnibus. La afluencia anual de veraneantes era de unas 10.000 personas.///</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/1cxcVjmZ_zbXHIU0EOFq8C84vMY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/04/foto_historica_necochea.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Confiterías y comercios tradicionales, un gimnasio al aire libre, una fábrica de gaseosas y una villa balnearia que crecía]]>
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                                                <category term="19" label="Nuestra Historia" />
                                <updated>2026-04-05T01:30:11+00:00</updated>
                <published>2026-04-05T00:46:00+00:00</published>
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            Miles de hectáreas bajo el agua
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/5ziHselizw-OK0ROXbTLDtM9XqQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/03/nuestra_historia.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>JUAN JOSE FLORES</p><p>Redacción</p><p>&nbsp;</p><p>En un mes se cumplirá un nuevo aniversario de la gran inundación de 1980. Sin embargo, hace casi 55 se produjo otra inundación que anticipó lo que ocurriría una década después.</p><p>En septiembre de 1971 se produjo una de las más grandes inundaciones de las que exista registro en nuestra región. Según un texto publicado por Ecos Diarios en aquellos días: “Funcionarios de la Dirección de Hidráulica, dependiente del Ministerio de Obras Públicas de la provincia, arribaron a nuestra ciudad para compenetrarse de la difícil situación que soporta el sector agropecuario a raíz de las inundaciones y también por el desborde de las aguas que ha afectado a rutas y caminos, provocando inconvenientes insalvables en algunos casos”.</p><p>El día siguiente se publicó un artículo de una página: “Ha sido calificada de alarmante la situación del sector agropecuario”, señalaba la nota.</p><p>Y agregaba que en el partido de Necochea había miles de hectáreas bajo las aguas. La inundación afectaba a varios distritos de la región.</p><p>Con maquinaria enviada por la Dirección de Hidráulica&nbsp; se comenzó la apertura de una zanja para facilitar el desvío de las aguas acumuladas en la ruta 228 a la altura del kilómetro 5,4, que habían aumentado durante la jornada anterior.</p><p>Según se informaba en la misma página, el nivel había llegado a los 60 centímetros y había 650 metros de camino bajo el agua.</p><p>Ante esta situación, la Sociedad Rural de Necochea solicitaba a los productores agropecuarios de la zona la provisión de bolsas de arpillera usadas que serían utilizadas para realizar tajamares o muros de contención.</p><p>También se indicaba que debido al avance de las aguas, la laguna formada sobre la ruta 228, obligó a las autoridades a prohibir el paso de vehículos por ese tramo. Por ello se realizó un desvío que obligaba a realizar un rodeo de 12 kilómetros.</p><p>La situación se complicó con los días en la región. El viernes 3, personal de la Municipalidad de Lobería procedió a la evacuación de numerosas familias residentes en la sección quintas de la vecina ciudad.</p><p>Ese mismo día una fotografía aérea mostraba la escuela del paraje “Dos Hermanitas” rodeada de agua.</p><p>El domingo 5 comenzaron los trabajos de excavación de la zanja de 3.000 metros de longitud para el drenaje del agua estancada sobre la ruta nacional 228, entre los kilómetros 5 y 6.</p><p>&nbsp;</p><p>Tierras bajas</p><p>Según los registros de lluvias, en las primeras seis décadas del siglo XX las lluvias llegaban a un promedio anual cercano a los 700 milímetros. Sin embargo, en la década del 70 esa cifra trepó a casi 850 milímetros.</p><p>Pero en aquel 1971, el registro alcanzó los 1.053 milímetros. Paradójicamente, septiembre no fue uno de los más lluviosos en el distrito. Fue en abril cuando el registro alcanzó su mayor marca: 178,3 milímetros.</p><p>Sin duda, como ocurriría nueve años después, las lluvias registradas en los distritos de la región fueron las que llevaron al anegamiento de los campos cercanos a la ciudad.</p><p>A medida que avanzaba septiembre y mientras en el país se vivía un denso clima político que llevó al intendente Alberto Percario a presentar su renuncia ante el gobernador interventor militar Miguel Moragues, las aguas seguían sobre la ruta 228.</p><p>Si bien poco después Percario fue confirmado en el cargo, la situación hídrica del distrito era tal que el viernes 10 de septiembre se informó que la Comisión Nacional de Emergencia Agropecuaria analizaba incluir a Necochea, Lobería y Tres Arroyos bajo el régimen de urgencia.</p><p>Mientras el agua comenzaba a bajar en la zona suburbana de Lobería, en Necochea se decidió clausurar el acceso a la ruta 228 ante las lluvias registradas el sábado 11 y desviar todo el tránsito entre nuestra ciudad y Tres Arroyos por la ruta 86 y la 3.</p><p>Los funcionarios de Vialidad advertían que el drenaje de la ruta 228 podía demorarse meses, a pesar de los trabajos realizados.</p><p>En el interior del distrito la situación no era mejor. La ruta 80, entre Juan N. Fernández y Claraz también se encontraba inundada. Ambas localidades estaban aisladas y por ello los por las vías del ferrocarril.</p><p>El martes 21 el director de Hidráulica de la provincia, Carlos Roggero llegó a la ciudad y tras reunirse con el intendente, realizó un vuelo sobre la zona inundada en un avión que partió del aeródromo local.</p><p>Recién a mediados de mes la situación comenzaba a estabilizarse. Según se informó, el agua no bajó con los trabajos de drenado debido a que continuaba llegando agua desde el norte, sin embargo tampoco se registraba una crecida. Para ese momento, el corte de la ruta 228 ya llevaba un mes.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/5ziHselizw-OK0ROXbTLDtM9XqQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/03/nuestra_historia.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Se cumplirán 55 años de la inundación de septiembre de 1971. Ese año el registro pluviométrico alcanzó los 1.053 milímetros. Paradójicamente, septiembre no fue uno de los más lluviosos en el distrito]]>
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                                                <category term="19" label="Nuestra Historia" />
                                <updated>2026-03-29T03:22:59+00:00</updated>
                <published>2026-03-29T03:21:37+00:00</published>
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            El puente del puerto, una necesidad vigente
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                <![CDATA[Ecos Diarios]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/tBnWRzDT03Xqsv6ITCiZJCPZSwg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2025/04/restos_del_puente_ezcurra_en_la_zona_portuaria_que_nunca_se_reconstruyo.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>JUAN JOSE FLORES | Redacción</p><p>En los últimos días, debido a las obras de gas que se realizan en Quequén, el tránsito en el puente Dardo Rocha se vio dificultado y el Colgante volvió a concentrar todo el movimiento de vehículos del núcleo urbano.</p><p>En días como estos queda en evidencia la falta que le hace a la ciudad un tercer puente y cómo esto podría impactar en la vida cotidiana de necochenses y quequenenses.</p><p>También revela una deuda de los gobernantes con la población: un puente en el puerto. Ese rol lo cumplió hasta abril de 1980 el Ezcurra.</p><p>Este año, en diciembre, se cumplirán 46 años de la inauguración del puente Dardo Rocha, que fue levantado como una estructura logística provisoria, hasta que se reconstruyera el Ezcurra, al que nunca sucedió.</p>El puento provisorio<p>“Un sostenido ritmo se nota en las obras correspondientes al nuevo puente Ignacio Ezcurra que nace en la calle 26 para desembocar en la avenida San Martín”, señalaba un artículo publicado por Ecos Diarios en octubre de 1980, hace 45 años.</p><p>En esos días finalizaba el montaje del puente que iba a reemplazar al Ezcurra, de allí que el artículo lo llamara de tal forma y no Dardo Rocha, como sería denominado más tarde.</p><p>“Ya se ha dado término al montaje de la estructura de la vía de enlace que demandara una inversión aproximada de 7 millones de dólares. También se conoció la decisión del gobierno provincial por la cual se adjudica una nueva partida de fondos para el puente como crédito adicional, ya que su extensión total ha sido llevada a 240 metros”, añadía el artículo.</p><p>La construcción del puente se había realizado con una urgencia debido a la necesidad de la ciudad y de la estación portuaria de contar con una vía de comunicación alternativa al Puente Colgante, el único que había permanecido de pie tras las inundaciones de abril y mayo de 1980.</p><p>Por ese motivo, la inauguración del puente fue todo un suceso. Más de 2.000 personas asistieron al acto inaugural, realizado finalmente el 13 de diciembre de 1980.</p><p>La ceremonia contó con la presencia del administrador general de Vialidad de la Provincia, ingeniero Luis Luna, el intendente Alberto Percario, autoridades militares, de prefectura, policiales y civiles.</p><p>Debido a la cantidad de público presente, las autoridades no pudieron recorrer el puente, como estaba previsto.</p>La gran inundación<p>Las lluvias comenzaron el 20 de abril sobre gran parte del territorio de la Provincia de Buenos Aires. En unos días, las intensas lluvias registradas en la región sobrecargaron el cauce del Río Quequén y provocaron la más grande inundación de la que existe registro.</p><p>Los momentos de mayor dramatismo se vivieron el 29 de abril, cuando los puentes Ezcurra, Ferroviario y Negro cayeron ante el arrollador paso de las aguas y el número de evacuados llegó a los 600 en Necochea y Quequén. En la región, Lobería, Juan N. Fernández y Claraz habían quedado aislados y La Dulce se encontraba parcialmente inundado.</p><p>La crónica publicada al día siguiente por Ecos Diarios, brinda una ligera idea de los fenómenos producidos por la crecida. “El dramático momento vivido, cuando la parte central del puente carretero Ignacio Ezcurra cayó destrozada por el empuje avasallador de la corriente que generaba el paso del río Quequén, fue prácticamente inenarrable”, señala la nota.</p><p>“No fue solamente el impacto de su caída, lo que generó la tristeza y el desánimo entre todos los que presenciaron la tragedia que sucediera a las 16.30 aproximadamente, sino la terminación de un largo sueño que comenzó el 20 de diciembre de 1969, cuando fuera habilitado el tránsito”, agrega.</p>Nombre de periodista<p>El puente Ignacio Ezcurra fue inaugurado el 26 de junio de 1971 y tenía como particularidad una curva en el extremo del lado quequenense.</p><p>La curva se debía a la adaptación que se realizó para poder utilizar la estructura del anterior puente de ferrocarril.</p><p>Además, el puente presentaba cierta inclinación para que por debajo pudieran pasar barcos de mediana escala.</p><p>Se le impuso el nombre de Ignacio Ezcurra en homenaje al periodista del diario La Nación desaparecido en la guerra de Vietnam.</p><p>Fue el último puente del puerto. Las inundaciones de 1980 provocaron su caída.</p><p>Durante los 10 años que estuvo en servicio, el Ezcurra agilizó el tránsito entre la zona balnearia de Necochea y Quequén y se convirtió en parte de un circuito turístico que, tras su destrucción, nunca fue recuperado.</p><p>El puente Dardo Rocha, construido luego de la inundación, no pudo cumplir con el mismo rol, ya que para ir de la zona balnearia necochense hasta la costa de Quequén se requiere realizar varios kilómetros por distintas calles de la ciudad.</p><p>Con la caída del Ezcurra finalizó la historia de los puentes del puerto, que anticiparon durante años la comunicación entre sectores importantes de Necochea y Quequén.</p>El nuevo puente<p>El puente que reemplazó al Ezcurra no se construyó en el puerto, sino a varios cientos de metros de distancia. A pocos días de finalizada la inundación, el mismo gobernador de facto Ibérico Manuel Saint Jean visitó la ciudad y dio a conocer su intención de construir con urgencia una nueva vía de comunicación entre Quequén y Necochea.</p><p>Para mediados de mayo la Dirección de Vialidad de bonaerense ya había adjudicado la construcción del nuevo puente a la firma Cometarsa y Asociados y la intención era inaugurarlo para el 5 de octubre de ese mismo año.</p><p>El 19 de octubre, Ecos Diarios informaba que “con la instalación de la última viga que completa el sector de rodamiento han quedado concluidos los trabajos de montaje del puente”.</p><p>El mismo artículo señalaba que “la obra unirá las ciudades de Necochea y Quequén y servirá para normalizar la referida comunicación, interrumpida por la destrucción del puente Ignacio Ezcurra, a raíz de las devastadoras inundaciones, las que solamente dejaron en pie al antiguo Puente Colgante”.</p><p>A pesar de que los necochenses querían que el nuevo puente llevara el mismo nombre que el anterior, finalmente se decidió nombrarlo Dardo Rocha, en homenaje al gobernador que impulsó la fundación de nuestra ciudad. Sin duda, el puente nunca reemplazó al Ezcurra, cuya ausencia aún se sufre.///</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/tBnWRzDT03Xqsv6ITCiZJCPZSwg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2025/04/restos_del_puente_ezcurra_en_la_zona_portuaria_que_nunca_se_reconstruyo.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Se cumplirán 46 años de la caída del Ezcurra, una vía de comunicación aún necesaria para quequenenses y necochenses]]>
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                                                <category term="19" label="Nuestra Historia" />
                                <updated>2026-03-29T03:25:06+00:00</updated>
                <published>2026-03-22T02:55:40+00:00</published>
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            Un proyecto que impulsó la siembra de trigo en la región
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/bX_Kh631Y8hd5U4vU529onTfSbg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/03/molino.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>JUAN JOSE FLORES</p><p>Redacción</p><p>&nbsp;</p><p>A fines del siglo XX Necochea era una ciudad aislada. Lejos de otras ciudades, con el tren como único medio de transporte rápido, debía producir gran parte de lo que consumía. Por esta razón, para cubrir necesidades de la vida diaria iban surgiendo diferentes comercios e industrias que generaban trabajo y fomentaban el crecimiento.</p><p>En 1884 se comenzó a construir en lo que hoy es la avenida 59 un gran molino harinero que en poco tiempo contribuyó notablemente en el desarrollo de la agricultura de la zona, dado que absorbía gran parte de la producción de trigo de la región.</p><p>El establecimiento fue fundado por la vieja Sociedad de Fomento bajo el nombre de Sociedad Anónima Molino Quequén, con un capital social de 300.000 pesos moneda nacional; luego fue vendido a los señores Morixe para posteriormente ser adquirido por la compañía Molinos Harineros y Elevadores de Granos Río de la Plata SA, que lo explotó durante muchos años.</p><p>&nbsp;</p><p>Aquellas cosechas</p><p>Para comprender cómo se complementaban, en este caso el campo y la industria, vale mencionar que en el año 1884 se habían cosechado 300 fanegas de trigo, y dos años más tarde la recolección había sido de 18.000 fanegas. Todo lo cosechado era consumido por el molino, que elaboraba sus productos y subproductos y los comercializaba en la zona, además de exportarlos. Esta industrialización masiva de granos promovió la siembra y unos pocos años más tarde se alcanzaron las 30.000 fanegas de cereal.</p><p>En los primeros años de la década del 30, siendo propiedad de Molino Harineros Río de la Plata, la actividad en el predio ubicado en la avenida 59 entre calles 16 y 18, generaba mucho movimiento y animación a la zona.</p><p>La calidad de los productos gozaba de aceptación; anualmente elaboraba entre 18.000 y 22.000 mil toneladas de harina triple cero, doble cero, cero, especial, afrecho y afrechillo, utilizando materia prima de nuestro partido, Lobería, Balcarce y Mar del Plata. Se lo consideraba un molino modelo, tanto por el estilo edilicio como por las comodidades de sus dependencias.</p><p>&nbsp;</p><p>Poderosos equipos</p><p>Su sala de máquinas y demás enseres destinados a la molienda estaba integrada por equipos mecánicos considerados poderosos como modernos para la época. El edificio contaba con grandes silos para el acopio de cereales y otro sector estaba destinado al personal del establecimiento, que aparte de jefes y empleados de escritorio, estaba conformado por alrededor de cincuenta operarios.</p><p>En los primeros días de marzo de 1949 trascendió la noticia del masivo despido de empleados del Molino Quequén y unos días después fue confirmada la clausura de la planta. La decisión provenía de la gerencia general de molinos Río de la Plata SA y la merma en la producción estaba ocasionada por la prohibición del gobierno nacional de exportar granos. De ese modo la planta se tornó antieconómica, puesto que los gastos de mano de obra eran enormes y había numerosos molinos sólo para abastecer el mercado interno.</p><p>Se perdía una fuente de trabajo muy valiosa, con casi 50 años de pujante vida comercial, que desde entonces permanece inactiva durante muchos años. Hubo gestiones para adquirir el molino y explotarlo en forma de cooperativa, con ayuda financiera del gobierno para estimular a los agricultores y planificadores de la zona, mientras que aguardaba que cambiara la situación de la industria harinera y se reabriera la exportación.</p><p>&nbsp;</p><p>Esperanzas diluidas</p><p>Todas las esperanzas se diluyeron cuando a fines de julio de 1955 se comenzó a desmantelar la planta baja del edificio, que desde hacía bastante tiempo sólo se utilizaba como depósito. Las máquinas embolsadoras y de transmisión de fuerza motriz serían llevadas a otros molinos de Buenos Aires y Tres Arroyos; las que sí quedaban eran las máquinas de primera limpieza del cereal.</p><p>Esta obra había sido en su momento un aliento al progreso y constituyó un promisorio y significativo esfuerzo. En 1908 la Sociedad Anónima Molino Quequén había logrado la instalación de la primera compañía de electricidad, lo que permitió abandonar el vapor en el proceso de industrialización.</p><p>La puesta en marcha del servicio eléctrico representó un gran adelanto para la industria local y en poco tiempo el primer motor Torsi, de 150 hp., resultó insuficiente para atender el creciente número de usuarios.</p><p>En la actualidad sólo queda una parte de la estructura en pie. En julio de 2006 el edificio del Molino Quequén fue adquirido en un remate por el Centro de Acopiadores de Cereales Zona Puerto Quequén, que oportunamente había presentado un interesante proyecto, conservando la fachada histórica. Sin embargo, los vaivenes económicos del país, hicieron que el proyecto fuera postergado.///</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/bX_Kh631Y8hd5U4vU529onTfSbg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/03/molino.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>El molino harinero de la avenida 59 fue durante décadas una industria pujante, hasta que a mediados de los años 40 entró en crisis]]>
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                                                <category term="19" label="Nuestra Historia" />
                                <updated>2026-03-15T03:35:08+00:00</updated>
                <published>2026-03-15T03:24:41+00:00</published>
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            El turismo “premium” en Quequén no se inventó ayer
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/2efiPeR1gEx56_54QTsT6cUevM4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/03/hotel_quequen.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Juan José Flores</p><p>Redacción</p><p>&nbsp;</p><p>El verano que se acaba reafirmó entre los necochenses una idea que crece cada año: el turismo premium de la ciudad sigue prefiriendo Quequén.</p><p>A pesar de que el desarrollo del puerto en el siglo XX devoró a Quequén como el balneario elegido por la aristocracia porteña, las antiguas casonas son testigos de un pasado esplendoroso.</p><p>Un pasado en el que mucho tuvieron que ver algunos de los personajes más ricos del siglo XIX y un hotel: el Quequén. Aunque no fue ese su primer nombre.</p><p>El Hotel Victoria comenzó a funcionar en 1892, sin embargo, recién fue inaugurado en 1895. Durante gran parte del Siglo XX, el luego llamado Hotel Quequén, hospedó a lo más selecto de la sociedad porteña en sus visitas a la costa atlántica.</p><p>Según un folleto publicado en 1895, con motivo de la remodelación, explicaba que estaba construido "bajo el modelo de los principales establecimientos de Biarritz, San Juan de Luz, Rentería y tomando de cada uno de ellos lo mejor".</p><p>Además informaba que el edificio se encontraba a "quince cuadras de la estación, a cien metros del Océano y a trescientos de la embocadura del río Quequén Grande".</p><p>"Se han establecido aguas corrientes y en cuanto a higiene hemos consagrado nuestra preferente atención y se han llenado las más escrupulosas exigencias empleando para ello los sistemas más modernos y más en armonía con los adelantos científicos cuyas obras se han construido bajo la dirección del reputado arquitecto Salvador Mirate", agregaba el folleto.</p><p>El hotel tuvo entre sus clientes a Ezequiel Ramos Mejía y al doctor Antonio Bormejo, presidente de la Corte Suprema y personalidad cuyo vigor y conocimiento le permitieron sobresalir con brillo en la historia de la magistratura argentina.</p><p>También a Emilio Mitre, director del diario La Nación, Ramón Santamarina, Carlos Becqu, el genera Capdevila, Bernardo Iturraspe, Wenceslao Escalante, Santiago farre, Felipe Jofré y a Dardo Rocha, fundador de la ciudad de La Plata.</p><p>Otras personalidades de principios del Siglo XX que visitaron el hotel fueron Angel Estrada, Monseñor Dupret, entonces obispo de La Plata, y Carlos Pellegrini.</p><p>Para llegar hasta aquí los turistas debían viajar catorce horas en tren o en carruajes, aunque si se decidían por este último medio de transporte la aventura podía llevarles varios días.</p><p>El hotel tenía capacidad para albergar a trescientas personas distribuidas en elegantes departamentos, todos con vista al mar.</p><p>Por lo general los huéspedes eran matrimonios con hijos, que se trasladaban al lugar acompañados por sus mayordomos, mucamas y niñeras.</p><p>Llegaban en coches de caballo pertenecientes al hotel y llevaban consigo varios baúles, ya que pasaban allí toda la temporada.</p><p>Los primitivos dueños del hotel fueron Juan B. Larraburu y Joaquín Arano. Aunque la administración estuvo a cargo de José Cano, un vasco venido de San Sebastián con una larga trayectoria en el rubro hotelero.</p><p>&nbsp;</p><p>De lujo</p><p>Un volante de propaganda de 1902 destacaba, entre otras mejoras, la instalación de una fábrica de hielo y de servicio directo de telégrafo.</p><p>El precio de los servicios, con pensión completa, era entonces, según dicho volante, de 6 pesos, con precios convencionales "para niños y mucamas".</p><p>La construcción del puerto de Quequén alejó del mar al hotel y así dejó de dar sobre la playa, privilegio que destaca otra vieja propaganda de 1903: "Única playa donde no concurren más que los bañistas del hotel, evitando así los peligros de enfermedades en los niños, temibles en otros puntos".</p><p>Pesadas verjas de madera limitaban el espacioso jardín anterior al edificio. A través de anchas puertas se pasaba al interior, donde estaba la conserjería. Se continuaba luego hacia el exterior en un patio rectangular que a sus costados tenían canteros floridos y una fuente.</p><p>En el sector posterior de la construcción se ubicaba el bar, en cuya barra había un original cisne de cobre con la base agujereada, del cual se extraía agua helada; el salón de té y el de baile, donde se celebraba con grandes fiestas el carnaval, y el amplio salón comedor.</p><p>Veladores de opalina, roperos y cómodas de roble, camas de hierro forjado, espejos de cristal y una amplia variedad de objetos de plata eran parte de la decoración. Cubiertos del mismo material, manteles y servilletas de hilo bordado y platos de porcelana cubrían las mesas del comedor, en el que mozos vestidos de blanco servían el almuerzo y de traje oscuro la comida. Los señores usaban por la noche smoking y las mujeres vestidos largos.</p><p>En "Historia del Partido de Lobería", su autor, el capellán José M. Suárez García, hace referencia a que en el Quequén funcionó antes del 1900 la primera ruleta del país.</p><p>Entre las múltiples comodidades que ofrecía a sus clientes hay que enumerar una estafeta de correo propia, un destacamento policial, un telégrafo de la provincia, salas de masaje y baños calientes con agua de mar.</p><p>Tenía también una lechería, en la que se elaboraban distintas clases de quesos y productos lácteos, destinados al consumo interno; un lavadero propio y amplias caballerizas, donde se guardaban los coches de la época.</p><p>Su cocina era de leña y su iluminación, al principio fue de carburo, luego de gas y, finalmente... eléctrica.</p><p>El tiempo transcurrió y el Hotel Quequén siguió, verano a verano, recibiendo a las mismas familias, por sucesivas generaciones. Centro de veraneo ya tradicional, su formalidad originaria se fue transformando poco a poco en algo más informal, aunque siempre reinó un clima de familiaridad y amistad general.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/2efiPeR1gEx56_54QTsT6cUevM4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/03/hotel_quequen.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Mientras en “la vecina orilla” el desarrollo inmobiliario y turístico vuelve a apuntar al lujo, hay que recordar que la misma idea la tuvieron algunos aristócratas del siglo XIX]]>
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                                                <category term="19" label="Nuestra Historia" />
                                <updated>2026-03-08T04:15:07+00:00</updated>
                <published>2026-03-08T04:14:03+00:00</published>
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            El “loco de la costa” y el turismo
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                <![CDATA[Ecos Diarios]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/zUN3AdolPYw0aJpbAv8J1kdtXCk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/03/historia.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>En 1883 cuando Julián Azúa habilitó una casa de baños junto al mar. Al año siguiente comenzó a cavar los cimientos. Aquel emprendimiento en una playa azotada por los vientos del sur, sin árboles, con dunas que extendían su dominio a cientos de metros de la orilla, le valió el apodo de “El loco de la costa”.</p><p>Así lo dejó registrado un contemporáneo de Azúa, el periodista de origen español Antonio Noguera.</p><p>En 1888, el periodista Antonio Noguera publicó un libro titulado “Necochea, su historia, progreso y porvenir” relató que “las apacibles tardes del verano transcurren deliciosas en ‘La Perla del Océano’”, el hotel que levantó Azúa junto al mar y que más tarde ‘San Sebastián Argentino’.</p><p>Según el periodista, la obra de Azúa fue realizada&nbsp; “a costa de sacrificios y empeños”..</p><p>“Este hombre, uno de los primeros pobladores de Necochea, merece con sinceridad un aplauso. Su hombre nunca será extraño para Necochea, porque Necochea nunca olvidará al hijo del trabajo, que con el sudor de su frente, ha escrito en su suelo una página digna, decorosa y brillante de progreso”, agregaba.</p><p>Sin mezquinar elogios, decía que Azúa “con su capital y energía propias de la raza vascongada a que pertenece, se propuso llevar a cabo, hace como cuatro años la empresa más temeraria que hasta hoy se haya concebido en Necochea y que su profunda penetración le hacía ver su hermoso porvenir”.</p><p>El periodista también refleja el pesimismo con que los vecinos de la primitiva Necochea veían el fatigoso trabajo del vasco Azúa. “¿Pero quién era capaz de pensar en esa época, que pudiese mantenerse firme un edificio en la costa del Atlántico? ¿Con qué objeto?... Para baños, decía Azúa y los que lo veían afanoso y entusiasta, huían porque aquello era una locura; pero cuántas más decepciones recibía, más empeño demostraba y cuando más lo abandonaba, más fuerte se sentía”.</p><p>De acuerdo al periodista, la empresa parecía imposible: “¿Quién se atrevería a suministrarle los elementos necesarios para levantar su castillo? Nadie, seguramente, pero no por eso desmayaba ni menos el no contar con brazos que lo ayudaran, porque aquello era pedir peras al olmo”.</p><p>Según Noguera “el loco de la costa” no era un empresario turístico como los de la actualidad. El mismo arremetió la construcción del hotel: “Con sus propias manos, ayudado de su joven hijo, iba apilando piedra sobre piedra, ya revolviendo la mezcla de arena y cal, para empezar más tarde la obra de carpintería que habría de proporcionarle un techo donde repararía los días de fatiga, recompensando las crueldades del invierno, mitigando los rigores del verano”.</p><p>&nbsp;</p><p>Muchos locos como Azúa</p><p>En el libro “Necochea, ciudad progresista y poética”, el escritor Eduardo Escobar reproduce el acta fundacional de Necochea y señala que junto a los nombres de Angel Murga y Victorio de la Canal aparecía el “vecino” Julián Azúa.</p><p>Dos años después de la fundación, en 1883, Azúa inauguró la primera casa de baños y al año siguiente inició la construcción de su hotel frente al mar.</p><p>Ya para 1888, cuando se publicó el libro de Noguera, Azúa había levantado su hotel y su balneario. “Hoy día es el paraje más concurrido, no sólo por los del pueblo, sino que de año en año ha ido aumentado el número de bañistas extranjeros que han quedado completamente encantados de esa mansión saludable y poética, que les ha proporcionado los más felices momentos de tranquilidad y bienestar”, describía el libro.</p><p>“El último verano, las 48 casillas de baño que existían, han sido insuficientes para contentar a la inmensa concurrencia que afluía. Felizmente, este año entró en grandes reformas, que podrían satisfacer las exigencias necesarias, pues, además de refaccionar completamente el hotel y aumentar su persona, las casillas serán duplicadas”, explicaba.</p><p>“Al comparar el ayer con el hoy, se me ocurre una plegaria en favor de Necochea. Dadle, Dios poderoso, muchos locos como Azúa”, finalizaba Noguera.</p><p>Lamentablemente, tiempo después un fuerte temporal se llevó todo lo construido.</p><p>Los vestigios de ese primitivo balneario quedaron hasta 1955, cuando el comisionado municipal Soldavini hizo retirar los últimos postes de quebracho que quedaban, restos de la antigua rambla. En ese mismo año se ordenó también eliminar algunos hierros que sobresalían en el piso y resultaban peligrosos para la gente que circulaba por el lugar.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/zUN3AdolPYw0aJpbAv8J1kdtXCk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/03/historia.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>En 1883 Julián Azúa desarrolló una primitiva “casa de baños” y al año siguiente inició la construcción de un hotel frente al mar. Fue uno de los olvidados fundadores de la ciudad]]>
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                                <updated>2026-03-01T03:00:18+00:00</updated>
                <published>2026-03-01T02:58:51+00:00</published>
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            A 40 años de la terminal de ACA en Puerto Quequén
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/C97VWIeuOWihPrcPZUUomR1WTwo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/02/aca.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>JUAN JOSÉ FLORES</p><p>Redacción</p><p>&nbsp;</p><p>“El 28 de enero será una fecha histórica para el cooperativismo argentino”. La frase fue publicada por Ecos Diarios en enero de 1986, en la misma edición que daba cuenta de la habilitación del complejo de embarque construido por la Asociación de Cooperativas Argentinas (ACA) junto a FACA en el sector portuario de Quequén.</p><p>A fines de enero se cumplieron 40 años de aquella inauguración que transformó la logística cerealera regional y redefinió el papel de Puerto Quequén en el comercio exterior argentino.</p><p>La puesta en funcionamiento de la planta coincidió con el arribo del buque carguero peruano “Santa María”, que embarcó 21.000 toneladas de trigo con destino a su país, como parte de una prueba piloto que simbolizaba el inicio de una nueva etapa. No se trataba sólo de un embarque más, sino de la consolidación de infraestructura propia para el movimiento de granos y de una apuesta estratégica del movimiento cooperativo por ganar eficiencia y competitividad.</p><p>En aquella entrevista de 1986, Ernesto G. Mancino destacaba que la habilitación del complejo alentaba la expectativa de que las autoridades nacionales tomaran conciencia de la verdadera importancia estratégica del puerto e impulsaran obras pendientes, como el dragado a 40 pies y la limpieza del lecho del río. Por entonces, Quequén era considerado en el orden internacional un “puerto sucio”, debido a las demoras operativas, las limitaciones de calado y los sobrecostos que impactaban directamente en la cotización del cereal.</p><p>La nueva terminal permitió duplicar la capacidad de embarque, alcanzando un promedio de un buque por día, y mejorar sensiblemente la fluidez en las cargas. Para los productores, significó reducir costos de fletes y movimientos intermedios —los denominados traspiles y paritarias—, optimizar el secado del grano y acortar los tiempos entre la cosecha y la bodega del buque.</p><p>Nicolás C. Tittaferrante, gerente de la entidad, resaltaba que el complejo contaba con silos dotados de aireadores automáticos programados por computadora y sensores de temperatura estratégicamente ubicados, capaces de detectar focos de humedad o infección en forma inmediata. “Se trata del primer puerto privado de mar, dotado de la más alta tecnología a nivel mundial”, afirmaba entonces, marcando el carácter innovador de la obra.</p><p>&nbsp;</p><p>Cooperativismo e integración</p><p>La historia de la terminal de ACA en Quequén se inscribe en el recorrido institucional de la entidad, fundada el 16 de febrero de 1922 con el objetivo de integrar a las cooperativas agropecuarias del país y fortalecer la comercialización de la producción de sus asociados. A lo largo de más de un siglo, ACA consolidó una red que articula acopio, industrialización, logística y exportación, convirtiéndose en uno de los actores centrales del sistema agroexportador argentino.</p><p>La decisión de invertir en infraestructura portuaria propia respondió a esa visión estratégica: acercar el campo al mundo, reducir intermediaciones y garantizar previsibilidad en los embarques. En un contexto en el que los compradores internacionales exigían entregas a término y continuidad operativa, contar con una terminal moderna y eficiente resultaba determinante para sostener mercados.</p><p>Gran parte de la operatoria de FACA fue absorbida por ACA a fines de los años 90, consolidando en una sola estructura el movimiento cooperativo en el puerto.</p><p>Cuatro décadas después, aquella jornada del 28 de enero de 1986 aparece como un punto de inflexión. La terminal no sólo amplió la capacidad operativa de Puerto Quequén, sino que contribuyó a mejorar su imagen internacional y a extender su área de influencia. Lo que comenzó como una apuesta tecnológica y cooperativa se transformó en una pieza fundamental del entramado logístico que sostiene la producción agropecuaria del sudeste bonaerense.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/C97VWIeuOWihPrcPZUUomR1WTwo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/02/aca.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>El 28 de enero de 1986 se habilitó el complejo de embarque que cambió la operatoria cerealera de la región y marcó un hito para el cooperativismo argentino]]>
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                                                <category term="19" label="Nuestra Historia" />
                                <updated>2026-02-22T02:30:04+00:00</updated>
                <published>2026-02-22T02:14:32+00:00</published>
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            Los 88 años de un sueño
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/l4kpKHIO3eE07Mo3kuVrWPWd7v0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2023/02/HIDROBIOLOGICA.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>JUAN JOSE FLORES</p><p>Redacción</p><p>&nbsp;</p><p>Este lunes, la Estación Hidrobiológica de Quequén cumple 88 años y no sólo es la institución científica más antigua de la ciudad, también es el museo más longevo de la región.</p><p>“Esta casa de estudios y museo nos honra como argentinos y al mismo tiempo como vecinos de Quequén”.</p><p>La frase la dijo José Manuel Calise, de la Unión de Fomento de Quequén, durante la ceremonia que se realizó el 15 de febrero de 1938 y en el que quedó inaugurada la Estación Hidrobiológica de Quequén.</p><p>La ceremonia contó con la presencia de Martín Doello Jurado, entonces director del Museo Argentino de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia”.</p><p>&nbsp;</p><p>La estación</p><p>Doello Jurado, infatigable investigador y destacado científico, aprovechó su visita a Necochea para dar una conferencia de “Los institutos de biología marina, su función e importancia”.</p><p>Pocos días después, Ecos Diarios publicó un artículo en el que se informaba que ya se había reservado un terreno de casi dos hectáreas para la nueva Estación Hidrobiológica. Lo insólito del artículo, es que se hacía referencia a la intención de trasladar la estación a Necochea.</p><p>Doello Jurado había disertado sobre este tema en el salón de actos del diario La Prensa, en la Capital Federal. Según explicó el científico, la intención era emplazar la Estación Hidrobiológica sobre la margen&nbsp; derecha del Río Quequén, en cercanías de la escollera, sobre la avenida costanera.</p><p>Se construirá un edificio cuya planta y distribución ya están esbozadas, y a los fines de financiar la obra el Poder Ejecutivo nacional espera contar con los fondos necesarios en el presupuesto del año 1939 y con la cooperación del gobierno de la provincia, añadía el artículo de Ecos Diarios.</p><p>Según lo expuesto por Doello Jurado, una vez trasladado a nuestra ciudad, el museo no sólo comprendería la fauna y flora marina, sino “todos los otros aspectos de la Historia Natural de la región: Botánica (en particular plantas psamófilas, propias de los médanos), Geología, Paleontología y también Antropología y Arqueología, para dejar constancias de las características de los antiguos habitantes indígenas de la región, los restos de cuyos paraderos se hallan todavía en los médanos de la costa de la provincia de Buenos Aires, donde han vivido desde épocas prehistóricas hasta poco antes de la conquista del desierto por el General Roca”.</p><p>En el nuevo museo también se destinaría una sala especial a la pesca y se mostrarían en ella diferentes tipos de embarcaciones, corrientes marinas, temperaturas de las aguas, composición química de las mismas, etc.</p><p>También se pretendía exhibir planos y otros gráficos relacionados a Puerto Quequén, además de la instalación de acuarios, un jardín zoológico para reptiles, aves, mamíferos y laboratorios de investigación biológica.</p><p>&nbsp;</p><p>El proyecto</p><p>La casa en la que aún hoy funciona la Estación Hidrobiológica fue traída desde Holanda por la empresa que construyó el Puerto de Quequén a principios del siglo XX. La estructura ya había sido utilizada en Bahía Blanca, donde la misma compañía llevó adelante la construcción del puerto de Ingeniero White.</p><p>Luego de que la empresa dejara nuestra ciudad, Inspección General de Puertos tomó posesión&nbsp; de la casa en 1926 para demolerla en caso de que no fuera de utilidad.</p><p>En 1928 fue cedida al Museo Argentino de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia”, que en ese momento era dirigido por el profesor Martín Doello Jurado. Esa institución ya proyectaba crear una estación hidrobiológica.</p><p>La ubicación de Puerto Quequén hacía de éste un punto estratégico para la instalación de la Estación, ya que permitiría al Museo desarrollar investigaciones sobre la fauna marina de un importante sector del Mar Argentino.</p><p>El emprendimiento del científico se transformó en la primera estación de investigación biológica marina de América del Sur.</p><p>Al poco tiempo de su creación, las galerías laterales fueron cerradas para ser utilizadas como laboratorios y las habitaciones principales se acondicionaron como sala de exhibición.</p><p>En 1937 el profesor Doello Jurado dispuso la habilitación de tres salas mayores de la Estación Hidrobiológica para la exhibición al público de fauna regional, principal marina.</p><p>En aquellos días surgió la idea de trasladar la estación a Necochea, pero eso finalmente nunca se concretó.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/l4kpKHIO3eE07Mo3kuVrWPWd7v0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2023/02/HIDROBIOLOGICA.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>El 15 de febrero de 1938 se fundó la Estación Hidrobiológica. Durante años se proyectó la construcción de un edificio y en 2025 se reflotó la idea]]>
                </summary>
                                                <category term="19" label="Nuestra Historia" />
                                <updated>2026-02-15T04:30:06+00:00</updated>
                <published>2026-02-15T03:31:25+00:00</published>
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            Casi 60 años de un naufragio frente a Arenas Verdes
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/J415KB5C32s2y8dfb7XX1qST4vU=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/02/historia_1.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>JUAN JOSE FLORES</p><p>Redacción</p><p>&nbsp;</p><p>El pasado 21 de diciembre se cumplieron 59 años de un naufragio cuyo recuerdo ha sido borrado por el tiempo. Una noche de trabajo que se convirtió en pesadilla y que se cobró la vida de un pescador.</p><p>El naufragio del “Costamar II” obligó a sus tripulantes a abandonar el barco y luchar por su vida en el agua, ya que el bote salvavidas en el que intentaron llegar a la costa se volcó y los hombres tuvieron que llegar nadando a la playa en medio de la oscuridad.</p><p>Pero de los siete hombres que subieron al bote, sólo lograron salvar su vida. El aterrador incidente ocurrió a las 23 horas del miércoles 21 de diciembre de 1966.</p><p>&nbsp;</p><p>La búsqueda</p><p>El naufragio del pesquero, ocupó durante varios días las páginas de Ecos Diarios, hasta el hallazgo del cuerpo del único tripulante que había fallecido durante el accidente marítimo.</p><p>El artículo publicado el viernes 23 de diciembre de 1966 señala que aún se encontraba “fresco el recuerdo del accidente que costó la vida de la totalidad de los tripulantes del pequero de altura marplatense Foca, una nueva tragedia enluta a esa laboriosa familia que conforman quienes tiene a su cargo la ardua tarea de extraer la enorme riqueza íctica que guarda en su seno nuestro extenso litoral marítimo”.</p><p>Añadía que el Costamar II se había incorporado “recientemente” a la actividad.</p><p>“Navegando a Playa Verde (Arenas Verdes) varó en el lecho rocoso que caracteriza a ese conocido paraje cercano a nuestra ciudad, a unos 600 metros de la costa”, precisaba la nora.</p><p>Según el parte del jefe de la Subprefectura de Puerto Quequén, “ante el inminente naufragio, la tripulación del pesquero marplatense, compuesta por siete hombres, hizo abandono de la nave en un bote de salvamento, que fue naturalmente, enfilando hacia la costa”.</p><p>“Al llegar a la rompiente, el bote también naufragó, arrojando a los tripulantes al agua, quienes consiguieron, tras no pocos esfuerzos, llegar a la playa. Fue allí donde se notó la desaparición del motorista Juan Palacios, argentino, de 53 años de edad, domiciliado en Batán, Mar del Plata”, indicaba el artículo.</p><p>Además de Palacios, integraban la tripulación: Miguel Garrane, patrón de la nave, Cristóbal Ramos, Amadeo Casiutto, Pablo Bisciotti, Juan Buono y Francisco Lezcano.</p><p>Los náufragos, por sus propios medios, consiguieron llegar hasta el kilómetro 100 de la ruta 88, donde posteriormente ascendieron a un ómnibus que los condujo a Mar del Plata.</p><p>En la vecina ciudad realizaron la denuncia en Prefectura. Durante la declaración dijeron que en ningún momento de la emergencia pidieron ayuda por radio.</p><p>&nbsp;</p><p>Signado por la tragedia</p><p>El Costamar II había sido botado un mes antes del naufragio en los astilleros “Carrara”, del Tigre, y se incorporó inmediatamente a las operaciones de pesca de&nbsp; media altura de la flotilla del puerto marplatense.</p><p>Tras tomar conocimiento de la tragedia, la Subprefectura de Puerto Quequén dispuso la salida de una patrulla terrestre y del pesquero Cassia II. La tripulación de esta embarcación constató en el sitio indicado la presencia del Costamar II, con una escora de 45 grados.</p><p>Según se indicó, por su posición, al buque le ingresaba gran cantidad de agua y existía un peligro inminente de destrucción total dado el mal estado del mar, que amenazaba destruir la nave contra el fondo rocoso del lugar.</p><p>La patrulla terrestre por su parte, recorrió la playa en una gran extensión, hallando solamente el bote en el que los tripulantes abandonaron la nave y varios cajones de pescado.</p><p>Como consecuencia del mal tiempo el Cassia II sólo pudo acercarse a unos 50 metros del pesquero marplatense, desde donde se hicieron reiterados llamados en demanda del posible sobreviviente. Pero el tripulante desaparecido ya estaba muerto.</p><p>El domingo 25 de diciembre de 1966, a pesar de ser Navidad, el personal de Subprefectura de Puerto Quequén siguió con la búsqueda y alrededor de las 10 de la mañana halló el cadáver de Juan Raúl Palacios, motorista del pesquero marplatense.</p><p>La marea había depositado lo restos de Palacio en las proximidades de Arenas Verdes. Desde allí el cuerpo fue trasladarlo a la morgue del Hospital “José Irúrzun”, donde se determinó que el tripulante del pesquero había perecido por asfixia por inmersión.</p><p>El miércoles 28 de diciembre, a las 8, partió de Puerto Quequén el pesquero “Costamar I”, perteneciente a la misma empresa armadora, para dirigirse al lugar donde se produjo la varadura.</p><p>En esta nave embarcó asimismo personal de la Suprefectura de Puerto Quequén&nbsp; y una vez ya junto al pesquero accidentado, se procedió allí a la tarea de rescatar boyas, redes y otros elementos, además del compás e instrumental de náutica.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/J415KB5C32s2y8dfb7XX1qST4vU=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/02/historia_1.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>El Costamar II naufragó el 21 de diciembre de 1966, a unos 600 metros de la playa. De los siete tripulantes, uno murió ahogado. Había sido botado apenas un mes antes]]>
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                                <updated>2026-02-08T03:57:23+00:00</updated>
                <published>2026-02-08T03:55:43+00:00</published>
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